Phoenix, Arizona. 40 grados a la sombra, secos y despellejantes. (“a la sombra” es un decir, pues aquí no existe sombra). El sol en alto y una brisa caliente traen polvo y arena. Voy por el centro de la ciudad y encuentro un McDonald’s que inmediatamente me recuerda al gringo Maier, espía y jazzista, para variar. El domingo se perfila como estadía en el infierno. Al fondo de la ancha y vacía avenida, en las montañas lejanas, se divisa el humo anunciando un gran incendio forestal que devora la poca vegetación. Las calles, duras y calientes, seguirán deshabitadas por el sol inmisericorde. Ni un alma se pasea en los alrededores. Por allí pasa un auto lleno de gente y música ranchera. I don’t speak Spanish, me dice uno de ellos con fuerte acento mexicano. A este miembro de la raza, cuya mala suerte fue inaugurada por el Almirante Colón, sólo le dije bacán bróder y seguí mi camino. Como no había ninguna cevichería, o local por el estilo, opté por una aburrida hamburguesa y una Pepsi cola con hielo.
Mientras bebía tranquilamente mi cola recordé el caso del comercio de flores y el envío de cocaína a través de Otavalo y Cuba, destino final: Europa. La diferencia entre vivir en Ecuador y trabajar en Estados Unidos era que ya no estaba en terreno conocido, el que llaman en inglés comfort zone o zona de seguridad personal. Ahora estaba con los dos pies fuera de casa. En el mundo, los últimos acontecimientos se resumían a la huída de los banqueros ecuatorianos al exterior, previo atarzane al bolsillo del pobre, la destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York a manos del odio y un flaquito mugroso y delincuencial quien, en nombre de Alá, vivía en las cuevas de Afganistán, -era una rata asquerosa que había que aplastar rápidamente- la globalización de la guerra mundial, el eterno odio entre israelíes y palestinos, la bancarrota de Argentina, la violencia en Colombia, la conquista del bi-campeonato de fútbol por parte de mi equipo Emelec (la gloriosa celeste) y, como dije, mi separación de la ella de la película. Además de la canallada de la que había sido víctima a manos del testaferro de la oligarquía guayaquileña, el ya mentado Carecamiónchocado. Mi viaje a Arizona era como ir cómodamente sentado en un tren que rueda sobre las rieles del tiempo mientras el mundo poco a poco se va cayendo en pedazos. Y lo que sentía no era apatía ni desgano sino una tranquila aceptación del destino. Pero basta, dejémonos de chamullo y verborrea y vamos a lo nuestro.
Estaba en lo del calor de Phoenix y mi Pepsi cola fría. Uno debe estar aquí y ver el desierto de Sonora para entender lo difícil que es el cruce ilegal de la frontera. La gente muere deshidratada. Deúna. Bum. Bum. Bum. Se caen, desmayados y secos, como gallina con peste. Bajo este puto sol lo único que queda es maldecir todo hasta volverse loco, o tapiñarse en alguna parte, si acaso el bolsillo porta el guiso, llamado también vil metal, razón de cambios personales, de bandos en pugna o de asesinatos.
Con estas y otras reflexiones regresé al Golden Dream a darme un baño y ponerme guapo, pues un mensaje había sido dejado por una dama, a juzgar por la fina caligrafía. El mensaje decía vengo a las 8pm. Espero sentado en el lobby y se acerca. Tú eres Luis Cepeda, me dice con seguridad. ¿Tuviste un buen viaje? Era alta, de piel oscura, pelo negro, largo y liso, dato Malinche. Tenía los ojos grandes y una trompita azteca que provocaba morderla. Extiende su mano y me dice, me llamo Guadalupe Morales, vas trabajar conmigo. En tus mensajes a Gutiérrez te vas a referir a mí sólo como Princesa Tamaulipas. ¿Tienes tu pasaporte? Se lo mostré, lo tomó y lo cambió por una cédula de identidad de México. Este es el que vas a usar de ahora en adelante. Pero vámonos a otra parte y te explico de qué se trata.
Trompita azteca, me dije, aquí estoy para morderte. Y así, como llevado de su mano, salimos del hotel y nos fuimos a un restaurante en el que, desde la entrada, se escuchaban corridos de los incomparables Tigres del Norte. Estos son mis favoritos, me dijo la Princesa Tamaulipas, mientras nos acomodaban en una mesa. Me miró y preguntó ¿en Ecuador oyen corridos? Sí, le dije, y los bailamos bien pagaditos. Ajá, dijo, sonriendo.
Luego de los detalles del caso y de sacarme toda la información biográfica posible, bebimos un par de tequilas. Desde el rincón en el que estábamos podía apreciar el decorado del restaurante con sombreros mariachis, guitarrones, sarapes y colores fuertes. Espera aquí, dijo mientras se perdía local adentro. Los Tigres del Norte cantaban uno de sus más famosos narco-corridos jugaba con resortera cuando yo estaba chiquillo/ Ahora me siento orgulloso con mi cuerno de chivo. Al poco rato, la Princesa regresó con una amplia sonrisa y dos bellas damas a su lado. Mira, ellas van a trabajar con nosotros, si alguna vez te preguntan dirás que se llaman Carola y Dolores, pues así serán conocidas en Juárez, pero en el código del grupo ellas son la Virreina de Lima y Dolores del Río . Mucho gusto, les dije, mientras extendía la mano hacia ellas. Al acercarse el mesero pidieron dos tequilas y sus respectivas cervezas, sal y limón. Que sean cuatro, dije. Y mientras ellas se ponían cómodas la Princesa entró de lleno al meollo de nuestra cita.
Cepeda, dijo la Princesa, el caso es el siguiente: En Juárez, México, frontera con Texas, en los últimos años han encontrado cuerpos de despedazados de cientos de mujeres, todas ellas secuestradas y violadas. Es una historia vieja en la que están metidos todos los que te puedas imaginar: hombres de negocios, tratantes de blancas, narcotraficantes, satanistas, coyotes, políticos locales, policías y gente del ejército. Ha sido un problema que siempre hemos visto como puramente mexicano y nunca nos hemos metido en el asunto. Tenemos cierta información pero nada concreto. Hace varios meses, una muchacha de la Universidad de Texas, que estaba escribiendo una tesis sobre el tema, decidió meterse de obrera en las maquiladoras, como infiltrada, pues es allí donde las hacen desaparecer. Ella nunca le informó de su plan ni a su director de tesis ni a la policía. Total, desapareció y no hubo manera de encontrarla, pues había cruzado la frontera hacia México de manera ilegal. Así, ni nosotros ni la policía mexicana supimos lo que ocurrió. En la universidad, una vez que notaron su ausencia de las clases, llamaron a la policía y ésta al FBI. Los federales registraron su cuarto y encontraron en su computadora detalles del proyecto de investigación y el cruce a Juárez. Tratamos de dar con ella pero fue inútil. Después de recibir una pista de unos informantes, recuperamos un cuerpo de mujer, lo trajimos a Estados Unidos y, luego del examen de DNA verificamos que se trataba de ella. Gringas pendejas, se meten en cosas de adultos sin importarles las consecuencias, acotó la Virreina de Lima mientras Dolores del Río le daba otro sorbo al elixir pulquil y hacía una mueca al mezclarlo en su boca con sal, limón, cerveza.
La Princesa Tamaulipas continuó el relato: La únicas pistas que tenemos son un tatuaje que logramos establecer, que no tenía antes de ir a México, y el origen de la ropa que vestía, el mismo que corresponde a la que se vende de manera exclusiva en el almacén de un conocido traficante de drogas, aquí, en Phoenix. Si logramos establecer la conexión entre él y los asesinatos habremos matado a varios pájaros de un tiro. Ya fuimos al almacén y nos enteramos de la maquiladora que las fabrica en Juárez.
Estaba claro que se trataba de una operación de infiltración. Me dijo también la Princesa tu trabajo consiste en apoyarnos en nuestro plan. Para eso, es importante que entres a trabajar a la maquiladora, cómo lo harás, ese es tu problema. Para nosotras será fácil encontrar trabajo, pues ya sabemos cómo operan y qué tipo de mujeres contratan. Por tu look y acento debes decir que eres de Veracruz. En Juárez yo me comunicaré contigo, no me busques. ¿Tienes alguna pregunta? No por ahora, le dije. Pues te queda hasta mañana porque nosotras salimos en dos días. Terminamos nuestro tequila y nos despedimos con la clara convicción de que, la próxima vez, nos veríamos en un terreno muy difícil. En el salón, los Tigres del Norte ya habían desatado al público que eufórico les pedía La estrella del Sur, Jefe de jefes, La camioneta roja, La camioneta gris y otros éxitos del narco-repertorio.
Con ese impulso musical y de regreso al hotel, recordé que el Conde de Montecristi me había dicho que en el norte costero de Ecuador, en la provincia de Esmeraldas, contrataban a sicarios colombianos para ajustarles cuentas a los que se oponían a la tala de árboles y a los que se rehusaban a pagar el impuesto de la guerra (o de la narco-guerrilla, pues ya todo era lo mismo), y que había cantinas en las que los sicarios se pasaban encantados escuchando a los Tigres del Norte y a los Tucanes de Tijuana mientras ponían cara de perro con rabia.
Mi viaje de Phoenix a El Paso (Texas) se realizó en bus, que es la mejor manera de evitar preguntas indiscretas, aunque también puede provocar una hijeputísima rompedera de espalda y el asamiento de las nácharas, como efectivamente ocurrió. Cruzar la frontera a México fue más fácil que tomarse un vaso de agua. Encontrar un hotelucho y conocer a la gente para abrirse paso en el medio y hacer amistades, igual. En eso, México y Ecuador se parecen, pues la gente está ahí, a la mano, con sus buenas y malas cosas. Con el paso de los días me fui haciedo conocer por los vecinos, algunos de los cuales me decían un poco de todo: güey, veracruzano, chido chido, pirruris, zapoteca, chichimeca, cabeza tolteca y otros condimentos del habla popular de la Moctezuma tierra. Pero de encontrar trabajo: nanay. Varios días estuve en esas hasta que la suerte apareció de manera extraña.
Voy por la calle polvorienta y veo que un mendigo se acerca a pedir plata a una mesa donde estaban unos manes. Vete a chingar a tu madre, le dicen, mientras se le ríen. Pero el mendigo regresa y, esta vez, uno de ellos le da un golpe insultándolo. El mendigo le reclama humillado, casi llorando, y nuevamente le pide una limosna. La cosa se estaba poniendo fea y la gente empezaba a mirar con atención. Esté donde esté, ética, sentido justiciero o simplemente cojudismo, lo cierto es que hay cosas que a uno le cabrean, inclusive una tontería, y cada quien tiene su límite. Este era el mío. A pesar de estar en tierra ajena me tiré al ruedo. Al principio, claro, de manera caballerosa. Déjalo güey, que éste ya está rechingao, le dije. Uno de los cretinos me mira, se sonríe y me lanza un golpe que medio me fue rozando la cajeta. Saco la pata y bum le mando un puntapié al interior de la rodilla izquierda. Nada de alaracas ni quimbas aparatosas. El maestro Wu me lo dijo claramente un día, sólo dale un puntapié directo a la parte interior de la rodilla y verás cómo se dobla el enemigo. Y así fue. Se desmoronó con la rodilla chueca. El otro de la mesa se quiere levantar y lo siento de un puñete en el pecho. (Como debe saber el puñetero lector, un golpe en el pecho no duele tanto pero sí produce un efecto psicológico muy bueno). El tercero me deja ver su pistola y sin pestañear les sonríe a los otros y les dice qué pendejos tarugos, no ven que el señor lleva la razón. Siéntate güey, me dice y ordena cuatro tequilas para todos. En esto México y Ecuador también se parecen, pues la machuchil complicidad es la misma, cruza fronteras como la inflación.
Les digo que la verdad soy de Ecuador pero que me cubro con que soy de Veracruz, que me vine de ilegal y que ando buscando coyotero para cruzar la frontera, pero que antes necesito una chamba para pagar el cruce, y que sabía que un trabajo de guardián de maquiladora pagaba bien. Veremos eso más tarde, a lo mejor algo se puede hacer, me dijo el de la pistola. Echale ahora al tequilita. Los otros dos se habían integrado a la mesa y sólo al final se animaron a darme un apretón de manos en son de paz, a pesar de la rodilla dislocada.
Juárez me recordaba tanto al Guayaquil de los ochenta. Sus barrios marginales de cartón eran como los de Mapasingue. Los habitaba la misma violencia brutal de la que yo venía, el mismo gusto o pesadumbre, la misma desesperación e impunidad. Juárez era otro paraíso de asesinos. El rostro de la gente también era el mismo e iguales eran sus aspiraciones. Los barrios de donde salía el grueso de las empleadas de las maquiladoras eran zonas inmensas llenas de polvo, insalubridad y muerte de la esperanza. Había salido de mi ciudad con la derrota que llevan a cuesta los emigrantes, y aquí estaba viendo el mismo dolor del que tiene sólo una borrosa ilusión de prosperidad. En una de sus calles un letrero decía “El negocio trae prosperidad a México”.
Con su firme y creciente fama, las siniestras maquiladoras eran el maquillaje de la prosperidad a bajo costo. Las mujeres que allí trabajaban eran asediadas, secuestradas, asesinadas. Claro, a veces a los muchachos se les iba la mano y desde el oscuro territorio al que los llevaba la droga, la locura y el poder, decidían también descuartizarlas y dejarlas tiradas, regadas en pedazos por los caminos. Lo sabía, lo había visto. En Juárez, el decir de la gente y los rumores son siempre verdades que nadie quiere aceptar. Todos sabían cómo operaban y quiénes eran los asesinos, pero relacionarlos legalmente con los crímenes era imposible. Había veces en que encontraban a un funcionario menor que usaban para calmar los reclamos de las organizaciones internacionales, aunque luego las mismas autoridades los dejaban libres.
Ahora veía con claridad a qué se refirió Iturburu cuando me dijo que eso escribir “el crimen perfecto” era un empeño cojudo, capricho de ricos o faltos de experiencia. Escritores pajeros, decía con razón, no ven lo que existe y se inventan idioteces. Juárez-El Paso. ¡Qué diferencia hay por el sólo hecho de cruzar un puente! Muerte, alegría o esperanza. Sólo el pobre comprende al pobre, así como sólo el rico y ambicioso comprende la corrupción del poder y del dinero. Me dije yo soy el alma de un cantante errante/ que vaga por el mundo entero, y también cómo me dan pena las abandonadas cuando pensaba en las mujeres que llegaban apresuradas a la maquiladora, en las María Muñoz o las Norma Andrade, temerosas de perder su puesto de trabajo por un atraso o un embarazo. Esas mujeres de pasito apresurado, luego, al caer la siniestra noche de Juárez, temerían por su vida. En Juárez, una mujer joven en zapatos de taco, que sale comprar por la noche, una mujer que se maquilla, terminará despedazada en el desierto, decía la voz popular.
Un viernes, después de mi trabajo, me fui con otros guardias a tomar unas cervezas y bailar en el Divo de Juárez. No había olvidado mi misión porque en Juárez no hay misión que se olvide, aquí lo único que cambia es el número de muertes. Hasta ese día no había vuelto a ver a la Princesa Tamaulipas ni a las dos agentes. A veces sentía como si, de repente, mi vida se hubiera detenido en el tiempo de la frontera, ese tiempo que ya no pertenece a nadie y es solamente una indefinición en la noche del desierto. Si el desierto hablara cuántas historias nos podría contar. La noche caía con su algarabía de fin de semana, el calor había bajado un poco y estábamos alegrándonos con las primeras chelas. Las mujeres de la cantina eran de toda edad y por ahí reconocí a una que otra muy bien distribuida, gracias a sus falditas cortas. La rockola sonaba a todo volumen y el público se lanzaba al ruedo al cal or de la música-disco, los éxitos de los Cumbia King, los Rieleros del Norte y las serrucheras y eternas baladas de Los Terrícolas. Cepeda, me dice uno, la vieja que está allá te está mirando fuerte. La vi y me acerqué a invitarla a bailar. Pinche cabrón, me dijo alegre, aceptándome la invitación mientras añadía creí que te fallaba la vista. Y un cholo, por más avasallo del que haya sido víctima, nunca se agüeva al baile. Y así nos fuimos pista adentro, moviendo el esqueleto al son de una vieja canción que decía que sirvan las copas/ copitas de mezcal/ que al fin nada ganamos con ponernos a llorar/ que sirvan las copas copitas de mezcal.
Al vaivén del traqueteo, la mujer me dice sonriendo por qué te demoraste tanto pinche guey en conseguir ese puesto de guardián. Era ella, la Princesa Tamaulipas, vestida de una manera que, vale decirlo, hizo que me pusiera garrotillo. Se la veía muy diferente. Ahora me invitas a tomar algo con tus amigos y luego nos vamos al hotel. ¿Me entiendes? Como usted diga mi jefa, susurré a su oído mientras se avecinaba una cumbia.
Nos sentamos, la presenté a los zopilotes quienes, inmediatamente, me preguntaron si la Princesa no tenía unas amigas que nos acompañaran. Que sí dijo ella, y haciendo un gesto de vengan para acá muchachas llamó a la Virreina y Dolores del Río, que estaban en otra mesa. Así, de igual a igual, nos quedamos un rato más. Ante la mirada de complicidad de ellas y el contento de los zopilotes, la Princesa me dijo vámonos ahora. En el hotel tuve que volver a la realidad, pues ella se sacó de su escote una diminuta navaja y debajo de su minifalda una pequeña pistola. Me pidió el informe de labores y los detalles de mis pesquisas, así como los posibles lugares en los cuales tiraban los cuerpos de las secuestradas. Luego ideamos el plan para que entraran a trabajar en la misma maquiladora que yo, lo cual exigió de mí el despliegue de mis mejores destrezas verbales ya que, dada la situación económica, conseguir trabajo era considerado una bendición de Dios. Bendición de Dios o castigo del diablo, debería decir.
Tan pronto como entraron a la maquiladora cortaron comunicación conmigo y con los otros guardianes. Uno de ellos, en ataque de celos, una tarde de viernes y con la pica metida entre ceja y ceja, se quejó de que ellas eran mujeres fáciles, putas que se iban con cualquiera. Ese “cualquiera” al que se refería era un conocido asesino que paseaba en su camioneta por la maquiladora. El guardia los había visto conversando en más de una ocasión. Según mis cálculos, algo habría pasado entre él y las agentes. De mí no se burla ninguna vieja chingona, me dijo como lobo herido. Con mi fino olfato de perrito guasmeño fácilmente me pude imaginar por dónde iba la cosa con este cuate.
Un día, vi cómo las tres subían a la camioneta del asesino y desaparecían en la carretera. Esto me alarmó un poco pero estaba seguro de que no pasaría nada, en parte porque ellas sabían defenderse y en parte porque sólo secuestran a mujeres solitarias e indefensas. Sin embargo, ocurrió lo inesperado. Ninguna de ellas regresó a trabajar al día siguiente. Tampoco el guardia celoso apareció. Pasaron dos días y yo seguía en el limbo. Los periódicos, como casi todos los días, anunciaban nuevos descubrimientos de fosas comunes en la Montaña del Cristo Negro, cuerpos acuchillados de adolescentes y niñas, ropa vieja puesta encima de las violadas que, extrañamente, había pertenecido a otras mujeres, desaparecidas meses antes. No había nada que me demostrara que las agentes hubieran corrido mala suerte, pero tampoco nada me decía que estuvieran vivan.
A la semana se apareció la policía local para interrogar a la gente de la maquiladora, incluidos los guardias. Preguntaban por el desaparecido y por mis colegas. Que si sabía dónde estaba y que si conocía a las mujeres y al dueño de la camioneta en la que ellas se habían embarcado. Que no dije a todo, que sólo de vista y que habíamos salido sólo una vez y que, cuando empezaron a trabajar, cortaron toda relación conmigo. No sé si me creyeron pero me dejaron ir a las pocas horas. Luego me enteré de que habían encontrado el cuerpo del guardia. Lo habían degollado y ahora buscaban su cabeza.
Juárez aún. Necesitaba saber algo. Por suerte encontré una escueta y anónima línea en mi e-mail que decía cruza la frontera inmediatamente. Las cosas se habían puesto cerepescado y me preocupaba también mi pellejo. No era hora de hacer preguntas. Con mi trabajo de guardián de la maquiladora había ahorrado poco, pero gracias a unos contactos podría regatear el precio del cruce de la frontera. ¿Qué pasó con las mujeres del desierto y la cabeza del guardia celoso? ¿Volvería a ver a la Princesa Tamaulipas y sus aristocráticas colegas? Yunta lector y damita lectora, para saber el resto de este episodio, lo único que hace falta es calmarse y seguir leyendo, pues el siguiente capítulo está más bacán que éste.
viernes, 14 de marzo de 2008
Yo soy el alma de un cantante errante
Aeropuerto de Miami, doce del día. Hago fila y desde la caseta un policía me hace seña de que nos vayamos por otro lado. Me llaman, revisan mi pasaporte por la computadora, me hace preguntas de rutina y llena una tarjeta de entrada al país del norte. Recordé al misterioso Gutiérrez diciéndome debes extremar cuidados, ahora las medidas de seguridad son más fuertes y no hacemos diferencia de raza, sexo o edad. Ese “hacemos” me sonó extraño. Cuando dejes el país debes entregar esta tarjeta a cualquier agente de inmigración, es muy importante, me dice el oficial con un fuerte acento cubano. Ok contesto. Busco mi vuelo de conexión y, coincidencia del destino, entre los pasajeros que caminaban en los anchos corredores veo a la otrora Madrina, Mechita Ramírez, ex combatiente del Cartel de la 9 de Octubre. Y como si el tiempo no hubiera pasado se me tira encima, me da un abrazo y me dije hijueputa por quà 9 no me dijiste que pasabas a Miami. Estaba igual de atractiva y loca, era la misma de años atrás y, lo mejor, las nácharas estaban casi intactas. Digo casi porque ya se había casado y un tesoro así merece ser dignamente trajinado. Hablamos un par de horas, le conté las últimas novedades y me hizo jurar que la llamara antes de regresar a Guayaquil. Claro, le dije, te llamo de lo que no hay. ¿Cuánto tiempo te quedas? Seis meses, un año, quién sabe. Nos despedimos y se fue media triste y su diminuta figura se perdió en medio de la gente que caminaba por los túneles del aeropuerto. Mis instrucciones decían que debía tomar el próximo vuelo a Phoenix, Arizona, y alojarme en el nuevo y lujoso Golden Dram.
Llegado al hotel después del largo viaje, bañado y talqueado como se debe y las damas lo exigen, visité el cyberspace que tenían para los clientes. Necesitaba instrucciones, sobre todo porque en la recepción me habían dejado un mensaje: “Espérame mañana a las ocho de la noche. Trae tu pasaporte”. Quizá Gutiérrez tendría algo para mí, pues no me gustaba aquello de que uno nunca sabe para quien trabaja. Cuando hice contacto con el internet entré a mi dirección de correo, lo abrí, y oh sorpresa, encuentro un mensaje del vate Iturburu que dice léelo y me das tu opinión. Damita lectora o despiadado lector, como llegados a estas alturas me interesa más que nos concentremos en lo que pasó a continuación en el Golden Dream, dejamos para otra ocasión las crónicas que pasaban por la inefable mente del poeta. Y como es de trabajo y no literatura que vive el hombre, presto me lanzo a detallar la primera de estas aventuras en territorio extranjero que, la plena sea dicha, viéndolas cómo sucedieron, me hacen levantar muy en alto las cejas a la voz de yo sí que me meto en guevadas, la plena.
Llegado al hotel después del largo viaje, bañado y talqueado como se debe y las damas lo exigen, visité el cyberspace que tenían para los clientes. Necesitaba instrucciones, sobre todo porque en la recepción me habían dejado un mensaje: “Espérame mañana a las ocho de la noche. Trae tu pasaporte”. Quizá Gutiérrez tendría algo para mí, pues no me gustaba aquello de que uno nunca sabe para quien trabaja. Cuando hice contacto con el internet entré a mi dirección de correo, lo abrí, y oh sorpresa, encuentro un mensaje del vate Iturburu que dice léelo y me das tu opinión. Damita lectora o despiadado lector, como llegados a estas alturas me interesa más que nos concentremos en lo que pasó a continuación en el Golden Dream, dejamos para otra ocasión las crónicas que pasaban por la inefable mente del poeta. Y como es de trabajo y no literatura que vive el hombre, presto me lanzo a detallar la primera de estas aventuras en territorio extranjero que, la plena sea dicha, viéndolas cómo sucedieron, me hacen levantar muy en alto las cejas a la voz de yo sí que me meto en guevadas, la plena.
Todo tiene su final
El asunto se remonta a un suceso triste del cual poco hablé: la retirada de mi ex mulata. Me dijo que necesitaba estar sola un tiempo y que a lo mejor terminaría yéndose a Europa. Una de las cosas que un hombre digiere difícilmente es el adiós de una mujer. Cuando llegó la hora de la separación hicimos el amor como la primera vez. Esta, como toda despedida, era al mismo tiempo el saludo a la muerte, aunque también a una remota esperanza, no del regreso sino de un tiempo nuevo que, en esos momentos, simplemente no podía imaginar. Nuestros cuerpos decían que estando juntos a lo mejor lográbamos hacer que la pasión venciera la conclusión a la que había llegado. En ese momento de sexo, de amor cuerpo a cuerpo, a lo mejor curábamos nuestras heridas. El amor puede ser un asunto muy sencillo cuando no hay nada que esconder, cuando uno sabe que puede enfrentar y vencer los riesgos que supone. Pero cuando uno de los dos mira hacia otro destino o a las señales que nos manda el pasado, ese es quizá el momento de la separación o de apretar espuelas, tomar distancia y evaluar las cosas. En nuestro caso fue lo primero.
En la mía, como en toda historia de amor con final triste, cuando el dolor aflora se recuerdan los momentos iniciales: ciudad de Esmeraldas, 31 de diciembre -el año ya no importa porque siempre es el mismo diciembre- esa fue la primera vez que la vi. Lo demás se lo llevó el tiempo en esa barca que parte y no regresa. Puedo decir con certeza que, hasta ahora, esos fueron mis días más alegres y mejor vividos. Sólo bastaban su cuerpo, su sonrisa, su palabra y así todo se componía, y yo era suyo y ella mía. La ilusión más grande de toda mi vida/ es tenerte y saber que eres mía/ y sentirte en cada parte de mi piel/ quiero conquistar y ser dueño de tu mirada/ que me quites el difícil sabor a nada/ que tú pongas un motivo a mi existir. Quizá mañana sea diferente y alcance a ver las cosas desde otro ángulo pero, ahora que el corazón aprieta, es mejor reconocerlo y ceder a ese sentimiento de tristeza. Pensando nuevamente en ella, el verano comenzó a llegar a Guayaquil mientras la ciudad se reponía lentamente de los agobios de las inundaciones.
En esas estaba cuando, sin habérmelo propuesto, me doy cuenta de que había llegado nuevamente a la Ferroviaria. Los taxis cruzaban veloces por el puente del Estero y se perdían entre los nuevos pasos a desnivel. Había caminado como un autómata. A lo que voy a entrar veo un papel sobre la puerta: “Cholo, te vino a buscar Gutiérrez. Dame un telefonazo o llámalo deúna. Creo que hay guiso de por medio. Conde.”
Al día siguiente llamé primero al Conde pero contestó Carecamiónchocado, su jefe, un norrito intelectual bajado a látigo de Quito que, como casi todo norrito en tierra caliente, se había auto-marginado porque se creía la mamá de Tarzán, el muy cretino. Era de esos que justificaba el centralismo y le tenía miedo a la vida y se enclaustraba en los libros de su cuarto mientras hablaba mierda de los guayaquileños y la ciudad. El Conde de Montecristi, le dije seco. No me respondió nada, sólo le pasó el teléfono al Conde advirtiéndole que no se desapareciera. Estamos por cerrar la edición, remató en voz alta, como para que yo lo oyera. Este rascador de Carecamiociotochocado, lameculo de los dueños del diario, tirarme esa lámpara a mí, al Cholo Cepeda. Ya tendría tiempo para enderezarle la carrocería o dejarlo más abollado, como para decirle Rechocado. ¿Hablaste con Gutiérrez? preguntó el Conde . No todavía, le contesté. Dice que quiere hablar contigo y preguntó si aún estabas con planes de buscar a tu ex-mulata. Le dije que no y replicó mejor así porque esta vida no es para casados ni enamorados. Bacán Conde, nos vemos luego. Días después fui a ver a Gutiérrez a su vieja oficina.
Llegué y un guardia me preguntó mi nombre. Se lo dije y me dio un papelito diciéndome don Gutiérrez dice que vaya al Mall Huancavilca, oficina 230. Tomé un taxi y, como es costumbre en esta ciudad, el chofer me distrajo contándome sus aventuras. Un mediodía pana, me dijo el del volante, se subió un man alto, blanco, medio gordo. Vamos al sur, a las Malvinas, me dijo. Disculpe, repliqué, pero allá no voy. No te preocupes, me dijo el man. Toral es mi pana y allá todos me conocen. Rumbo a las Malvinas entonces. A la entrada del barrio un vendedor de naranjas afilaba un cuchillo en el piso y lo limpiaba con un chorrito de agua sucia, de esa que es buena para el dengue. Oye, Yagual, súbete al taxi, qué es de Quiñonez. Adentro está, le contestó el del cuchillo naranjero. Súbete y vamos a buscarlo. Total, para qué le cuento pana, los cuatro salimos de las Malvinas directo a la Aduana del aeropuerto. Yo, como que no me enter aba de lo que pasaba. Al llegar, el gordo me hizo que parqueara el taxi a un lado. Se bajó con los mentados Yagual y Quiñonez y entre ambos le dieron una paliza del hijueputa a un mancito que estaba allí adentro. Lo patearon de lo lindo, en el suelo, hasta dejarlo bien ensangrentado. Nadie se metió. El gordo que los había contratado, después de un rato, sólo dijo está bien, suficiente. El mancito en el suelo estaba hecho un charco de sangre. El gordo se acercó y le dijo eso te pasa por no firmarme los papeles, a mí ningún cojudo se me tira a bacán y pum le dio otra patada por los riñones. Regresaron al taxi y me dijo vamos de regreso a las Malvinas. Los llevé a donde me habían pedido, me dieron una buena paga y se perdieron casuchas adentro. Así es la cosa pana en esta ciudad, uno ya no sabe en qué se puede meter. Ajá le dije mientras cancelaba el viaje.
Gutiérrez, al verme a través de los vitrales salió y le dijo a la secretaria déjelo pasar nomás. Cholo, me dijo el Conde que has desistido de ir a España, si es así, perfecto, porque a esos amores es mejor decirles adiós desde la distancia. Ahora no hay tiempo que perder. ¿Tienes aún visa para Estados Unidos? No, le dije, ya está caducada. ¡Puta! ¡Pero qué descuidado eres hombre, con lo jodida que está la cosa! Bueno, no importa, me lo mandas pronto que yo te consigo la renovación. En diez días te vas al norte, me dijo. Aquí están los pasajes. El detalle del hotel también está allí. ¿Hablas inglés? me preguntó. Algo, le dije. Bueno, no es tan importante, después aprenderás, allá siempre hay alguien que habla español. Y de qué se trata, si se puede saber, y de cuánto hablamos. Eso es secundario, dijo prontamente. Secundario las que me cuelgan le dije. Secundario chucha, repitió cabreado, estás sin trabajo y no te conviene hacerte el fino. En el sobre está la información que necesitas, toma. Y sacó unos billetes que daban un total de tres mil dólares. Esto no es para que lo gastes sino para que, si la gente de inmigración pregunta mucho, vean que tienes dinero. Diles que vas a ver a unos primos, los datos están allí. También te abrí una tarjeta de crédito de dos mil dólares con el mismo fin y puse mi carro a tu nombre. Con eso no habrá problema. ¿Tienes terno para la cita con el Cónsul? Sí, le dije, por ahí tengo uno medio viejo. Para viejo suficiente contigo, con el dinero cómprate buena ropa para la entrevista. Cuando llegues a Estados Unidos me escribes un e-mail desde algún hotel. Te daré las instrucciones específicas una vez que tengas la visa. ¿Sabes lo que es un e-mail verdad? Sí, respondí. A ver, qué mismo es un e-mail, preguntó desconfiado. Es la puta que te parió, le dije, mientras le enseñaba mi tarjeta personal de investigador privado con mi dirección de correo electrónico. Vamos bien, dijo convencido. Luego te mando el permiso de salida y la fecha para la cita con el Cónsul. Pilas chucha. Una cosa más, esta noche nos vemos en el Montreal con la gallada, aparécete, te interesa.
La idea de un nuevo viaje a Estados Unidos me alegraba un poco, pues así el fantasma de mi ex desaparecería más fácilmente. Pero ella ya no estaba y la ciudad duerme/ sin razón te espero aquí/ es el fin, qué dolor siento, habrían dicho Los Iracundos. Casi por inercia llegué al Montreal. Para sorpresa mía, allí estaba gringo Donald.
Lo saludé, conversamos de varias cosas hasta que, luego de un breve silencio, Maier dijo frontalmente es mejor que lo sepas ahora. Dentro de pocos días aparecerá un largo reportaje sobre ti en el Crónica Roja. Ahí revelan la participación que tuviste en el rescate de Victoria Weinberger. Oficialmente, los dueños del periódico han dicho que es bueno tener un héroe popular. Pero por nuestras pesquisas sabemos que es obra de Carecamiónchocado, por odio personal o porque está recibiendo dinero de los narcos, o ambas cosas. Lo cierto es que ya le han puesto p recio a tu cabeza y que, para estimular la competencia, la oferta por asesinarte está abierta al sicariato internacional, el que primero te mata se lleva el dinero. Con las fotos que publicará el Crónica Roja sabrán cómo eres físicamente y te podrán identificar sin problemas. Nuestras fuentes han confirmado que esta es una nueva modalidad del crimen organizado para amedrentar a sus enemigos. Nosotros quedamos muy satisfechos con el trabajo que hiciste y hemos decidido ayudarte contratándote para operaciones de infiltración en Estados Unidos. Con esa pinta que tienes puedes pasar como ciudadano del Tercer Mundo, dijo Maier, tratando de ponerle una nota alegre a su fría información. Sólo Gutiérrez sabe de qué se trata, pues lo consideramos un buen aliado, como dicen aquí. Oficialmente, te vas a un curso de inglés intensivo y de asesoría de inmigración, todo pagado por mi gobierno, pues el fin es que trabajes con l a policía local y sirvas de puente entre las autoridades, el consulado y la gente de la base de Manta. Te irá bien, al menos mejor que aquí, dijo Maier dándome la mano. Te veo después de un año. Debo irme ahora, tengo que dar un concierto con mi grupo de jazz en la Luna Amelcochada, suerte en todo.
Me quedé solo, pensando en cómo las cosas pueden cambiar tan rápidamente. Bajaba el primer café y veo, como siempre, apareciéndose por el parque Centenario, al Conde de Montecristi y a Capulina Páez. ¿Te vas a la Yoni, cierto? Así parece, les contesté. Pero estaba claro que la idea no me gustaba. Vélo del lado positivo, dijo don Capu, aquí no tienes trabajo, la hembra se te fue hace fú y la cosa se pondrá peor. Sí, les dije, todo eso lo tengo claro. Pragmatismo salvaje ante todo, después de escuchar ese razonamiento sentí un pequeño alivio, pues de alguna manera me veía llevado de la mano por el destino. No hay problema, les dije, no habrá problema. Así se habla, respondieron mientras alzábamos el vaso brindando porque, según sus palabras, los peores momentos son también los mejores si logramos aprender de ellos. ¿Adónde festejamos al viajero? ¿Cabo Rojeño? No, el Cuchitril es todo. Y hacia allá nos fuimos.
Rumbo al Cuchitril pasamos por la salsoteca gay El desbarrancadero, a esas horas aún vacía, pues la población de la gayez la abarrotaba sólo pasada la medianoche, como tirando a vacilar el dato de la lechuza. Y también cruzamos por mi peluquería favorita, en Riobamba y Junín (amigo lector, es buena y barata), afuera de la cual había varias personas haciendo turno mientras leían alguna revista. Por fin el Cuchitril. Desde la esquina de Junín y Ximena, mirando hacia Urdaneta y los cerros de la ciudad, allí está el mesón. Como la dueña ya nos conocía, nos saludamos cordialmente y así fuimos entrando a esa parte oculta y amada del Guayaquil andino. Oculta y amada porque el que no lleva a un indio o un negro en el alma no es guayaquileño. Nos dieron la mesa del fondo. Junto a nosotros estaban unas bellas oficinistas que, luego del trabajo, habían ido a saborear los platos criollos.
Trajeron cuatro cervezas, pusieron una de Eduardo Brito y nos picaron con unas porciones de chifle. ¿Está viendo la telenovela brasileña? me preguntó la doña. Sí, le dije, pero me he perdido los últimos capítulos. Dígale a mi marido que se los cuente, vaya con confianza nomás, él está en el cuarto viéndola. Agarré mi cerveza y les dije ya vengo y me fui a ver la telenovela, para mí, el último capítulo. Cuando regresé, don Capu y el Conde habían bajado otras cervezas y estaban saboreando carnes en palito y tortillas de papa. Así, nos dedicamos a comer, beber y chismear de lo lindo.
En los días siguientes le envié mi pasaporte a Gutiérrez y en menos de una semana salió el mentado artículo en el Crónica, con lujo de detalles, remarcando que había trabajado para el servicio de seguridad del consulado de Estados Unidos. Carecamiónchocado había logrado foquearme. Estaba claro que era mejor tapiñarme para no ser objeto de caza de los sicarios y de los políticos locales, acusándome de ser agente de la CIA, pues les encantaba hablar esas pendejadas, como en sus viejos y amargos tiempos. Para mí, estaba claro que esas cuentas las saldaría a mi regreso y que a Carecamióchocado y a los otros gusanos del Crónica Roja les daría una pateadiza imposible de olvidar. A mi regreso dije, todo será a mi regreso.
Luego me llegó una citación para entrevistarme con el Cónsul. Si no me hubiera pasado no lo creería, porque hay cosas que parecen mentira pero son verdad, y ésta es una de ellas. Llegué a las 10 am, puntual. Mostré mi papel y me hicieron entrar y esperar. Luego me llamaron por el micrófono y desde el fondo de la oficina salió un gringo que se dirigió a mí con ese acento que sólo los gringos tienen cuando hablan español. Así que tú ser Cholo Cepeda. Yo querer conocerte porque yo leer artículo en Crónica Roja. Tú ser poco loco. Yo gustar historias de policía, pero Guayaquil ser ciudad muy mal, muy violencia. Pero tú ser detective, tú estar del lado de la ley y ser good guy, culminó con una sonrisa de oreja a oreja. Muchas gracias señor Cónsul.
Aquí está el título de propiedad de mi vehículo, mi tarjeta de crédito y mis ahorros que, como usted comprenderá, están más seguros en mi colchón que en las bóvedas de un banco. Ja-Ja, se rió el Cónsul. No hacer falta, tú ser poco loco, yo tener razón. Aquí estar tu visa, tener buen viaje and have fun over there, learn good English, English is a beautiful language, dijo mientras regresaba a su oficina al fondo del consulado. Al salir me dije que el puto loco era él. Mi viaje ya era definitivo, tenía lo que necesitaba, ya sin amores y con la extinguida era más fácil dejar el cálido terruño.
Antes del viaje le pedí al Conde que le tirara lente al departamento, no fuera que durante mi ausencia las ratas choretriles se llevaran lo poco que tenía. Una brisa de verano refrescaba la ciudad. ¿Cuándo volvería a Guayaquil? Me iba a llevar a cuestas esta ciudad en la que había nacido y respirado y en la que nacieron y murieron mis amores.
En la mía, como en toda historia de amor con final triste, cuando el dolor aflora se recuerdan los momentos iniciales: ciudad de Esmeraldas, 31 de diciembre -el año ya no importa porque siempre es el mismo diciembre- esa fue la primera vez que la vi. Lo demás se lo llevó el tiempo en esa barca que parte y no regresa. Puedo decir con certeza que, hasta ahora, esos fueron mis días más alegres y mejor vividos. Sólo bastaban su cuerpo, su sonrisa, su palabra y así todo se componía, y yo era suyo y ella mía. La ilusión más grande de toda mi vida/ es tenerte y saber que eres mía/ y sentirte en cada parte de mi piel/ quiero conquistar y ser dueño de tu mirada/ que me quites el difícil sabor a nada/ que tú pongas un motivo a mi existir. Quizá mañana sea diferente y alcance a ver las cosas desde otro ángulo pero, ahora que el corazón aprieta, es mejor reconocerlo y ceder a ese sentimiento de tristeza. Pensando nuevamente en ella, el verano comenzó a llegar a Guayaquil mientras la ciudad se reponía lentamente de los agobios de las inundaciones.
En esas estaba cuando, sin habérmelo propuesto, me doy cuenta de que había llegado nuevamente a la Ferroviaria. Los taxis cruzaban veloces por el puente del Estero y se perdían entre los nuevos pasos a desnivel. Había caminado como un autómata. A lo que voy a entrar veo un papel sobre la puerta: “Cholo, te vino a buscar Gutiérrez. Dame un telefonazo o llámalo deúna. Creo que hay guiso de por medio. Conde.”
Al día siguiente llamé primero al Conde pero contestó Carecamiónchocado, su jefe, un norrito intelectual bajado a látigo de Quito que, como casi todo norrito en tierra caliente, se había auto-marginado porque se creía la mamá de Tarzán, el muy cretino. Era de esos que justificaba el centralismo y le tenía miedo a la vida y se enclaustraba en los libros de su cuarto mientras hablaba mierda de los guayaquileños y la ciudad. El Conde de Montecristi, le dije seco. No me respondió nada, sólo le pasó el teléfono al Conde advirtiéndole que no se desapareciera. Estamos por cerrar la edición, remató en voz alta, como para que yo lo oyera. Este rascador de Carecamiociotochocado, lameculo de los dueños del diario, tirarme esa lámpara a mí, al Cholo Cepeda. Ya tendría tiempo para enderezarle la carrocería o dejarlo más abollado, como para decirle Rechocado. ¿Hablaste con Gutiérrez? preguntó el Conde . No todavía, le contesté. Dice que quiere hablar contigo y preguntó si aún estabas con planes de buscar a tu ex-mulata. Le dije que no y replicó mejor así porque esta vida no es para casados ni enamorados. Bacán Conde, nos vemos luego. Días después fui a ver a Gutiérrez a su vieja oficina.
Llegué y un guardia me preguntó mi nombre. Se lo dije y me dio un papelito diciéndome don Gutiérrez dice que vaya al Mall Huancavilca, oficina 230. Tomé un taxi y, como es costumbre en esta ciudad, el chofer me distrajo contándome sus aventuras. Un mediodía pana, me dijo el del volante, se subió un man alto, blanco, medio gordo. Vamos al sur, a las Malvinas, me dijo. Disculpe, repliqué, pero allá no voy. No te preocupes, me dijo el man. Toral es mi pana y allá todos me conocen. Rumbo a las Malvinas entonces. A la entrada del barrio un vendedor de naranjas afilaba un cuchillo en el piso y lo limpiaba con un chorrito de agua sucia, de esa que es buena para el dengue. Oye, Yagual, súbete al taxi, qué es de Quiñonez. Adentro está, le contestó el del cuchillo naranjero. Súbete y vamos a buscarlo. Total, para qué le cuento pana, los cuatro salimos de las Malvinas directo a la Aduana del aeropuerto. Yo, como que no me enter aba de lo que pasaba. Al llegar, el gordo me hizo que parqueara el taxi a un lado. Se bajó con los mentados Yagual y Quiñonez y entre ambos le dieron una paliza del hijueputa a un mancito que estaba allí adentro. Lo patearon de lo lindo, en el suelo, hasta dejarlo bien ensangrentado. Nadie se metió. El gordo que los había contratado, después de un rato, sólo dijo está bien, suficiente. El mancito en el suelo estaba hecho un charco de sangre. El gordo se acercó y le dijo eso te pasa por no firmarme los papeles, a mí ningún cojudo se me tira a bacán y pum le dio otra patada por los riñones. Regresaron al taxi y me dijo vamos de regreso a las Malvinas. Los llevé a donde me habían pedido, me dieron una buena paga y se perdieron casuchas adentro. Así es la cosa pana en esta ciudad, uno ya no sabe en qué se puede meter. Ajá le dije mientras cancelaba el viaje.
Gutiérrez, al verme a través de los vitrales salió y le dijo a la secretaria déjelo pasar nomás. Cholo, me dijo el Conde que has desistido de ir a España, si es así, perfecto, porque a esos amores es mejor decirles adiós desde la distancia. Ahora no hay tiempo que perder. ¿Tienes aún visa para Estados Unidos? No, le dije, ya está caducada. ¡Puta! ¡Pero qué descuidado eres hombre, con lo jodida que está la cosa! Bueno, no importa, me lo mandas pronto que yo te consigo la renovación. En diez días te vas al norte, me dijo. Aquí están los pasajes. El detalle del hotel también está allí. ¿Hablas inglés? me preguntó. Algo, le dije. Bueno, no es tan importante, después aprenderás, allá siempre hay alguien que habla español. Y de qué se trata, si se puede saber, y de cuánto hablamos. Eso es secundario, dijo prontamente. Secundario las que me cuelgan le dije. Secundario chucha, repitió cabreado, estás sin trabajo y no te conviene hacerte el fino. En el sobre está la información que necesitas, toma. Y sacó unos billetes que daban un total de tres mil dólares. Esto no es para que lo gastes sino para que, si la gente de inmigración pregunta mucho, vean que tienes dinero. Diles que vas a ver a unos primos, los datos están allí. También te abrí una tarjeta de crédito de dos mil dólares con el mismo fin y puse mi carro a tu nombre. Con eso no habrá problema. ¿Tienes terno para la cita con el Cónsul? Sí, le dije, por ahí tengo uno medio viejo. Para viejo suficiente contigo, con el dinero cómprate buena ropa para la entrevista. Cuando llegues a Estados Unidos me escribes un e-mail desde algún hotel. Te daré las instrucciones específicas una vez que tengas la visa. ¿Sabes lo que es un e-mail verdad? Sí, respondí. A ver, qué mismo es un e-mail, preguntó desconfiado. Es la puta que te parió, le dije, mientras le enseñaba mi tarjeta personal de investigador privado con mi dirección de correo electrónico. Vamos bien, dijo convencido. Luego te mando el permiso de salida y la fecha para la cita con el Cónsul. Pilas chucha. Una cosa más, esta noche nos vemos en el Montreal con la gallada, aparécete, te interesa.
La idea de un nuevo viaje a Estados Unidos me alegraba un poco, pues así el fantasma de mi ex desaparecería más fácilmente. Pero ella ya no estaba y la ciudad duerme/ sin razón te espero aquí/ es el fin, qué dolor siento, habrían dicho Los Iracundos. Casi por inercia llegué al Montreal. Para sorpresa mía, allí estaba gringo Donald.
Lo saludé, conversamos de varias cosas hasta que, luego de un breve silencio, Maier dijo frontalmente es mejor que lo sepas ahora. Dentro de pocos días aparecerá un largo reportaje sobre ti en el Crónica Roja. Ahí revelan la participación que tuviste en el rescate de Victoria Weinberger. Oficialmente, los dueños del periódico han dicho que es bueno tener un héroe popular. Pero por nuestras pesquisas sabemos que es obra de Carecamiónchocado, por odio personal o porque está recibiendo dinero de los narcos, o ambas cosas. Lo cierto es que ya le han puesto p recio a tu cabeza y que, para estimular la competencia, la oferta por asesinarte está abierta al sicariato internacional, el que primero te mata se lleva el dinero. Con las fotos que publicará el Crónica Roja sabrán cómo eres físicamente y te podrán identificar sin problemas. Nuestras fuentes han confirmado que esta es una nueva modalidad del crimen organizado para amedrentar a sus enemigos. Nosotros quedamos muy satisfechos con el trabajo que hiciste y hemos decidido ayudarte contratándote para operaciones de infiltración en Estados Unidos. Con esa pinta que tienes puedes pasar como ciudadano del Tercer Mundo, dijo Maier, tratando de ponerle una nota alegre a su fría información. Sólo Gutiérrez sabe de qué se trata, pues lo consideramos un buen aliado, como dicen aquí. Oficialmente, te vas a un curso de inglés intensivo y de asesoría de inmigración, todo pagado por mi gobierno, pues el fin es que trabajes con l a policía local y sirvas de puente entre las autoridades, el consulado y la gente de la base de Manta. Te irá bien, al menos mejor que aquí, dijo Maier dándome la mano. Te veo después de un año. Debo irme ahora, tengo que dar un concierto con mi grupo de jazz en la Luna Amelcochada, suerte en todo.
Me quedé solo, pensando en cómo las cosas pueden cambiar tan rápidamente. Bajaba el primer café y veo, como siempre, apareciéndose por el parque Centenario, al Conde de Montecristi y a Capulina Páez. ¿Te vas a la Yoni, cierto? Así parece, les contesté. Pero estaba claro que la idea no me gustaba. Vélo del lado positivo, dijo don Capu, aquí no tienes trabajo, la hembra se te fue hace fú y la cosa se pondrá peor. Sí, les dije, todo eso lo tengo claro. Pragmatismo salvaje ante todo, después de escuchar ese razonamiento sentí un pequeño alivio, pues de alguna manera me veía llevado de la mano por el destino. No hay problema, les dije, no habrá problema. Así se habla, respondieron mientras alzábamos el vaso brindando porque, según sus palabras, los peores momentos son también los mejores si logramos aprender de ellos. ¿Adónde festejamos al viajero? ¿Cabo Rojeño? No, el Cuchitril es todo. Y hacia allá nos fuimos.
Rumbo al Cuchitril pasamos por la salsoteca gay El desbarrancadero, a esas horas aún vacía, pues la población de la gayez la abarrotaba sólo pasada la medianoche, como tirando a vacilar el dato de la lechuza. Y también cruzamos por mi peluquería favorita, en Riobamba y Junín (amigo lector, es buena y barata), afuera de la cual había varias personas haciendo turno mientras leían alguna revista. Por fin el Cuchitril. Desde la esquina de Junín y Ximena, mirando hacia Urdaneta y los cerros de la ciudad, allí está el mesón. Como la dueña ya nos conocía, nos saludamos cordialmente y así fuimos entrando a esa parte oculta y amada del Guayaquil andino. Oculta y amada porque el que no lleva a un indio o un negro en el alma no es guayaquileño. Nos dieron la mesa del fondo. Junto a nosotros estaban unas bellas oficinistas que, luego del trabajo, habían ido a saborear los platos criollos.
Trajeron cuatro cervezas, pusieron una de Eduardo Brito y nos picaron con unas porciones de chifle. ¿Está viendo la telenovela brasileña? me preguntó la doña. Sí, le dije, pero me he perdido los últimos capítulos. Dígale a mi marido que se los cuente, vaya con confianza nomás, él está en el cuarto viéndola. Agarré mi cerveza y les dije ya vengo y me fui a ver la telenovela, para mí, el último capítulo. Cuando regresé, don Capu y el Conde habían bajado otras cervezas y estaban saboreando carnes en palito y tortillas de papa. Así, nos dedicamos a comer, beber y chismear de lo lindo.
En los días siguientes le envié mi pasaporte a Gutiérrez y en menos de una semana salió el mentado artículo en el Crónica, con lujo de detalles, remarcando que había trabajado para el servicio de seguridad del consulado de Estados Unidos. Carecamiónchocado había logrado foquearme. Estaba claro que era mejor tapiñarme para no ser objeto de caza de los sicarios y de los políticos locales, acusándome de ser agente de la CIA, pues les encantaba hablar esas pendejadas, como en sus viejos y amargos tiempos. Para mí, estaba claro que esas cuentas las saldaría a mi regreso y que a Carecamióchocado y a los otros gusanos del Crónica Roja les daría una pateadiza imposible de olvidar. A mi regreso dije, todo será a mi regreso.
Luego me llegó una citación para entrevistarme con el Cónsul. Si no me hubiera pasado no lo creería, porque hay cosas que parecen mentira pero son verdad, y ésta es una de ellas. Llegué a las 10 am, puntual. Mostré mi papel y me hicieron entrar y esperar. Luego me llamaron por el micrófono y desde el fondo de la oficina salió un gringo que se dirigió a mí con ese acento que sólo los gringos tienen cuando hablan español. Así que tú ser Cholo Cepeda. Yo querer conocerte porque yo leer artículo en Crónica Roja. Tú ser poco loco. Yo gustar historias de policía, pero Guayaquil ser ciudad muy mal, muy violencia. Pero tú ser detective, tú estar del lado de la ley y ser good guy, culminó con una sonrisa de oreja a oreja. Muchas gracias señor Cónsul.
Aquí está el título de propiedad de mi vehículo, mi tarjeta de crédito y mis ahorros que, como usted comprenderá, están más seguros en mi colchón que en las bóvedas de un banco. Ja-Ja, se rió el Cónsul. No hacer falta, tú ser poco loco, yo tener razón. Aquí estar tu visa, tener buen viaje and have fun over there, learn good English, English is a beautiful language, dijo mientras regresaba a su oficina al fondo del consulado. Al salir me dije que el puto loco era él. Mi viaje ya era definitivo, tenía lo que necesitaba, ya sin amores y con la extinguida era más fácil dejar el cálido terruño.
Antes del viaje le pedí al Conde que le tirara lente al departamento, no fuera que durante mi ausencia las ratas choretriles se llevaran lo poco que tenía. Una brisa de verano refrescaba la ciudad. ¿Cuándo volvería a Guayaquil? Me iba a llevar a cuestas esta ciudad en la que había nacido y respirado y en la que nacieron y murieron mis amores.
viernes, 7 de marzo de 2008
Alma inquieta de gorrión sentimental
Luego se semejante catarata de nombres, noté que Angelito nos miraba fijo, como esperando comentario. Yo no dije nada, el asunto no era conmigo. El poeta, ya entrando en los calores bieleros, sólo dijo escríbete otros nombres a ver qué más sale, mientras se mecía de cabo a rabo en la hamaca y yo cambiaba de cd abriendo con una descarga de tangos y milongas que empezaba con Hugo del Carril mientras en el cielo se amontonaban rabos de nubes color rosa. Pepe Norro, plenamente afianzado en su papel de chasqui alcohólico, traía con empeño nuevas y heladas cervezas. A este paso vas a mandar a la quiebra tu negocio, le dije al poeta. Tranquilo que todo está bajo control. El que llegó primero fue Chinto Ness, el mismo que apenas vio al poeta le gritó ¿bebéis o no bebéis? ¿Por qué le hablas así? interrogué sorprendido. A lo cual el Chinto respondió que era por respeto a Iturburu ya que, al ser poeta, él no podía preguntarle en términos vulgares chupas o no chupas, como si fuera un borrachito cualquiera. No. Había que preguntarle con elegancia: bebéis o no bebéis, o el poeta no respondería.
Le decíamos Chinto Ness porque, una lejana noche, en la esquina del barrio, se había puesto a imitar al narrador de Los Intocables para contar los chismes de la gente. Era de allí que el vate Iturburu había sacado la idea de escribir literatura policial, no de los libros, como él quería que creyéramos. Lo digo yo y lo certifico, pues fui yo quien tuve la grabadora en mi mano mientras el Chinto se explayaba en datalles de la parodia y yo mismo el que escribió los capítulos esa noche. Luego empezaron a llegar los demás.
Allí estaban, tal como lo habían augurado Pollo Enano y Camachiño, el Cuervo, el doctor Bonilla y el loco Villacís. Más tarde llegarían Kukuku, Gorila y el gordo Lucho. Aparecieron Frejolito, los Pilones, el Oso Yogui, Mente Enferma, Petete, Salomón el Niño, Guarulo, el negro Bermeo y el Amigo. También llegaron las mujeres del Cartel y hasta la familia Cabrera, los gitanos del barrio, quienes sacaron sus guitarras y se pusieron a tocar interminables pasillos seguidos en coro por todos nosotros tú eres mi amor/ mi dicha y mi tesoro/ mi sólo encanto y miiiilusión/ ven a calmar mis males/ mujer, no seas tan inconstante. Y, la plena sea dicha, como en los viejos tiempos, la pasamos bacansísimo, pues luego nos tiramos al ruedo y nos fuimos de salsa, disco, boleros y otros ritmos que fueron debidamente rastrillados en el roce de piernas y demás toqueteos, fundamentales todos en la lucha cuerpo a cuerpo.
En una de esas pregunté por los que no estaban presentes: Cachato, don Perry, Magucito, la Huasa y Papa Chola. ¿No sabes? dijeron al unísono, se hicieron hermanitos. Han dedicado su vida a predicar el evangelio según los Testigos de Jehová. Yo, tirándome para atrás como Condorito, me dije el tiempo todo lo cambia, mientras, para variar y de puro jodido, puse una canción de los Beatles que decía Miiiiicheeeelle, these are words that go together well/ ma Michelle/ Miiiiichelle ma belle/ sont des mots qui vont trés bien ensemble/ trés bien ensemble. Esa es la plena cholo, la plena de verdad, gritaba entusiasmado el ya ebrio poeta.
¿Y qué hay de La Sombra? comenzaron a preguntarse. (Por si la lectora no recuerda, o se ha saltado ese capítulo, La Sombra es el alías con el que el pueblo bautizó a un personaje real, o de su fantasía, nunca se supo, que ajusticiaba a criminales). En los últimos días se había vuelto a hablar del tema, pues habían encontrado cadáveres en las carreteras, barrios bravos y vías marginales, y la mayoría de ellos tenía una S en el pecho, claramente realizada con un cuchillo, y un hueco en la frente. No es La Sombra comentó Iturburu. Está claro por el estilo, los lugares y los muertos. Es sólo la violencia diaria, la de siempre, esa que ya a nadie le importa, concluyó, mientras unos reafirmaban que eso era lo que se necesitaba: orden para el progreso; y otros decían que, de todos modos, La Sombra actuaba fuera de la ley y eso no era bueno para la democracia. Democracia, alguien replicó, cuál democracia, mientras seguíamos con música y cerveza.
El sábado ya era propiedad de la noche y se adornaba de los últimos cantos de grillos, sapos y picadas de mosquitos, todos los cuales se batieron en abrupta retirada cuando el solícito Pepe Norro hizo que el humo de palosanto invadiera la terraza. Ya estábamos en pasillos de Olimpo Cárdenas, valses de JJ y boleros de Patricia González. Ya habíamos bajado algunas jabas y por enésima vez me preguntaba de dónde salía plata para la cerveza y si acaso el destino de los machos del Guayas era simplemente vegetar y emborracharse.
Preparamos luego unas carnes en palito y unos chinchulines y revivimos entre todos el pasado absoluto y recordamos que el tiempo era el implacable aliado que algún día nos llevaría en su canoa hacia el mar abierto del silencio que es la muerte. Esa noche, nuestros muertos estuvieron con nosotros: Carlos Ríos, Memo, el Chugo, Monín, don Tenén, don Absalón, Salomón el Viejo, y tantos más, a los que, junto a Cheo Feliciano, les decíamos buen viaje mi gente/ buen viaje. Con prodigio reconstruimos por enésima vez nuestra juventud.
Fue entonces que se me cruzó la idea de que no era sólo la impunidad de los crímenes lo que fastidiaba a Iturburu, ni siquiera el creer que no se podían decir cosas nuevas. No. Lo molestaba algo que sabía amargo, a dolor antiguo y secreto, de esos que cuando salen van llevándose todo lo que encuentran a su paso, de esos que se fundan en las derrotas. Quizá, para él, escribirlas era una manera de olvidarlas y dejarlas muertas en el basurero de la memoria. Yo sabía de algunas y las imaginaba añadiéndose a la violencia de Guayaquil, al desempleo y la emigración. A pesar de las risas y las chácharas con la gente, Iturburu llevaba un silencio y una tristeza dentro de sí de la cual nunca habló: su madre había muerto y ese sería su dolor interminable. Había también otros dolores, menores aunque agudos, otras muertes de seres queridos, pero la muerte de una madre lo colma todo. ¿Quién no había muerto ya en Guayaquil? A simple vista se notaba que lo enfermaban la mediocridad, el arribismo, la estafa, el juego político, el doble discurso, la corrupción y los militares. En parte yo lo comprendía, en parte digo por ser honesto, porque hay cosas que ni aún comprendiéndolas las hacemos nuestras.
La noche había caído y ninguno se había emborrachado como años antes. Estábamos casi intactos, felices de haber dado un gran paso en nuestras vidas, ese paso que diferencia al hombre del adolescente, al soltero del padre de familia. Iturburu tenía la misma locura y en sus ojos, como todos los demás, el brillo de siempre. Al salir me volvió a pedir que leyera sus manuscritos. No son detectivescos, repitió, son otra cosa, como una autobiografía, otra cosa, ya vas a ver. ¿Qué mismo tendría yo que ver en eso? Sólo al final lo sabría.
Nos despedimos todos con un abrazo. Bajé la escalera y caminé una vez más por el mismo viejo callejón que tanto sabía de mí. Vi nuevamente y por última vez a los amigos con los que había crecido, por última vez también a Iturburu, al menos ese Iturburu. Esto es como el final un tango, me dije. Y mientras dejaba los parterres y las calles oscuras y destruídas de la Ciudadela 9 de Octubre, recordaba la voz de Goyeneche cantando vuelvo al sur/ como se vuelve siempre al amor/ vuelvo a vos/ con mi deseo con mi temor/ soy del sur/ inmensa luna, cielo al revés/ busco el sur.
Samba pa' ti
Lo que a continuación viene, amiga lectora, es la lista de nombres de la imaginada barra, cuya autoría, honrado caballero ante todo, debo reconocer, corresponde a la afiebrada y creativa mente de Angelito Godoy:
La sombra del amor
El regreso del pez que fuma
Tortuga ninja
Pachacutic
La Conaie
Lagarto que traga no vomita
La juma de ayer
El gitano saboreoco
El camarón con hipo
Corrincheros del sur
La guanta bailarina
Los ojos de medusa
La jaula del sabido
La estatua de sal
La tatabra parrandera
Tate quieto
El diario vivir
El purgatorio
Esta negra no me quiere
Bochinche en el barrio
Conversaciones y copas
El baile del chancho
La pecosa infiel
Marejada felíz
Sandunga namá
La casa de pegrañola
Don quijote y sancho panza
Don quijote sin panza
La panza de sancho
The perro sucio’s house
Rin-tin-tín y la mamá de tarzán
El brujo hospitalario
Areito con chicha
Agua loca en bruto
El renacimiento
La araña solitaria
Rucututú
Retumbaco
Anfibiumbaco
Sirumele
Manicho Cachato
Remanicho Roberto
El tugurio del piporro
Agachadito y en corto
La casa de la cultura
El final de la jornada
Un dato más
Juana gallo forever
La molienda original
Los tres culos
Viejito Macuchi
Rockola y aserrín
El paraíso del rockolero
El manaba exiliado
La Real Audiencia del pico
El libro no leído
Cerveza y crucigramas
Mentidero
Paraísos artificiales
El rincón afiebrante
La gallada de memo
El triunfo de baco
El retorno del Chugo
Cantina del rey momo
La capilla del chisme
El retrato de Dorian Gray
Rubias y solas
La copa rota
El grillo infiel
Náufragos del amor
El paraíso del pitufo
Esnaqui de la yaqui
La casa de Roque Santeiro
El pez delirante
Noches bohemias
Doña Bella a caballo
La memoria y sus parceros
Garganta sedienta
La tribu de Juan Gabriel
Las hijas de Safo
Blancas azucenas
El canto de la lluvia
Las 11 mil vírgenes
La rosa sin nombre
Diálogos filosóficos
Pancho Jaime Aristóteles
Cheveridad y bacanería
La enverigú
La Sombra
Colón y los 40 españoles
La barra del nieto gordo
Los aretes de la luna
Campesinos al machete
La jauría cervecera
El imperio de Carlos V
Sol de medianoche
Golpe de 8
Eterno instale
El perro engafado
Día tras día
Tapiñe de chiros
Sí al Africa
De buenas a primeras
Rumba interminable
Chuleta y biela
Cervecería de los mártires
Cofradía de los salseros
Eterna juventud
El que no perdona
La posta de cortijo
El gato escondido
Eterno San viernes
Esmeraldas chiquita
Don lengua
Candela y sarao
Tesoro de Muisne
Burundanga
Infiernillo
Plátano sin racimo
Otra cosa
El derrotado
El shamán en su nota
La misma guardia
Alumbrados
Cabeza de reno
Pon la otra mejilla
El hombre sin cabeza
El reno sin cachos
Linguística general
Cruzados y Encimados
Miscelánea verbal
El criticón
Templarios y pecadores
Tome pin y haga pun
Moros y cristianos
Conversos y chiros
La fuente de la cerveza
Baños termales
La nota continúa
El pobrecito bebedor
Yo adivino el parpadeo
¿Cuándo fui a mi viejo barrio por última vez? Se me había olvidado pero no demoraría en recordarlo. Nuevamente caminé por las zonas aledañas a mi casa actual: Barrio Garay, Mercado del Oste, garages con carros siendo recuperados del inclemente temporal y los baches de las calles. Rompiendo la rutina de mis acostumbrados café negro y humita, opté por dos vasitos de ostiones y un ceviche mixto lo cual, obviamente, hizo que la morronga se pusiera nuevamente como asta de bandera en fiesta patria. Garrotillo, para abreviar. Era muy temprano para darme estos lujos libidinosos, así que me afané prontamente por tomar un bus al sur. Los transeúntes pasaban, la humedad y el calor agobiaban la mañana, las calles eran caldo de cultivo de lodo y cualquiera de esas enfermedades prediluviales que reaparecen cada año. Los insultos de chofer a transeúnte (y viceversa) salían desde las ventanas de los carros junto con la música estr uendosa. Guayaquil era una gran rockola en la que, como siempre, aparecía la alegría del trópico, el gusto del sábado por la mañana cuando el músculo duerme y la ambición descansa. Abordé al andar el bus, pasé el incómodo torniquete seguido de un payaso, un guitarrista ciego y un niño descalzo.
Ubicado en uno de los últimos asientos tuve un breve momento de sosiego del ensordecedor merengue que se escuchaba por los parlantes. Digo breve porque a los segundo se oyó un damas y caballeros, su colaboración por favor, quiero demostrarles que no soy un ladrón sino un trabajador honrado. Era el payaso, quien, sin decir más, empezó a contar chistes: El presidente va con su mujer por la calle y le dice mira mijita la gente se queja del precio de las cosas, pero mira tú: una camisa a 50 centavos, una camiseta a 15 centavos, un par de medias a 5 centavos. ¡Baratísimo! Y ella le contesta ¡No seas bruto mijito, fíja te bien, estamos frente a una lavandería! Y solito se comenzó a reir de sus chistes agrios. Y continuó: ¿En qué se parecen el presidente y los congresistas? En que todos creen que el otro es el pendejo. Ja-ja-já, se seguía riendo solito el payaso. ¿En qué se parecen un paracaidista y un marino serranos? En que el paraca se tira al aire sin saber volar y el marino se tira al agua sin saber nadar. Ja-ja-já. ¿Cómo le dice un serrano a una candelilla? Mosquito con linterna. ¿En qué se parece un político a un ministro? En que los dos hablan güevadas. Jaaaa-ja-já. ¿Cuál es el colmo de un pelado? Salvarse por un pelo. Aaa-ja-ja-já. Acto seguido, pedía una colaboración por favor, una colaboración, mientras recogía dinero.
El payaso agarraba unos centavos, el ciego de la guitarra afinaba las cuerdas y el niño descalzo con ya ronca y destemplada voz gritaba nos tenemos que decir adiós porque tal vez jamás, en la vida te vuelva a encontraaaaar y mientras el bus seguía llenándose y la gente se animaba con la ronca voz del pajarito cantor, incluído yo, debo decirlo sin vergüenza. Luego alguien le pidió de manera decidida al pelado cántate una de los Embajadores Criollos, a lo cual éste, presto y sabiamente acompañado del ciego en el requinto, tiró en ritmo de vals las palabras creí que me querías/ por eso te entregué/ toda mi vida y fe/ sin comprender que tú/ nunca me amaste/ ¿Por qué? ¿Por qué te portas así/ sabiendo que mi querer/ tan sólo fue para ti? El público, conquistado por el repertorio, se afanaba en peticiones y sin escatimar desenfundaba más centavitos para el niño. En esas anduvimos hasta lle gar a la altura de Chimborazo y El Oro, esquina en la cual, el payaso, el niño y el guitarrista ciego descendieron de la nave. No bien esto ocurrió, el chofer puso la radio nuevamente a todo volumen para hacernos escuchar otro merengue un poquito para atrás por favor/ un poquito para atrás por favor, decía el Caballo Johnny Ventura por los parlantes mientras la nave voladora y musical devoraba calles y el chofer se desgañitaba puteando a diestra y siniestra a transeúntes y vehículos.
Qué carajo querrá Iturburu, me pregunté. Como se recordará, hacía algún tiempo ya me había independizado y había puesto mi propia oficina de investigaciones. Al principio las cosas no fueron nada mal, pero gracias a la crisis globalizada tuve que cerrar el negocio, pues, contradictoriamente, al tiempo que aumentaban los ataques del hampa al pueblo guayasense, se hacía cada vez más notoria la falta de circulante del vento, lo cual no permitía que mis labores fueran debidamente remuneradas. Por ejemplo, el cacho en las parejas teteaba de lado y lado pero ya a nadie le importaba lo que el otro hacía. Los autos eran robados por delincuentes comunes, taxistas o policías, a cada rato y bajo diferentes modalidades, y para recuperarlos sólo había que pagar un “impuesto” como decían. Los secuestros ya no eran exclusividad de grupos organizados sino de cualquier borrachito de esquina. El sicariato internacional y amazónico había implantado una firme y dinámica red de trabajo que cobraba según la categoría social de la víctima. Como todo era alcahuetería de autoridades y criminales, después de los secuestros, los delincuentes solitos se entregaban para salir libres a las pocas semanas. Así, robos y muertes quedaban en el más perfecto anonimato. Con precisión alemana, el Crónica Roja publicaba cada viernes la foto de la “persona desconocida muerta”. Eso era todo. Me encontraba en esas meditaciones busiles cuando pasó lo que faltaba: un grito destemplado dice nadie se mueva esto es un asalto.
Miro de qué va la cosa y allí están, repartidos a lo largo del bus, cinco muchachos malencarados con cuchillos y recortadas en mano, desvalijando lo que podían. Había uno que, hincando con la punta la barriga de los pasajeros, definía con clara voz de mando a ver tú el reloj, tú la cadena, tú sácate los zapatos, lo cual era acompañado de un sonoro golpe con el mango del cuchillo sobre la desprotegida cabeza de la víctima. En el desvalije general no me vi afectado, pues, supongo, a juzgar por mi pinta cholil y mi falta de prendas joyísticas, los muchachos habrían concluído sin dificultad que pertenecía al grupo de los chiros. Y entre chiros siempre nos entendemos.
Terminado el asalto hicieron parar el bus a la altura del Barrio Cuba, se bajaron tranquilamente y se metieron rumbo al Camal. La gente no estaba asombrada aunque sí cabreada, después de todo, entre el payaso, el guitarrista ciego, el niño cantor y los asaltantes, a más de uno se le había ido el dinero de la semana. Obviamente, aclarado el panorama, el chofer no dudó en poner la radio nuevamente a todo volumen en la cual, para variar, sonaba otro merengue, esta vez de La Makina, que decía ay no me digas que nooooo/ que no me quieres/ ay no me digas que nooooo/ que no me quieres/ porque si tú no me quieres/ yo por ti me muero/ porque si tú no me quieres/ yo por ti me muero. Si Guayaquil era un gran circo, este bus era un circo chiquito, chiquito, loco y ambulante, hasta los choros habían estado cantando las canciones del niño y de la radio.
bado de gloria habría dicho el poeta Iturburu en su adolescencia. Me bajé en la Ciudadela 9 de Octubre y a duras penas pude reconocer sus calles o lo que quedaba de ellas. Los parterres estaban arruinados y allí, sentados en la vereda con una botella de Trópico Seco en mano, los viejos Cabeza de Tigre, el negro Ojito y Marco Tulio se encaminaban, una vez más, a caer en los brazos de Baco y Morfeo. De un solo golpe sentí como si las bombas del tiempo hubieran caído sobre mi barrio y mi pasado. Eh, cholo, tómate un trago, me dijeron sin mediaciones, a lo cual acepté por no ser descortés. ¿Cuántos años hace que no vienes por acá? preguntaron. Varios, contesté. Por los callejones aparecían otros a quienes tampoco había visto en mucho tiempo. Y mientras se acercaban los escuchaba hablar en un lenguaje que era mío pero que también sonaba lejano, como una historia que nos esforzamos por no olvidar.
De alguna manera había vuelto a fines de los 70, al interminable partido de índor que jugábamos en las calles, al día de agosto en que se incendió la Shell y una plancha de acero destruyó la casa de Freddy Haluff, al diluvio del 82, al último paseo en bicicleta. Sólo en ese momento me di cuenta que no estaba preparado para revisar el tiempo ido y que, a lo mejor, no fue buena idea venir a casa de Iturburu. No obstante, me despedí de ellos y seguí rumbo a la casa del poeta, el mismo que, según mis cálculos, me estaría esperando medio cabreado por la demora. Poeta y loco, tenía también sus manías, la puntualidad era una de ellas. Su odio al protagonismo, otra.
Sin embargo, cuando llegué estaba cómodamente acostado en una hamaca, en la terraza de su casa. Había hecho levantar una loza, puesto un techo y decorarla con plantas muy grandes que habían florecido y daban la apariencia de una junglita. Tenía también maceteros, mesas y sillas, como para recibir a los invitados. Meciéndose con tranquilidad, el poeta escuchaba canciones de Alci Acosta. Llegas tarde cholo, fue lo primero que me dijo. Cómo es la cosa, le respondí, mientras subía por la escalera caracol desde la parte externa de la casa. Te ha quedado bacana la casa. Me brindó una cerveza, cambió el cd y me dijo lee esto y, fuás, sacó unas páginas y recortes de periódicos en una carpeta. Lo he recopilado en los últimos años. Allí hay fotos y nombres de gente desaparecida, también una lista de asaltos y escándalos de corrupción. Todos son casos que nunca fueron investigados y cuyos documentos reposan en los juzgados. También hay una lista con nombres de bandas de asaltantes formadas por policías y militares en servicio activo, y de la gente a la que se le llevaron el dinero cuando cerraron los bancos. Paso seguido, el poeta Iturburu mostró otra ruma de carpetas con más recortes. Son sólo de periódicos locales, me dijo. Allí hay violaciones, prostitución, pandillerismo, accidentes de tránsito y peleas callejeras. Son denuncias de casos no resueltos.
¿Y para qué me das todo esto? Pregunté, temiendo que, de pronto y sin saber cómo, Iturburu tuviera algo que ver con La Sombra. Me dijo te doy todo eso sólo para probarte que, si bien es cierto que en mis cuentos los casos no se resuelven, en la vida real tampoco nadie los resuelve. A no ser que aparezca alguien como La Sombra y ponga orden a este caos. Cómo se van a resolver si en estos países de mierda todo el mundo es corrupto y a nadie le importa la vida de nadie, afirmó molesto. ¿Para esto me hiciste venir hasta tu casa? pregunté. No solamente, contestó. Pepe Norro, gritó, tráele al cholo la caja de libros. Y presto, el mentado Pepe Norro apareció con una caja de considerable tamaño de la cual Iturburu sacó libros de Eduardo Mendoza, Vásquez Montalbán y Rubem Fonseca. También había ejemplares de Ross McDonald, Edgar Allan Poe, Raymond Chandler y Dashiell Hammett. Son todos para ti, me dijo casi con alegría. A ti te harán más provecho que a mí, ya los he leído y esta historia de muertos y pesquisas ya me hinchó las pelotas. Ahora basta con ver la televisión para saber cómo se organiza la trama y descubre al criminal. Fíjate, me dijo mirándome a los ojos, en Estados Unidos hay canales en los que te dan lecciones de pesquisaje. Te van a gustar los libros, terminó convencido de su palabra. Pana, le dije eufórico, muchas gracias y le di un fuerte abrazo. Aunque ya había leído algunos de ellos, un regalo así no se cuestiona, pues a caballo regalado no se le miran los dientes.
Iturburu continuó. Te pedí que vinieras porque quiero saber si puedes ayudarme a revisar algunos escritos que he estado trabajando. Extrañado por la solicitud, inquirí más detalles. Bueno, la verdad es que he pensado muchas cosas en estos últimos meses y ya era hora de escribir de otros asuntos, madurar, tú sabes, otros temas. Siento que eso de la muerte, la marginalidad, las abstracciones y las falsas ideas de tantos años ya no son lo mío. Necesito a un lector crítico que me diga las cosas de frente y que no esté pensado en robarme las ideas. Además, he resuelto de la manera más práctica mi manutención. Ajá, repliqué, y cómo lo harás. Para este primer año me basta y sobra con la beca que gané. Luego, con clases y algún cachuelito me bastará para dedicarme a escribir. Además, tengo un vento ahorrado de mi estadía en el norte, no es mucho pero ayuda. También le estoy dando vuelta a un par de cosas más. Ven, me dijo, levantándose de la hamaca y llevándome hacia el interior de la casa.
Bajamos al primer piso y me mostró un cuarto lleno de jabas de cervezas y un congelador a full. Estoy entre poner un depósito de cerveza, abrir un bar o ampliar con mis sobrinos la Cofradía del Bolero, con lo que deja estoy hecho. Vas a terminar alcoholizado fue lo único que atiné a comentar. No, contestó, quien se encargará de vender será Angelito Godoy o mi esclavo Pepe Norro. Peeepe, Pepe Norro, gritó el poeta. Acto seguido apareció por segunda vez el muchacho con su nada envidiable cara de mandril. Tráete dos pero bien heladas, le dijo Iturburu, y el chasqui bielero obedeció presto. El poeta se quedó por unos segundos como en el aire y me dijo sabes que los Piporros, los pelados de aquí a la vuelta, un día le dijeron a Pepe Norro que querían jugar a quién se la mete a quién. Pepe dijo bueno pero yo primero, y los Piporros le dijeron no, primero te pones tú y después nos ponemos nosotros. Ya, repli có Pepe Norro. Total, lo ensartaron y después salieron corriendo. Este Pepe, dijo el poeta, con pena por no poder reivindicar al chasqui, llora pero no mama.
Para volver al tema inicial le pregunté y de los escritos qué. Son las Crónicas del Barrio, me contestó, las tengo avanzadas. Pero no te rías, a veces eres medio corto de cráneo para las cosas que no entiendes. Te las voy a dar para que, como pana, me cantes la plena. Si le enseño a la gente lo que estoy escribiendo van a creer que estoy loco o me he vuelto marica. Bueno, lo primero ya lo creen, lo segundo no sé, le dije en joda. Andate a la verga, respondió en réplica de azote.
Desde la terraza se veían los techos de las otras casas del callejón, detrás de los almendros y las palmeras se adivinaba la ría; del otro lado, el colegio Eloy Alfaro y, más atrás, el Hospital del Seguro. Recordé súbitamente un eclipse que vi en mi infancia, justamente desde el techo de mi casa, a través del cristal de una botella. El sol, en lo alto, fue cubierto por la luna durante varios minutos. Estoy sosteniendo el cristal frente a mis ojos mientras mi padre y mis hermanos hacen lo mismo. Eeeaahh, cholo, regresa de donde te hayas ido. ¿Te volaste verdad? preguntó Iturburu, clarito se te veía que estabas en otra parte. Eso es porque el sur siempre es mágico, continuó. Mágico y miserable, añadí. ¿Por qué no damos una vuelta por el barrio? Simón, le dije.
Bajamos y llegamos a la puerta del colegio Eloy Alfaro, siempre cerrada con cadenas, como una gran prisión. Allí quedaban los recuerdos de huelgas y piedrizas estudiantiles en época de la dictadura militar, los intercolegiales del vollyball y atletismo, las peleas con los compañeros de clase, la pava para irse a ver a las muchachas del Guayaquil. Ahora, la Ciudadela 9 de Octubre estaba destruída, sus rincones sucios y reventados. Sin embargo, a la derecha del colegio, la pequeña calle era la misma y su silencio deshabitado también. En la vereda un graffiti decía “Simplemente te amo”. Detrás del colegio estaba la escuela, la misma escuela católica de beneficencia que ahora parecía tan pero tan pequeña. Caminamos luego por cuadras y casas que nos dieron y robaron tantos sueños, tantas cosas que podría detallar en miles de páginas.
Ibamos callados, mirando el tiempo pasar, el invierno llegar todo, menos a ti/ si otro amor me viniera a llamar/ no lo quiero ni oir. Recordamos nuestro primer paseo en bicicleta y también el último, un 31 de diciembre, como si fuera sólo ayer. Ese día, bajo el mismo eterno sol del trópico, se acababa el año y con él nuestra sombra que se alargaba por la calles mientras el tiempo golpeaba nuestras espaldas. Tropezamos con algunos amigos que habíamos creído perdidos para siempre, pero que estaban allí, regresando de un exilio que nunca quisieron y que la gente a veces confunde con el destino. No son ellos los exiliados, dijo Iturburu, somos nosotros, nosotros los que nos fuimos, nosotros los que regresamos. No es bueno escupir sobre las tumbas y tampoco sobre el recuerdo, no es bueno morder la mano que te alimenta. Así es, afirmé. Dimos unas vueltas más por la legendaria zona del Rodillo, pensando en el negro Mina, Cachete , el Conejo y las González, las más bellas de la cuadra.
La tarde avanzaba fresca. El poeta intercalaba nuevamente canciones de Los Iracundos y Salvatore Adamo. La vida es muy corta para que me la siga tomando tan en serio, me dijo. Ya he quemado las naves de la discusión. Todo es inútil, sólo el amor rejuvenece, la emoción del amor. A veces, continuó Iturburu, a veces siento que estoy llegando al final de mi viaje y es mejor que diga de una buena vez otras cosas, cosas verdaderas, por así decirlo. No entendí muy bien lo que estaba detrás de las dos últimas frases, sólo comenté a veces así pasa. Más adelante volverás a las mismas andanzas, ya volverás, me decía a mis adentros, pero callé. Cuando alguien habla de esa manera es mejor quedarse callado. Era inútil insistirle a Iturburu que nunca hay que descartar las repeticiones. Además, el vate no era pendejo. Sabía de lo que estaba hablando y eso bastaba, así que ni siquiera se me ocurrió pedir aclaraciones. Ponte una música más alegre, dije.
Con las cervezas y la música ya estábamos más relajados. Estábamos digo y digo bien porque, de un momento a otro y sin invitación previa, apareció Angelito Godoy haciendo escándalo en el callejón, gritándonos cacheroooos, cacherooooos, mientras subía la escalera caracol. Ya en la terraza se aceró en franco bamboleo tuseril y nos dio la mano para se la besáramos.
Aquí está la bella que se encargará del éxito del bar, dijo Iturburu señalando a Angelito. Lo vi y lo saludé con afecto. Allí estaba nuevamente el primero de nuestros amores barriales. Angelito fumaba botando humo como condenado a muerte, aunque en fino estilo de dama de alta alcurnia, con las ojeras de mapache y un par de tarrinas de encebollado, una pila de casetes y unas hojas arrugadas que, confesó, fueron la excusa para encerrarse en su casa la noche anterior con una botella de ron y poder escribir lo que viene a continuación, no sin antes decir que toda la gente del barrio sabía que estábamos chupando y que ya caerían. Cacheros, nos dijo, aquí están los posibles nombres del bar. Poeta, mirando a Iturburu, es lo que me pediste ¿verdad? Esta lista es la plena, la venena, la enverigú y nos lanza unas hojas con nombres de la futura barra que el poeta y él pensaban abrir.
Angelito, antes de dejarnos leer los nombres, dijo seriamente necesitamos una clientela con dinero, inteligente para el gasto, recuperar la salsa de los 70 y la música de Los Corvets, Bodega, Los Dragones, Los Errantes y Los Apóstoles, mi amor Elio Roca, Braulio, Django y Rabito. Tenemos también que poner música de Nelson y Sus Estrellas, la Billo’s Caracas Boys y la Blacio Jr., porque esa es la música de la gente que tiene billete. Claro, hay que darle chance a Tranzas y otros gogoteritos de moda, como Los Rodríguez, Juanes, Basilos y Café Tacuba. Obviamente entusiasmado por su proyecto, Angelito continuó: la barra debe estar en el centro de la zona rosa, pero siempre mirando hacia el sur. Debemos fomentar la convivencia musical de salsa, tangos, pasillos y boleros, y cuidarnos de no volverla pista de baile ni nido de putas, pero tampoco negarle a las parejas un tranqueteo bailable, porque, como es sabido, previo a la batalla cuerpo a cuerpo, es necesario un serruchito musical. ¿Me están escuchando cacheros verga aguada? ¿Me están poniendo atención? reclamó Angelito en tono magisteril. Digo derecho de admisión estrictísimo: sólo gente educada, conocida, que deje sus vicios afuera. Y así, Angelito, que ya había encendido otro cigarrillo, dijo aquí están los nombres.
Agúzate que te están velando
Cada vez que cruzaba el puente del Estero Salado y entraba al centro de la ciudad tenía la impresión de caminar también hacia un pasado que se mostraba sólo en pedazos, como retazos de sueños y no como una cadena de recuerdos. Así, aparecía la imagen de cuando nos bañábamos en sus aguas, remábamos botes o paseábamos por sus orillas. Desde el puente 5 de Junio uno se tiraba al agua, y por el mismo puente se llegaba a Daule, a la playa, al campo del Litoral, verde, misterioso y lleno de leyendas. Una breve brisa calmaba el calor del invierno y mecía las finas hojas de acacias y palmeras. La mañana continuaba marcada por el sol, los vehículos que se amontonaban por algún accidente y los peatones que querían ganar rápido su destino.
Luego de pedir un café negro y una humita, desdoblé el Crónica Roja y con nueva sorpresa pude ver que habían sacado unas fotos muy parecidas a las de la noche del lanzamiento del libro: cinco cuerpos con tiros de gracia en media frente, arrodillados, todos uniformados de policía pero con nombres e insignias arrancados.
Al abrir las páginas para encontrar los detalles del ajusticiamiento noté, en fotos tomadas desde otros ángulos, un detalle casi imperceptible: una sombra humana aparecía detrás de los ajusticiados. ¿Cómo había llegado allí? ¿Era otro truco de fotografía del Crónica Roja? ¿Tendría Miriam Matilde algo que ver en esto? Llamé inmediatamente al Conde de Montecristi pero contestó la bella y, luego de un breve gargareo y una invitación a salir, le pregunté por el Conde. Se fue a hacer un reportaje, que regresa al caer la tarde dijo. ¿Llamas por las fotos verdad? ¿Qué fotos? repliqué. Vana acción, pues la negra era pilas y medio molesta me contestó no te hagas el idiota que bien sabes que hablo de las fotos que publicamos. El Conde sabía que ibas a llamar, que se encuentren en la Cofradía del Bolero, que tiene otras fotos para ti. ¿Se van a beber? preguntó con curiosidad damil. A lo mejor, le dije. Ajá. Me les uno si no hay inconveniente porque quiero celebrar mi viaje a España. ¿También emigras? le pregunté, recordando a mi ex-mulata. Voy por motivos de trabajo, contestó, aunque quedarme por allá tampoco se descarta. Ya, le dije, veámonos con el Conde a eso de las ocho, dile que invite a la Condesa de los Reales Tamarindos, así hacemos gajo de a cuatro. Buena idea, dijo ella, a las ocho entonces.
Fiel a mi rutina de semiempleado, aproveché para meterme como siempre al cine. Anunciaban con bombos y platillos The Matrix Reloaded y quería ver hasta dónde Hollywood había avanzado en tecnología y avispaduras. Así que por allá me enrumbé, consciente, sin embargo, de que el billete del contrato con Maier no duraría por mucho tiempo más. Llego al cine y, oh sorpresa, veo haciendo cola a Capulina Páez. Qué tal, le dije educadamente, ya que la confianza no era mucha. Inútil intento de respeto, pues Don Capu inmediatamente me contestó qué dice cholo, pareces raya con esas gafas, cómo anda la cosa. Ahí nomás, respondí, matando tiempo. Yo también, dijo el gordo, y sorpresivamente añadió ahí nos vemos. Ahí nos vemos, contesté. (Lector, la plena, no hay mucho que decir en esta parte, así que mejor terminemos este párrafo). Y sin más entré y me senté a ver la película, la mism a que hacía exagerada gala de tecnología aplicada al cine, además de tener un libreto cojudísimo.
Ocho de la noche en punto y, desde mi atalaya afuera de la Cofradía del Bolero, veo al Conde que viene riéndose y abrazado con la Condesa. De qué habrán venido hablando, o de quién. Mejor no pregunto, a veces es mejor ser ignorante. Saludan, se sientan, piden dos bielas y el Conde me enseña varias fotos del mismo crimen mientras su real dama calma su sed bielera. Después de un gran sorbo dice éstas no las sacamos porque no hay que publicar toda la información deúna, hay que hacerlo poco a poco, de manera dosificada. Además, Carecamiónchocado dice que si lo hacemos así aumentaremos las ventas y hasta podríamos recibir un dinerito extra de los dueños del periódico. Carecamiónchocado nos ha dicho que leamos el libro A Sangre fría de Truman Capote, que así aprenderemos a escribir como periodistas. Me reí del acote diciéndome pobre imbécil este Carecamioncitochocado, tantos años en G uayaquil y aún no se ubica en la urbe, buscando en los libros lo que la vida del puerto ofrece cada día. Evitando que prosiguiera pregunté ¿Y Miriam Matilde? Que la esperemos, llega pronto. En las fotos que me enseñó el Conde, la sombra, que apenas se notaba en la edición impresa, aparecía perfectamente perfilada gracias a un buen trabajo de laboratorio y revelado. Eso lo inventaron ustedes, le dije cabreado. No, la verdad que no. La sombra estaba allí, como si fuera un fantasma al cual sólo el lente de la cámara pudo captar. Sin importarle lo ridículo de su afirmación, y menos aún mi incredulidad, el Conde ya hasta había ideado una serie policial basada en las fotos. La llamaremos Galería de la Sombra, dijo, y en ella inventaremos argumentos, nombres, apodos, anécdotas, leyendas y lugares en los cuáles ocurrirán los asesinatos. ¿Cuáles? pregunté. Los que sin duda ocurrirán, dijo mientras alzaba su vaso, porque, la verdad sea dicha, sí hubo ajusticiamiento dentro de la policía. Y continuó el Conde de Montecristi diciendo todo parece que un nuevo héroe se avecina a la urbe huancavilca, a la par que pedía tres bielas más. ¿Y Miriam Matilde? Nanay.
Todo habría quedado en una pintoresca anécdota si el Crónica Roja no hubiera publicado las fotos bajo el título antes mencionado y nuevos episodios de lo que se fue transformando en entrega semanal, subtitulados a manera de capítulos con frases como “La Sombra: ¿Criminal o Justiciero?”, “La esperanza de los pobres”, “La Sombra de la imparcial balanza”, “La Sombra ataca nuevamente” y hasta “El machete de los pobres”. Lo del machete venía a que un par de crímenes se habían llevado a cabo gracias al uso de la indicada arma montuna. Al poco tiempo, el Crónica Roja abrió una sección de cartas dirigidas a La Sombra, procedentes de los más variados estratos sociales, todas apoyándolo y felicitándolo por su labor de limpieza social.
Al menos, así lo presentaba el editor general, el ya mentado Carecamiónchocado. Las ventas del Crónica Roja, como era de esperarse, se triplicaron en menos de dos m eses, aunque el Conde y Miriam Matilde no recibieron ningún bono extra pues, estaba claro, Carecamiónchocado era lameculo de los dueños, no un profesional y, menos aún, alguien preocupado por los trabajadores.
Fiel al espíritu de competencia de la libre y baja empresa, en la televisión también comenzaron a hablar de La Sombra. No tanto porque fuera a aumentarles el rating de sintonía, cuanto porque la gente de Guayaquil había abierto la esperanza de que, por fin, en esta ciudad en la cual lo inesperado era la norma, algo o alguien recobrara el perdido ideal de justicia, de ese que tanto mencionan los libros escolares. En una entrevista al Jefe de la Segunda Zona Militar, éste descartaba totalmente la existencia de La Sombra y decía que eran sólo rumores de desocupados y trabajos de pandillas, sicarios y narcotraficantes que tenían influencia en los medios de información, y que era mejor dejarle todo a la policía. Sin embargo, evitó comentar el hecho de que, entre los ajusticiados, el número de policías o ex-policías iba en aumento, todos muertos de la misma manera y con la misma arma. Las pruebas de bala, enviadas a un laboratorio de los Estados Unidos, habían establecido que era así. De esa manera, La Sombra, que al principio habría sido mero invento del Conde o de la negra Miriam Matilde, se fue convirtiendo en una realidad.
A los pocos meses ya se vendían muñequitos llamados La Sombra. Vestían de capa negra, sombrero negro y pantalones negros. La cara era también negra. Los primeros, los originales, fueron hechos a mano y, según Miriam Matilde, los habían inventado en la isla Trinitaria, al calor de los arrullos, pues allí habían encontrado los primeros cadáveres. Pero luego la empresa privada, fiel a su falta de creatividad y avaricia, quiso hacer también su agosto, sacando ediciones plásticas, con capas rojas y ropa azul, como si La Sombra fuera Superman o Batman. Como el pueblo no perdona cojudeces y la copia resultaba grotesca, La Sombra misma, o cualquiera de esos que se hacía pasar por él, atacó nuevamente: ajustició a cuatro guardianes privados (que resultaron ser militares en servicio pasivo) afuera de las empresas de productos plásticos. La empresa privada, a través de su Cámara, creyendo vengarse de La Sombra, decidió suprimir la edición de sus muñecos, lo cual sólo hizo aumentar los manufacturados en la isla Trinitaria. Así, el negocio progresó de tal manera que luego comenzaron a vender también machetitos y pistolitas de madera, muñequitos vestidos de policías con un hueco en la frente o sin cabeza, casitas de caña para los ajusticiamientos y hasta maquetas de cementerios y discotecas con el nombre de La Sombra, todos con su dibujito respectivo, como si fueran productos Nike o Reebok.
Los niños se disfrazaban de La Sombra en vez de Ratón Miguelito o Conejo de la Suerte. Con semejante negocio, los morenos de la isla Trinitaria afinaron su olfato comercial y crearon una fiesta de Halloween criolla, bien guayaca y bien bacán, en la cual destacarían los disfraces del Tin-Tín, la Tacona, la Viuda del Tamarindo, el Descabezado y otros duendes menores del pueblo. Y por allí se perfilarían las fiestas de diciembre, pues habían notarisado la patente de los añoviejos La Sombra y el monopolio de cohetes y camaretas, indispensables para un real celebración de fin de año.
Paralelo a esto y contagiados del sostenido éxito, los periodistas locales organizaban concursos de quién inventaba la mejor historia de La Sombra. El pueblo pobre, por su parte, en voz baja o a sotto voce, como se dice en italiano, se sentía plenamente reivindicado porque estaba confirmado que todos los ajusticiados eran criminales. No simple ladrones, sino criminales malos, de esos que ya no tienen control de nada. Gusanos, para abreviar. Ni al pueblo ni a la clase media le interesaba saber si eran escuadrones de la muerte, policías o algún loco justiciero.
Los pocos ricos que quedaban en la ciudad, pues la mayoría había huído al extranjero con millones robados, habían contratado más guardaespaldas y, en complicidad con los parientes del presidente, habían creado decenas de agencias de seguridad privada. Así, robos de autos, casas desvalijadas y asaltos a bancos o centros comerciales, pasaron a un segundo plano. Sólo los ajusticiamientos de La Sombra interesaban y, más que todo, sus causas, pues en la mayoría se encontraban violaciones a menores de edad y mujeres indefensas, secuestros y negociados con dinero ajeno, y en todos los casos la flecha apuntaba hacia la policía, las Fuerzas Armadas y altos burócratas o acomplejados jefes del sector privado.
Sin embargo, un día, de la misma manera que apareció en la escena del crimen de Guayaquil y la fantasía ciudadana, La Sombra desapareció sin dejar rastro. Todo esto inmediatamente provocó que se recorgieran firmas y que organizaciones cívicas pidieran su regreso, para vergüenza de la policía. Hasta una estatua comenzaron a levantarle. Pero nada. Como el viejo dios Pachacamac (o Quetzacoal para los mexicanos), La Sombra se había ido y la ciudad se volvió nuevamente el feudo en el cual los pobres morían a manos de los déspotas y la corrupción. Pasaron nuevamente las semanas y lo único que quedó fueron los muñequitos hechos por los negros de la isla Trinitaria, cuyas ventas, lamentablemente, bajaron también de la noche a la mañana.
Ni el Conde ni Miriam Matilde, peor aun Carecamiónchocado, pudieron dar explicaciones convincentes a sus lectores de su ausencia. Trataron de seguir con los concursos y los reportajes fotográficos pero todo fue en vano, pues la policía los desmentía públicamente, diciendo que tal crimen había ocurrido en tal parte y de tal manera, o que sus fotos eran de escenas montadas. Para mí, en cambio, estaba claro que la policía y los maleantes le estaban pisando los talones a La Sombra, cerrándole el cerco, y que, por eso, había decidido desaparecer, entrar al total anonimato y dejar que las aguas bajasen, pues el tiempo borra todo recuerdo. Así, Guayaquil volvió a la rutina y a los escándalos de siempre.
En todos esos meses no había visto ni oído hablar de Iturburu ni de sus sobrinos, peor aún de las mujeres del Cartel de la 9 de Octubre. En el enloquecido mundo de Guayaquil, no me habría extrañado que La Sombra fuera cualquiera de ellos, o todos al mismo tiempo. El destino de la ciudad ya era propiedad de sus habitantes. No habría tenido ninguno de estos pensamientos si no hubiera recibido una llamada misteriosa del poeta que me citaba en su casa, al sur, Callejón F 209, de la ya mentada ciudadela.
Luego de pedir un café negro y una humita, desdoblé el Crónica Roja y con nueva sorpresa pude ver que habían sacado unas fotos muy parecidas a las de la noche del lanzamiento del libro: cinco cuerpos con tiros de gracia en media frente, arrodillados, todos uniformados de policía pero con nombres e insignias arrancados.
Al abrir las páginas para encontrar los detalles del ajusticiamiento noté, en fotos tomadas desde otros ángulos, un detalle casi imperceptible: una sombra humana aparecía detrás de los ajusticiados. ¿Cómo había llegado allí? ¿Era otro truco de fotografía del Crónica Roja? ¿Tendría Miriam Matilde algo que ver en esto? Llamé inmediatamente al Conde de Montecristi pero contestó la bella y, luego de un breve gargareo y una invitación a salir, le pregunté por el Conde. Se fue a hacer un reportaje, que regresa al caer la tarde dijo. ¿Llamas por las fotos verdad? ¿Qué fotos? repliqué. Vana acción, pues la negra era pilas y medio molesta me contestó no te hagas el idiota que bien sabes que hablo de las fotos que publicamos. El Conde sabía que ibas a llamar, que se encuentren en la Cofradía del Bolero, que tiene otras fotos para ti. ¿Se van a beber? preguntó con curiosidad damil. A lo mejor, le dije. Ajá. Me les uno si no hay inconveniente porque quiero celebrar mi viaje a España. ¿También emigras? le pregunté, recordando a mi ex-mulata. Voy por motivos de trabajo, contestó, aunque quedarme por allá tampoco se descarta. Ya, le dije, veámonos con el Conde a eso de las ocho, dile que invite a la Condesa de los Reales Tamarindos, así hacemos gajo de a cuatro. Buena idea, dijo ella, a las ocho entonces.
Fiel a mi rutina de semiempleado, aproveché para meterme como siempre al cine. Anunciaban con bombos y platillos The Matrix Reloaded y quería ver hasta dónde Hollywood había avanzado en tecnología y avispaduras. Así que por allá me enrumbé, consciente, sin embargo, de que el billete del contrato con Maier no duraría por mucho tiempo más. Llego al cine y, oh sorpresa, veo haciendo cola a Capulina Páez. Qué tal, le dije educadamente, ya que la confianza no era mucha. Inútil intento de respeto, pues Don Capu inmediatamente me contestó qué dice cholo, pareces raya con esas gafas, cómo anda la cosa. Ahí nomás, respondí, matando tiempo. Yo también, dijo el gordo, y sorpresivamente añadió ahí nos vemos. Ahí nos vemos, contesté. (Lector, la plena, no hay mucho que decir en esta parte, así que mejor terminemos este párrafo). Y sin más entré y me senté a ver la película, la mism a que hacía exagerada gala de tecnología aplicada al cine, además de tener un libreto cojudísimo.
Ocho de la noche en punto y, desde mi atalaya afuera de la Cofradía del Bolero, veo al Conde que viene riéndose y abrazado con la Condesa. De qué habrán venido hablando, o de quién. Mejor no pregunto, a veces es mejor ser ignorante. Saludan, se sientan, piden dos bielas y el Conde me enseña varias fotos del mismo crimen mientras su real dama calma su sed bielera. Después de un gran sorbo dice éstas no las sacamos porque no hay que publicar toda la información deúna, hay que hacerlo poco a poco, de manera dosificada. Además, Carecamiónchocado dice que si lo hacemos así aumentaremos las ventas y hasta podríamos recibir un dinerito extra de los dueños del periódico. Carecamiónchocado nos ha dicho que leamos el libro A Sangre fría de Truman Capote, que así aprenderemos a escribir como periodistas. Me reí del acote diciéndome pobre imbécil este Carecamioncitochocado, tantos años en G uayaquil y aún no se ubica en la urbe, buscando en los libros lo que la vida del puerto ofrece cada día. Evitando que prosiguiera pregunté ¿Y Miriam Matilde? Que la esperemos, llega pronto. En las fotos que me enseñó el Conde, la sombra, que apenas se notaba en la edición impresa, aparecía perfectamente perfilada gracias a un buen trabajo de laboratorio y revelado. Eso lo inventaron ustedes, le dije cabreado. No, la verdad que no. La sombra estaba allí, como si fuera un fantasma al cual sólo el lente de la cámara pudo captar. Sin importarle lo ridículo de su afirmación, y menos aún mi incredulidad, el Conde ya hasta había ideado una serie policial basada en las fotos. La llamaremos Galería de la Sombra, dijo, y en ella inventaremos argumentos, nombres, apodos, anécdotas, leyendas y lugares en los cuáles ocurrirán los asesinatos. ¿Cuáles? pregunté. Los que sin duda ocurrirán, dijo mientras alzaba su vaso, porque, la verdad sea dicha, sí hubo ajusticiamiento dentro de la policía. Y continuó el Conde de Montecristi diciendo todo parece que un nuevo héroe se avecina a la urbe huancavilca, a la par que pedía tres bielas más. ¿Y Miriam Matilde? Nanay.
Todo habría quedado en una pintoresca anécdota si el Crónica Roja no hubiera publicado las fotos bajo el título antes mencionado y nuevos episodios de lo que se fue transformando en entrega semanal, subtitulados a manera de capítulos con frases como “La Sombra: ¿Criminal o Justiciero?”, “La esperanza de los pobres”, “La Sombra de la imparcial balanza”, “La Sombra ataca nuevamente” y hasta “El machete de los pobres”. Lo del machete venía a que un par de crímenes se habían llevado a cabo gracias al uso de la indicada arma montuna. Al poco tiempo, el Crónica Roja abrió una sección de cartas dirigidas a La Sombra, procedentes de los más variados estratos sociales, todas apoyándolo y felicitándolo por su labor de limpieza social.
Al menos, así lo presentaba el editor general, el ya mentado Carecamiónchocado. Las ventas del Crónica Roja, como era de esperarse, se triplicaron en menos de dos m eses, aunque el Conde y Miriam Matilde no recibieron ningún bono extra pues, estaba claro, Carecamiónchocado era lameculo de los dueños, no un profesional y, menos aún, alguien preocupado por los trabajadores.
Fiel al espíritu de competencia de la libre y baja empresa, en la televisión también comenzaron a hablar de La Sombra. No tanto porque fuera a aumentarles el rating de sintonía, cuanto porque la gente de Guayaquil había abierto la esperanza de que, por fin, en esta ciudad en la cual lo inesperado era la norma, algo o alguien recobrara el perdido ideal de justicia, de ese que tanto mencionan los libros escolares. En una entrevista al Jefe de la Segunda Zona Militar, éste descartaba totalmente la existencia de La Sombra y decía que eran sólo rumores de desocupados y trabajos de pandillas, sicarios y narcotraficantes que tenían influencia en los medios de información, y que era mejor dejarle todo a la policía. Sin embargo, evitó comentar el hecho de que, entre los ajusticiados, el número de policías o ex-policías iba en aumento, todos muertos de la misma manera y con la misma arma. Las pruebas de bala, enviadas a un laboratorio de los Estados Unidos, habían establecido que era así. De esa manera, La Sombra, que al principio habría sido mero invento del Conde o de la negra Miriam Matilde, se fue convirtiendo en una realidad.
A los pocos meses ya se vendían muñequitos llamados La Sombra. Vestían de capa negra, sombrero negro y pantalones negros. La cara era también negra. Los primeros, los originales, fueron hechos a mano y, según Miriam Matilde, los habían inventado en la isla Trinitaria, al calor de los arrullos, pues allí habían encontrado los primeros cadáveres. Pero luego la empresa privada, fiel a su falta de creatividad y avaricia, quiso hacer también su agosto, sacando ediciones plásticas, con capas rojas y ropa azul, como si La Sombra fuera Superman o Batman. Como el pueblo no perdona cojudeces y la copia resultaba grotesca, La Sombra misma, o cualquiera de esos que se hacía pasar por él, atacó nuevamente: ajustició a cuatro guardianes privados (que resultaron ser militares en servicio pasivo) afuera de las empresas de productos plásticos. La empresa privada, a través de su Cámara, creyendo vengarse de La Sombra, decidió suprimir la edición de sus muñecos, lo cual sólo hizo aumentar los manufacturados en la isla Trinitaria. Así, el negocio progresó de tal manera que luego comenzaron a vender también machetitos y pistolitas de madera, muñequitos vestidos de policías con un hueco en la frente o sin cabeza, casitas de caña para los ajusticiamientos y hasta maquetas de cementerios y discotecas con el nombre de La Sombra, todos con su dibujito respectivo, como si fueran productos Nike o Reebok.
Los niños se disfrazaban de La Sombra en vez de Ratón Miguelito o Conejo de la Suerte. Con semejante negocio, los morenos de la isla Trinitaria afinaron su olfato comercial y crearon una fiesta de Halloween criolla, bien guayaca y bien bacán, en la cual destacarían los disfraces del Tin-Tín, la Tacona, la Viuda del Tamarindo, el Descabezado y otros duendes menores del pueblo. Y por allí se perfilarían las fiestas de diciembre, pues habían notarisado la patente de los añoviejos La Sombra y el monopolio de cohetes y camaretas, indispensables para un real celebración de fin de año.
Paralelo a esto y contagiados del sostenido éxito, los periodistas locales organizaban concursos de quién inventaba la mejor historia de La Sombra. El pueblo pobre, por su parte, en voz baja o a sotto voce, como se dice en italiano, se sentía plenamente reivindicado porque estaba confirmado que todos los ajusticiados eran criminales. No simple ladrones, sino criminales malos, de esos que ya no tienen control de nada. Gusanos, para abreviar. Ni al pueblo ni a la clase media le interesaba saber si eran escuadrones de la muerte, policías o algún loco justiciero.
Los pocos ricos que quedaban en la ciudad, pues la mayoría había huído al extranjero con millones robados, habían contratado más guardaespaldas y, en complicidad con los parientes del presidente, habían creado decenas de agencias de seguridad privada. Así, robos de autos, casas desvalijadas y asaltos a bancos o centros comerciales, pasaron a un segundo plano. Sólo los ajusticiamientos de La Sombra interesaban y, más que todo, sus causas, pues en la mayoría se encontraban violaciones a menores de edad y mujeres indefensas, secuestros y negociados con dinero ajeno, y en todos los casos la flecha apuntaba hacia la policía, las Fuerzas Armadas y altos burócratas o acomplejados jefes del sector privado.
Sin embargo, un día, de la misma manera que apareció en la escena del crimen de Guayaquil y la fantasía ciudadana, La Sombra desapareció sin dejar rastro. Todo esto inmediatamente provocó que se recorgieran firmas y que organizaciones cívicas pidieran su regreso, para vergüenza de la policía. Hasta una estatua comenzaron a levantarle. Pero nada. Como el viejo dios Pachacamac (o Quetzacoal para los mexicanos), La Sombra se había ido y la ciudad se volvió nuevamente el feudo en el cual los pobres morían a manos de los déspotas y la corrupción. Pasaron nuevamente las semanas y lo único que quedó fueron los muñequitos hechos por los negros de la isla Trinitaria, cuyas ventas, lamentablemente, bajaron también de la noche a la mañana.
Ni el Conde ni Miriam Matilde, peor aun Carecamiónchocado, pudieron dar explicaciones convincentes a sus lectores de su ausencia. Trataron de seguir con los concursos y los reportajes fotográficos pero todo fue en vano, pues la policía los desmentía públicamente, diciendo que tal crimen había ocurrido en tal parte y de tal manera, o que sus fotos eran de escenas montadas. Para mí, en cambio, estaba claro que la policía y los maleantes le estaban pisando los talones a La Sombra, cerrándole el cerco, y que, por eso, había decidido desaparecer, entrar al total anonimato y dejar que las aguas bajasen, pues el tiempo borra todo recuerdo. Así, Guayaquil volvió a la rutina y a los escándalos de siempre.
En todos esos meses no había visto ni oído hablar de Iturburu ni de sus sobrinos, peor aún de las mujeres del Cartel de la 9 de Octubre. En el enloquecido mundo de Guayaquil, no me habría extrañado que La Sombra fuera cualquiera de ellos, o todos al mismo tiempo. El destino de la ciudad ya era propiedad de sus habitantes. No habría tenido ninguno de estos pensamientos si no hubiera recibido una llamada misteriosa del poeta que me citaba en su casa, al sur, Callejón F 209, de la ya mentada ciudadela.
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