Por las noches, cuando habíamos terminado las tareas de la escuela y los demás regresaban del trabajo, nos sentábamos frente al televisor. Con la ceremonia del que llega al cine, veíamos Dimensión Desconocida o Viaje a las Estrellas. Y todas la noches, religiosamente, a las ocho en punto, Rodi Carabalí tocaba con educación y lo invitábamos a sentarse con nosotros. Por esa época, él ya andaba por el metro ochenta. Junto a su juvenil y alta figura se notaba una almohada grande bajo su brazo. Escogía, como todos los del barrio, un rincón en el suelo y allí se sepultaba a ver los programas. A veces traía una colcha para protegerse del viento veraniego.
Por nuestros ojos desfilaban las películas en blanco y negro, cortadas intermitentemente por propagandas y propicias para la glosa, ir al baño, contar un chiste o rasquetear el cocolón de la olla. O para que El Zorro Baidal apareciera.
Era durante ese lapso que el Zorro salía de su casa y en el silencio y la oscuridad del callejón, a cuello pelado gritaba “el zoooooorroooooo”, y golpeándose el trasero con la mano, como si fuera caballo de sí mismo, corría veloz a la tienda de la esquina, a comprarle un cigarrillo a su padre. A veces era también Cruz Diablo o los personajes que salían en Jim West. Rodolfo Baidal, alias Gurofo, era verdaderamente el Zorro. No se tomaba en serio ningún papel, simplemente vivía a plenitud su desdoblamiento, como todos, mientras corría, y la gente en las casas se reía de verlo tan inocente. Una noche, sentados en los fierros del parque mientras soplaba el viento, el Zorro se puso a contar historias del Tintín traídas del campo por sus abuelos: “Dice Mamá Dora que andaba con mi abuelo perdida en el campo y llegaron a una loma. En la cima oyeron los llantos de un niño y se aproximaron a la criatura que lloraba. Lo tomaron en sus brazos y mientras lo calmaban ella dijo: ‘Mira que chiquito es, aún no tiene ni dientes’ a lo cual el niño respondió: ‘Sí tengo, míralos bien’ y mostró toditos los dientes y se reía a carcajadas y después se hizo humo”. Todos nos quedamos con el pico abierto, atemorizados.
A esa siguieron otras historias más hasta que se fue haciendo tarde. El viento soplaba con más fuerza pero nadie quería regresar a casa por el temor de encontrarse con los aparecidos de esos cuentos que fluían con simple precisión de la boca del Zorro.
Con los años, el Zorro se hizo buen pelotero, un hombre de amplia y sincera sonrisa, amable al trato, como su hermano Salomón “El Niño” Baidal, compañero en el Alfaro, igual que su padre el viejo Salomón, que en paz descanse. Vivían al lado de mi casa. Al frente, estaba la casa de los Carabalí, de Rodi Carabalí.
Rodi estudiaba en la escuela fiscal y practicaba todos los deportes habidos y por haber, y en todos era seleccionado del equipo, lo cual, modestia aparte, no impidió que una tarde invernal, a mediados de los setentas, el autor de este libelo le hiciera un gol por la galleta, aunque no alcanzara a esquivar el refilón de chancleta del que fue víctima por parte del ya mentado moreno caballero.
Lo vi jugar basketball y cumplir una buena labor en los intercolegiales, sobre todo contra los aniñados de las villas grandes. También lo vi pararse tieso en la defensa de los partidos de fútbol interbarrial, en los cuales, por su testarudez, aplicaba a rajatabla el principio de pasa la bola pero no el jugador. Ya bordeando los dos metros, por lo inevitablemente flaco de su figura, le decían Cigarrillos More. Lo conocían en todas partes y en todas era bien recibido, con chacota, aguardiente, mala palabra y, si había cómo, una tamuguita de ya-ja-já.
Cuando comenzó a trabajar le fuimos perdiendo la pista. Hablábamos muy poco, a excepción de algunos domingos de sol, cerveza helada y ceviche de corvina. O cuando hacía de árbitro en algún campeonato del barrio. La última vez que lo vimos nos conversó que un taxista lo había asaltado. A eso de las once de la noche, por la calle Quito, llegando al barrio, paró el taxi, sacó una pistola y le pidió todo lo que tenía. De su maletín de trabajo Rodi tuvo que sacar los cheques certificados del banco para el que trabajaba. Los cheques los hice anular, nos contó. Lo peor fue que, como nunca, no había nadie en el barrio. Siempre los vagos están aquí menos esa noche. Mala suerte, dijo Rodi. Terminamos la conversación con un nos vemos bróder y se marchó a su casa.
Lo último que supimos de él fue que, como miles de ecuatorianos, emigró a Italia, como lo hizo su hermana Zoila años antes, como lo hizo su hermano Chacho otro caballero que tomó rumbo a Venezuela para nunca más volver.
jueves, 24 de julio de 2008
jueves, 17 de julio de 2008
De lo que pasaba en la Casa Parroquial
Después de verlo en fiestas, de esas con luces negras y rojas, chalecos hippies y música rockera, se había comenzado a hablar de él. Pero ¿quién era el flaco de Mapasingue? Era un puto flaco de pelo largo que había adoptado la bandera de Estados Unidos como vestimenta. Llevaba un pantalón de estrellitas blancas y rayas azules y rojas. Parecía un fantasma sacado del litoral ecuatoriano, de una leyenda de abuelos. Tenía dos metros de alto y el pelo hasta los hombros, y hablaba reposada y tranquilamente. Cuando aparecía en las fiestas se confundía con las sombras de los rincones. Hablaba inglés muy bien. Tenía algunos amigos en el barrio, Galleta era uno de ellos. De repente desaparecía y no se volvía a saber de él hasta la siguiente fiesta. Bailaba durísimo y también metía duro la mano cuando había bronca, como ocurrió un día en la Casa Parroquial.
A principios de los 70, la Casa Parroquial era el centro de actividades sociales. Había cursos de música, funciones de teatro y un jardín de infantes. Estaba obviamente junto a la iglesia de Monserrat y junto a una escuela donde aguantábamos más palo del esperado, más allá del Eloy Alfaro (o más acá, según por donde se venga). Los domingos, la iglesia se llenaba hasta el tope y afuera vendían canguil y otras delicias. Nosotros íbamos más por ver a las chicas que por rezar. Mientras el cura decía la misa, una virgen negra miraba tranquila desde lo alto, y nosotros decíamos cinco padrenuestros y cinco avemarías por habernos portado mal. Durante la semana, la iglesia era el lugar donde nos reunían a cantar himnos religiosos a punta de santo látigo mientras decíamos en coro por mi culpa/ por mi culpa/ por mi grandísima culpa. Nunca hacíamos nada malo pero había que pagar alguna culpa por lo que fuera, pero culpa al fin y al cabo. A un costado de la iglesia, una vez por semana, aparecía un carro de la Pepsi y proyectaba películas de Jorge Negrete y el Cine de Oro mexicano, y la gente se abultaba, cada uno con su banquito, a sentarse a ver las maravillosas imágenes en blanco y negro de los amores imposibles.
En la Casa Parroquial organizaban conciertos de rock que terminaban en pelea. La bronca siempre comenzaba porque Galleta se emplutaba y le mandaba la mano o buscaba pelea a Carlos Taboada. Taboada, aparte de mover el trasero con su taconeo en la tarima, no era pendejo. Cuando se arrechaba se lanzaba desde lo alto, como en película de vaqueros, y caía sobre algún rival para agarrarse a puñetes. Entre sus pasos estaban el del trompo y el paso gitano. Con el primero daba vueltas y vueltas mientras hacía piruetas con las manos, como esas bailarinas sobre el hielo; con el segundo palmoteaba, caminaba rápidamente por la tarima y se amarraba la camisa a la cintura mientras los pantalones acampanados flotaban con la música. Con Taboada venían también los fumones del norte. Pero el flaco de Mapasingue, que los conocía y no se llevaba bien con ellos porque no era aniñado, se venía con la gente del barrio.
Mientras todos se retorcían frenéticos, Héctor Napolitano tocaba melodramáticamente la guitarra a lo Jimy Hendrix y Los Apóstoles hacían sonar los instrumentos entre tanto Jinsop decía I wanna know/have you ever seen the rain. Los Sobre Ruedas, que era el grupo de Cachato, el viejo Icaza y el loco Roberto, cantaban canciones de Los Náufragos, Fórmula V, Los Mitos y Los Tíos Queridos, voy a pintar/ las paredes con tu nombre mi amor/para que sepas/ que te quiero de verdad, o el himno de los borrachos que decía de boliche en boliche/ me gusta la noche/ me gusta el bochinche/ soy un caso perdido/ me meto en el ruido y no puedo parar, o “El extraño de pelo largo” que era una canción casi mística y que describía a los salvajes que llevábamos dentro vagando por las calles/ mirando la gente pasar/ el extraño de pelo largo/ sin preocupaciones va/ hay fuego en su mirada/ y un poco de insatisfacción/ por una mujer que siempre quiso/ y nunca pudo amar. Hasta aquí el decorado auditivo, ahora viene la historia.
Decía que Taboada en cada paso se inclinaba al suelo. Corría, se agachaba y se paraba enseguida, sonreía y ocultaba la sonrisa detrás de un abanico, en tiro Raphael Martos de España ¿De dónde mierda sacaba el abanico? Nadie lo sabía. En una de esas, Galleta, ya entrado en biela, se inclina y le toca la nalga. Taboada, maricón o no, se ofendió con el toqueteo, sacó la pata con fuerza y le dio un plataformazo en la cara. Galleta, arrecho y recuperado, se subió a la tarima, lo agarró del pelo, lo estrelló contra el piso y entre ambos se dieron una divina puñetiza mientras volaban sillas y botellas por la pista. Se armó el coge-coge. La gente de Taboada le cayó en gajo a Galleta y todos hicieron ruma, unos encima de otros dándose con lo que estuviera a mano. El flaco de Mapasingue y los panas del barrio se metieron también a repartir y aguantar cocacho mientras las mujeres corrían despavoridas de un lado a otro, menos, claro, la que sería con los años la famosa Banda de las Bajacierre (llamado en los 80 El Cartel de la Ciudadela). El cura, micrófono en mano gritaba ¡compórtense!, ¡compórtense!, tarea de salvajes. Coge-coge del bueno. Al final, un poco tranquilizados los ánimos, la compostura quiso ser establecida pero ya quedaba poca gente. Otro conjunto, Los Pasos, el más turro de todos, por ahí dejaba oir unas notitas moribundas de dos tambores y una guitarra eléctrica. Ante el abandono del ring por parte de los músicos, el cura se acercó a Rockolita y le pidió que cantara.
La gente del barrio le decía no Rockolita no cantes, esos manes tocan turro y te van a desprestigiar frente a las peladas. Pero fue inútil. A la voz de quieres cantar el man ya estaba rumbo a la tarima, guitarra en mano. Pero ocurrió el milagro.
Rockolita tomó el micrófono y, a lo Daniel Santos, mirando fijamente a los músicos, taconeó la pierna y dijo, un, dos, un, dos, tres, yo no he visto a Linda/ parece mentira.../ yo no he visto a nadie. Nos quedamos mirando entre todos, casi felices. El Cuervo dijo este Rockolita es un chucha. Qué hijueputa, acotó Chocoto, y nos dimos un trago de aguardiente. Luego siguió con un bolero de Alberto Beltrán: Yo no sé/cómo puede la luna brillar/cómo pueden las aves cantar/si ya no me amas tú. Y luego otro, esta vez de Ismael Rivera, que dice si te contara mi sufrimiento/ si te dijera la pena tan grande/ que llevo muy dentro/ la triste historia/que noche tras noche/de dolor y pena/ llegó a mi alma/ surgió en mi memoria/como una condena. Y así continuó el resto de la noche.
A principios de los 70, la Casa Parroquial era el centro de actividades sociales. Había cursos de música, funciones de teatro y un jardín de infantes. Estaba obviamente junto a la iglesia de Monserrat y junto a una escuela donde aguantábamos más palo del esperado, más allá del Eloy Alfaro (o más acá, según por donde se venga). Los domingos, la iglesia se llenaba hasta el tope y afuera vendían canguil y otras delicias. Nosotros íbamos más por ver a las chicas que por rezar. Mientras el cura decía la misa, una virgen negra miraba tranquila desde lo alto, y nosotros decíamos cinco padrenuestros y cinco avemarías por habernos portado mal. Durante la semana, la iglesia era el lugar donde nos reunían a cantar himnos religiosos a punta de santo látigo mientras decíamos en coro por mi culpa/ por mi culpa/ por mi grandísima culpa. Nunca hacíamos nada malo pero había que pagar alguna culpa por lo que fuera, pero culpa al fin y al cabo. A un costado de la iglesia, una vez por semana, aparecía un carro de la Pepsi y proyectaba películas de Jorge Negrete y el Cine de Oro mexicano, y la gente se abultaba, cada uno con su banquito, a sentarse a ver las maravillosas imágenes en blanco y negro de los amores imposibles.
En la Casa Parroquial organizaban conciertos de rock que terminaban en pelea. La bronca siempre comenzaba porque Galleta se emplutaba y le mandaba la mano o buscaba pelea a Carlos Taboada. Taboada, aparte de mover el trasero con su taconeo en la tarima, no era pendejo. Cuando se arrechaba se lanzaba desde lo alto, como en película de vaqueros, y caía sobre algún rival para agarrarse a puñetes. Entre sus pasos estaban el del trompo y el paso gitano. Con el primero daba vueltas y vueltas mientras hacía piruetas con las manos, como esas bailarinas sobre el hielo; con el segundo palmoteaba, caminaba rápidamente por la tarima y se amarraba la camisa a la cintura mientras los pantalones acampanados flotaban con la música. Con Taboada venían también los fumones del norte. Pero el flaco de Mapasingue, que los conocía y no se llevaba bien con ellos porque no era aniñado, se venía con la gente del barrio.
Mientras todos se retorcían frenéticos, Héctor Napolitano tocaba melodramáticamente la guitarra a lo Jimy Hendrix y Los Apóstoles hacían sonar los instrumentos entre tanto Jinsop decía I wanna know/have you ever seen the rain. Los Sobre Ruedas, que era el grupo de Cachato, el viejo Icaza y el loco Roberto, cantaban canciones de Los Náufragos, Fórmula V, Los Mitos y Los Tíos Queridos, voy a pintar/ las paredes con tu nombre mi amor/para que sepas/ que te quiero de verdad, o el himno de los borrachos que decía de boliche en boliche/ me gusta la noche/ me gusta el bochinche/ soy un caso perdido/ me meto en el ruido y no puedo parar, o “El extraño de pelo largo” que era una canción casi mística y que describía a los salvajes que llevábamos dentro vagando por las calles/ mirando la gente pasar/ el extraño de pelo largo/ sin preocupaciones va/ hay fuego en su mirada/ y un poco de insatisfacción/ por una mujer que siempre quiso/ y nunca pudo amar. Hasta aquí el decorado auditivo, ahora viene la historia.
Decía que Taboada en cada paso se inclinaba al suelo. Corría, se agachaba y se paraba enseguida, sonreía y ocultaba la sonrisa detrás de un abanico, en tiro Raphael Martos de España ¿De dónde mierda sacaba el abanico? Nadie lo sabía. En una de esas, Galleta, ya entrado en biela, se inclina y le toca la nalga. Taboada, maricón o no, se ofendió con el toqueteo, sacó la pata con fuerza y le dio un plataformazo en la cara. Galleta, arrecho y recuperado, se subió a la tarima, lo agarró del pelo, lo estrelló contra el piso y entre ambos se dieron una divina puñetiza mientras volaban sillas y botellas por la pista. Se armó el coge-coge. La gente de Taboada le cayó en gajo a Galleta y todos hicieron ruma, unos encima de otros dándose con lo que estuviera a mano. El flaco de Mapasingue y los panas del barrio se metieron también a repartir y aguantar cocacho mientras las mujeres corrían despavoridas de un lado a otro, menos, claro, la que sería con los años la famosa Banda de las Bajacierre (llamado en los 80 El Cartel de la Ciudadela). El cura, micrófono en mano gritaba ¡compórtense!, ¡compórtense!, tarea de salvajes. Coge-coge del bueno. Al final, un poco tranquilizados los ánimos, la compostura quiso ser establecida pero ya quedaba poca gente. Otro conjunto, Los Pasos, el más turro de todos, por ahí dejaba oir unas notitas moribundas de dos tambores y una guitarra eléctrica. Ante el abandono del ring por parte de los músicos, el cura se acercó a Rockolita y le pidió que cantara.
La gente del barrio le decía no Rockolita no cantes, esos manes tocan turro y te van a desprestigiar frente a las peladas. Pero fue inútil. A la voz de quieres cantar el man ya estaba rumbo a la tarima, guitarra en mano. Pero ocurrió el milagro.
Rockolita tomó el micrófono y, a lo Daniel Santos, mirando fijamente a los músicos, taconeó la pierna y dijo, un, dos, un, dos, tres, yo no he visto a Linda/ parece mentira.../ yo no he visto a nadie. Nos quedamos mirando entre todos, casi felices. El Cuervo dijo este Rockolita es un chucha. Qué hijueputa, acotó Chocoto, y nos dimos un trago de aguardiente. Luego siguió con un bolero de Alberto Beltrán: Yo no sé/cómo puede la luna brillar/cómo pueden las aves cantar/si ya no me amas tú. Y luego otro, esta vez de Ismael Rivera, que dice si te contara mi sufrimiento/ si te dijera la pena tan grande/ que llevo muy dentro/ la triste historia/que noche tras noche/de dolor y pena/ llegó a mi alma/ surgió en mi memoria/como una condena. Y así continuó el resto de la noche.
miércoles, 9 de julio de 2008
De quién era "Rockolita"
Era de otro barrio, de la zona que llamamos El Rodillo. Era también mayor que nosotros, más de la generación de nuestros hermanos. Jugaba índor que daba miedo y tenía el pelo medio casquillo, un poco claro. Después de una noche desaforada de trago y serenata, cuando llegaba la mañana, Rockolita aun tenía garganta para unas diez canciones más. La noche, alumbrada de luna y sacudida por el viento del verano, había sido un festival de antologías de boleros, rumbas, cha-cha-chás, valses y pasillos montuvios, aunque las que mejor le salían eran las de Nelson Pinedo y Lucho Barrios. Sin embargo, cuando llegó la mañana con su inevitable tibieza, con la magia de diez minutos que se viven cada día mientras el cielo azul oscuro cambia a celeste, Rockolita, como un pájaro cantor parado en una rama que mira la ventana de su amor imaginario, gritó desde el corazón Amada mía/ grata sorpresa la que me has dado/ yo necesitaba un amor/ y me has enamorado, mientras todos lo mirábamos sabiendo que en su voz se iba también nuestro amor junto con el tiempo. Amada mía/ mis lares claman tu presencia, seguía, mientras la guitarra sonaba y acercaba con su mano izquierda la botella de aguardiente. Con guitarra o sin ella, Rockolita siempre se lanzaba a voz pelada, solito, a encajar con sus canciones la circunstancia del momento, la historia que alguien le había contado, con el interminable repertorio que giraba en su cabeza como viejos discos en una rockola. Así, escuchaba las historias de amor frustrado de los demás y cantaba según el caso, mientras con su mano derecha dibujaba gestos que buscaban darle forma a las letras de las canciones.
De pequeño, entre pases de índor fútbol, de alguna baja calificación en el colegio y los problemas de casa, Rockolita había afianzado la herencia que le había dejado su padre, el Gran Rockola: La prodigiosa memoria con la cual podría construir el marco musical y sentimental de nuestras derrotas y peleas. El Gran Rockola era un manaba flaco, casi pellejudo, pelo lacio, claro. Eso sí, buen puñete, noqueador deúna. Sólo él podía levantarse por el aire en una chalaca a la quijada, o sacar una patada que tendría como destino fijo los huevos del rival. Sólo la muerte, la que aparecía por los callejones de la Ciudadela cada año, casi religiosamente en Julio, sólo la muerte podía ganarle una pelea al Gran Rockola. Y así ocurrió.
El repertorio era de su padre pero también de su madre, una mulata de Esmeraldas que canturreaba canciones mientras regaba las plantas de su casa. Rockolita había aprendido de ambos las canciones de Los Panchos, Lucho Gatica, Alfredo Sadel y Hugo Romani, Gregorio Barrios, Genaro Salinas, Fernando Torres, Nat King Cole y Leo Marini. Su padre, armado de un archivo musical en su cabeza, cada día de los enamorados, de las madres y del cumpleaños, se paraba frente a la ventana de su esposa a cantarle Ansiedad, de tenerte en mis brazos/ musitando, palabras de amor/ ansiedad, de tener tus encantos/ y en la boca volverte a desear. O decía más cálidamente No sé mi negrita linda/ qué es lo que tengo en el corazón/ que ya no como ni duermo/ vivo pensando sólo en tu amor. Para rematar, fervoroso de pasión, el viejo entonaba Estas son las mañanitas/ que cantaba el rey David/ y hoy como es día de tu santo/ te las cantamos a ti/ despierta mi bien despierta/ mira que ya amaneció, mientras ella abría la puerta lentamente, lo miraba, le sonreía levemente, le decía algo al oído y lo entraba a casa.
Cuando murió el Gran Rockola fue como si hubiera habido un terremoto. Un día cayó fulminado en pleno trabajo. Así, aprendimos que los hombres bravos son mortales si llevan un corazón tierno. Cuando lo enterraron, la gente chupó como condenada a muerte, como si un Gran Lengua de las tribus africanas hubiera desaparecido, como si un chamán amazónico abandonara a su gente para siempre. Durante el entierro, las personas se acercaban al ataúd a darle el último adiós. A pesar de su tristeza, Rockolita ponía mucho énfasis y diligencia a lo que pasaba o lo que le tocaba hacer. Pero a ratos estaba callado y pensativo, quizá porque se encontraba en la cueva espiritual a la cual todos entramos a reponernos. Había descubierto que en la oscuridad y el silencio se podía recuperar fuerza y entendimiento.
La adopción de la memoria musical y la destreza física de su padre se dieron como una revelación, fue un sábado. Estábamos sucios de sudor por el partido y el sol de la tarde caía con fuerza sobre nosotros. Mientras los jugadores pedían las primeras cervezas se armó una bronca y Rockolita quiso mediar pero de la confusión se pasó al insulto y de allí a los golpes. El desafío fue respondido con un fuerte puntapié al interior de la rodilla que paralizó al rival. No es bueno que insultes a la gente por las huevas, dijo Rockolita, y menos que te metas con mi madre continuó, mientras el otro se revolcaba en el piso con la rodilla dislocada. Se sentó y dijo ¿y mi cerveza? Nosotros, que estábamos en otra parte de la calle, no salíamos del asombro por su fría tranquilidad. Luego que pasó la sorpresa nos animamos y, mientras conversábamos de política, escuchábamos unos cassettes viejos de Los Brillantes Deja que me duerma en tu seno de armiño/y arrúllame con besos/ como si fuera un niño, hasta que Rockolita, casi de la nada, o a lo mejor porque ya se había animado con los tragos, empezó a desgranar emocionado un vals de los hermanos Montecel que dice: Yo quisiera llorar y llorar tanto/ y humedecer en llanto mis dolores/ apagar con mis lágrimas tu canto/ con lágrimas decirte mis amores. Inmediatamente alguien trajo una guitarra, afinó las cuerdas y siguió diciendo linda pequeñita/ atiéndeme mi ruego/ que una honda pena/ te quiero contar. Y luego mandó el bolero Temeridad, en el mejor estilo de Olimpito Cárdenas: Los dos estamos ahora frente a frente/ los dos sabemos lo que el alma siente...Yo sé que tú también dirás lo mismo/Aunque se te destroce el corazón... Y así, con el aplauso de los que lo escuchábamos, se lanzó todo el repertorio de lo más clásico de la música nacional. La apoteosis llegó en las primeras horas de la madrugada cuando, luego de complacer decenas de peticiones, se puso a cantar las mismas canciones que su padre, con el mismo timbre, la misma voz, el mismo énfasis y tono.
Al oirlo, algunas luces se prendieron y alguna gente comenzó a asomarse a las ventanas, sólo para comprobar que la voz había desafiado la muerte. Al llegar el día, Rockolita cantó Las Mañanitas, pero terminó llorando. Toda la gente también lloraba con él y él ya no cantaba, sólo decía mi viejo, mi viejo, dónde está mi viejo, hasta que salió su madre, también llorosa y se lo llevó borracho a la casa.
A partir de ese día Rockolita se consagró como el hombre fuerte de la serenata, y del quiño, valga el acote. Cada viernes, guitarra en mano, la generación de mis hermanos buscaría en sus amores tormentosos la excusa para la tertulia, y cantaría a las mujeres como en escenas de películas mexicanas, mientras le harían el coro a Rockolita cantando cuando la luz del sol se esté apagando/ y te sientas cansada de vagar/ piensa que yo por ti estaré esperando/ hasta que tú decidas regresar...(todos juntos) hasta que tú decidas, regresaaaaar.
Y así aparecieron amores a millares surgir. Pero esa y otras canciones las contaremos en otra crónica, pues de canto en canto, con seguridad, querido lector butino y borrachín, ya se te habrá abierto el apetito bielero. Y ahora, como lo habríamos dicho en otra parte, cierra este libro y tómate unas cervezas o unos guarisnais con tus panas de la esquina, que estas crónicas del barrio también tienen pretensiones de Manual del Buen Bebedor.
De pequeño, entre pases de índor fútbol, de alguna baja calificación en el colegio y los problemas de casa, Rockolita había afianzado la herencia que le había dejado su padre, el Gran Rockola: La prodigiosa memoria con la cual podría construir el marco musical y sentimental de nuestras derrotas y peleas. El Gran Rockola era un manaba flaco, casi pellejudo, pelo lacio, claro. Eso sí, buen puñete, noqueador deúna. Sólo él podía levantarse por el aire en una chalaca a la quijada, o sacar una patada que tendría como destino fijo los huevos del rival. Sólo la muerte, la que aparecía por los callejones de la Ciudadela cada año, casi religiosamente en Julio, sólo la muerte podía ganarle una pelea al Gran Rockola. Y así ocurrió.
El repertorio era de su padre pero también de su madre, una mulata de Esmeraldas que canturreaba canciones mientras regaba las plantas de su casa. Rockolita había aprendido de ambos las canciones de Los Panchos, Lucho Gatica, Alfredo Sadel y Hugo Romani, Gregorio Barrios, Genaro Salinas, Fernando Torres, Nat King Cole y Leo Marini. Su padre, armado de un archivo musical en su cabeza, cada día de los enamorados, de las madres y del cumpleaños, se paraba frente a la ventana de su esposa a cantarle Ansiedad, de tenerte en mis brazos/ musitando, palabras de amor/ ansiedad, de tener tus encantos/ y en la boca volverte a desear. O decía más cálidamente No sé mi negrita linda/ qué es lo que tengo en el corazón/ que ya no como ni duermo/ vivo pensando sólo en tu amor. Para rematar, fervoroso de pasión, el viejo entonaba Estas son las mañanitas/ que cantaba el rey David/ y hoy como es día de tu santo/ te las cantamos a ti/ despierta mi bien despierta/ mira que ya amaneció, mientras ella abría la puerta lentamente, lo miraba, le sonreía levemente, le decía algo al oído y lo entraba a casa.
Cuando murió el Gran Rockola fue como si hubiera habido un terremoto. Un día cayó fulminado en pleno trabajo. Así, aprendimos que los hombres bravos son mortales si llevan un corazón tierno. Cuando lo enterraron, la gente chupó como condenada a muerte, como si un Gran Lengua de las tribus africanas hubiera desaparecido, como si un chamán amazónico abandonara a su gente para siempre. Durante el entierro, las personas se acercaban al ataúd a darle el último adiós. A pesar de su tristeza, Rockolita ponía mucho énfasis y diligencia a lo que pasaba o lo que le tocaba hacer. Pero a ratos estaba callado y pensativo, quizá porque se encontraba en la cueva espiritual a la cual todos entramos a reponernos. Había descubierto que en la oscuridad y el silencio se podía recuperar fuerza y entendimiento.
La adopción de la memoria musical y la destreza física de su padre se dieron como una revelación, fue un sábado. Estábamos sucios de sudor por el partido y el sol de la tarde caía con fuerza sobre nosotros. Mientras los jugadores pedían las primeras cervezas se armó una bronca y Rockolita quiso mediar pero de la confusión se pasó al insulto y de allí a los golpes. El desafío fue respondido con un fuerte puntapié al interior de la rodilla que paralizó al rival. No es bueno que insultes a la gente por las huevas, dijo Rockolita, y menos que te metas con mi madre continuó, mientras el otro se revolcaba en el piso con la rodilla dislocada. Se sentó y dijo ¿y mi cerveza? Nosotros, que estábamos en otra parte de la calle, no salíamos del asombro por su fría tranquilidad. Luego que pasó la sorpresa nos animamos y, mientras conversábamos de política, escuchábamos unos cassettes viejos de Los Brillantes Deja que me duerma en tu seno de armiño/y arrúllame con besos/ como si fuera un niño, hasta que Rockolita, casi de la nada, o a lo mejor porque ya se había animado con los tragos, empezó a desgranar emocionado un vals de los hermanos Montecel que dice: Yo quisiera llorar y llorar tanto/ y humedecer en llanto mis dolores/ apagar con mis lágrimas tu canto/ con lágrimas decirte mis amores. Inmediatamente alguien trajo una guitarra, afinó las cuerdas y siguió diciendo linda pequeñita/ atiéndeme mi ruego/ que una honda pena/ te quiero contar. Y luego mandó el bolero Temeridad, en el mejor estilo de Olimpito Cárdenas: Los dos estamos ahora frente a frente/ los dos sabemos lo que el alma siente...Yo sé que tú también dirás lo mismo/Aunque se te destroce el corazón... Y así, con el aplauso de los que lo escuchábamos, se lanzó todo el repertorio de lo más clásico de la música nacional. La apoteosis llegó en las primeras horas de la madrugada cuando, luego de complacer decenas de peticiones, se puso a cantar las mismas canciones que su padre, con el mismo timbre, la misma voz, el mismo énfasis y tono.
Al oirlo, algunas luces se prendieron y alguna gente comenzó a asomarse a las ventanas, sólo para comprobar que la voz había desafiado la muerte. Al llegar el día, Rockolita cantó Las Mañanitas, pero terminó llorando. Toda la gente también lloraba con él y él ya no cantaba, sólo decía mi viejo, mi viejo, dónde está mi viejo, hasta que salió su madre, también llorosa y se lo llevó borracho a la casa.
A partir de ese día Rockolita se consagró como el hombre fuerte de la serenata, y del quiño, valga el acote. Cada viernes, guitarra en mano, la generación de mis hermanos buscaría en sus amores tormentosos la excusa para la tertulia, y cantaría a las mujeres como en escenas de películas mexicanas, mientras le harían el coro a Rockolita cantando cuando la luz del sol se esté apagando/ y te sientas cansada de vagar/ piensa que yo por ti estaré esperando/ hasta que tú decidas regresar...(todos juntos) hasta que tú decidas, regresaaaaar.
Y así aparecieron amores a millares surgir. Pero esa y otras canciones las contaremos en otra crónica, pues de canto en canto, con seguridad, querido lector butino y borrachín, ya se te habrá abierto el apetito bielero. Y ahora, como lo habríamos dicho en otra parte, cierra este libro y tómate unas cervezas o unos guarisnais con tus panas de la esquina, que estas crónicas del barrio también tienen pretensiones de Manual del Buen Bebedor.
jueves, 3 de julio de 2008
Nuestro primer paseo en bicicleta
Debió haber sido una tarde de invierno, allá por el 73. Lo digo porque todos estábamos de vacaciones y ya habíamos desarmado el árbol de navidad del barrio. En casa, mis hermanos habían regresado del servicio militar y andaban pensando en matrimonio, trabajo y esos asuntos. También para esa fecha, Bella Reyes y yo habíamos jurado por un amor eterno con un anillo de feria como garantía del pacto. Sí, fue una tarde de invierno del 1973.
Los Medina, Darío Lecaro, los Mayorga, los Ronquillo, el irremediable Cholo Cepeda, Carlos Ríos, César Noblecilla, los primos Villacís y una docena más de gente, nos pusimos de acuerdo para ir a Durán... en bicicleta. El viaje incluía parches, tubos y llantas viejas, algunas herramientas y refrescos. Poco a poco fueron apareciendo los ciclistas y cuando el grupo estuvo listo partimos desde el sur, desde la 2da. y la 7ma., en la Ciudadela 9 de Octubre.
Adelante teníamos un destino que era no sólo inalcanzable sino además el intrépido desafío de ese día. Gente de otras esquinas se había integrado también al viaje. Algunos estábamos semidesnudos, en pantalonetas, con sombreros de paja o con una camiseta amarrada a la cabeza. La primera parte fue para reconocer la ruta, ver otras calles y otros rostros. Jorge Ronquillo pedaleaba desesperadamente para no quedarse atrasado, su bicicleta era una miniatura verde con una catalina minúscula. Hacia la mitad del camino, a la altura de Quito y Colón, el viaje se convirtió inusitadamente en una carrera. Eramos tres en Peugeot, dos Benotto y una que decía sencillamente "de luxe". Las demás pertenecían al anonimato, que en nuestra coba eran referidas como chivas o bianchis. La bicicleta de Kiko López era la mejor, no sólo por la marca sino también porque tenía el piñón fijo y una cadena muy templada. El sol caía con el furor del trópico y al final de las calles había siempre un reflejo de agua, una zona de aire líquido inclasificable.
Al cruzar el cementerio de la ciudad, algunos se habían quedado en el camino: tubo bajo, temor, cualquier motivo. Lo más dificil fue la subida del puente que está sobre el Daule. Lo mejor, rodar tranquilamente, veloz, cuesta abajo hacia La Puntilla, con impulso para pasar al segundo puente y llegar finalmente a Durán. Una vez allí, algunos visitaron a parientes lejanos, otros tomamos un descanso y una buena cantidad de agua para el retorno. Otros dieron vueltas por las calles y almacenes, viendo muchachas y desafiando los límites del mercado y el cerro.
Cuando montamos nuevamente las bicicletas para regresar estábamos en el malecón, junto al viejo ferrocarril y las lanchas, el muelle y las tiendas de fritadas, cangrejos y cervezas. Guayaquil, mirado desde la otra orilla, era inmenso y fabuloso. Nos detuvimos en medio del puente y miramos hacia el lejano y perdido Sur, y encontramos la gran torre de silos de Molinos del Ecuador, a la orilla del Guayas, y vimos barcos anclados a la altura de la Ciudadela. El sol ya no era una brasa meridiana sino una luz rojiza que coloreaba las nubes del trópico en el invierno. Deseábamos regresar pronto a casa, a las chicas que esperaban por sus viajeros, al calor de la familia, a las calles en donde estábamos creciendo y peleándonos a cada rato.
Ese fue el primer viaje, real y auténtico que tuvimos los de la 2da. y la 7a. Era nuestro bautizo en el tiempo que se abría con el nuevo año y la promesa de esta vez hacerlo mejor. Después vendrían los bailes, las cervezas, los primeros cigarrillos, el equipo del barrio y la Liga Salem, los mejores y peores amigos, las desilusiones amorosas, el boom petrolero y la dictadura militar... luego del viaje a Durán. Cinco años después, Luis Cepeda, Jorge Ronquillo y yo, abordamos una vez más nuestras abandonadas y polvorientas chivas y dimos el último recorrido. Fue el 31 de diciembre de 1978, a eso de las cuatro de la tarde. Aún teníamos un poco de ese espirítu que nos hizo llegar hasta Durán tiempo atrás, pero ya no éramos ni volveríamos a ser los mismos. Anduvimos despacio por las calles del sur. Avanzamos a los barrios del Seguro y Centenario, conversando, pedaleando suave, como despidiendo el año. Había sol también. En el trópico, el sol es omnipresente en la memoria del barrio. Regresamos nuevamente a la ciudadela, viendo como nuestra sombra se alargaba en el asfalto de las calles. Estábamos rojos, quemados, sudados y llenos de una triste gloria, que en esa época era un lugar común no tan generalizado.
En el barrio, a eso de las seis y treinta, la gente se empecinaba en no terminar la jornada de índor y en aferrarse al partido del último día, a la claridad y festiva calidez. A las doce de la noche asistimos a la quema de nuestros fuegos fatuos y a la intrépida aventura que iniciamos años atrás. Sin embargo, para los que venían detrás nuestro se abrían nuevamente iniciáticos inviernos de vacaciones escolares.
Los Medina, Darío Lecaro, los Mayorga, los Ronquillo, el irremediable Cholo Cepeda, Carlos Ríos, César Noblecilla, los primos Villacís y una docena más de gente, nos pusimos de acuerdo para ir a Durán... en bicicleta. El viaje incluía parches, tubos y llantas viejas, algunas herramientas y refrescos. Poco a poco fueron apareciendo los ciclistas y cuando el grupo estuvo listo partimos desde el sur, desde la 2da. y la 7ma., en la Ciudadela 9 de Octubre.
Adelante teníamos un destino que era no sólo inalcanzable sino además el intrépido desafío de ese día. Gente de otras esquinas se había integrado también al viaje. Algunos estábamos semidesnudos, en pantalonetas, con sombreros de paja o con una camiseta amarrada a la cabeza. La primera parte fue para reconocer la ruta, ver otras calles y otros rostros. Jorge Ronquillo pedaleaba desesperadamente para no quedarse atrasado, su bicicleta era una miniatura verde con una catalina minúscula. Hacia la mitad del camino, a la altura de Quito y Colón, el viaje se convirtió inusitadamente en una carrera. Eramos tres en Peugeot, dos Benotto y una que decía sencillamente "de luxe". Las demás pertenecían al anonimato, que en nuestra coba eran referidas como chivas o bianchis. La bicicleta de Kiko López era la mejor, no sólo por la marca sino también porque tenía el piñón fijo y una cadena muy templada. El sol caía con el furor del trópico y al final de las calles había siempre un reflejo de agua, una zona de aire líquido inclasificable.
Al cruzar el cementerio de la ciudad, algunos se habían quedado en el camino: tubo bajo, temor, cualquier motivo. Lo más dificil fue la subida del puente que está sobre el Daule. Lo mejor, rodar tranquilamente, veloz, cuesta abajo hacia La Puntilla, con impulso para pasar al segundo puente y llegar finalmente a Durán. Una vez allí, algunos visitaron a parientes lejanos, otros tomamos un descanso y una buena cantidad de agua para el retorno. Otros dieron vueltas por las calles y almacenes, viendo muchachas y desafiando los límites del mercado y el cerro.
Cuando montamos nuevamente las bicicletas para regresar estábamos en el malecón, junto al viejo ferrocarril y las lanchas, el muelle y las tiendas de fritadas, cangrejos y cervezas. Guayaquil, mirado desde la otra orilla, era inmenso y fabuloso. Nos detuvimos en medio del puente y miramos hacia el lejano y perdido Sur, y encontramos la gran torre de silos de Molinos del Ecuador, a la orilla del Guayas, y vimos barcos anclados a la altura de la Ciudadela. El sol ya no era una brasa meridiana sino una luz rojiza que coloreaba las nubes del trópico en el invierno. Deseábamos regresar pronto a casa, a las chicas que esperaban por sus viajeros, al calor de la familia, a las calles en donde estábamos creciendo y peleándonos a cada rato.
Ese fue el primer viaje, real y auténtico que tuvimos los de la 2da. y la 7a. Era nuestro bautizo en el tiempo que se abría con el nuevo año y la promesa de esta vez hacerlo mejor. Después vendrían los bailes, las cervezas, los primeros cigarrillos, el equipo del barrio y la Liga Salem, los mejores y peores amigos, las desilusiones amorosas, el boom petrolero y la dictadura militar... luego del viaje a Durán. Cinco años después, Luis Cepeda, Jorge Ronquillo y yo, abordamos una vez más nuestras abandonadas y polvorientas chivas y dimos el último recorrido. Fue el 31 de diciembre de 1978, a eso de las cuatro de la tarde. Aún teníamos un poco de ese espirítu que nos hizo llegar hasta Durán tiempo atrás, pero ya no éramos ni volveríamos a ser los mismos. Anduvimos despacio por las calles del sur. Avanzamos a los barrios del Seguro y Centenario, conversando, pedaleando suave, como despidiendo el año. Había sol también. En el trópico, el sol es omnipresente en la memoria del barrio. Regresamos nuevamente a la ciudadela, viendo como nuestra sombra se alargaba en el asfalto de las calles. Estábamos rojos, quemados, sudados y llenos de una triste gloria, que en esa época era un lugar común no tan generalizado.
En el barrio, a eso de las seis y treinta, la gente se empecinaba en no terminar la jornada de índor y en aferrarse al partido del último día, a la claridad y festiva calidez. A las doce de la noche asistimos a la quema de nuestros fuegos fatuos y a la intrépida aventura que iniciamos años atrás. Sin embargo, para los que venían detrás nuestro se abrían nuevamente iniciáticos inviernos de vacaciones escolares.
martes, 24 de junio de 2008
En el Cementerio de Autos
Don Alfredo Cárdenas era un viejo mecánico que, como otros del barrio, había bajado de los Andes con su familia. Era apacible y educado y sabía cómo armar y desarmar todo lo que fuera motores. No recuerdo cuándo se fue ni en qué año regresó. Lo cierto es que un día se embarcó en un buque petrolero sólo para aparecer de manera intermitente muchos meses después. Cuando regresaba se dejaba ver solamente en el marco de la puerta de su casa, desde donde saludaba con una sonrisa y la mano en alto. Sin embargo, Pluca, su hijo mayor, era otra historia: se pasaba horas de horas en el parque en un juego interminable de ajedrez, o practicando kung-fu en el colegio, aunque extrañamente nunca cultivó ni lo uno ni lo otro, y más vale un par de veces le pegaron su chancleteada. Sus otros hijos eran Douglas y Yuri. Con ellos vivía también un tipo malgenio que sabía un poco de mecánica. Se llamaba Wacho, o algo así, y no le gustaba que nos subiéramos en los viejos y destartalados carros, esas reliquias de los años cincuenta y sesenta que, como un pariente caradura que llega y se queda a vivir para siempre, se habían instalado alrededor de la casa de la los Cárdenas. Ese era el Cementerio de Autos, y se había convertido en el mejor punto de reunión luego de cansarnos de estar parados en la esquina o sentados en el muro de los Tenén.
Había autos pequeños montados uno encima de otro, con las carrocerías gastadas y los motores regados por todo el piso. Habrá habido cuatros jeeps Land Rover descapotados, un viejo Buick, un Chevrolet y otro de marca desconocida. Varados todos allí, nos servían para contar lo que había ocurrido en el día, y también para que iniciáramos el fantástico viaje de la imaginación. Las tardes avanzaban lentas bajo el inclemente sol del verano o la interminable lluvia del invierno. Como un viejo remero que buscaba el horizonte, los patriotas del sur nos apoderábamos del Cementerio de Autos. Detrás del volante del inservible Land Rover iba Caimito Caimunga con el cholo Cepeda de co-piloto, en el asiento de atrás Monín, Manuelón, Pinina y Joselo, y más atrás, en calidad de bulto, Rey y Cuerito. Digo asiento por decir, porque sólo había la carrocería pelada y unas cuantas tablas puestas para sentarnos. En nuestra imaginación el jeep se desplazaba lento por las calles del barrio, pasábamos por las casas de las chicas, y por el barrio de los aniñados, como diciéndoles que ahora otro era el cantar. Dábamos interminables vueltas por el parque y participábamos en veloz carrera contra el Buick que venía pisándonos los talones, en el que se habían metido Petete, el Oso, Pastora, Padre Bazurco y Chocoto.
Desde el viejo jeep veíamos nuestro futuro: La pelea del día siguiente, el partido de índor, las correteaderas de la noche por las esquinas de los aniñados, tocándoles timbres y tirándoles piedras a los techos, la nueva exploración al Guasmo, a buscar culebras, tumbar panales y recoger ciruelas, o a descubrir entre la maleza las sandías que habían crecido en la clandestinidad. En nuestras naves nunca fuimos a ninguna parte porque nunca tuvimos que ir a ninguna parte: El destino ya había sido alcanzado; yo sería yo para siempre y todos los demás serían ellos para siempre, y nunca dejaríamos el barrio que nos vio crecer, ni los amores que llegaron y desaparecieron. Frente a nosotros estaba la calle y al fondo el colegio Eloy Alfaro, detrás la esquina y el viejo poste con sus cables cruzados, el muro a medias en la casa de Monín, el rincón donde el Baby Careplato llegaría a enseñarnos los últimos pasos de baile que había visto en la televisión.
Otras tardes, descamisados y alegres mirábamos caer el sol mientras aparecían los vendedores a rematar el producto del día. Una mujer ofrecía motes y habas, el Chugo soplaba con un abanico el tanque donde asaba tortillas de verde, una anciana sacaba panes de una funda, el vendedor de jugo de coco había agotado sus reservas con el último partido de índor y el pastelero huía veloz en el colectivo con su canasta vacía. El cielo se ponía súbitamente rojo y luego anaranjado, dándole a las abultadas nubes un color rosa que siempre nos maravilló. El parque estaba lleno de árboles y aparecían sombras tenues alargándose sobre las veredas. La caída de sol era de un tiempo breve, porque en el trópico todo es breve y del olvido, y así nos quedábamos hasta que llegaba la noche y regresábamos a casa a darnos un baño y comer, para luego volver al Cementerio de Autos y sentarnos detrás del volante y continuar ese viaje interminable con el viejo Buick que venía detrás de nosotros, nosotros los del viejo jeep de llantas desinfladas.
Por la noche, prendíamos una radio agonizante y lográbamos escuchar una voz lejana que decía More more, how you like it, how you like, hasta que Manuelón reclamaba cambia esa huevada que no se entiende nada y el Baby Careplato se enojaba y decía que todo era porque Manuelón no sabía bailar, a la par que se iba a un rincón del Cementerio de Autos y se ponía a ensayar los nuevos pasos de la Motown.
Un día regresó Don Alfredo, y fue para quedarse. No sé si se había jubilado, hartado de estar lejos de su familia, o simplemente encontrado otro trabajo en tierra firme. Lo cierto es que todos se alegraron de verlo y de abandonar el marco de su puerta desde donde parecía inmóvil. Luego levantó un segundo piso en su casa y se deshizo del Cementerio de Autos. Con tristeza vimos cómo nuestro querido jeep y el viejo Buick desaparecieron. Repuestos de esa pérdida, ahora sólo quedaba organizar el asalto y apoderarnos del balde de la camioneta de Don Absalón Quiróz, el papá de Pinina.
Había autos pequeños montados uno encima de otro, con las carrocerías gastadas y los motores regados por todo el piso. Habrá habido cuatros jeeps Land Rover descapotados, un viejo Buick, un Chevrolet y otro de marca desconocida. Varados todos allí, nos servían para contar lo que había ocurrido en el día, y también para que iniciáramos el fantástico viaje de la imaginación. Las tardes avanzaban lentas bajo el inclemente sol del verano o la interminable lluvia del invierno. Como un viejo remero que buscaba el horizonte, los patriotas del sur nos apoderábamos del Cementerio de Autos. Detrás del volante del inservible Land Rover iba Caimito Caimunga con el cholo Cepeda de co-piloto, en el asiento de atrás Monín, Manuelón, Pinina y Joselo, y más atrás, en calidad de bulto, Rey y Cuerito. Digo asiento por decir, porque sólo había la carrocería pelada y unas cuantas tablas puestas para sentarnos. En nuestra imaginación el jeep se desplazaba lento por las calles del barrio, pasábamos por las casas de las chicas, y por el barrio de los aniñados, como diciéndoles que ahora otro era el cantar. Dábamos interminables vueltas por el parque y participábamos en veloz carrera contra el Buick que venía pisándonos los talones, en el que se habían metido Petete, el Oso, Pastora, Padre Bazurco y Chocoto.
Desde el viejo jeep veíamos nuestro futuro: La pelea del día siguiente, el partido de índor, las correteaderas de la noche por las esquinas de los aniñados, tocándoles timbres y tirándoles piedras a los techos, la nueva exploración al Guasmo, a buscar culebras, tumbar panales y recoger ciruelas, o a descubrir entre la maleza las sandías que habían crecido en la clandestinidad. En nuestras naves nunca fuimos a ninguna parte porque nunca tuvimos que ir a ninguna parte: El destino ya había sido alcanzado; yo sería yo para siempre y todos los demás serían ellos para siempre, y nunca dejaríamos el barrio que nos vio crecer, ni los amores que llegaron y desaparecieron. Frente a nosotros estaba la calle y al fondo el colegio Eloy Alfaro, detrás la esquina y el viejo poste con sus cables cruzados, el muro a medias en la casa de Monín, el rincón donde el Baby Careplato llegaría a enseñarnos los últimos pasos de baile que había visto en la televisión.
Otras tardes, descamisados y alegres mirábamos caer el sol mientras aparecían los vendedores a rematar el producto del día. Una mujer ofrecía motes y habas, el Chugo soplaba con un abanico el tanque donde asaba tortillas de verde, una anciana sacaba panes de una funda, el vendedor de jugo de coco había agotado sus reservas con el último partido de índor y el pastelero huía veloz en el colectivo con su canasta vacía. El cielo se ponía súbitamente rojo y luego anaranjado, dándole a las abultadas nubes un color rosa que siempre nos maravilló. El parque estaba lleno de árboles y aparecían sombras tenues alargándose sobre las veredas. La caída de sol era de un tiempo breve, porque en el trópico todo es breve y del olvido, y así nos quedábamos hasta que llegaba la noche y regresábamos a casa a darnos un baño y comer, para luego volver al Cementerio de Autos y sentarnos detrás del volante y continuar ese viaje interminable con el viejo Buick que venía detrás de nosotros, nosotros los del viejo jeep de llantas desinfladas.
Por la noche, prendíamos una radio agonizante y lográbamos escuchar una voz lejana que decía More more, how you like it, how you like, hasta que Manuelón reclamaba cambia esa huevada que no se entiende nada y el Baby Careplato se enojaba y decía que todo era porque Manuelón no sabía bailar, a la par que se iba a un rincón del Cementerio de Autos y se ponía a ensayar los nuevos pasos de la Motown.
Un día regresó Don Alfredo, y fue para quedarse. No sé si se había jubilado, hartado de estar lejos de su familia, o simplemente encontrado otro trabajo en tierra firme. Lo cierto es que todos se alegraron de verlo y de abandonar el marco de su puerta desde donde parecía inmóvil. Luego levantó un segundo piso en su casa y se deshizo del Cementerio de Autos. Con tristeza vimos cómo nuestro querido jeep y el viejo Buick desaparecieron. Repuestos de esa pérdida, ahora sólo quedaba organizar el asalto y apoderarnos del balde de la camioneta de Don Absalón Quiróz, el papá de Pinina.
El asunto del que se trata
Este libro es un compendio de crónicas del barrio. Algunas fueron publicadas en diferentes momentos, otras se mantuvieron inéditas. Otras han ido fraguándose en la medida en que el libro se fue organizando. Es una celebración de la amistad, del tiempo y de los eventos que me ayudaron a construir en mi mente y en mi vida, mi identidad de hombre de barrio, de un barrio del sur que se perdía en los límites de la ciudad. Incluyo, al final, dos textos de Luis “Cholo” Cepeda, mi amigo de infancia y también personaje principal de otros libros que he escrito. El lugar que menciono ya sólo existe en el poderoso recuerdo en el cual los patriotas del sur aún juegan alrededor de un gran fuego que armábamos en las noches y que con los años devino en nuestra iniciación en la vida. Detrás de estas páginas se esconde el deseo por volver a dialogar con quienes me honraron con su amistad y los que me dejaron conocer una parte de sus vidas, y también es un intento de traer de vuelta a aquellos que ya cruzaron el umbral.
A menudo digo que fui un muchacho del sur, de la Ciudadela 9 de Octubre. Eso significa que mi vida transcurrió puertas afuera, como ocurre en las clases populares. En esa vida externa todo se teje en las voces de la gente, en sus rumores que vienen de otros tiempos y lugares, del decir de los campesinos del litoral y las montañas andinas, de los negros del norte y de la clase trabajadora, voces y rumores en medio de la inclemencia del tiempo y los problemas familiares. Estas crónicas transcurren en tiempos dispares, y son más que narraciones viñetas, episodios, pequeños frescos que cuentan las maneras en que nos escapamos de la abulia de la tarde del trópico, la misma que muchas veces transcurre contradictoriamente en un encierro casero, casi de Contrarreforma. Aquí se dice la manera en la que cumplimos nuestros vagabundeos por las calles, callejones y terrenos baldíos del sur.
He resistido la tentación de volver estas crónicas una novela porque ésta se construye de manera imaginaria entre dos libros ya publicados (El Cholo Cepeda, investigador privado y Si es que te queda cariño), y porque no quería trabajar sobre una narración de tensión sostenida de acciones, indispensable en toda buena novela, sino optar por la descripción de pequeños eventos. Este libro confirma que he encontrado en la realidad local (historia, geografía y lenguaje) el material más idóneo para poblar unas cuantas cuartillas.
Valga anotar también que esto es un esfuerzo por rendir nuevamente homenaje a aquellos que consagraron sus plumas en los relatos de iniciación y crecimiento del adolescente: Mark Twin y sus inolvidables The Adventures of Tom Sawyer y Huckleberry Finn, JD Salinger con su The Catcher in the Ray, Alain Fournier y el magistral Le Grand Maulnes, Marcel Proust con su magno A la recherché du temps perdu, Jack Kerouac en su On the Road, Henry Miller siempre fresco en sus Tropic of Capricorn, Quiet Days in Clichy, Remember to Remember, Black Spring o The Books of My Life, el Reynaldo Arenas de Antes que anochezca, entre tantos otros que me han alumbrado el camino para vivir y entender mejor “la fábrica” de la vida.
A más de su fachada de simple anecdotario o alcahuetería de amigos, quiero creer que en este libro los lectores de otros barrios podrán encontrar también su propia herencia, sus propios patriotas y ver el pasado como un tiempo que se puede transformar.
A menudo digo que fui un muchacho del sur, de la Ciudadela 9 de Octubre. Eso significa que mi vida transcurrió puertas afuera, como ocurre en las clases populares. En esa vida externa todo se teje en las voces de la gente, en sus rumores que vienen de otros tiempos y lugares, del decir de los campesinos del litoral y las montañas andinas, de los negros del norte y de la clase trabajadora, voces y rumores en medio de la inclemencia del tiempo y los problemas familiares. Estas crónicas transcurren en tiempos dispares, y son más que narraciones viñetas, episodios, pequeños frescos que cuentan las maneras en que nos escapamos de la abulia de la tarde del trópico, la misma que muchas veces transcurre contradictoriamente en un encierro casero, casi de Contrarreforma. Aquí se dice la manera en la que cumplimos nuestros vagabundeos por las calles, callejones y terrenos baldíos del sur.
He resistido la tentación de volver estas crónicas una novela porque ésta se construye de manera imaginaria entre dos libros ya publicados (El Cholo Cepeda, investigador privado y Si es que te queda cariño), y porque no quería trabajar sobre una narración de tensión sostenida de acciones, indispensable en toda buena novela, sino optar por la descripción de pequeños eventos. Este libro confirma que he encontrado en la realidad local (historia, geografía y lenguaje) el material más idóneo para poblar unas cuantas cuartillas.
Valga anotar también que esto es un esfuerzo por rendir nuevamente homenaje a aquellos que consagraron sus plumas en los relatos de iniciación y crecimiento del adolescente: Mark Twin y sus inolvidables The Adventures of Tom Sawyer y Huckleberry Finn, JD Salinger con su The Catcher in the Ray, Alain Fournier y el magistral Le Grand Maulnes, Marcel Proust con su magno A la recherché du temps perdu, Jack Kerouac en su On the Road, Henry Miller siempre fresco en sus Tropic of Capricorn, Quiet Days in Clichy, Remember to Remember, Black Spring o The Books of My Life, el Reynaldo Arenas de Antes que anochezca, entre tantos otros que me han alumbrado el camino para vivir y entender mejor “la fábrica” de la vida.
A más de su fachada de simple anecdotario o alcahuetería de amigos, quiero creer que en este libro los lectores de otros barrios podrán encontrar también su propia herencia, sus propios patriotas y ver el pasado como un tiempo que se puede transformar.
Introducción a "Los patriotas del sur" Henry Miller en "Black Spring"
“I am a patriot-of the Fourteenth Ward, Brooklyn, where I was raised. The rest of the United States doesn’t exist for me, except as idea, or history, or literature…But I was born in the streets and raised in the streets…To be born in the streets means to wander all your life to be free. It means accident and incident, drama, movement. It means above all dream. A harmony of irrelevant facts which gives to your wandering a metaphysical certitude. In the streets you learn what human beings really are; otherwise or afterwards, you invent them. What is not in the open streets is false, derived, that is to say literature… Like a monomaniac we relive the drama of youth. Like a spider that picks up the thread over and over and spews it out according to some obsessive, logarithmic pattern”
(Henry Miller en Black Spring)
(Henry Miller en Black Spring)
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