domingo, 17 de febrero de 2008

El Cholo Cepeda ataca de nuevo

Después de mi accidentado regreso de Nueva York tuve que pasar unos días en recuperación. La razón no era sólo que las heridas debían cicatrizar, sino también que mi Mulata Peligrosa se prodigaba de lo lindo en sus cuidados y me tenía mimado en el campo de batalla, con su atención y cuerpo totalmente puestos sobre mí. Y sólo un tonto puede renunciar a esos cariñitos. Un tonto o un militante de las filas maradónicas, renunciador a las maromas jebiles y acatador del código chefil, que era el motivo por el cual el ex de mi mulata no se aplicaba a la lucha cuerpo a cuerpo con ella. Pero se presentó un caso inesperado y extraño.

Todos sabemos que la exportación de flores es muy importante para la economía nacional, y que se caracteriza por un auge que permite aliviar el golpeado bolsillo de algunos contribuyentes, sobre todo los de la zona norte de la sierra ecuatoriana. A raíz de su innegable calidad y el éxito comercial en el exterior, se había abierto una línea de envíos a Cuba, la bella y bloqueada isla del Caribe, desde donde se comerciaba a Europa. Pero el hampa, que nunca se duerme en los laureles, atacaba también por ese frente. En uno de los más importantes envíos, la policía cubana había detectado una considerable cantidad de cocaína. Dada la depresión que se vivía en la isla, estaba claro que no se trataba de consumo interno. La mercancía debía llegar a Europa, a través de los miles de turistas que visitaban Cuba y/o ser enviada clandestinamente a Miami, desde cuyas playas sería recogida en veloces lanchas.

La introducción a este baterroyal la había hecho mi colaborador Kuerisnai, quien también quería saber si estaba dispuesto a trabajar con la policía secreta de Cuba. Viniendo la información de Omar Cueranguinha tenía mis dudas, aunque le debía en parte el que Los Nañitos no me hayan matado en la Operación Quédate Frío, de la que fui víctima en Roosevelt y la 90, en Queens, por más señas, allá en la Gran Manzana. (Situación peligrosa que aparece detallada en otra parte de este pasquín, el mismo que, por caprichos del autor –conocido como el loco Huguito, Cabeza de Foco o el Perturbado del Guayas- fue titulado sin mi consentimiento "El Cholo Cepeda, investigador privado" y que, sin que aun haya salido a la publicidad, ya aparece plagiado en el culto medio guayaquileño. Plagio que, como el verdadero Don Quijote lo advierte, no superará a este cholo bacano del Guayas. Digo y termino).

Por otra parte, las últimas medidas económicas del gobierno me obligaban a trabajar en los más inverosímiles roles que la suerte podía depararle a un servidor del bien común, o sea yo, su personaje favorito. Los posibles riesgos de esta misión eran: mi muerte a manos de sicarios, la revocatoria de mi visa por parte del gobierno del norte, el encarcelamiento del gobierno de Quito, o la buena puteada y el inevitable vikingueo de mi mulata porque, como dicen en el barrio: no hay mujer que aguante a un hombre chiro; hombre sin camello: cachudo seguro. Ante lo irremediable, frenteo sin barajo. Por lo tanto, acepté el trato.

Lo primero que tenía que hacer era trasladarme al lugar de los hechos y verificar algunos datos. Como ya me había partido la espalda muchas veces en los largos viajes en bus hacia la sierra, esta vez, y a insistencia de la susodicha dama que destendía las sábanas de mi cuarto, subí en un avión del recién instalado Puente Aéreo Guayaquil-Quito, el mismo que no era puente y cada vez perdía más altura y aviones. Una vez en la capital, tomé presto un taxi y llegué hasta Flota Imbabura. En la esquina leí un graffiti que decía: Alicia, muéstrame el país de tus maravillas; y junto a la leyenda, una anciana vendiendo cigarrillos y chocolatines en un charol. A un lado de ésta, en una clara muestra de la mezcla de fin de siglo, había un indio karateka de dos metros, con el cuerpo descubierto, abierto de patas, con las pelotas tocando el piso y una espada inmensa y reluciente en sus manos. Eso me recordaba que la pobreza y la guacharnaquería ya habían hecho sus reales en la antigua sucursal de los incas.

Como el bus demoraría unas horas en salir, decidí trasladarme hasta el mercado Santa Clara (querido lector, no tomes taxis en Quito, son muy caros, aunque tienen buena música). En mis años mozos, en compañía de los guitarristas lagarteros Colorado Minguche, Héctor Napolitano y Juan Carlos González, solía trasladarme a este lugar para matar el chuchaqui gracias a los suculentos platos de hornado, después de los serenos y las borracheras. Te acordás cholito, qué tiempos aquellos, veintiún septiembres que no volverán. En esa época vivía entre el viejo mercado de Santa Clara y la empedrada plaza de Guápulo, sencillo, alegre y mortal, como un indio que baila enmascarado en la fiesta del pueblo.

El lugar ahora estaba igual de festivo, abarrotado de mujeres que vendían platos con carne de cerdo, condimentos y cerveza fría. La gente hablaba desenfadadamente, todos se reían, se llenaban la boca de comida, se hacían bromas e insultaban las últimas decisiones del presidente y los congresistas. En la radio sonaban sanjuanitos, cachullapis, endechas. De terciopelo negro, guambrita, tengo cortinas/ para enlutar mi pecho guambrita, si tú me olvidas/ Si tú me olvidas, blanca azucena/ Si tú me olvidas, blanca azucena/ Si la azucena es blanca, guambrita/ Tú eres morena. Me da una porción y una Pílsener, por favor. A mi lado, dos viejos bebían shumir y discutían del centralismo y la pugna regionalista y que, de seguir así, todos los ecuatorianos terminaríamos matándonos. Y también comentaban los partidos de Liga y Aucas, la goleada que le habían dado al Emelec y el fin del reinado del Barcelona. Yo escuchaba atento y tenía ganas de meterme en la colada. Encantado con esos decires, reafirmaba que si Quito era Luz de América, este mercado era el amperio de esa luz. O, como lo repite Márgara Lasso: ¿Cómo dicen que no se goza? Pero había que salir al norte.

El viaje a Otavalo fue excelente. Sabía que estaba entrando a otro mundo. Desde el primer asiento podía distinguir las formas redondas de las montañas, sus sembríos hechos como de retazos, el sol brillante saliendo y ocultándose detrás de cada nube con un profundo cielo azul de fondo, los vendedores de ayuyas y quesos de hoja, las faldas multicolores de las indias, sus sombreros verdes y azules, sus collares y pulseras rojas de piedras diminutas, el silencio y la arquitectura de los pueblos, todo lo que veía justificaba plenamente el traslado. Sí, era otro mundo. Para completar la fiesta sólo faltaba ella, mi Mulata Jugosa, mi panalito, mi mango maduro. Cuando el bus se detuvo el cobrador gritó: Otavalo, los que se quedan en Otavalo. Y me bajé.

Como recordaba muy bien la ciudad no tuve problemas en llegar a un hotel apropiado a mi bolsillo. Me di una ducha y salí. En el lobby una mujer se me acercó y me dio una carta que confirmaba mis sospechas: era del puño y letra del espía Cuerisnai Kit Kuero: “Cholo, colabora con ella. Suerte”. La vi y noté que detrás del largo abrigo se ocultaban unas inmensas caderas y unos difícilmente olvidables senos. Tenía ojos negros muy grandes. Mi nombre es Isabel Martínez Arredondo, tú debes ser Cepeda. Sí, respondí, el que viste y calza. Su pelo lacio le llegaba hasta la parte en donde la espalda pierde su nombre y comienza a configurar el paraíso. Con tono firme siguió diciendo: no tenemos mucho tiempo, así que definamos el programa de trabajo.

Fiel a la disciplina partidaria, ella delineó las acciones a emprender, las tácticas y estrategias y me dijo lo que me tocaba. También me informó que el objetivo no era matar ni interrogar a nadie, sólo asegurarnos de establecer el enlace y obtener datos precisos. Me dijo que se había montado una operación internacional entre el DEA, la policía cubana y la Interpol europea. Le pregunté por qué no coordinaban actividades con la policía nacional. Después del asesinato del congresista Hurtado se evidenció que todos los organismos militares y judiciales estaban infiltrados por los narcos y resolvimos hacerlo sólo con gente cien por cien confiable, afirmó ella sin rodeos. Y añadió inmediatamente: no chico, si este país tuyo está mal. Si ustedes no aprenden a resolver sus problemas ¿cómo quieren que los tomen en serio? La camarada Isabel, según veía, estaba enterada del centralismo propiciado por los latifundistas, el pacto del gobierno norro y los banqueros guayaquiteños (en claro ejemplo de alianza burro-monil) y la debacle económica que se cernía sobre el país. Luego resumió el plan de trabajo y me dijo que no me preocupara por la seguridad, que, para tranquilidad de ambos, estaríamos siempre resguardados. Yo me olía a que detrás de la coordinación internacional se barajaban también algunos importantes beneficios comerciales, dada la mundialmente conocida crisis bunderil que también azotaba a Cuba.

Fuimos a un banco y sacamos una fuerte suma de dinero. La cuenta estaba a su nombre, nacionalidad: colombo-cubano-estadounidense, nacida en Barranquilla en 1968, criada en Cienfuegos y residente en Miami. Ahora había que encontrar el local de venta de flores y hacer el pedido. No, dijo ella, primero debemos finiquitar un par de detalles: la que habla soy yo, tú no dices ni pío chico, ni pío. Tú la haces de guardaespaldas. ¿Estamos? Sí, contesté, impresionado de su determinación. Tiene que ser arrechísima para el folle, pensaba. Pero cholo enamorado es cangrejo de un solo hueco, estaba claro. Luego entramos a la florería que había sido pillada en el dato ilícito.

El administrador era bajo, un poco gordo y blanco como la leche. La cubana hizo la presentación y el pedido. No hubo preguntas ni respuestas que no estuvieran estrictamente relacionadas con la compra-venta de flores, salvo el dejarle saber que, si todo saliese bien, posiblemente los pedidos se ampliarían a Europa y algunos países árabes. La otra parte del dinero le llegará a su cuenta, en un depósito que haremos desde Miami. Tendrá el pago final cuando nos llegue la mercadería. Mientras la cubana hablaba, el gordito adivinaba la forma de la pistola que yo llevaba bajo la leva.

Luego nos hizo pasar a una habitación trasera y alegremente nos invitó a reconocer calidades y variedades de flores: gardenias, lirios, amapolas, geranios, orquídeas, claveles, alelíes, girasoles, azucenas. Son todas multicolores y muy olorosas, dijo en un tono damiselo que nos sorprendió a ambos. Esta representa el amor, esta la amistad, esta es para conquistar a alguien. Las flores hablan más que los humanos: pasión, hermandad, ternura, hasta odio, ellas todo lo pueden decir. Y las partes más delicadas son el cáliz y la corola, el pistilo es esencial para una buena presentación. Isabel Martínez Arredondo de repente estaba acariciando pétalos y escuchando muy interesada las explicaciones. Había dejado su vulnerabilidad femenina también expuesta y miraba extasiada las flores. Faltaba que yo también entrara en la colada para completar el triángulo del nuevo milenio. ¿Por qué los hombres les regalan flores a las mujeres? ¿Porque a ellas les gustan o porque no saben hablar? preguntó Isabel al aire. No sé, dije, debe ser como enterarse de porqué el uno se llama uno, el dos dos y el tres tres, en vez de llamarse el primero tres o el cuarto cinco. Los dos se quedaron extrañados, se miraron y pusieron cara de qué imbécil eres. Luego de la despedida salimos a un restaurante.

En el trayecto, la cubana me puteó dos veces por haber abierto el pico: te dije que no hablaras ni pío, chico, ni pío. ¿No te diste cuenta que quería ganarme su confianza? Ahora tendremos que regresar después del almuerzo. Esta vez te quedas afuera.

Por las calles empedradas pasaban lentamente los carros. En el Parque Central una multitud seguía con atención los movimientos de un malabarista. Hacía un sol radiante que quemaba más que en la Costa y el lugar estaba lleno de transeúntes y estudiantes colegiales. Entramos a un restaurante que anunciaba varias delicias vegetarianas y luego volvimos al almacén.

Me quedé afuera y ella entró. Pero esta vez ya no estaba el gordito, sino otro hombre, alto, callado, de aspecto un tanto siniestro. Haciendo uso de los regalos que Dios (o la naturaleza, para los ateos) le había dado, la cubana comenzó a pasearse lentamente por la oficina, dejando ver sus anchas caderas y su espléndido trasero, echándose el pelo hacia adelante y sacudiéndoselo hacia atrás, remojando sus labios con la lengua, preguntando por los precios como niña queriendo comprar muñecas. A los pocos minutos estaban de tú y vos y ella le tocaba el brazo cada vez que se reía o le preguntaba algo.

A la salida me dijo ya cayó este comemierda, éste es el enlace. ¿Y ahora qué viene? Quedamos en vernos otro día: me lo llevo a la cama, me lo como y lo dejo enamorado. Lo demás cae por su propio peso, concluyó. Como yo estaba enamorado de mi Mulata Milagrosa, sus confesiones abiertas no podían hacer mella ni en mi otrora desgarrado y resentido corazón, ni en mi ofendido orgullo machuchín. Y así, nos fuimos al hotel. Ven a mi habitación, dijo ella, tengo una botella faja dorada de ron Habana que podemos abrir para celebrar en privado, porque esta tarea ya está terminada.

En la habitación, al calor del sol que entraba por el balcón y las ventanas, me contó con franqueza los problemas de Cuba: Fidel es Fidel y el pueblo lo apoya, pero vivimos en la mierda, la putería, que en los primeros años de la revolución era decisión personal, ahora es necesidad social para las mujeres, cuestión de supervivencia. Si algún día vas para Cuba y quieres pasarla bien, sólo lleva dólares, o zapatos tenis o bluejeans desteñidos. Con eso te puedes mantener por varias semanas, te dan lo que pidas, y las mujeres sobre todo eso. El país está pobre, pero no la conciencia revolucionaria. Luego me confesó cosas de su trabajo -que lastimosamente no puedo reproducir en estas páginas por ser información seguridad nacional- y de cómo el servicio de contraespionaje se había desarrollado durante los últimos años. También comentó lo que había ocurrido después de Mariel, cómo se bajaron las dos avionetas en aguas internacionales y la propaganda que desde Miami hacía la contrarrevolución. Esos comemierdas de Miami no nos van a ganar nunca, burgueses reaccionarios y corrompidos, no quieren aceptar la derrota de Girón ni la dialéctica de la historia.

Oye chico, ¿y desde cuándo conoces a Omar? Desde hace muchos años le dije, estudiamos juntos y vivimos en el mismo barrio. ¿Sabes que se va a vivir a Puerto Rico? ¿No? Me lo dijo la última vez que nos vimos. Me confesó que el sueño de su vida era tener un bar de salsa. ¿Te lo puedes imaginar? Un bar de salsa, otra veleidad de los pequeño-burgueses. Omar me dijo que lo demás no le atraía y que la vida era muy corta para vivir tan serio, que ya tenía alquilado el local y estaba en el decorado, y que su traslado a San Juan era inminente. Es verdad chico, esto que te cuento. Yo, medio entrado ya en tragos, le dije que sea lo que Kit Kuero Kiere. ¿Kit qué? preguntó sorprendida. Kit Kuero, Cueranginha Omar do Cueranga, le dije, los nombres del submundo. ¿Y a ti cómo te dicen? preguntó medio ebrionga. Yo soy Cepeda 007, al servicio de Su Majestad. ¿Y tú? Se quedó pensando un rato, me miró y triunfante gritó: a mí me dicen Chelita la Caimana. Se puso los puños en la cintura y se dio un meneito desafiante: Chelita la Caimana, Chelita la Caimana, repitió y se tiró de espaldas sobre la cama, como Condorito. ¿Y esa chapa? Eso chico, eso se lo debo a los camaradas de El Caimán Barbudo. Yo le dije que, más bien, era porque ella se transformaba en lagarta, una vez apagada la luz, o por su pésimo gusto, a juzgar por el siniestro floro-cocaíno con quien se encontraría luego. Esos son deberes a los que nos obliga la revolución, contraatacó Chelita la Caimana.

Bueno chico, hasta aquí llegó esta rumba. Acto seguido se volteó y, sin perder más tiempo, empezó a dormir. Yo, recuperado de la juma y ganado por mi espíritu de caballerosidad, simplemente le puse una colcha encima y me aseguré de cerrar su puerta por dentro.

Tres días más estuvimos juntos, caminando y visitando otras exportadoras de flores. Al segundo día ella se vio con Caremuerto (el de la florería) y aseguró lo que quería. Dijo Chelita: de lo enamorado que lo dejé, me auguró que si los negocios salían bien, podríamos pasar a inversiones más productivas y exportar flores y otros productos a Europa y EEUU, como socios. Quedamos en que nos veríamos en Miami en dos semanas. Es que, chico, no hay polvo que no se alborote con el paso de Chelita la Caimana, proclamaba triunfal, mientras ponía nuevamente los puños en su cintura y hacía otro rápido meneito, a lo Tongolele. Así debe ser, confirmé.

A las pocas semanas de regreso a Guayaquil recibí en mi oficina una caja de madera que decía Embajada de Cuba. Contenía dos docenas de ron Habana, cien paquetes surtidos de los más finos cigarros, una colección de CDs de Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Beny Moré, Bola de Nieve, Ernesto Lecuona, La Lupe y Bobby Capó. También había videos de las películas Memorias del subdesarrollo, El hombre de Maicinicú, Los días del agua y Fresa y Chocolate, autografiadas por sus directores. Habían incluido, además, subscripciones de la Serie Policial, la revista Bohemia, el periódico Granma y, para rematar, las Obras Completas de José Martí, con dos líneas escritas por el mismo Fidel Castro: “Para el compañero revolucionario Luis “Cholo” Cepeda”. Era un honor, sin duda, pero prefería la de mi colega, ésta venía en sobre cerrado y decía: “La revolución no tiene dinero para pagar, pero sí arte y cultura para gente como tú. Gracias por todo. Hasta siempre compañero. Patria o muerte, venceremos. Firma: Isabel Martínez Arredondo (o Chelita la Caimana, si te va mejor)”. El pago por mis labores era simbólico, aunque de buen gusto. Ahora sólo tenía que vender el ron y los cigarros para sacar un guisín y convencer a mi Mulata Bella de que muy pronto llevaría dinero a casa. Y confiar en que el gobierno nos sacara del hoyo en que nos había metido, la mismísima damier, como acotan en el barrio.

Calle Luna, Calle Sol: Historias de Lorenzo



I. ESTACA DE GUAYACAN

Cuando llegué, las cosas no habían cambiado. Sólo mi muchachita lo había hecho: ya no era virgen, la muy puta. Colegiala aún, le gustaba que la arrimaran al parque. La muy puta. Y pensar que a mí no me dejó pasar de un serruchito. Cuando regresé me traje también el uniforme y una recortada, algún oficio habría de encontrar para usarlos. Era temprano, golpe de 6 de la mañana y rúc, veo al Chino. Habla nochi, chino cacorro, le dije. Hola guapa, él me contestó, qué bien te queda el arete y el uniforme. Con la cabeza pelada te pareces a esas roqueras lésbicas yoni, toma esto. Y sacó una pañoleta verde que rápido me puse en la cabeza, tiro pandillero de Los Angeles. Nos dimos un apretón de manos, un abrazo, qué fue pana, a los tiempos. Después nos pegamos unas cervezas en el parque y de puro manichos nos fuimos de bum bum, a darle bala a la casa de la muchachita. El chino me contó todo, sapo el hijueputa, qué chucha. Yo estaba futre con la cachina, el arete, la recortada, el uniforme y de remate la pañoleta.

Después de unos días vine al almacén. Tienes que ayudar a tu hermano, que estos maldecidos cuando lo vieron jodido se le desaparecieron. ¡Esos son sus amigos! Tienes que ayudarlo. Y yo, claro veterano, con mucho gusto. Y allí me instalé. Me dejé el pelo como lo había traído del cuartel, bien chiquito. El puto almacén era un infiernillo, aunque nada que ver con el calor de Arenillas. Arenillas, Arenillas es el culo del mundo. Sólo calor y tierra seca y la maldición de que te caigan los peruanos en cualquier momento. Arenillas Guevadillas. Debes estar mosca en Arenillas, o te revientan el trasero de un disparo.

La gente entra al almacén como en procesión: marejadas de mujeres metiendo la cabeza para escarbar zapatos. Estaban siempre ahí, como en un hormiguero en corto. Las muy putas, me decía yo, cómo les ha de apestar la concha. Por aquí a veces cae el Conde, golpe de temprano en la noche para ir al Cabo Rojeño. Cabo Rojeño, gran verga. Una barrita chancreta de salsa, con un volumen del hijue que no deja conversar y un montón de maricones en carnaval cuando se ajuman. Las bielas, eso sí, están siempre bien heladas. Ya me he dicho varias veces que uno de estos días en que se me pelen los cables, me pongo la cachina del cuartel y les incendio la mierda esa, a ver qué hacen. Barrita chacreta. A ver dónde se meten.

El cuartel dije, el cuartel, otra gran guevada. Tres veces han venido por el almacén los policías y los milicos (hasta policías privados y soplones, que son los que más verga valen porque ni siquiera saben que valen verga) vienen los hijueputas a sorprender con sus credenciales y placas cagonas. Que les bajen los precios de los zapatos, que ellos son panas y que están a la disposición. A la deposición debe ser, a la deposición de la puta que los parió. Un día vino un marino, un flaquito pantalón corto y chancletas, medio legañiento, camiseta como carpa de circo y una gorrita medio sucia. Avión también, el hijueputa. Después de haberse probado unos diez pares de zapatos me le tiré deúna: ¿vas a comprar alguno o piensas probarte los que quedan en el almacén? Se levantó la camiseta y me mostró en silencio una ametralladora. Me quedé frío un instante pero reaccioné: ¿ves esa oficina que está allá arriba? Allá tengo una más grande que esa, le dije. Y se rió, el muy maricón. Eres sabido pelado, afirmó. Y como que ya me daba plomo. Pero no. Hazme la factura, me dijo, y se fue a pagar a la caja. Sacó el guiso y pagó los zapatos que tenía puestos. Y se fue, medio mirándome de refilón en la retirada.

Otro día vino un serranito, chapudo y todo, con lentes redondos, hecho el tierno, el muy educado. De entrada mordí que se hacía el pendejo, el muy zanahoria. Dale la espalda a un serrano y vas a ver lo que te pasa: el careperro que lleva dentro salta y te pega una cuchillada. Eso lo aprendí en el cuartel, aguantando golpe de esos suboficiales lameverga. A ver, mono hijueputa, cincuenta más de pecho, mono ladrón. Todos eran igualitos en el cuartel. Este serranito me vino a preguntar el precio de unas botas. ¿El precio? El precio, está frente a tus ojos, ahí escrito. Son sesenta lucas. Se quejó de que yo me ponía bravo por gusto y se fue. Al rato regresó y me dijo que él era muy educado y que yo lo había tratado mal y cuidadito porque él era segundo dan en karate. Tienes un nombre muy bonito, le dije: Segundo Dan. ¿No eres pariente de Leo Dan? ¿Ahora qué quieres? ¿Que salga corriendo, te pida disculpas o te saque la chucha? Ya me veía en el suelo, pero al avasallo avasallo. Te la doy, me la das o nos la damos Segundo Dan, le dije. Me miró, se quedó frío y rompió frente a mi cara la factura en mil pedacitos y los tiró por el aire, como en una escena de desfile por la calle. Mientras salía algo dijo, pero no entendí, quizá porque habló en norro, que es el idioma de estos serranos hijueputas. Gesto de resignación, diría el Conde. Este serranito karateka, medio loco también, el muy hijueputa. Te puteo, te pateo y te culeo, decía yo para mis adentros.

Otras veces entran los choros. Choritos al guevo. Cuando los agarran llaman a la mamá, a la virgencita, estos maricones. Venían a cambiarse los zapatos. En grupos de a cinco o de a seis. Como siempre, en gallada los sobaverga. Los veía que entraban y por ahí mismo mandaba a una de las empleadas a que los siguiera. O yo mismo iba: pinta o te vas. Y se iban los maricones, sin decir nada. Uno de esos días, un choro, a lo que iba saliendo, picado, me dijo te queda bien el arete. Y bum, lo mandé de culo de un puñete. Hasta ahí le llegó el chiste. Había una cholita en el almacén, camelladora, buen culo, que me quedaba mirando a lo que pasaba. Ya vas a ver la que te espera por mirarme así, virola te voy a dejar. Pero no le he dado aún su debida retreta. Mejor, después se alzan. Buen culo la cholita, eso sí.

¿Los chamberos? Chamberos rascabolsas, joden más que las mujeres. Con ese tonito y shá que tienen para hablar, medio grifo, medio como que les faltan los dientes. Pero eso sí, se llevan sus zapatitos, viejos y sucios pero se los llevan a revenderlos en la cachinería. Camello es camello. Los llevan, los limpian y se hacen su vento. Llega el Conde. Como siempre, se había escapado de la Redacción del Crónica Roja.

¿Y quién chucha es el Conde? Mi pana, mi bróder. Cuchitril que ve cuchitril donde se mete. Devoto de la Narcisa de Jesús, las cachinerías, las cantinas indígenas de la calle Colón y de patios de carretas de carboneros. Fritanguería que ve y, zás, ya está sentado comiendo y tomándose una cerveza en un vaso enano y hediondo: porción de chancho, Pílsener helada y unas ayoras para la rockola y para de contar. Eso es la felicidad completa. ¿Qué chucha espera de la vida? Mejor no le hago esa pregunta. Tiene su dato cuando escribe en el periódico, aunque anda medio rayado y siempre repite la frase “el sol, como huevo reventado, se derretía en las calles de Guayaquil”. De la morgue a la computadora, de la computadora a la cantina. Vaya vidita. Picha con ají, eso sí, sin perderse un fin de semana. A veces pienso que sería bacán embarcarme también en ese dato, en esas averiguaciones. Le conté lo de Segundo Dan y se cagó de la risa. Me dijo que si yo fuera escritor o poeta podría trabajar en el periódico, que siempre había una pega. Medio careverga también el Conde con su comentario. Yo no quiero ser escritor ni poeta ni guevadas.

Escritores y poetas son esos maricones que caminan por la Casa de la Cultura y siempre andan chiros y se creen la gran mierda. Un poco de viejos borrachos que cruzan afeminadamente las piernas y nunca paran de hablar y son dueños de la razón. Yo lo que quiero es ser culeador, puñetero (que para eso fui al cuartel) tener billete y que la muchachita, la muy puta, por fin me de la cosita rica. ¿Ser escritor o poeta? ¿Yo, que veía en el colegio a una sarta de maricones lameculos que siempre andaban repartiendo las chuletas? ¿Yo, poeta, escritor? la verga.



II. LA ESENCIA DEL GUAGUANCO

¿No dije? Los choros son lacra tuseril. Llegó uno. No, era un trio. Se meten entre la gente. Yo estaba recibiendo carga de la bodega y lo veo a Bigote que sale embalado hacia la puerta y me llama: Lorenzo, vente. Bajo del camión y me las voy oliendo. A lo que me acerco el choro sale bacanote con unos churumeles newton. Bigote le pega un puñete en el pecho, de esos que sorprenden por el sonido. Lo agarra de la camisa y le dice pasa los zapatos chuchetumadre. Lo mete en el almacén mientras yo lo sigo. Lo lleva al fondo y lo hace sacárselos. Déjalos ahí maricón, te vas a pata. Lo agarra del pelo y a lo que lo iba sacando yo me arrecho de verlo todavía medio sobrado y fum, le hundo el culo de un sonoro patazo. Bigote le pega un puñete en la nuca, lo agarra de los hombros, le pone la pata en media espalda y lo lanza a la calle. En la próxima te damos plomo, afuera hijueputa. Afuera yo me le tiro y el muy meco se pone a rezar y me repite nunca más nunca más por diosito santo que nunca más robo. Lo veo y le digo corre maricón corre y me lo llevo a punta de patadas, brincando, unos treinta metros y luego dejé que se largara. De vuelta al almacén nos cagamos de la risa con Bigote. Lo que más me cabreó es que el muy avión dijo que era papaya chorearse los quesos aquí, eso dijo cuando yo pasaba llevando la carga, me contó Bigote. A mí me quedó en el cráneo la frase “la próxima te damos plomo”. Sonaba bonito: “la próxima vez te damos plomo”. Era como una plegaria si se la decía en voz baja: “la próxima te damos plomo, la próxima te damos plomo”. Era como un eco, como una voz que se venía acercando poco a poco desde un lugar muy distante, desconocido.

Ya no tenía el estilo media-peluca. Me había pelado a mate, de puro chucha. Algo estaba esperando, no sabía qué, quizá la voz lejana que dije antes. En esas cavilaciones estaba cuando se me acerca una chola buena, buen culo. Me dió la impresión de ser algo atávica, media salvaje y primitiva, de venir también de un tiempo remoto. Viene y me dice en corto esos de allá son ladrones. Yo no aguanto paro y me les tiro ¿compran o están de mirandinha? Sí, sólo estamos viendo. A ver pero a-fue-ra chu-cha, se van ahorita. Eran sólo dos pelados, de quince años a lo máximo. Salen y de refilón van cufeando a la chola soplona. Se paran en la esquina y me les boto otra vez, respaldado por Bigote y el Conde quien, como siempre, pasaba más tiempo en el almacén que en el Crónica Roja. Mira tú, colorado, y tú también negrito, yo conozco a toda la gente de la Boca del Pozo. La próxima vez les damos plomo. Y se quedaron callados. Al rato oí una voz que decía en tono damiselo ¿pero yo qué he hecho? Yo estoy aquí en la esquina esperando a mi papá que es taxista. Lo miré fijamente, tranquilo, éste no había estado en el almacén, era el campanero. Cuando venga tu papá, le dije, le voy a recomendar que te cuide mejor el culo antes de que te lo revienten como camareta navideña. Y ahora se largan chucha o los vuelo, dije, apuntándoles con mi recortada. Viernes, seis de la tarde en Guayaquil, último puerto del Caribe y primero del Infierno. La gente que estaba por allí, sapeando la jugada, se hizo humo tan pronto como saqué el arma.

Días después la plaga pandillera nos mandó otro emisario. A éste, sin alargar el cuento, Bigote lo agarró a la salida con unas chancletas turras bajo la camiseta. Lo metió al almacén. Yo le iba a dar con un bate de béisbol que me había conseguido para ocasiones como ésta. Bigote lo había visto desde la entrada y, como perro de caza, lo dejó que solito se pusiera la soga al cuello. Cuando se aseguró del choreo corrió desde la entrada, se fue al fondo y le pegó un puñetazo en las costillas: grandote chuchetumadre, con ese cuerpo de burro y andas choreando. Sácate el reloj, yo le dije, antes de darle el primer batatazo. Y ahí pagó el hijueputa, me lo dió de a guevas y lo lancé a un montón de zapatos viejos. Y pum, con el bate en las costillas. Ahora sácate los zapatos. No, no, me imploró, los zapatos no. Disculpe, cualquiera comete un error. ¿Un error? ¿Un error conchetumadre? ¿Por qué no llamas a tus panas para que te defiendan? ¿Un error? Vago hijueputa, un error es lo que cometió tu madre al parir un gusano como tú. Lárgate ahora. Y se fue, sobándose las costillas. Luego Bigote y yo otra vez nos cagamos de la risa. Maricón, le dije a Bigote, era de haberle quitado los Reebook que tenía y aquí mismo los vendíamos. Al final, acordamos mandar a los choros a pata pelada. Choro turro, el reloj que tenía no valía ni verga.

A pata pelada y así fue. Yo que entro a la oficina del almacén y Bigote me llama: Lorenzo, tengo a una chora en el baño, se iba llevando estos Dunlop. ¿La manadamos sin zapatos? Me quedo frío, lo pienso un chance y nos vamos al baño. Ahí estaba, sentadita en el trono, hecha la cojuda, como mirando pajaritos en el aire. A ver señora, déjeme ver los zapatos. Se los sacó muy delicadamente. Con Bigote la tomamos cada uno del brazo y de dimos el paseo de la verguenza por el almacén mientras la gente la miraba y comentaba. “Esta es la ladrona del día” decía el letrerito que le habíamos colgado en el cuello. La hicimos barrer y trapear todo el almacén. A lo que salió se fue para la esquina de la cuadra, tomó un taxi que la estaba esperando y, al pasar por el almacén, nos hacía yuca con el brazo. Con Bigote la miramos y nos reímos, resignados a tanta guevadilla que pasaba en el almacén. Pero la plaga seguiría su derrotero.

Al día siguiente, jueves en la mañana por más señas, nos cae una pandillita. Cromos difíciles todos, sucios y enchancletados. Bigote se tira a la puerta, yo agarro el bate. Los pandilleros adentro se organizan, se dividen en dos grupos para distraer a las empleadas. A la salida los paramos: en fila india todos, les digo. Tú primero, tú atrás. Fila india, chucha, les repito, aquí se va a hacer la inspección. Los sorprendimos a los rascadores. Y en fila, de uno en uno los revisamos: levantarse la camiseta y alzar los brazos. Y allí fueron saliendo, de uno en uno. ¿Y estos son los que azotan Guayaquil? me pregunté. ¿Estas guevadas de hombre? Choros y pandilleros me caían verga, por vagos y porque andaban jodiendo a la gente pobre, a sus propios vecinos. A las peladas que no les daban el culo a las buenas las violaban. Estos hijueputas, pocohombres, no sabían levantarse a una pelada. Maricones arranchadores de carteras a mujeres viejas, a ancianitas. Cada vez que los veía me volvía al cráneo la frase de Bigote: “en la próxima te damos plomo”. Plomo, golpe y candela. Indenciarlos vivos, meterles un palo en el culo, a ver si aprender a respetar. Estaba cabreado.

Pero otros días eran noteros. Entra un viejo podrido esperjeando puteadas a todo el mundo: unos 200 años de edad y con una cholaza a su lado que quería unos zapatos blancos. Se los doy, los paga, y en vez de largarse, de puro celo comienza a putear al personal de entrega. No hizo pito sino un pitazo. ¿Qué pasa? pregunto. Y el viejo dice que no me meta. Viejo hediondo a tusa de choclo, le digo, amargado al guevo, recoge tu compra y lárgate de aquí. Y se fue puteando a todo el mundo, a mí también como que me tocó la yapa de la retalía. ¿Noteros dije? Noteros pero bien jodidos. Entra un gogotero que quería unas botas porque decía que se parecía a Chayanne. ¿A Chayanne? Tú te pareces a tu mamá y al vecino, y a un karateka que conocí, un karateka cinturón flojo. No hay zapatos para ti, Chayanne del pantano, Chayanne al guevo.

Entra un maraco. Quiero saber en dónde está la sección de mujeres, me dice. ¿En dónde están los zapatos de taco? Me pregunta. Al fondo a la izquierda, señorita. Y el baño, al fondo a la derecha. Y la casa del gafitero, aquí nomás, a la vuelta, le respondo en seguidilla. Y el maraco me torció y se perdió almacén adentro, confundido entre la gente y los montones de zapatos, cual dama en fuga en una noche de tormenta. Se probó todo tipo de zapatos y en todos los colores: anaranjados, rojos, verdes, amarillos: maricón arcoiris. Después se puso felpas de dormir, con muñequitos, y una batona rosada media transparente: maricón soñoliento. Y siguió con unos mocasines con dibujos de las tortugas ninja. ¡Ninjas como yo! Exclamó de gusto, porque yo practico karate y estos me quedan I-de-al: maricón amansa-guevo. Después se despapayó por completo y se fue de caldo y se probó lo que más pudo, dejando todo desordenado: botas vaqueras, de camping y montaña, de baile. Quiero unas como las que usa Madonna o Xuxa: maricón coreógrafa, hombre y damisela. La loca llevaba unos diez pares de zapatos encima y yo atrás: señorita, ese zapatos ya está comprado, señorita, déjeme ayudarla, señorita, no puede meter la mano en ese baúl, señorita, no ensucie el zapato. Hasta que se cansó de oirme y me reclamó: ¡Ay, pero usted me persigue peor que marido en celo! Y zúc, me mandó la mano a la varenga. Saca la mano, maricón chuchetumadre, le dije. Y riéndose gritó la tiene chiquita, la tiene chiquita, la tiene chiquita. Bigote, que andaba cerca, oyó el avasallo y se fue de risa y sapada para foquearme. Después de un rato vino la cholita, ya al tanto del asunto, y me dijo ¿y con eso me quiere dejar virola? ¿con eso tan chiquito? Ese pipí esta bueno para comer gallina, remató heroica. Y se rió también. Te voy a poner de rodillas, le dije, te la voy a meter en la boca un par de horas para ver si la tienes como culo de gallina, le contesté.

Viernes por la noche, otra vez. Se aparece un disc-jockey, pelito largo, un tatuaje y el cuento de siempre: una rebaja de precios. Le expliqué muy cuidadosamente por qué no era posible hacerlo. Sacó un tuco de billetes de a 10 lucas y me tiró un verbo de que en la Yoni el cliente tiene la razón, de que tenemos la mente subdesarrollada, de que nunca más iba a volver al almacén y que le haga la factura. Mira, le dije, te he explicado educadamente por qué no puedo hacerlo y tú sales con lo que pasa en la Yoni. Y como en este almacén el que manda soy yo, te pido también con educación que salgas o te rompo el culo a patadas. Verde se puso el hijueputa, limpia-disco al guevo. Otro olla. Pero es que yo quiero los zapatos, disculpe y haga la factura y no se hable más. Que te la haga tu madre y lo agarré del moño notando, para mala suerte mía, que también usaba arete, y lo saqué del local. Bigote, al ver todo esto se quedó frío y se acercó con cautela para saber si era choro. No, le dije, es bailarín, y a lo que camina va tirando piedritas al abismo, porque trastrabilla y lo bordea. No me preguntes guevadas tú tampoco, Bigote a la verga. Y me volví arrecho al escritorio. ¿No será hora de que te vayas sacando el arete? Me preguntó para encamar. Primero me saco la verga, le contesté, y déjate de indirectas chucha. Estaba arrecho.

Era viernes dije, pero viernes negro. Golpe de quince minutos para el cierre se aparece el Chino y me dice: Lorenzo, la muchachita se casa. Me quedo frío. Te voy a dar plomo viernes negro. Cierro todo. Me salgo con el Chino y me enrumbo al Cabo Rojeño para hacerme funda. El Conde caería más tarde, seguramente.


III. LO TUYO ES MENTAL

Cuando íbamos a entrar veo a Pajarito Bayona, Maridueña y el Pibe Bolaños, conversando con Yoyo, afuera del Cabo Rojeño, tirando unas cervezas. Qué fue Lorenzo, me dicen ¿Te instalas deúna? Sí, les digo, golpeado por la infausta noticia que me dió el Chino. Malaguero este Chino también, malaguero malanoche. Entro y, como siempre, la música a full, alguien tocando las maracas y la canción de Tito Nieves que decía cada hora/ cada día/ siempre la misma agonía/ no se cómo la voy a olvidar. Chucha, comento, como que me la están dedicando. Nos sentamos en el mostrador (que allí llaman barra pero que más parece mesa de carnicero) y pedimos dos, bien heladas por siaca. Ya no quería hablar de los mismos temas. Se casa y se casa y frío y que tenga hijos y le pongan los cachos y se haga gorda, vieja y fea, a la mierda todo y ruás ruás, me bajo dos botellas de un solo tiro. Lalo, el hermano de Yoyo (nombres medio sospechosos también) se me acerca y me pregunta ¿Lorenzo, no sientes como olor a campo, como olor a establo, a vaca, a chivo? Calla careverga pon dos más, le respondo. Lo que usted diga, señor gato. Se caga de la risa y me pone la de Bobby Valentín que dice la boda de ella/ tiene que ser la mejor/ va a estar llena de maíz/ y también de mucho amor. Y así, poco a poco me voy al fondo, imaginando que todo iba a terminar en una furibunda borrachera de despecho. Ponme algo viejo Lalo, le pido, “Cunaviche adentro”, “Vuelve”, “Don Goyo”, algo para beber en bruto.

Miro hacia arriba y noto el ventilador con adornos de cristal; en la pared del fondo, junto a los parlantes, una estatuilla de la virgen acompañada de velitas y retratos de Cristo y otros santos. A un lado, colgando de un clavo, un tuco de hojas para espantar malos espiritus y unos rollos de cinta de empaque. A los costados de la barra hay fotos de quienes murieron, también imágenes y fotos de Emelec y Barcelona. Pero veintidós cojudos corriendo detrás de una pelotita no me podían hacer olvidar a la muchachita a quien, a esa hora, ya la tendrían patas al hombro sin mucho esfuerzo. Esa verguiza era como perder por goleada. No, no podía celebrar. El dolor era muy grande, como Héctor Lavoe yo estaba enamorado de un imposible y nada podía ya vencer la ardiente espera, resolver para siempre mis dilemas, definir si me salvo o si me pierdo. El Chino hacía rato que estaba pluto. Sólo un par de bielitas y ya le hacía falta un periqueo.

A mi derecha estaba una pareja haciéndose trapo a besos y toqueteos. La mujer era una mulata atractiva, ya mayor. El era un man bien entrado en los treinta, con el brazo enyesado y unas bendas en el pecho y la frente. Dios le da barba al que no tiene quijada, decía yo con envidia. Ella me vió triste y oí que comentó el muchacho tiene una pena de amor. El man me miró sin decir nada, pero pude notar que traía una pistola. Celia Cruz cantaba toromata yyyy toromaaata/ toromata y rumbambelo y toro mata/toro/torito/toro. Estaba borracho pero no en la antesala del vómito en la esquina. Mi mente alcanzaba el punto en el cual el alcohol vuelve más nítidas las cosas y todo se afina. El tiempo se transformaba en una pantalla en la que todo se resumía: el cuartel, el almacén, los ladrones, la policía, la muchachita, mensajes violentos, olores, sabores. La cerveza aumentaba la fidelidad del sonido. Yo captaba mejor los mensajes y veía como en cámara lenta los movimientos de borrachos bailando entre ellos. Y así también percibía las canciones: Oigo una voz que me dice, agúzate que te están velando/ Y yo pasaría de tonto si no supiera/ que uno tiene que andar mosca por donde quiera/ y es por eso que yo digo de esta manera/ que este individuo no sabe en qué se metió.

A mi lado la pareja seguía besándose. Ella lo miraba con ternura, le acariciaba el rostro, ponía su cabeza delicadamente sobre su hombro. El le decía algo en la oreja y los dos se reían. Lalo, desde el otro lado del mostrador, me dice esta es la última de la noche. Se calló, aplastó el botón y limpia y perfectamente se oyó otra vez la voz de la mujer más talentosa del Caribe, y me decía que pena me da tu caso/ lo tuyo es mental/ que pena me da tu caso/ lo tuyo es mental.


IV. PARA COMPONER UN SON

Voy al sur de la ciudad. Me viene a ver Bigote: Lorenzo, nos vamos a la bodega, hay relajo por allá. Después de las chupizas la imagen de la muchachita me atormentaba cada vez menos. Total, ya debía llevar algunos metros de varenga. Después de estos meses ya debe ser zaguán, me decía. Era casi mediodía y Guayaquil era el horno de siempre. Salgo del carro y exclamo qué chucha es esto. Había unas tres mil personas apelotonadas tratando de parear zapatos. Cinco refresqueros, dos panaderos, cuatro heladeros, un bollero, un cevichero, un venderos de frutas y ocho policías completaban el paisaje. A lo lejos, como en una visión, cientos de niños lombricientos luchaban por mezclarse con los demás, mientras otros policías los amenazaban. Venga por aquí joven Lorenzo, me dice un grandulón que tenía un tolete y una gorrita azul. Adentro de la bodega la gente se arremolinaba, insultaba y se peleaba por un zapatito brillante. Ese es mío, ese es mío gritaban. Como si se tratara de la gran verga, del eslabón perdido, del número mayor de la lotería. Al fondo vi a tres cholitos corte de pelo Yoni, cada uno con su respectiva mochila. A los pocos minutos había sólo dos mochilas. Tomé la recortada y me fui disparando a la parte de afuera, aún nadie había recogido la tercera mochila. Los tanteamos con Bigote y ellos seguían con cara de cojudos preguntando qué pasa, qué pasa. Qué pasa tu madre, les dije. Los pusimos contra la pared, brazos alzados y patas abiertas, dato operación comando. Abro las mochilas y encuentro zapatos de niños, dos Reebook y un Jordache. Me miran y me dicen nosotros somos pobres, por eso robamos. Sí, les dije, ustedes son pobres, pero pobres hijueputas es lo que son, pandilleros conchesumadre, cien sapitos cada uno. A saltar mamavergas, les decía mientras los arreaba. A todo esto, tres policías norros se cagaba de la risa. Hágalos trabajar Don Lorenzo, los muy muérganos. No les dije nada a los tombos, aunque con gusto les hubiera dado un cachazo a cada uno. A lo que voy saliendo del patio hacia la calle veo a otro tipo contando zapatos de un sólo pié. Alguna compañía de cojos, pensé y me reí para mis adentros. Total: diez lucas por todo y a ver qué coño hacen con esos zapatos chullos.

Veo otra vez a la gente aglomerándose, aumentando. Los vecinos temían un azote vandálico, de esos que hacen las muchedumbres hambrientas cuando topan fondo. Pero, sapos y aniñados como son, se habían instalado en los balcones, gozaban viendo a la gente pelearse y putearse por un par de zapatos. Circo es circo, me dije. De pronto, se me vino otra vez lo del casamiento de la muchachita. El sentimiento estaba como estaca en el corazón, y recordé la canción de Julito que dice el día que me olvides alma mía/ yo sé que existirás en mí penar/ al verme solo, triste y olvidado/ mi vida la haría arrancar. Me dieron unas ganas inusitadas de llorar, de tirarme a moco tendido en medio de toda esa puta gente. Si los lazos que nos unen/ se llegaran a romper/ que se acabe ahorita mismo/ la existencia de mi ser. Túc túc, siento dos golpes en el hombro. ¿Quiere tomarse un cristalito Don Lorenzo? me pregunta un viejo medio seco y pellejudo. No le contesto. Agarro el vaso y adentro te fuiste-guisky de caña. Y el viejo comienza a contarme que acaba de rematar su casita en el Guasmo, más al sur de la ciudad.

Yo trabajaba en la Cartonera Nacional, Don Lorenzo, luego el trabajo se acabó. No fue la huelga, no fue el patrón tampoco. Un día nos dijeron que la compañía había quebrado y que nos iban a liquidar con lo que se pudiera. No nos dieron nada y yo tuve que salir a vender cuero reventado y encebollado, que era lo único que podía vender. Fue duro al principio, ahora ya me tiré al dolor. Cuando uno es pobre se acostumbra rápido a la mala suerte. Yo lo miraba con cara de esta canción ya la conozco. El viejo se toma otro trago y me dice hágale usted también Don Lorenzo, hágale con confianza. Tomé otro y me senté en la vereda y ahí comenzamos un adúo de pasillos mientras en los balcones de las casas seguían los aniñados viéndonos con escándalo, pero disfrutando de que en el teatro de la vida a ellos no les hubiera tocado la parte trágica.

Llegando el atardecer, la caída del sol era el presagio a otro tiempo. Bigote ya se había ido. De la multitud sólo quedaban unos pocos, vagando sin hacer nada y sin tener nada que hacer. El mundo podía hundirse lentamente o ser destruido en un instante por un terremoto, poco importaba. El viejo seco, ya bastante entrado en la chupa me invitó al Guasmo, que es un poco el principio del fin del mundo. Lodo, pandillas, casas de caña y muertes y unas hembras que, lo sabía, podían provocar las más fuertes erecciones. ¿Qué esperas Lorenziux para vencer esos territorios? Y presto me fui con el viejo.

Llegamos a una chocita de majagua y caña. El viejo tenía una radio que funcionaba lo suficiente como para amenizar la noche y la canción decía amigo, por qué tomas tanto/esa mujer nunca te amó/ y se burlaba de ti cuantas queriiiiiíaaa. Era ya cerca de la medianoche. De pronto apareció un enano. Cortadito, lo llamaba el viejo. Se parecía al Tintín. Andaba en pantalón corto, chancletas y sin camisa. Yo estuve esta tarde en la bodega y quiero proponerte un negocito, empezó diciendo. Tengo un dinero por allí, podemos trabajar juntos, tú me das la merca a vaca y yo te cruzo unos meyocos tapiñados. Mi gallada trabaja en el golfo y quiere cambiar de oficio. Con los policías merodeando ya no es lo mismo. Además, la competencia es muy grande. Otros han entrado también en la jugada y las camaroneras no dan para todos. Hay una banda, Los Duendes. Les decimos así porque nadie los conoce, pero han cambiado el negocio. Asaltar es una cosa, matar otra. Imagínate que estás ahí, sentado en tu canoa en medio de la noche y de repente zuás, tu cabeza queda separada de tu cuerpo, rodando por el piso, carroña para tiburones. No le repliqué nada.
Solo tomé otro trago. ¿Hacemos o no el negocio? me preguntó. No le contesté, a mí no me gustaban los sapos. Había estado pensando en cómo moriría. ¿Cómo vas a morir Lorenziux? Una vez vi un cementerio más arriba de Montañita. En ese momento supe que quería ser enterrado en un cementerio chiquito, en un pueblo de pescadores. Y morir con mucho hielo sobre el pecho, mucho hielo, como un tiburón desgajado por cuchillos.

Cuando desperté no había rastro de Mochito ni del viejo pellejudo. La emisora decía son las cinco y cuarto de la mañana. Soplaba un viento fuerte que metía remolinos de tierra en la choza. En qué verga me he metido, en qué verga me he metido, me repetía lentamente, mientras buscaba una manera de salir del Guasmo. Por suerte pasó un bus, medio chacretolia pero funcionando. Me trepo al andar y a lo que me siento un tipo me queda mirando y me pregunta ¿no eres el del almacén? Yo siempre voy allá y tú trabajas allí. Sí, le digo, pero de a vaca porque eso es de mi bróder. De tu bróder, y que haces por el Guasmo. De todo hay que probar en esta vida, le digo. Bueno, casi de todo. Y ahí le corté nota porque no estaba para parlamentos.

El bus ya iba por el barrio Cuba. Estaba sucio, hediondo. ¡Qué chucha! me dije, en peores he estado. Me bajé y me fui a pegar un encebollado. Empecé a caminar por la Domingo Comín rumbo al centro. Paso por el Colegio Salesiano Cristobal Colón. ¡Tu madre! le digo al colegio y me pego una meadita aguardientosa en el muro. Un guardia me había estado viendo y me grita ey ey, borracho, anda a mear a tu casa. No puedo, le contesto, tu mujer dice que vas a llegar temprano. Y, luego de subirme el cierre, desaforado le grito ¡CHUCHETUMADRE! y pego la carrera. Debían de ser las seis y media o algo así. Las aniñadas de la Inmaculada pasaban veloces en sus buses escolares.

Me meto por la Zona Naval. Hace tiempo que no camino por aquí. La última vez estaba con un culito rico, digo medio nostálgico. El sol empezaba a salir y el calor ya se venía. Me fui al depósito de cerveza y compré una bien helada. Pedí un ceviche en uno de los quioscos y allí me senté, a ver pasar el agua chocolateada del río Guayas. Algo me hacía detestar la vida que llevaba. Mucho era tener que lidiar con todos esos hijueputas todos los días. Para lidiar así suficiente conmigo.
Dos mujeres trabajan en el quiosco, me ven y se rien. ¿Y usté tan temprano y ya bebiendo? Todavía estoy disfrutando el día de ayer, les dije. Una de ellas, la más joven, tenía una sonrisa amplia y hermosa, ojos negros piel canela/ que me llegan a desesperar. ¿Puede poner alguna música? Cualquier cosa, les pedí tímidamente. Puso 11Q, una emisora de música aniñada en inglés. No entendía nada y seguro que ella tampoco. Qué chucha dije, de todos modos me gustaba, y la negra estaba como mango. Después cambio a Rumba y sonaba morena de la tierra que me vió nacer/ para darle mi querer/ la quiero con ojos negros/ morena y que sea boricua. El sol estaba alcanzando lo alto. Llegaba más gente. Desde un rincón escuchaba sus conversaciones. Caminaba un par de cuadras, regresaba, conversaba con algunos muelleros y pescadores, y otra vez venía al quiosco por más cerveza. Y así me pasé toda la mañana. La magia del Barrio del Astillero estaba en mí. Era invencible, sabía que tenía un par de ideas en la cabeza, sólo me faltaba descubrirlas. Algo me decía que, después de todo, las cosas no podían ser tan aburridas o malas en la vida. Cuando uno empieza los veinte, eso que llaman la soledad, después de todo, no debe ser tan grave.

Final de cuento, con mambo de Pérez Prado y Machito

Dámaso Pérez Prado: "Mambo 5"


Estaba en el aeropuerto internacional Simón Bolívar listo para tomar el vuelo de American para Nueva York. Llevaba pasaporte en mano y una maleta pequeña. De pronto, por la puerta aparece ella, mi mulata peligrosa, acompañada de tres amigas con unos paquetes. Apenas me vio se acercó, me dio un beso largo, sonado y muy cálido, cosa que provocó una inmediata erección en mí. Te presento a Maribel, Cindy y Mercedes. Ellas quieren saber si les puedes llevar estos encargos, sólo tienes que llamar por teléfono y allá alguien los retira. Después de un beso así nadie puede decir que no. Claro, les dije, faltaba más. En eso escuché la llamada para abordar el avión. Ella me besó nuevamente y murmuró al oido algo que no se puede repetir en estas páginas. Al decirme adiós con la mano me recordó que estaría esperando mi llamada.

Entré por la puerta, hice el chequeo de mis papeles y me subí al avión. Iba pensando en dos cosas: qué carajo había en los paquetes y si Omar Kit Kuero me estaría esperando en el aeropuerto; después de todo, era la primera vez que visitaba la Gran Manzana. Quería resolver el caso lo más pronto posible. La verdad sea dicha: junto a la jodienda de la pobreza galopante, los cambios de gobiernos y el constante saqueo al bolsillo del pobre contribuyente, el hampa asestaba golpes cada vez más contundentes a la sociedad guayaquileña. Lo cual se traducía en el auge de robos de carros, asaltos a sucursales bancarias y casas particulares, y arranchones de alhajas en los autobuses. Esta situación social, declive de la civilización grecolatina, que podría ser aprovechada para un discurso lleno de puerilidades (de esos que siempre dicen los políticos), o como una declaración moral tirada a bacana en cualquier otro detective, a mí me había dado más clientes y ayudado a independizarme de la tiranía de Gutiérrez, quien, como debe recordar el avispado lector, era mi jefe en otros episodios de esta delicuencial saga a la zaga, de este libelo, su libelo favorito.

Efectivamente, Omar Kit Kuero, mi primer ayudante en asuntos internacionales, me estaba esperando en el aeropuerto La Guardia. Qué tal el vuelo, me preguntó. Normal, le dije, un poco cansado. ¿Tienes los datos? Algo mejor que eso: encontré al que hizo el robo. Dice que te conoce, que se vieron una vez en casa del Chugo, en la Ciudadela 9 de Octubre. No comentó nada más, que sólo hablará contigo. Salimos del aeropuerto, tomamos un taxi.

Cuando empezamos a hablar el conductor nos preguntó si éramos de Guayaquil. Afirmativo, le dijimos. ¡Vaya a la verga! Exclamó, yo soy de Manabí. Acto seguido nos mostró la colección completa en CD de los pasillos de Eduardo Brito. Y también tengo los de Olimpo Cárdenas, añadió, con una sonrisa de oreja a oreja. Así, cruzando velozmente calles y avenidas, con la voz en cuello de los cantantes lejanos, llegamos a Queens. Las casas eran pequeñas y frágiles. Había cientos de personas cargadas de bultos, fundas, ropa, cajas o abrigos. El comercio de la Roosevelt me recordaba las abarrotadas tiendas del Mercado Central y sus alrededores. Nos bajamos en una esquina. Por arriba de la calle pasaba ensordecedor el tren, llevando pasajeros a otros barrios hispanos. Nos apeamos y fuimos a la casa de la hermana de Omar Kit Kuero, lugar en el cual, dicho sea de paso y para dejar un claro precedente, tomé un baño reparador de unos cuarenta minutos. ¡Agua en la ducha! Eso no podía ocurrir en Guayaquil.

Kit Kuero me dio un papel con dirección completa y un número de teléfono, y me dijo aquí pasarás los días de tu visita, sólo trata de no tomarte mucha confianza con la gente. No le des tiro a mi cuñado, el pobre tiene sus rollos, vive amargado y cuando se emborracha se pone pendejísimo. No le des bola, ¿estamos? Está bien, le dije, un tanto molesto por el exceso de detalles. Necesito llamar al del robo. No, me cortó Kit Kuero, dijo que él te llamaría. Nos vidrio mañana.

Veía por la ventana a la gente multiplicarse prodigiosamente en las tiendas de negocios, cuando de repente sonó el teléfono. La hermana de Kuerisnai se acercó y me dijo alguien quiere hablar con usted. ¿Aló? pregunté, hecho medio el cojudo ¿quién habla? Cholo Cepeda, soy yo, Viejo Bello, el hermano de Mini Mini, nos conocimos una vez en casa del Chugo. ¿Te acuerdas? Me quedé pasmado. Viejo Bello estaba muerto, yo había visto las fotos en los periódicos después de la captura, la manera en que lo dejaron. Esto era una tomadura de pelo. Si tú eres Viejo Bello yo soy el Avispón Verde, le dije. Después de dos segundos de silencio escuché una sonora carcajada del otro lado de la linea y acto seguido una frase más familiar: Cholo careverga, soy yo, te espero en la 90. Fin de la llamada. ¿En dónde mierda estaba eso? Eso está a dos cuadras de aquí, dijo para mi sorpresa la hermana de Omar Kuerisnai, que había estado oyendo lo que yo hablaba. Perdón repliqué, no sabía que usted estaba cerca. No se preocupe, de todos modos ya conozco a los amigos de mi hermano. A propósito, inquirió ella ¿por qué le dicen Kit Kuero? Es una historia muy larga, otro día se la cuento, ahora debo salir.

Bajé del edificio en busca de la 90, mientras recordaba que a Kitkuero Kuerisnai también le decían Omar do Kueranga, Kueranginha o, simplemente, Kuerito. En la esquina de la 90 y Roosevelt estaban dos pintas esperándome. Uno se acercó y me dijo Viejo Bello lo espera, suba al auto por favor. El chofer pasó con mucha calma varias cuadras hasta llegar a una zona abandonada. Usted se baja aquí y espera. Obedecí, no había otra alternativa. A los pocos minutos llegó una limosina, abrieron la puerta del carro y del fondo salió el mismísimo Viejo Bello, vestido todo de blanco, corbata incluida, bien afeitado, como esos gánsters que uno sólo ve en las películas. Cholo, bróder, ¿cómo estás? Mi sorpresa me había hecho congelar la cajeta. Sí, era Viejo Bello, el que viste y calza. Dime la plena ¿cómo hiciste para volver del más allá? Se rió nuevamente y me dijo un tanto serio, esa historia también es larga y no te conviene saber los detalles. Por lo demás, está claro que cayetano contigo, ofri al cofri, come papaya y guineo o te sarandeo. Tú lo único que sabes es que me mataron en una persecusión. Y cambia esa cara. Sube, te voy a dar una vuelta por la ciudad. Primera vez en la Manzana ¿verdad? Sí, contesté, mientras subía a la limosina. ¡Limosina! Cholito, me dije, ¿en qué chucha te estás metiendo.

Convertido en franco guía turístico, Viejo Bello me decía aquí hay un poco de todo, más boricuas que en Borinquen y quisqueyanos que en Quisqueya. Ahora vamos por el puente de Brooklyn, y lo que ves al fondo es Manhattan. Me parecía ir en un carro con Madrake y Lotario al volante. Al poco rato, sin darme cuenta, tenía una Heinecken en mi mano y estaba escuchando a Henry Fiol. Tengo pena contigo/ tú dices que estás penando/ yo tengo pena contigo, sonaba en mis oídos. ¿Te acuerdas? Fiol llegó a la Quinta Patricia con la gente de la Sar All Stars, con El Caminante Roberto Torres, Charlie Rodríguez y Jorge Maldonado. Ahora la limosina cruzaba las calles de Manhattan con sus edificios queriendo babilónicamente llegar al cielo. Luego Madrake le habló a Lotario y le dijo llévanos a New Jersey. ¿Qué te parece la ciudad? Bacana le dije, mucho más grande de lo que me imaginaba. Cruzamos el río y llegamos a una boite llamada La Boquita de Rosita.

Lotario estacionó la limosina y, desde la atalaya que era el parqueadero, Viejo Bello continuó: acá viene la gente de la Ciudadela: Ronquillo Ronqui Moqui (se refería al legendario Baby Caretopla), Petete Medina, Monín Sir Dángala, los hermanos Machucagente y Juan Cerebro. Todos. Hablan, fuman, se toman mil cervezas y se ajuman hasta las patas. Quédate aquí si quieres, yo te mando a los muchachos para que te lleven de regreso a Queens, golpe de tres o cuatro de la mañana. Acto seguido, y sin esperar respuesta, me abrió la puerta, puso unos billetes en mi bolsillo, me dijo para los gastos, te llamo mañana y ahí hablamos del asunto. Cayetano contigo, ya sabes, yo estoy muerto, repitió. Eso de creerse muerto le encantaba.

Salí del carro y entré a la boite. La música era agradable, las meseras vestían trajes apretados y sus formas incitaban a los más bajos placeres ¿Qué toma Su Merced? Una Heinecken, le dije, mientras me sentaba sin saber exactamente lo que tenía que hacer allí. La gente llegaba y el ambiente empezaba a ponerse bacán. Las parejas bailaban las canciones de Oscar D’León, Luis Enrique y Marc Anthony. A la tercera cerveza pude reconocer a unos manes que estaban sentados cerca de la barra. Eran ellos, no había duda, a pesar de los años estaban iguales. Me acerqué. Se quedaron mirándome y casi al unísono me gritaron ¡¡CHOLO CEPEEEEDA!! y nos dimos un abrazo. Eran Petete, Juan Cerebro y mi compadre Caretopla ¿Cuándo llegaste?
Nos sentamos y mientras nos poníamos al tanto de los chismes les dije que había venido a encontrar información sobre el robo del testamento. Se quedaron callados y luego Petete exclamó: ¡ah! eso sí está jodido, se hizo una bomba del rollo, parece que hay mucho guiso metido en la colada. Fue una cosa de profesionales. Sí, les confirmé, hay millones de dólares de por medio. Silencio. Y entonces, ¿hasta cuándo te quedas? Calculo que en cinco días tendré la información que quiero.

Luego de ese diálogo medio infructuoso, entramos en borrachera, teniendo como fondo escénico a las damiselas, que caminaban en las pasarellas como Chuchito las trajo al mundo. Petete me mira con asombro y dice vaya a la verga, quién creyera, tú, cholito a la gaviria, detective, qué nota. Y yo que creía que te ibas a hacer abogado o profesor. Yo también lo creí, repliqué, pero en Ecuador hay muchos abogados, y los profesores son un montón de huelguistas malpagados. En cambio, ser detective es como actuar en una película, sólo que sí te puede salir el tiro por la culata. Me daba cuenta de que mi verbo se ponía guacharnaco y eso auguraba la hora de irse al sobre. Desde una esquina de la barra, los muchachos de Viejo Bello se me acercaron. Uno de ellos me dijo es hora de irnos Don Cepeda.

De regreso a casa, la hermana de Kuerito me tenía un mensaje: dice Omar que lo espere, que necesita hablar con usted. Muchas gracias señora, repliqué, y disculpe por llegar tan tarde. Tan temprano querrá decir, replicó molesta. Sólo un caldo de pata o un pescado frito con arroz donde los maricones (Guayaqil, Mercado del Sur, valga la propaganda) podían volverme a la vida. Ergo: extrañaba La Perla del Pacífico.

Al día siguiente hice las llamadas para que retiraran las encomiendas que había traído. Luego me dije ¿un detective como yo de recadero? Tenía que hablar con mi mulata sobre esto a mi regreso. Kuerito se apareció y empezó a preguntarme sobre lo que había ocurrido el día anterior. Debí inventarle una historia larga y aburrida. Cuando me encontraba en esas, lo que hacía era repetir algún caso anterior. Siempre funcionaba. Pero esta vez algo me decía que mi ayudante, el super agente Omar Kit Kuero, Kuerito do Kueranga, pensaba que yo, su otrora pana y ahora jefe, le estaba viendo la cara de pendejo.

Hacia el mediodía Viejo Bello llamó nuevamente y nos volvimos a ver en circunstancias similares. Estábamos en el corazón comercial de Queens. Había tanta gente que era difícil caminar con tranquilidad. Mucha gente igual choreo, esa era mi ecuación ¿Cuál era el puñetero gusto de comprar tanto? Gran misterio. Entramos a un restaurante, nos sentamos y ordenamos algo. Cholo, empezó a decir Viejo Bello, los detalles del robo no te los voy a dar, eso es secreto profesional. Viejo Bello tenía el cansancio en su voz y en su mirada. Sólo te voy a decir que nosotros lo único que hicimos fue apoderarnos del testamento y ponerlo en manos de quien nos contrató. Recuerda que en estos asuntos no puede haber intermediario. ¿A qué viene el consejo? le pregunté. Con una mirada de padre, molesto pero tranquilo, me dijo porque el que te contrató nos contrató también a nosotros para que te matáramos. Quiere dar la imagen de que su familia lo quiere marginar del reparto de la herencia. Sabe que el testamento no lo favorece. Te contrató para que vengas acá y nosotros te matemos, repitió un tanto ofuscado. Así, podrá decir que un investigador contratado por él, al descubrir la verdad, fue asesinado por sus enemigos. Me quedé pasmado. ¿Y cuándo me van a matar? le pregunté. No seas estúpido, gritó. De ser así no te hubiera invitado a comer. Vas a tener un accidente, sólo eso. Vas a regresar a Guayaquil bastante abollado. Igual, nosotros al cerrar el contrato lo convencimos de que matar a un detective, aunque sea de segunda como tú, no es algo que se le pueda pasar por alto a la policía newyorkina. Además, el chiste nos puede meter en problemas, ponernos en jaque y arruinarnos aquí el negocio. El hombre aceptó y ya sabe cómo hará público el atentado. Tú: cayetano contigo, no sabes nada más. Ahora come que eso se te va a enfriar. ¡Comer! Con semejante noticia el hambre se me había ido a los talones.

Cuando regresé a Queens ya habían retirado los encargos. Vinieron también dos hombres a buscarlo, me dijo la hermana de Kit Kuero. Omar dice que quiere hablar con usted, que regresa ahora y que lo espere. En esos momentos tocaron duro la puerta. Era mi cita con la muerte. Yo abro, le dije a la señora, usted siga haciendo sus cosas, debe ser para mí. Me acerqué sin hacer ruido, con la izquierda abro y con la derecha doy el primer tiro. Abrí. ¿Qué chucha haces con eso en la mano? gritó el super agente Kit Kuero ¡Te va a ver mi hermana, careverga! Se sentó y más tranquilo me dijo la cosa no está tan buena. Creo que debes irte pronto. Te están buscando, un par de sicarios te quieren matar ¿Qué mierda has hecho? Sólo dos días y ya te han visado al cielo. Aquí está tu boleto, te regresas porque te regresas. A esas alturas no iba a discutir nada. En la vida hay momentos en que es mejor callar, hacerse el cojudo y pegar la carrera, cubrirse el trasero y pegar la carrera. Estaba en terreno enemigo y los héroes habían muerto en la independencia. Ya habría manera de ajustar cuentas con el contratista.

Kit Kuero llamó a su hermana e hizo que nos despidiéramos. Ella sólo dijo en voz baja tenga cuidado, y se metió rápidamente al cuarto. ¡Su hermana! Ni siquiera había le preguntado su nombre. Cuando bajamos, un taxi nos esperaba (no era el manaba, por si acaso). De aquí al aeropuerto, rápido, sin parar ni mirar a nadie y con propina, le dijo Kit Kuero al conductor. Nos dimos un abrazo y quedamos en vernos en Guayaquil.

El taxi salió lento por las transitadas calles de Queens. Luego de varias cuadras se detuvo frente a la luz del semáforo. Yo llevaba el dedo en el gatillo, no pensaba irme solo en el viaje. “Bastante abollado”, como dijo Viejo Bello. Cuando el taxi se detuvo en otro semáforo, los sicarios se bajaron de otro carro. Disparamos juntos y todo se fue volviendo oscuro, oscuro y lejano.

Machito y sus afrocubanos: "El eco del tambor"

martes, 12 de febrero de 2008

Reloj, no marques las horas

Jiménez tenía unos cuarenta años. Vestía una leva café oscura y un sombrero de paja, por suerte no escandaloso. Llevaba también una camisa habana y zapatos de cuero puntiagudos. ¿Así que tú eres Cepeda? me preguntó. Voy a enseñarte un poco de este asunto. Vengo haciendo un curso en Brasil, en una ciudad del interior, nada mal la ciudad, nada mal sus mujeres tampoco. Pero tan pronto como te descuidas, zás, un tajo de cuchillo viene y te marca la cara. Mientras Jiménez empezaba a hilvanar sus historias, yo me preguntaba si este cuentero era el más indicado para resolver el caso del robo del Museo de Oro de la Casa de la Cultura.

Déjame terminar esta historia. Vas por una calle del centro de esta ciudad, no, cambiemos de ciudad, vámonos a Rio de Janeiro, la belleza carioca. Vas por Rio, musiquita por aquí, musiquita por acá, las garotas con unos traseros despampanantes, los muchachos persiguiéndote para que les regales unas monedas. De repente, un tiro, una ráfaga de metralla, las sirenas que suenan y la gente que corre. De fondo musical, un samba con fuerte batuqueada. En la esquina, un hombre compra los periódicos vespertinos para leer la crónica roja, fuma un cigarrillo, cae una ligera llovizna. Oka, le digo a Jiménez, hora de empezar el trabajo, luego me cuentas la segunda parte.

Aún no estaba seguro de la razón por la cual la Interpol me había mandado a esta maravilla; tenía sospechas de que buscaba sonsacarme alguna información personal. Nos apeamos a la Casa de la Cultura por la calle Santa Elena. A Jiménez se le ocurrió darse una vueltita de reconocimiento por el Mercado Central. Nunca era extraño ver el bulluco de zapatos de índor, correas, libros viejos, ropa de segunda, funditas de choclo y atados de cangrejos. Todo a la interperie, bajo el azote del sol de Guayaquil. Cruzamos 6 de Marzo y Jiménez me obliga a meterme a un pasaje interior. Vamos donde El Colorado. ¿Qué Colorado? le pregunto ingenuo. El Colorado es el dueño de esta librería, la más barata y mejor surtida de la ciudad. Una antología y paraíso para el lector, me dijo en claro afán de propaganda. Cuando entramos saludamos al Colorado. Se dieron abrazos y todo, me lo presentó y pidió permiso para subir al entrepiso. ¡Vamos, con confianza! me animó Jiménez. Allí estaban las Obras Completas de Sir Conan Doyle, algunas de las cuales ya había releído. Vi también una colección de literatura universal finamente empastada que, a la postre, resultó ser el plato fuerte de Jiménez. Ya teníamos más de una hora husmeando entre las revistas y los libros viejos, ya Jiménez tenía su pilo de libros metido en una funda plástica y ya se nos estaba haciendo tarde para llegar a la Casa de la Cultura. Es hora de irnos, le dije en tono casi enérgico. El no replicó nada, simplemente bajó las escaleras. El Colorado le hizo un buen descuento y lo despidió con un franco aunque sorpresivo “adiós poeta”. Ni adiós ni poeta, me dije, esas son palabras que nadie dice por estos lares.

Seguimos directo por la 6 de Marzo. Cruzamos el Parque Centenario, tomado ya por testigos de Jehová, evangelistas, bautistas, luteranos, pentecostales, malabaristas, teatreros, vendedores de canguil, morocho, mote, sánduches de chancho y otras variedades de la cocina ecuatoriana. Son las cuatro en punto y a esta hora el presidente debe estar esperándonos, dijo, para mi sorpresa, Jiménez. No sabía que teníamos una cita, manifesté. Obviamente que no lo sabías, porque no te lo había dicho. Ni lugares, ni fechas, peor horas de citas, deben comunicarse jamás A NADIE, terminó la frase en voz alta. Eso lo aprendí en mi curso en Brasil, ya sabes.

Subimos las escaleras y del fondo de una oficina salió un veterano alto, de piel quemada por el sol, con barba blanca, lentes gruesos y una barriga que le hacía quimbas a cualquier dieta. Igualito al que aparece en la propaganda de Kentucky Fried Chicken, me dije. Se acercó y muy educadamente nos invitó a pasar. En la oficina, Jiménez le pidió una lista completa de los empleados y sus puestos de trabajo. El ladrón está entre nosotros, afirmó con seguridad el presidente, no sólo el instinto sino también el informe del Cuerpo de Bomberos lo sugiere así. Nosotros ya conocíamos el informe, pero una secreta corazonada me decía que a Jiménez le interesaba no sólo encontrar al culpable del incendio y robo del Museo de Oro, sino también lavar alguna culpa, limpiar la imagen de algún implicado. Por otra parte, el trato familiar con el Colorado (no se diga la rebaja en la compra) me daba la pauta para pensar que estaba guardando una carta bajo la manga. Era sólo de esperar que él mismo me diera las pistas. Por experiencia propia sabía que cuando uno se hace el callado y misterioso es porque, en el fondo, lo que tiene son unas ganas inmensas de salir corriendo y gritar el secreto voz en cuello a todo el mundo.

A la salida de la Casa de la Cultura Jiménez me invitó a beber unas cervezas. Con el fin de la tarde y las primeras brisas de la noche ambos teníamos la boca sedienta. Ergo: acepté presto. Ibamos por Pedro Moncayo y poco antes de llegar a 1ro de Mayo nos detuvimos en el Montreal. Nos sentamos en la parte externa y pedimos dos bien heladas. Ya lo tengo, me dijo Jiménez, esto está más claro que el agua; ya sé por dónde va la cosa. ¿Y te importaría decírmelo o es algo que también aprendiste en Brasil? La verdad es que sí a las dos cosas; pero no lo tomes a pecho. Finalmente, tu trabajo consiste en reportarle a la familia del fundador del Museo lo que verdaderamente ocurrió, lo mío tiene que ver con la información policial internacional. Pero no te preocupes, la cosa va bien. En esas estábamos cuando se aparecieron dos pintas, pasaditos ya de los cincuenta, bajos de estatura, barrigones. El uno cholo con el pelo largo, el otro medio amulatado. Te presento a mis amigos Jorge Velasco y Miguel Castillo. Poetas, éste es el detective Luis Cepeda Cortéz, pero pueden llamarlo simplemente Cholo Cepeda. Los vates se sentaron sin esperar la invitación y pidieron unas cervezas. Acto seguido preguntaron sobre el robo y escucharon con mucha atención cada palabra de Jiménez. Para mi asombro, éste se explayaba en detalles inverosímiles, como decir que habían recuperado una mascarilla de oro y reconocido dos tipos de huellas que eran de famosos ladrones internacionales, así como una substancia química cuya patente la tenía sólo una empresa en la ciudad. O era verdad y yo no lo sabía, o Jiménez se los estaba comiendo al cuento de lo lindo.

Las cervezas ya formaban un bosque de botellas sobre nuestra mesa, hecho que nos hizo reflexionar y decidir que era hora de cruzar la calle y llegar al Mesón Comíofri, para servirnos unas suculentas chuletas. Velasco y Castillo, que ya estaban más del lado de allá que del de acá, me abombaban contándome los argumentos de sus cuentos. Oye Cholo Cepeda, decía Velasco, yo soy amigo de Mario Vargas Llosa. Oye, a mí me gusta Juan Rulfo pero, modestia aparte, muchos confiesan que mis cuentos son mejores que los suyos. Sí, es verdad, apoyaba Castillo, porque Vargas Llosas y Rulfos puede haber muchos, pero sólo hay un Jorge Velasco, sólo uno y sólo uno. Yo me estaba aburriendo más de lo soportable, lo cual contrastaba con Jiménez, que había llamado a tres lagarteros para que tocaran boleros y pasillos. Entrado ya en la maratón alcohólica, Jiménez les insistía en que cantaran una canción brasileña, a lo cual los lagarteros respondieron con un soberbio repertorio de Miltinho y Altemar Dutra.

Al día siguiente, con la excusa de no tener nada que hacer y para reponerme del chuchaqui, decidí quedarme en casa. Hacía tiempo que no veía televisión y quería estar al tanto del campeonato de fútbol. Estaba preocupado porque decían que Capurro se iba al Racing de Avellaneda, un Hurtado a Los Angeles, otro Hurtado al Celaya de México y el otro Hurtado al Vasco da Gama. En otras palabras, la defensa de Emelec, mi equipo (esto hay que ponerlo con mayúsculas) La Gloriosa Celeste, se iba a ir a la mierda. Túc túc, tocan la puerta. Tocan otra vez pero más levemente. Abro y, como dice la canción, un ángel bajó del cielo para hacerme una visita. ¿Cómo estás querida? Por favor, entra.

Estaba preciosa. Tenía un sombrerito que le hacía juego con la blusa, sonreía de lo lindo. ¿Cómo encontró mi dirección? Gran misterio. Después del combate amoroso en la oficina no la había vuelto a ver, pero especulaciones sobraban en ese momento. Caminaba pausadamente observando los cuadritos de la sala, los viejos discos, los libros de mi biblioteca, las revistas. Yo, en la gloria. Algo dije sobre el clima o las noticias del día, pero ella no hizo ningún comentario. Se acercó, puso sus brazos alrededor de mi cuello, su cuerpo junto al mío y, como diría Chivirico en un bolero, me besó con un beso como nunca me habían dado. Había en ella un encanto, una magia que venía del pasado, el temor y temblor del primer beso, un aliento a miel y agua fresca. Pasamos juntos todo el día, la tarde y las primeras horas de la noche, haciendo el amor y riéndonos de los apodos que me habían puesto en el barrio y en el colegio Eloy Alfaro. Lo intuído y lo deseado repentinamente estaba frente a mí: la amiga esperada. Era más hermosa en la penumbra de la noche, con la magnífica silueta de sus senos, su amplia y oscura cadera, de perfil nítido mientras pasaba de un lado a otro de la cama y los cuartos.

Pero, como la alegría dura poco en la casa del pobre, al día siguiente tuve que reincorporarme a las labores anti-choretriles. Me vi otra vez con Jiménez y visitamos nuevamente la Casa de la Cultura. El presidente se me parecía más y más al de Pollitos Kentucky. Jiménez fue al grano y le preguntó qué tanto conocía a la gente del Sindicato. A esto el increpado respondió que poco o nada, sólo lo que suponen las relaciones obrero-patronales. Lo tenemos en la cárcel ahora. Anoche hicimos varios operativos, no localizamos a todos pero allanamos varias casas y encontramos algunas piezas quemadas del museo. Luego interrogamos a los detenidos y comenzaron a abrirse como, disculpe usted el símil, pero se abrieron como libro viejo. Mirándome fijamente y en un tono de franca reprimenda continuó: mientras algunos dormían el sueño del justo, o se dedicaban a otros quehaceres, la Interpol, que trabaja las veinticuatro horas del día, cumplía su labor exitosamente. Lo único que falta ahora es que usted, como autoridad máxima, haga la acusación correspondiente. Los haremos que se pudran en la penitenciaría. ¡Perfecto! exclamó el presidente.

Nos despedimos de manera educada, no sin antes recibir cada uno un ejemplar de la novela La puerta se cerró detrás de ti, autografiada por el autor. A la salida, Jiménez me mostró la dedicatoria y, guiñándome el ojo, dijo: esta novela ya la he leído, me la envió Fernando Nieto, un colega de la Interpol que vive en México. Lo que quería era el autógrafo, así lo pongo en mi colección. Uno nunca sabe, quizá pueda venderlo más adelante. Y, cambiando de tema, añadió: tú deberías de hacer también un cursito por las selvas brasileñas. Vale la pena, se aclaran las cosas. Hasta aprendes a leer porque -como dijo mi colega, la Sargenta Violeta Cunha- sólo en el interior puedes apreciar la literatura detectivesca y a escritores como Rubem Fonseca. Mi colega, ¿qué será de ella? preguntó nostálgico Jiménez. Yo, como que ni oia. Sus divagaciones me cansaban.

De regreso a la oficina para escribir el informe encontré dos notas: una era de Gutiérrez y me preguntaba dónde chucha te has metido. La otra no tenía nombre, sólo decía te visitaré pronto, un beso. Pocas veces las cosas me salían así, pocas veces.

viernes, 8 de febrero de 2008

El hombre de Sintra

Era enero, un nuevo año estaba frente a mí. Las primeras lluvias del invierno tropical empezaban a aparecer. Guayaquil se volvía extrañamente gris. Digo “extrañamente” porque no se trataba de la melancolía del tiempo invadiéndolo todo, esa melancolía que existe en Quito o Cuenca. No. Esta sensación era aún más atávica, corría por la sangre de los peatones, aparecía en el rostro de los pandilleros y las muchachas de colegios. Con la lluvia venían también el calor, la humedad, los insectos y los mosquitos. Venía el temor de los derrumbes y las inundaciones, de las pestes y algún terremoto que destruiría casas de indios, allá, en las alturas de los Andes. Cuando uno es pobre esos temores se vuelven patentes, pero aprendemos a vivir con ellos. Sí, la lluvia nos iba a acompañar por cuatro largos meses. En esa entrada al infierno -que eso es lo que finalmente era el jodido invierno ecuatorial- había, sin embargo, intersticios de luz radiante, casi de felicidad. Poder caminar por el Barrio del Astillero era un ejemplo de esto.

Lastimosamente, el deseado paseo por sus calles no iba a ser el tranquilizador, relajante y merecido reencuentro con uno de mis barrios queridos. Gutiérrez, como de costumbre, me citó con caracter de urgente, así decía el papelito que me había mandado con un empleado de la oficina. Fui para allá y me puso al tanto de las cosas. Cholo, me dijo ¿cuánto tiempo hace que no te das un viajecito? Ya ni recuerdo, le contesté. Has oído hablar de Don Vilató Pereira? Me acaba de llamar, preguntó directamente por ti, dice que necesita un hombre de confianza.

Las veces que había pasado por donde los pesqueros portugueses eran suficientes para saber que tenían una buena entrada económica, que le daban trabajo a muchos de sus paisanos y que todos venían de un pueblito cerca de Lisboa. Emigrantes y trabajadores, ellos habían asegurado su dinero como Dios manda. Otras veces los había visto bebiendo al sur de la ciudad, en el Barrio Cuba, en el salón de Cortijo Bustamante. Hacía bastante tiempo de eso, vale acotar. Cuando fui a la cita me bajé varias cuadras antes de la Empacadora, no quería quedarme con las ganas de caminar y sentir el olor a rio y mar, ver a la gente trabajando, pedir un ceviche de corvina, tomarme una cerveza quizá. Cuando me hice anunciar, el mismo Don Vilató se acercó y me dijo entre a mi oficina Don Cepeda. Observé el elegante decorado de madera, los muebles cómodos, oscuros y solemnes, un bar con variedades de vinos, jereces, portos y cervezas, unos libros de Sá Carneiro y discos de Amalia Rodríguez, fotos seguramente de Portugal, de sus parientes, mapas, dos fragatas de madera, construídas con todo detalle. Vaya vidita la que se maneja, reflexioné con envidia, todo gracias a un puto bacalao.

Don Vilató reapareció por una puerta y me dijo no lo distraigo más, pedí que viniera personalmente porque hice mis averiguaciones sobre usted y sé que puedo confiar. Este es un trabajo simple, usted se va para Lisboa, entrega una carta y se regresa. El verdadero trabajo es asegurarse de que quien la recibe es la persona indicada. Es un pariente cercano, al cual no he visto en muchos años y de quien sólo tengo una foto casi destruída. El se llama Vilató, como yo, Vilató Pereira. Aquí están la dirección y todos los datos. Usted debe decir que es un socio mío que va a verificar el buen funcionamiento de la Empacadora que tenemos allá. No más detalles a nadie, no más información tampoco para usted, eso le evitará cualquier inconveniente en el futuro. ¿Cómo es eso del pasaje y alojamiento? le pregunté sin pensarlo dos veces. Aquí está todo lo que necesita, ya está arreglado, contestó. ¿Acepta? Haga de cuenta que la carta ya está entregada, le dije con seguridad y extendí mi mano para despedirme.

Cuando salí estaba tan contento que sentía ganas de correr. La que te espera por las europas cholito Cepeda, me decía. Ya me veía engafado, en pantalones cortos y camisa floreada, con una botellita caminera de porto y una cámara fotográfica. De regreso a la oficina pasé por la Biblioteca Municipal para buscar información sobre ese país misterioso y chiquito llamado Portugal. Lo único que sabía era que estaba pegado a España y que hacía siglos se le había llevado más de la mitad de sudamérica en el reparto, lo que ahora llaman Brasil. Pero, como de costumbre, la maldita Biblioteca no estaba atendiendo al público. No vencido, crucé hacia los quioscos del Correo Central y, finalmente, encontré una guía de turismo que incluía un vocabulario en portugués para viajeros. Cepedinha va in bora a Lisboa, Gutierrinho du traseiro fica. Primera lección. Entre los papeles que venían con el sobre se encontraban el pasaje ida y vuelta Guayaquil-Caracas-Lisboa, unos cheques viajeros y una lista de direcciones de hoteles, bares y parientes. Don Vilató había pensado en todo. El día en que salí, Gutiérrez, trompudo y muerto de envidia, me dejó en el aeropuerto, de mala gana. Hasta aquí nomás, que no hay donde parquear el carro; no te olvides de traerme un recuerdo para mi mujer. Nos vemos, le dije.

En el avión las cosas no fueron tan agradables como pensaba. Entre saltos en las nubes y los huecos de aire, mezclados con una selección de malas revistas y la tapadera de los oídos cada media hora, la cosa se fue volviendo una pesadilla. Felizmente, el cambio de nave en Caracas me permitió descansar un poco. Mirando hacia abajo me imaginaba qué parte de mí quedaría si el puto aparato se diera un sonoro planchazo. Eso de ir en la ventana de un avión que cruza el Océano Atlántico por horas y horas es una experiencia aterradora o divina, según la relación que uno tenga con los dioses o la vida. La mía, en ambos casos, no era muy óptima que dijéramos. Las manos y la frente me sudaban, pero a lo hecho pecho, y a lo pecho arrecho. Así me daba ánimo a miles de metros de altura.

Por fin Lisboa. Hago el papeleo de aduana, en la parte de Profesión puse Negocios de pesca. Pasé el control sin problemas, pero detuvieron a una pareja que se había subido en Caracas, los metieron a esos cuartitos donde a uno lo desnudan y le revisan hasta las estrías del ortensio. Saliendo del aeropuerto vi a un hombre bajito con un letrero inmenso colgándole sobre la barriga que decía con grandes letras negras Senhor Luiz Cepeda. Ese soy yo, me dije. Era un empleado de la Empacadora. Me llevó a un hotel un tanto viejo pero decente. Ya había leído en la guía de turismo que en Europa los hoteles eran pequeños y viejos, pero con deliciosa comida.

Al día siguiente, empezando a sentir el gustito de estar en un país extranjero, salí a caminar por el malecón. Lisboa me inspiraba confianza, era como si hubiera estado allí antes. Un gran puente cruzaba un brazo del mar, en las alturas de una montaña estaba el Palacio del Rey, los tranvías cruzaban las calles, mientras hombres y mujeres copaban las aceras. Todos vestían de negro o en tonalidades oscuras. Los hombres llevaban sombreros, caminaban lento y parecían cumplir un rito de silenciosa peregrinación. Las cervejerías y vitrinas de los almacenes revelaban vida, los sonidos que se articulan a las calles, todo, revelaba vida. Tenía aún una hora más para seguir merodeando por el centro de Lisboa. Entré a una tienda y compré unos cigarrillos, vi unos cassettes de Los Panchos y otros de un tal Vinicius de Moraes. Pensé en el regalo para la mujer de Gutiérrez, pero me distraje especulando porqué me había pedido aquello, total, yo no era amigo de su mujer. Y así, llegué al número al cual estaba citado: 324, Rua da Prata.

Cuando entré a la oficina me presenté con las instrucciones que me había dado Don Vilató. El decorado tradicional de esta oficina me recordó inmediatamente la que había visto en el Barrio del Astillero, a excepción de las fotos. Al poco rato aparecieron tres hombres: Vitorino da Silva, Ricardo Souza y, por fin, el buscado Vilató Pereira, extraordinariamente parecido a su homónimo, pero mucho más joven. Me hablaron con mucha educación, me explicaron el asunto de la producción y me invitaron a Sintra, pequeña ciudad vecina de Lisboa. Luego de esta y otras actividades de trabajo, visitaríamos un local para escuchar fados. No sabía qué era eso pero no iba a preguntarlo tampoco. Sí, les dije, con Don Vilató escuchamos mucho la música de Amalia Rodríguez, apelando al recuerdo de los discos que había visto en su oficina. Luiz Cepeda gosta do fado tambem? me preguntó Ricardo Souza. Sim, eu gosto muito, le contesté. Como nota de gentileza y diplomacia me invitaron a tomar el tranvía que va de la Estación Central hasta Sintra.

Me sentía en casa, escudriñaba rostros y calles que probablemente nunca volvería a ver pero que tenían un aire familiar. Los lisboetas hablaban rápidamente y yo no entendía un carajo. A ellos no les gustaba hablar español e insistían en que yo tratara de comunicarme en su lengua. Choliño Luiziño, estás jodidiño, me decía. En Sintra nos apeamos y fuimos al Morro, al museo marítimo, a varios parques y, finalmente, a la famosa Empacadora que tenía que visitar. Y efectivamente lo hice, poniendo cara de esto es muy interesante, haciendo comparaciones, apelando a mis instintos de comensal de mariscos callejeros, lamentando que el bacalao no fuera un pescado más popular en la costa ecuatoriana, cuando era vida, pasión, muerte y resurrección de los portugueses. No veía la hora de abordar al dueño de la carta, que para eso era que había cruzado medio mundo.

La jornada de trabajo ya estaba terminando y con los lisboetas acordamos encontrarnos más tarde. Me di una última vuelta por las calles que había caminado en la mañana, antes de volver al hotel, seguro de que por fin podría hacer llegar la carta de Don Vilató a Don Vilató. Era extraño esto de los dos nombre iguales.

Cuando llegaron yo los estaba esperando en la recepción del hotel, nos saludamos como viejos amigos y salimos hacia Bairro Alto. Subimos varias escaleras y llegamos a una plaza de restaurantes. Había uno muy curioso, con la estatua de un hombre sentado en una mesa, con su respectivo sombrero, bebiendo un café. O Fernando Pessoa, o mais grande poeta do mundo, creador das identidades, dijo Vitorino da Silva reverenciando la estatua del hombre sentado. Con más intuición que conocimiento, supuse que algo tenía que ver semejante elogio con algún patriotismo producto de los vinillos que previamente habíamos saboreado. Y así entramos a una Caixa do Fado.

Era un restaurant sencillo, limpio, muy bien ordenado, con un pequeño escenario al fondo. Mientras nos ubicaban en la mesa me acerqué a Don Vilató y le mencioné que tenía un encargo de Guayaquil, exclusivamente para él. Meu pae, dijo con una leve sonrisa. No estaba seguro del asunto, pero si este Vilató resultaba hijo del otro, la cosa se iba a poner complicada en cualquier momento. Comencé a cavilar para mis adentros diciéndome éste no es un hijo desconocido, porque tiene el nombre del padre. Pero si el padre no tiene fotos o noticias recientes suyas es porque hubo un distanciamiento y le perdió la pista. Si le manda una carta confidencial es porque quiere comunicarle algo relacionado con billete. En esas estaba cuando me llamaron a la mesa.

Ya habían pedido un vino verde, una variedad de aceitunas y bocadillos de peces, salamis y verduras. El maestro de ceremonias empezó el acto. Luegó salió un grupo de músicos vestidos de etiqueta, llevaban lentes y zapatos de charolina. Se sentaron en un semicírculo con sus guitarras y mandolinas. Después apareció una mujer de unos cincuenta años, se paró en el medio y empezó a cantar una canción llamada Ai mouraria, que parecía resumir todo el dolor del mundo, toda la tristeza sin fin, de la que también habla Miltinho en un bolero. Bebí un tanto confuso, aunque entusiasmado por el primer licor. Al cabo de varias canciones y conversaciones, por fin encontré el momento apropiado para entregar la carta. Souza y da Silva se habían ido a algún lado, una llamada telefónica, el baño, cualquiera de esas excusas que se inventan en las películas para hacer desaparecer a los protagonistas en momentos claves. Saqué de mi leva la carta y le dije Don Vilató, esto es para usted. El tomó el sobre, admiró la letra manuscrita con su nombre, lo abrió por un costado y leyó la carta. Sólo en ese momento pude notar que el mensaje era breve. El guardó nuevamente la carta en el sobre, me miró y dijo brigado. Luego volvió su rostro hacia la pista, en la cual la mujer cantaría nuevamente esas canciones tristes. Souza y da Silva reaparecieron, inexplicablemente sonrientes. Al tomar el micrófono la mujer nos miró, pidió un poco de silencio y dijo esta cancao é para o senhor Luiz Cepeda Cortez, na sua visita per a primeira veiz a Lisboa; dos amigos portugueises, com muito carinho: O homem de Sintra. Los tres aplaudieron, yo me conmoví, me paré e hice un brindis con la copa en alto. Me puse a pensar en quién sería yo para ellos y qué dirían si supieran lo que realmente hacía allí. Esa noche regresé al hotel un tanto apenado por la hospitalidad, y también por la soledad que se siente luego de la parranda. Al día siguiente tomaría el avión al infiernillo. Ya me veía otra vez en medio sangoloteo a causa de los huecos de aire, con el temor de que el maldito avión se diera un sonoro planchazo en el océano. Regresaría a Guayaquil, bajo la lluvia del invierno tropical, a mezclarme nuevamente con la gente, llevando las fisuras de lo desconocido, los fados portugueses, la estatua de ese poeta, sentado, bebiendo café eternamente. Volvería a escuchar a Gutiérrez, preguntándome porqué carajo no traje un maldito recuerdo para su esposa y cómo la convencería de que era él quien se había ido a Lisboa por una semana.

viernes, 1 de febrero de 2008

La Cofradía del Bolero



Cuando entré el segundo show estaba por comenzar. En el centro de la pista caía una luz roja que formaba un círculo. Había una silla alta, una guitarra de madera y un vaso de whisky. Se hizo un silencio inmediato. Entró una mujer vestida de pantalón y chaleco negros. Tenía el pelo también negro, cogido hacia atrás y contrastaba con su rostro blanco, de rasgos fuertes. Se sentó, tomó la guitarra y empezó a cantar. La luz dejaba adivinar el decorado de las paredes hecho de pequeños recortes de noticias de la farándula y la bohemia en Guayaquil, fotos de periódicos y revistas viejas. En cada mesa había un candil pequeño o una botella con una vela pronta a extinguirse. La voz de la mujer era clara, determinante, y al final de cada estrofa cerraba los ojos y ponía un énfasis aún más apasionado al mensaje, un tono casi sublime: y si al final de la vida/sólo te queda un calvario/ mi alma, dame el crucifijo y apóyate en mí. Al último charrasqueo le sucedían atronadores aplausos, gente parada gritando otra, otra. Ella decía gracias de manera muy suave, casi imperceptible. Se sentaba nuevamente e iniciaba otra canción aquí nomás, termina mi camino/ aquí nomás, yo ya no espero nada/es tarde ya, para volver a amar. Era hora de pedir un whisky para celebrar el embrujo de Patricia González. Cuando fui a la barra un mesero me reconoció, se acercó y casi al oido me dijo los jefes lo están esperando en la oficina. Gracias, repliqué. Le dejé una propina y me fui presto a la reunión.

Desde la oficina podía observar, a través de los oscuros y gruesos vidrios, el escenario completo. En la mesa del centro estaban los mellizos, cada uno con una cerveza y un cenicero desbordado de colillas. A un lado de la mesa se encontraban las pistolas, en un claro acto de advertencia ocular. ¿Qué te parece el Club? preguntó uno de ellos (siempre tenía problemas en saber cuál era cuál). Está bien, muy bien, les dije. Vamos al grano, escuché de pronto. Te dijimos que vinieras porque sabemos que andas en el asunto del man que mataron, y porque fuiste al Bruca Manigua para hablar con Carabalí. Mira, Cepeda, eso ni a ti ni a nadie le conviene seguir averiguando. Lo que pasó pasó y mala suerte que así haya ocurrido, pero no fue ni la primera ni la última vez. A este negocio viene gente de toda clase social, hombres y mujeres, civiles y militares. Estamos en la recta y vamos a mantenernos así, no queremos escándalos de ningún tipo. ¿Está claro? Oye tú, dijo el otro mellizo a uno de los empleados, tráenos dos Heineckens más y otro whisky para el detective, que sea doble. Siéntate Cepeda y disfruta de la voz de esa mujer, que algo así aparece sólo cada cien años.

Mientras llegaban las bebidas, Patricia González terminaba la primera parte de su show. Para el intermedio habían contratado a un tal Eddie Chiang que tocaba bastante bien la guitarra y tenía buena garganta para los pasillos. Habían dado un poco de luz a los rincones y la gente estaba animada. En una parte cercana a la barra, junto a la puerta, se hallaba un grupo que, sin lugar a dudas, estaba encargado evitar cualquier alboroto. ¿Estás viendo a los muchachos de la entrada verdad? Eres sapo cholito Cepeda, son de la gallada del Francés. Estaban sin trabajo y, para que no anden dando bala en la calle o asaltando bancos en los pueblos, los contratamos justo después del accidente con el marino. Yo, aprovechando el tema del marino, les pregunté ¿y cómo mismo fue que pasó? Ellos se miraron, se rieron burlonamente y continuaron bebiendo mientras la segunda parte del show empezaba.

No es como la gente cree que pasó, empezó a hablar uno de los mellizos. No es que ocurrió por pura borrachera, había una historia de cachos de por medio. Eso es lo que salió a la luz con el paso de los días. Parece que la cosa estaba planificada y, lastimosamente este fue el lugar en donde se concretó. La versión vino de los mismos agentes que se apersonaron a hacer las investigaciones. Cuando supieron que era un marino el que había disparado se quedaron callados, como atando cabos. A eso de las dos semanas se aparecieron nuevamente, medio borrachos, a pedir trago gratis. Bastó una segunda servida y solitos se abrieron como libro viejo. Empezaron a contar con lujo de detalles quién era el tipo, en dónde vivía, lo que había ocurrido con su mujer. Se emplutaron hasta las cachas y se fueron arrastrando hasta que el portero los metió en un taxi. ¿Y la gente del barrio esa noche? les pregunté indiscretamente. La gente del barrio, dijo el otro mellizo en franco contrapunteo con su hermano, la gente del barrio como la gaver, estaba borracha, como todo el mundo. Es mentira lo que dice Carabalí, lo de que fue al baño, y cuando salió el otro estaba tirado en el piso sangrando. Cuando le dieron el tiro, Carabalí estaba dormidísimo sobre la mesa, ruco, hecho una piedra, recontra pluto, con la cabeza encima de los brazos. El disparo y el griterío apenas sirvieron para despertarlo. Eso también te lo puede decir el portero, que fue el que lo sacó cuando ya la gente había pegado la carrera.

Obviamente, las versiones no coincidían. Y, obviamente, el alcohol, una vez más, iba a dificultar encontrar la verdad de todo este problema. Yo no vine a averiguar nada, les dije, solamente me preocupa que vaya a haber más problemas. A mí nadie me ha contratado para resolver este asunto, sólo quería cerciorarme de que la información que me dieron era la correcta y tratar de que nadie más del barrio se meta en este asunto. Queríamos saber qué pito tú tocabas en todo el rollo, dijeron. Ahora ninguno, les contesté un tanto molesto. Ahora sólo quiero disfrutar un poco de la música y el whisky. Eso está mejor cholo Cepeda, ahí hablaste bacán. Oye tú, le volvieron a decir al empleado ¿qué fue esas dos cervezas y el whiscacho para el detective?

Abajo, en la pista, Patricia González remataba su presentación con: tú eres mi amor, mi dicha y mi tesoro/ mi sólo encanto, y mi ilusión/ ven a calmar mis males, mujer/no seas tan inconstante. La gente aplaudía y ella se despedía. Los mellizos, ahora propietarios de la Cofradía del Bolero, estaban entusiasmados, bebiendo, contando chistes. Mientras tanto, el empleado se afanaba en limpiar la mesa y cambiar los ceniceros. Uno de ellos, con el arma en la mano y un tic nervioso que le hacía temblar las piernas, lanzaba humo por un lado de la boca y decía no sé exactamente a qué hora voy a usar esta pistolita, sería injusto no hacerlo.

En la mitad de la pista, una vez retirada la cantante, aparecía el maestro de ceremonias que anunciaba la continuación de la fiesta. Contaba chistes e invitaba a bailar a los asistentes. Acto seguido, la luz roja desaparecía y el fondo empezaba a iluminarse de dorado y verde, dando forma al escenario, que era una inmensa concha abierta, en la cual se encontraban los músicos listos para tocar. El maestro de ceremonias, esta vez con un sombrero de copa y una corbatita de lazo, reaparecía micrófono en mano y anunciaba Damas y Caballeros, el Club Nocturno la Cofradía del Bolero tiene el agrado de presentarles a la Gran Sonora de Joe Mayorga, el orgullo de Guayaquil. Y desde ya los invita a su próximo Gran Festival de la Rockola y la Guaracha, con la participacion del magnífico, el rey, el mago del piano Alci Acosta, alternando con el sucesor de Héctor Lavoe, el gran Van Lester, traído directamente desde el Bronx, allá, en nuestra segunda patria y verdadera capital de todos los ecuatorianos: Nueva York. Todo con el auspicio de IMEDA, Ron Gallito Cantor, Casa de Modas Angelita Forever y la prestigiosa Empresa Disquera Kukuku. Ahora, venga esa música. Y empezaban a sonar los metales, el timbal y la voz que decía: años, meses, días, luces, gente de calor/ enredado en cuerpos bellos, pero sin amor/ y ahora que al fin está en el aroma de tu piel. Baila ahora Cepeda, baila ahora porque en el cielo estos ritmos no los toca San Pedro, decía uno de los mellizos, mientras el otro le seguía el dúo y se carcajeaban. La orquesta sonaba fuerte. En la pista, las parejas frenéticas seguían el ritmo, la amorosa, triste y rápida canción, desesperado, asustado/ lo busco, pero el amor/ desesperado, asustado/ se me escapa otra vez.