Dámaso Pérez Prado: "Mambo 5"
Estaba en el aeropuerto internacional Simón Bolívar listo para tomar el vuelo de American para Nueva York. Llevaba pasaporte en mano y una maleta pequeña. De pronto, por la puerta aparece ella, mi mulata peligrosa, acompañada de tres amigas con unos paquetes. Apenas me vio se acercó, me dio un beso largo, sonado y muy cálido, cosa que provocó una inmediata erección en mí. Te presento a Maribel, Cindy y Mercedes. Ellas quieren saber si les puedes llevar estos encargos, sólo tienes que llamar por teléfono y allá alguien los retira. Después de un beso así nadie puede decir que no. Claro, les dije, faltaba más. En eso escuché la llamada para abordar el avión. Ella me besó nuevamente y murmuró al oido algo que no se puede repetir en estas páginas. Al decirme adiós con la mano me recordó que estaría esperando mi llamada.
Entré por la puerta, hice el chequeo de mis papeles y me subí al avión. Iba pensando en dos cosas: qué carajo había en los paquetes y si Omar Kit Kuero me estaría esperando en el aeropuerto; después de todo, era la primera vez que visitaba la Gran Manzana. Quería resolver el caso lo más pronto posible. La verdad sea dicha: junto a la jodienda de la pobreza galopante, los cambios de gobiernos y el constante saqueo al bolsillo del pobre contribuyente, el hampa asestaba golpes cada vez más contundentes a la sociedad guayaquileña. Lo cual se traducía en el auge de robos de carros, asaltos a sucursales bancarias y casas particulares, y arranchones de alhajas en los autobuses. Esta situación social, declive de la civilización grecolatina, que podría ser aprovechada para un discurso lleno de puerilidades (de esos que siempre dicen los políticos), o como una declaración moral tirada a bacana en cualquier otro detective, a mí me había dado más clientes y ayudado a independizarme de la tiranía de Gutiérrez, quien, como debe recordar el avispado lector, era mi jefe en otros episodios de esta delicuencial saga a la zaga, de este libelo, su libelo favorito.
Efectivamente, Omar Kit Kuero, mi primer ayudante en asuntos internacionales, me estaba esperando en el aeropuerto La Guardia. Qué tal el vuelo, me preguntó. Normal, le dije, un poco cansado. ¿Tienes los datos? Algo mejor que eso: encontré al que hizo el robo. Dice que te conoce, que se vieron una vez en casa del Chugo, en la Ciudadela 9 de Octubre. No comentó nada más, que sólo hablará contigo. Salimos del aeropuerto, tomamos un taxi.
Cuando empezamos a hablar el conductor nos preguntó si éramos de Guayaquil. Afirmativo, le dijimos. ¡Vaya a la verga! Exclamó, yo soy de Manabí. Acto seguido nos mostró la colección completa en CD de los pasillos de Eduardo Brito. Y también tengo los de Olimpo Cárdenas, añadió, con una sonrisa de oreja a oreja. Así, cruzando velozmente calles y avenidas, con la voz en cuello de los cantantes lejanos, llegamos a Queens. Las casas eran pequeñas y frágiles. Había cientos de personas cargadas de bultos, fundas, ropa, cajas o abrigos. El comercio de la Roosevelt me recordaba las abarrotadas tiendas del Mercado Central y sus alrededores. Nos bajamos en una esquina. Por arriba de la calle pasaba ensordecedor el tren, llevando pasajeros a otros barrios hispanos. Nos apeamos y fuimos a la casa de la hermana de Omar Kit Kuero, lugar en el cual, dicho sea de paso y para dejar un claro precedente, tomé un baño reparador de unos cuarenta minutos. ¡Agua en la ducha! Eso no podía ocurrir en Guayaquil.
Kit Kuero me dio un papel con dirección completa y un número de teléfono, y me dijo aquí pasarás los días de tu visita, sólo trata de no tomarte mucha confianza con la gente. No le des tiro a mi cuñado, el pobre tiene sus rollos, vive amargado y cuando se emborracha se pone pendejísimo. No le des bola, ¿estamos? Está bien, le dije, un tanto molesto por el exceso de detalles. Necesito llamar al del robo. No, me cortó Kit Kuero, dijo que él te llamaría. Nos vidrio mañana.
Veía por la ventana a la gente multiplicarse prodigiosamente en las tiendas de negocios, cuando de repente sonó el teléfono. La hermana de Kuerisnai se acercó y me dijo alguien quiere hablar con usted. ¿Aló? pregunté, hecho medio el cojudo ¿quién habla? Cholo Cepeda, soy yo, Viejo Bello, el hermano de Mini Mini, nos conocimos una vez en casa del Chugo. ¿Te acuerdas? Me quedé pasmado. Viejo Bello estaba muerto, yo había visto las fotos en los periódicos después de la captura, la manera en que lo dejaron. Esto era una tomadura de pelo. Si tú eres Viejo Bello yo soy el Avispón Verde, le dije. Después de dos segundos de silencio escuché una sonora carcajada del otro lado de la linea y acto seguido una frase más familiar: Cholo careverga, soy yo, te espero en la 90. Fin de la llamada. ¿En dónde mierda estaba eso? Eso está a dos cuadras de aquí, dijo para mi sorpresa la hermana de Omar Kuerisnai, que había estado oyendo lo que yo hablaba. Perdón repliqué, no sabía que usted estaba cerca. No se preocupe, de todos modos ya conozco a los amigos de mi hermano. A propósito, inquirió ella ¿por qué le dicen Kit Kuero? Es una historia muy larga, otro día se la cuento, ahora debo salir.
Bajé del edificio en busca de la 90, mientras recordaba que a Kitkuero Kuerisnai también le decían Omar do Kueranga, Kueranginha o, simplemente, Kuerito. En la esquina de la 90 y Roosevelt estaban dos pintas esperándome. Uno se acercó y me dijo Viejo Bello lo espera, suba al auto por favor. El chofer pasó con mucha calma varias cuadras hasta llegar a una zona abandonada. Usted se baja aquí y espera. Obedecí, no había otra alternativa. A los pocos minutos llegó una limosina, abrieron la puerta del carro y del fondo salió el mismísimo Viejo Bello, vestido todo de blanco, corbata incluida, bien afeitado, como esos gánsters que uno sólo ve en las películas. Cholo, bróder, ¿cómo estás? Mi sorpresa me había hecho congelar la cajeta. Sí, era Viejo Bello, el que viste y calza. Dime la plena ¿cómo hiciste para volver del más allá? Se rió nuevamente y me dijo un tanto serio, esa historia también es larga y no te conviene saber los detalles. Por lo demás, está claro que cayetano contigo, ofri al cofri, come papaya y guineo o te sarandeo. Tú lo único que sabes es que me mataron en una persecusión. Y cambia esa cara. Sube, te voy a dar una vuelta por la ciudad. Primera vez en la Manzana ¿verdad? Sí, contesté, mientras subía a la limosina. ¡Limosina! Cholito, me dije, ¿en qué chucha te estás metiendo.
Convertido en franco guía turístico, Viejo Bello me decía aquí hay un poco de todo, más boricuas que en Borinquen y quisqueyanos que en Quisqueya. Ahora vamos por el puente de Brooklyn, y lo que ves al fondo es Manhattan. Me parecía ir en un carro con Madrake y Lotario al volante. Al poco rato, sin darme cuenta, tenía una Heinecken en mi mano y estaba escuchando a Henry Fiol. Tengo pena contigo/ tú dices que estás penando/ yo tengo pena contigo, sonaba en mis oídos. ¿Te acuerdas? Fiol llegó a la Quinta Patricia con la gente de la Sar All Stars, con El Caminante Roberto Torres, Charlie Rodríguez y Jorge Maldonado. Ahora la limosina cruzaba las calles de Manhattan con sus edificios queriendo babilónicamente llegar al cielo. Luego Madrake le habló a Lotario y le dijo llévanos a New Jersey. ¿Qué te parece la ciudad? Bacana le dije, mucho más grande de lo que me imaginaba. Cruzamos el río y llegamos a una boite llamada La Boquita de Rosita.
Lotario estacionó la limosina y, desde la atalaya que era el parqueadero, Viejo Bello continuó: acá viene la gente de la Ciudadela: Ronquillo Ronqui Moqui (se refería al legendario Baby Caretopla), Petete Medina, Monín Sir Dángala, los hermanos Machucagente y Juan Cerebro. Todos. Hablan, fuman, se toman mil cervezas y se ajuman hasta las patas. Quédate aquí si quieres, yo te mando a los muchachos para que te lleven de regreso a Queens, golpe de tres o cuatro de la mañana. Acto seguido, y sin esperar respuesta, me abrió la puerta, puso unos billetes en mi bolsillo, me dijo para los gastos, te llamo mañana y ahí hablamos del asunto. Cayetano contigo, ya sabes, yo estoy muerto, repitió. Eso de creerse muerto le encantaba.
Salí del carro y entré a la boite. La música era agradable, las meseras vestían trajes apretados y sus formas incitaban a los más bajos placeres ¿Qué toma Su Merced? Una Heinecken, le dije, mientras me sentaba sin saber exactamente lo que tenía que hacer allí. La gente llegaba y el ambiente empezaba a ponerse bacán. Las parejas bailaban las canciones de Oscar D’León, Luis Enrique y Marc Anthony. A la tercera cerveza pude reconocer a unos manes que estaban sentados cerca de la barra. Eran ellos, no había duda, a pesar de los años estaban iguales. Me acerqué. Se quedaron mirándome y casi al unísono me gritaron ¡¡CHOLO CEPEEEEDA!! y nos dimos un abrazo. Eran Petete, Juan Cerebro y mi compadre Caretopla ¿Cuándo llegaste?
Nos sentamos y mientras nos poníamos al tanto de los chismes les dije que había venido a encontrar información sobre el robo del testamento. Se quedaron callados y luego Petete exclamó: ¡ah! eso sí está jodido, se hizo una bomba del rollo, parece que hay mucho guiso metido en la colada. Fue una cosa de profesionales. Sí, les confirmé, hay millones de dólares de por medio. Silencio. Y entonces, ¿hasta cuándo te quedas? Calculo que en cinco días tendré la información que quiero.
Luego de ese diálogo medio infructuoso, entramos en borrachera, teniendo como fondo escénico a las damiselas, que caminaban en las pasarellas como Chuchito las trajo al mundo. Petete me mira con asombro y dice vaya a la verga, quién creyera, tú, cholito a la gaviria, detective, qué nota. Y yo que creía que te ibas a hacer abogado o profesor. Yo también lo creí, repliqué, pero en Ecuador hay muchos abogados, y los profesores son un montón de huelguistas malpagados. En cambio, ser detective es como actuar en una película, sólo que sí te puede salir el tiro por la culata. Me daba cuenta de que mi verbo se ponía guacharnaco y eso auguraba la hora de irse al sobre. Desde una esquina de la barra, los muchachos de Viejo Bello se me acercaron. Uno de ellos me dijo es hora de irnos Don Cepeda.
De regreso a casa, la hermana de Kuerito me tenía un mensaje: dice Omar que lo espere, que necesita hablar con usted. Muchas gracias señora, repliqué, y disculpe por llegar tan tarde. Tan temprano querrá decir, replicó molesta. Sólo un caldo de pata o un pescado frito con arroz donde los maricones (Guayaqil, Mercado del Sur, valga la propaganda) podían volverme a la vida. Ergo: extrañaba La Perla del Pacífico.
Al día siguiente hice las llamadas para que retiraran las encomiendas que había traído. Luego me dije ¿un detective como yo de recadero? Tenía que hablar con mi mulata sobre esto a mi regreso. Kuerito se apareció y empezó a preguntarme sobre lo que había ocurrido el día anterior. Debí inventarle una historia larga y aburrida. Cuando me encontraba en esas, lo que hacía era repetir algún caso anterior. Siempre funcionaba. Pero esta vez algo me decía que mi ayudante, el super agente Omar Kit Kuero, Kuerito do Kueranga, pensaba que yo, su otrora pana y ahora jefe, le estaba viendo la cara de pendejo.
Hacia el mediodía Viejo Bello llamó nuevamente y nos volvimos a ver en circunstancias similares. Estábamos en el corazón comercial de Queens. Había tanta gente que era difícil caminar con tranquilidad. Mucha gente igual choreo, esa era mi ecuación ¿Cuál era el puñetero gusto de comprar tanto? Gran misterio. Entramos a un restaurante, nos sentamos y ordenamos algo. Cholo, empezó a decir Viejo Bello, los detalles del robo no te los voy a dar, eso es secreto profesional. Viejo Bello tenía el cansancio en su voz y en su mirada. Sólo te voy a decir que nosotros lo único que hicimos fue apoderarnos del testamento y ponerlo en manos de quien nos contrató. Recuerda que en estos asuntos no puede haber intermediario. ¿A qué viene el consejo? le pregunté. Con una mirada de padre, molesto pero tranquilo, me dijo porque el que te contrató nos contrató también a nosotros para que te matáramos. Quiere dar la imagen de que su familia lo quiere marginar del reparto de la herencia. Sabe que el testamento no lo favorece. Te contrató para que vengas acá y nosotros te matemos, repitió un tanto ofuscado. Así, podrá decir que un investigador contratado por él, al descubrir la verdad, fue asesinado por sus enemigos. Me quedé pasmado. ¿Y cuándo me van a matar? le pregunté. No seas estúpido, gritó. De ser así no te hubiera invitado a comer. Vas a tener un accidente, sólo eso. Vas a regresar a Guayaquil bastante abollado. Igual, nosotros al cerrar el contrato lo convencimos de que matar a un detective, aunque sea de segunda como tú, no es algo que se le pueda pasar por alto a la policía newyorkina. Además, el chiste nos puede meter en problemas, ponernos en jaque y arruinarnos aquí el negocio. El hombre aceptó y ya sabe cómo hará público el atentado. Tú: cayetano contigo, no sabes nada más. Ahora come que eso se te va a enfriar. ¡Comer! Con semejante noticia el hambre se me había ido a los talones.
Cuando regresé a Queens ya habían retirado los encargos. Vinieron también dos hombres a buscarlo, me dijo la hermana de Kit Kuero. Omar dice que quiere hablar con usted, que regresa ahora y que lo espere. En esos momentos tocaron duro la puerta. Era mi cita con la muerte. Yo abro, le dije a la señora, usted siga haciendo sus cosas, debe ser para mí. Me acerqué sin hacer ruido, con la izquierda abro y con la derecha doy el primer tiro. Abrí. ¿Qué chucha haces con eso en la mano? gritó el super agente Kit Kuero ¡Te va a ver mi hermana, careverga! Se sentó y más tranquilo me dijo la cosa no está tan buena. Creo que debes irte pronto. Te están buscando, un par de sicarios te quieren matar ¿Qué mierda has hecho? Sólo dos días y ya te han visado al cielo. Aquí está tu boleto, te regresas porque te regresas. A esas alturas no iba a discutir nada. En la vida hay momentos en que es mejor callar, hacerse el cojudo y pegar la carrera, cubrirse el trasero y pegar la carrera. Estaba en terreno enemigo y los héroes habían muerto en la independencia. Ya habría manera de ajustar cuentas con el contratista.
Kit Kuero llamó a su hermana e hizo que nos despidiéramos. Ella sólo dijo en voz baja tenga cuidado, y se metió rápidamente al cuarto. ¡Su hermana! Ni siquiera había le preguntado su nombre. Cuando bajamos, un taxi nos esperaba (no era el manaba, por si acaso). De aquí al aeropuerto, rápido, sin parar ni mirar a nadie y con propina, le dijo Kit Kuero al conductor. Nos dimos un abrazo y quedamos en vernos en Guayaquil.
El taxi salió lento por las transitadas calles de Queens. Luego de varias cuadras se detuvo frente a la luz del semáforo. Yo llevaba el dedo en el gatillo, no pensaba irme solo en el viaje. “Bastante abollado”, como dijo Viejo Bello. Cuando el taxi se detuvo en otro semáforo, los sicarios se bajaron de otro carro. Disparamos juntos y todo se fue volviendo oscuro, oscuro y lejano.
Machito y sus afrocubanos: "El eco del tambor"
domingo, 17 de febrero de 2008
martes, 12 de febrero de 2008
Reloj, no marques las horas
Jiménez tenía unos cuarenta años. Vestía una leva café oscura y un sombrero de paja, por suerte no escandaloso. Llevaba también una camisa habana y zapatos de cuero puntiagudos. ¿Así que tú eres Cepeda? me preguntó. Voy a enseñarte un poco de este asunto. Vengo haciendo un curso en Brasil, en una ciudad del interior, nada mal la ciudad, nada mal sus mujeres tampoco. Pero tan pronto como te descuidas, zás, un tajo de cuchillo viene y te marca la cara. Mientras Jiménez empezaba a hilvanar sus historias, yo me preguntaba si este cuentero era el más indicado para resolver el caso del robo del Museo de Oro de la Casa de la Cultura.
Déjame terminar esta historia. Vas por una calle del centro de esta ciudad, no, cambiemos de ciudad, vámonos a Rio de Janeiro, la belleza carioca. Vas por Rio, musiquita por aquí, musiquita por acá, las garotas con unos traseros despampanantes, los muchachos persiguiéndote para que les regales unas monedas. De repente, un tiro, una ráfaga de metralla, las sirenas que suenan y la gente que corre. De fondo musical, un samba con fuerte batuqueada. En la esquina, un hombre compra los periódicos vespertinos para leer la crónica roja, fuma un cigarrillo, cae una ligera llovizna. Oka, le digo a Jiménez, hora de empezar el trabajo, luego me cuentas la segunda parte.
Aún no estaba seguro de la razón por la cual la Interpol me había mandado a esta maravilla; tenía sospechas de que buscaba sonsacarme alguna información personal. Nos apeamos a la Casa de la Cultura por la calle Santa Elena. A Jiménez se le ocurrió darse una vueltita de reconocimiento por el Mercado Central. Nunca era extraño ver el bulluco de zapatos de índor, correas, libros viejos, ropa de segunda, funditas de choclo y atados de cangrejos. Todo a la interperie, bajo el azote del sol de Guayaquil. Cruzamos 6 de Marzo y Jiménez me obliga a meterme a un pasaje interior. Vamos donde El Colorado. ¿Qué Colorado? le pregunto ingenuo. El Colorado es el dueño de esta librería, la más barata y mejor surtida de la ciudad. Una antología y paraíso para el lector, me dijo en claro afán de propaganda. Cuando entramos saludamos al Colorado. Se dieron abrazos y todo, me lo presentó y pidió permiso para subir al entrepiso. ¡Vamos, con confianza! me animó Jiménez. Allí estaban las Obras Completas de Sir Conan Doyle, algunas de las cuales ya había releído. Vi también una colección de literatura universal finamente empastada que, a la postre, resultó ser el plato fuerte de Jiménez. Ya teníamos más de una hora husmeando entre las revistas y los libros viejos, ya Jiménez tenía su pilo de libros metido en una funda plástica y ya se nos estaba haciendo tarde para llegar a la Casa de la Cultura. Es hora de irnos, le dije en tono casi enérgico. El no replicó nada, simplemente bajó las escaleras. El Colorado le hizo un buen descuento y lo despidió con un franco aunque sorpresivo “adiós poeta”. Ni adiós ni poeta, me dije, esas son palabras que nadie dice por estos lares.
Seguimos directo por la 6 de Marzo. Cruzamos el Parque Centenario, tomado ya por testigos de Jehová, evangelistas, bautistas, luteranos, pentecostales, malabaristas, teatreros, vendedores de canguil, morocho, mote, sánduches de chancho y otras variedades de la cocina ecuatoriana. Son las cuatro en punto y a esta hora el presidente debe estar esperándonos, dijo, para mi sorpresa, Jiménez. No sabía que teníamos una cita, manifesté. Obviamente que no lo sabías, porque no te lo había dicho. Ni lugares, ni fechas, peor horas de citas, deben comunicarse jamás A NADIE, terminó la frase en voz alta. Eso lo aprendí en mi curso en Brasil, ya sabes.
Subimos las escaleras y del fondo de una oficina salió un veterano alto, de piel quemada por el sol, con barba blanca, lentes gruesos y una barriga que le hacía quimbas a cualquier dieta. Igualito al que aparece en la propaganda de Kentucky Fried Chicken, me dije. Se acercó y muy educadamente nos invitó a pasar. En la oficina, Jiménez le pidió una lista completa de los empleados y sus puestos de trabajo. El ladrón está entre nosotros, afirmó con seguridad el presidente, no sólo el instinto sino también el informe del Cuerpo de Bomberos lo sugiere así. Nosotros ya conocíamos el informe, pero una secreta corazonada me decía que a Jiménez le interesaba no sólo encontrar al culpable del incendio y robo del Museo de Oro, sino también lavar alguna culpa, limpiar la imagen de algún implicado. Por otra parte, el trato familiar con el Colorado (no se diga la rebaja en la compra) me daba la pauta para pensar que estaba guardando una carta bajo la manga. Era sólo de esperar que él mismo me diera las pistas. Por experiencia propia sabía que cuando uno se hace el callado y misterioso es porque, en el fondo, lo que tiene son unas ganas inmensas de salir corriendo y gritar el secreto voz en cuello a todo el mundo.
A la salida de la Casa de la Cultura Jiménez me invitó a beber unas cervezas. Con el fin de la tarde y las primeras brisas de la noche ambos teníamos la boca sedienta. Ergo: acepté presto. Ibamos por Pedro Moncayo y poco antes de llegar a 1ro de Mayo nos detuvimos en el Montreal. Nos sentamos en la parte externa y pedimos dos bien heladas. Ya lo tengo, me dijo Jiménez, esto está más claro que el agua; ya sé por dónde va la cosa. ¿Y te importaría decírmelo o es algo que también aprendiste en Brasil? La verdad es que sí a las dos cosas; pero no lo tomes a pecho. Finalmente, tu trabajo consiste en reportarle a la familia del fundador del Museo lo que verdaderamente ocurrió, lo mío tiene que ver con la información policial internacional. Pero no te preocupes, la cosa va bien. En esas estábamos cuando se aparecieron dos pintas, pasaditos ya de los cincuenta, bajos de estatura, barrigones. El uno cholo con el pelo largo, el otro medio amulatado. Te presento a mis amigos Jorge Velasco y Miguel Castillo. Poetas, éste es el detective Luis Cepeda Cortéz, pero pueden llamarlo simplemente Cholo Cepeda. Los vates se sentaron sin esperar la invitación y pidieron unas cervezas. Acto seguido preguntaron sobre el robo y escucharon con mucha atención cada palabra de Jiménez. Para mi asombro, éste se explayaba en detalles inverosímiles, como decir que habían recuperado una mascarilla de oro y reconocido dos tipos de huellas que eran de famosos ladrones internacionales, así como una substancia química cuya patente la tenía sólo una empresa en la ciudad. O era verdad y yo no lo sabía, o Jiménez se los estaba comiendo al cuento de lo lindo.
Las cervezas ya formaban un bosque de botellas sobre nuestra mesa, hecho que nos hizo reflexionar y decidir que era hora de cruzar la calle y llegar al Mesón Comíofri, para servirnos unas suculentas chuletas. Velasco y Castillo, que ya estaban más del lado de allá que del de acá, me abombaban contándome los argumentos de sus cuentos. Oye Cholo Cepeda, decía Velasco, yo soy amigo de Mario Vargas Llosa. Oye, a mí me gusta Juan Rulfo pero, modestia aparte, muchos confiesan que mis cuentos son mejores que los suyos. Sí, es verdad, apoyaba Castillo, porque Vargas Llosas y Rulfos puede haber muchos, pero sólo hay un Jorge Velasco, sólo uno y sólo uno. Yo me estaba aburriendo más de lo soportable, lo cual contrastaba con Jiménez, que había llamado a tres lagarteros para que tocaran boleros y pasillos. Entrado ya en la maratón alcohólica, Jiménez les insistía en que cantaran una canción brasileña, a lo cual los lagarteros respondieron con un soberbio repertorio de Miltinho y Altemar Dutra.
Al día siguiente, con la excusa de no tener nada que hacer y para reponerme del chuchaqui, decidí quedarme en casa. Hacía tiempo que no veía televisión y quería estar al tanto del campeonato de fútbol. Estaba preocupado porque decían que Capurro se iba al Racing de Avellaneda, un Hurtado a Los Angeles, otro Hurtado al Celaya de México y el otro Hurtado al Vasco da Gama. En otras palabras, la defensa de Emelec, mi equipo (esto hay que ponerlo con mayúsculas) La Gloriosa Celeste, se iba a ir a la mierda. Túc túc, tocan la puerta. Tocan otra vez pero más levemente. Abro y, como dice la canción, un ángel bajó del cielo para hacerme una visita. ¿Cómo estás querida? Por favor, entra.
Estaba preciosa. Tenía un sombrerito que le hacía juego con la blusa, sonreía de lo lindo. ¿Cómo encontró mi dirección? Gran misterio. Después del combate amoroso en la oficina no la había vuelto a ver, pero especulaciones sobraban en ese momento. Caminaba pausadamente observando los cuadritos de la sala, los viejos discos, los libros de mi biblioteca, las revistas. Yo, en la gloria. Algo dije sobre el clima o las noticias del día, pero ella no hizo ningún comentario. Se acercó, puso sus brazos alrededor de mi cuello, su cuerpo junto al mío y, como diría Chivirico en un bolero, me besó con un beso como nunca me habían dado. Había en ella un encanto, una magia que venía del pasado, el temor y temblor del primer beso, un aliento a miel y agua fresca. Pasamos juntos todo el día, la tarde y las primeras horas de la noche, haciendo el amor y riéndonos de los apodos que me habían puesto en el barrio y en el colegio Eloy Alfaro. Lo intuído y lo deseado repentinamente estaba frente a mí: la amiga esperada. Era más hermosa en la penumbra de la noche, con la magnífica silueta de sus senos, su amplia y oscura cadera, de perfil nítido mientras pasaba de un lado a otro de la cama y los cuartos.
Pero, como la alegría dura poco en la casa del pobre, al día siguiente tuve que reincorporarme a las labores anti-choretriles. Me vi otra vez con Jiménez y visitamos nuevamente la Casa de la Cultura. El presidente se me parecía más y más al de Pollitos Kentucky. Jiménez fue al grano y le preguntó qué tanto conocía a la gente del Sindicato. A esto el increpado respondió que poco o nada, sólo lo que suponen las relaciones obrero-patronales. Lo tenemos en la cárcel ahora. Anoche hicimos varios operativos, no localizamos a todos pero allanamos varias casas y encontramos algunas piezas quemadas del museo. Luego interrogamos a los detenidos y comenzaron a abrirse como, disculpe usted el símil, pero se abrieron como libro viejo. Mirándome fijamente y en un tono de franca reprimenda continuó: mientras algunos dormían el sueño del justo, o se dedicaban a otros quehaceres, la Interpol, que trabaja las veinticuatro horas del día, cumplía su labor exitosamente. Lo único que falta ahora es que usted, como autoridad máxima, haga la acusación correspondiente. Los haremos que se pudran en la penitenciaría. ¡Perfecto! exclamó el presidente.
Nos despedimos de manera educada, no sin antes recibir cada uno un ejemplar de la novela La puerta se cerró detrás de ti, autografiada por el autor. A la salida, Jiménez me mostró la dedicatoria y, guiñándome el ojo, dijo: esta novela ya la he leído, me la envió Fernando Nieto, un colega de la Interpol que vive en México. Lo que quería era el autógrafo, así lo pongo en mi colección. Uno nunca sabe, quizá pueda venderlo más adelante. Y, cambiando de tema, añadió: tú deberías de hacer también un cursito por las selvas brasileñas. Vale la pena, se aclaran las cosas. Hasta aprendes a leer porque -como dijo mi colega, la Sargenta Violeta Cunha- sólo en el interior puedes apreciar la literatura detectivesca y a escritores como Rubem Fonseca. Mi colega, ¿qué será de ella? preguntó nostálgico Jiménez. Yo, como que ni oia. Sus divagaciones me cansaban.
De regreso a la oficina para escribir el informe encontré dos notas: una era de Gutiérrez y me preguntaba dónde chucha te has metido. La otra no tenía nombre, sólo decía te visitaré pronto, un beso. Pocas veces las cosas me salían así, pocas veces.
Déjame terminar esta historia. Vas por una calle del centro de esta ciudad, no, cambiemos de ciudad, vámonos a Rio de Janeiro, la belleza carioca. Vas por Rio, musiquita por aquí, musiquita por acá, las garotas con unos traseros despampanantes, los muchachos persiguiéndote para que les regales unas monedas. De repente, un tiro, una ráfaga de metralla, las sirenas que suenan y la gente que corre. De fondo musical, un samba con fuerte batuqueada. En la esquina, un hombre compra los periódicos vespertinos para leer la crónica roja, fuma un cigarrillo, cae una ligera llovizna. Oka, le digo a Jiménez, hora de empezar el trabajo, luego me cuentas la segunda parte.
Aún no estaba seguro de la razón por la cual la Interpol me había mandado a esta maravilla; tenía sospechas de que buscaba sonsacarme alguna información personal. Nos apeamos a la Casa de la Cultura por la calle Santa Elena. A Jiménez se le ocurrió darse una vueltita de reconocimiento por el Mercado Central. Nunca era extraño ver el bulluco de zapatos de índor, correas, libros viejos, ropa de segunda, funditas de choclo y atados de cangrejos. Todo a la interperie, bajo el azote del sol de Guayaquil. Cruzamos 6 de Marzo y Jiménez me obliga a meterme a un pasaje interior. Vamos donde El Colorado. ¿Qué Colorado? le pregunto ingenuo. El Colorado es el dueño de esta librería, la más barata y mejor surtida de la ciudad. Una antología y paraíso para el lector, me dijo en claro afán de propaganda. Cuando entramos saludamos al Colorado. Se dieron abrazos y todo, me lo presentó y pidió permiso para subir al entrepiso. ¡Vamos, con confianza! me animó Jiménez. Allí estaban las Obras Completas de Sir Conan Doyle, algunas de las cuales ya había releído. Vi también una colección de literatura universal finamente empastada que, a la postre, resultó ser el plato fuerte de Jiménez. Ya teníamos más de una hora husmeando entre las revistas y los libros viejos, ya Jiménez tenía su pilo de libros metido en una funda plástica y ya se nos estaba haciendo tarde para llegar a la Casa de la Cultura. Es hora de irnos, le dije en tono casi enérgico. El no replicó nada, simplemente bajó las escaleras. El Colorado le hizo un buen descuento y lo despidió con un franco aunque sorpresivo “adiós poeta”. Ni adiós ni poeta, me dije, esas son palabras que nadie dice por estos lares.
Seguimos directo por la 6 de Marzo. Cruzamos el Parque Centenario, tomado ya por testigos de Jehová, evangelistas, bautistas, luteranos, pentecostales, malabaristas, teatreros, vendedores de canguil, morocho, mote, sánduches de chancho y otras variedades de la cocina ecuatoriana. Son las cuatro en punto y a esta hora el presidente debe estar esperándonos, dijo, para mi sorpresa, Jiménez. No sabía que teníamos una cita, manifesté. Obviamente que no lo sabías, porque no te lo había dicho. Ni lugares, ni fechas, peor horas de citas, deben comunicarse jamás A NADIE, terminó la frase en voz alta. Eso lo aprendí en mi curso en Brasil, ya sabes.
Subimos las escaleras y del fondo de una oficina salió un veterano alto, de piel quemada por el sol, con barba blanca, lentes gruesos y una barriga que le hacía quimbas a cualquier dieta. Igualito al que aparece en la propaganda de Kentucky Fried Chicken, me dije. Se acercó y muy educadamente nos invitó a pasar. En la oficina, Jiménez le pidió una lista completa de los empleados y sus puestos de trabajo. El ladrón está entre nosotros, afirmó con seguridad el presidente, no sólo el instinto sino también el informe del Cuerpo de Bomberos lo sugiere así. Nosotros ya conocíamos el informe, pero una secreta corazonada me decía que a Jiménez le interesaba no sólo encontrar al culpable del incendio y robo del Museo de Oro, sino también lavar alguna culpa, limpiar la imagen de algún implicado. Por otra parte, el trato familiar con el Colorado (no se diga la rebaja en la compra) me daba la pauta para pensar que estaba guardando una carta bajo la manga. Era sólo de esperar que él mismo me diera las pistas. Por experiencia propia sabía que cuando uno se hace el callado y misterioso es porque, en el fondo, lo que tiene son unas ganas inmensas de salir corriendo y gritar el secreto voz en cuello a todo el mundo.
A la salida de la Casa de la Cultura Jiménez me invitó a beber unas cervezas. Con el fin de la tarde y las primeras brisas de la noche ambos teníamos la boca sedienta. Ergo: acepté presto. Ibamos por Pedro Moncayo y poco antes de llegar a 1ro de Mayo nos detuvimos en el Montreal. Nos sentamos en la parte externa y pedimos dos bien heladas. Ya lo tengo, me dijo Jiménez, esto está más claro que el agua; ya sé por dónde va la cosa. ¿Y te importaría decírmelo o es algo que también aprendiste en Brasil? La verdad es que sí a las dos cosas; pero no lo tomes a pecho. Finalmente, tu trabajo consiste en reportarle a la familia del fundador del Museo lo que verdaderamente ocurrió, lo mío tiene que ver con la información policial internacional. Pero no te preocupes, la cosa va bien. En esas estábamos cuando se aparecieron dos pintas, pasaditos ya de los cincuenta, bajos de estatura, barrigones. El uno cholo con el pelo largo, el otro medio amulatado. Te presento a mis amigos Jorge Velasco y Miguel Castillo. Poetas, éste es el detective Luis Cepeda Cortéz, pero pueden llamarlo simplemente Cholo Cepeda. Los vates se sentaron sin esperar la invitación y pidieron unas cervezas. Acto seguido preguntaron sobre el robo y escucharon con mucha atención cada palabra de Jiménez. Para mi asombro, éste se explayaba en detalles inverosímiles, como decir que habían recuperado una mascarilla de oro y reconocido dos tipos de huellas que eran de famosos ladrones internacionales, así como una substancia química cuya patente la tenía sólo una empresa en la ciudad. O era verdad y yo no lo sabía, o Jiménez se los estaba comiendo al cuento de lo lindo.
Las cervezas ya formaban un bosque de botellas sobre nuestra mesa, hecho que nos hizo reflexionar y decidir que era hora de cruzar la calle y llegar al Mesón Comíofri, para servirnos unas suculentas chuletas. Velasco y Castillo, que ya estaban más del lado de allá que del de acá, me abombaban contándome los argumentos de sus cuentos. Oye Cholo Cepeda, decía Velasco, yo soy amigo de Mario Vargas Llosa. Oye, a mí me gusta Juan Rulfo pero, modestia aparte, muchos confiesan que mis cuentos son mejores que los suyos. Sí, es verdad, apoyaba Castillo, porque Vargas Llosas y Rulfos puede haber muchos, pero sólo hay un Jorge Velasco, sólo uno y sólo uno. Yo me estaba aburriendo más de lo soportable, lo cual contrastaba con Jiménez, que había llamado a tres lagarteros para que tocaran boleros y pasillos. Entrado ya en la maratón alcohólica, Jiménez les insistía en que cantaran una canción brasileña, a lo cual los lagarteros respondieron con un soberbio repertorio de Miltinho y Altemar Dutra.
Al día siguiente, con la excusa de no tener nada que hacer y para reponerme del chuchaqui, decidí quedarme en casa. Hacía tiempo que no veía televisión y quería estar al tanto del campeonato de fútbol. Estaba preocupado porque decían que Capurro se iba al Racing de Avellaneda, un Hurtado a Los Angeles, otro Hurtado al Celaya de México y el otro Hurtado al Vasco da Gama. En otras palabras, la defensa de Emelec, mi equipo (esto hay que ponerlo con mayúsculas) La Gloriosa Celeste, se iba a ir a la mierda. Túc túc, tocan la puerta. Tocan otra vez pero más levemente. Abro y, como dice la canción, un ángel bajó del cielo para hacerme una visita. ¿Cómo estás querida? Por favor, entra.
Estaba preciosa. Tenía un sombrerito que le hacía juego con la blusa, sonreía de lo lindo. ¿Cómo encontró mi dirección? Gran misterio. Después del combate amoroso en la oficina no la había vuelto a ver, pero especulaciones sobraban en ese momento. Caminaba pausadamente observando los cuadritos de la sala, los viejos discos, los libros de mi biblioteca, las revistas. Yo, en la gloria. Algo dije sobre el clima o las noticias del día, pero ella no hizo ningún comentario. Se acercó, puso sus brazos alrededor de mi cuello, su cuerpo junto al mío y, como diría Chivirico en un bolero, me besó con un beso como nunca me habían dado. Había en ella un encanto, una magia que venía del pasado, el temor y temblor del primer beso, un aliento a miel y agua fresca. Pasamos juntos todo el día, la tarde y las primeras horas de la noche, haciendo el amor y riéndonos de los apodos que me habían puesto en el barrio y en el colegio Eloy Alfaro. Lo intuído y lo deseado repentinamente estaba frente a mí: la amiga esperada. Era más hermosa en la penumbra de la noche, con la magnífica silueta de sus senos, su amplia y oscura cadera, de perfil nítido mientras pasaba de un lado a otro de la cama y los cuartos.
Pero, como la alegría dura poco en la casa del pobre, al día siguiente tuve que reincorporarme a las labores anti-choretriles. Me vi otra vez con Jiménez y visitamos nuevamente la Casa de la Cultura. El presidente se me parecía más y más al de Pollitos Kentucky. Jiménez fue al grano y le preguntó qué tanto conocía a la gente del Sindicato. A esto el increpado respondió que poco o nada, sólo lo que suponen las relaciones obrero-patronales. Lo tenemos en la cárcel ahora. Anoche hicimos varios operativos, no localizamos a todos pero allanamos varias casas y encontramos algunas piezas quemadas del museo. Luego interrogamos a los detenidos y comenzaron a abrirse como, disculpe usted el símil, pero se abrieron como libro viejo. Mirándome fijamente y en un tono de franca reprimenda continuó: mientras algunos dormían el sueño del justo, o se dedicaban a otros quehaceres, la Interpol, que trabaja las veinticuatro horas del día, cumplía su labor exitosamente. Lo único que falta ahora es que usted, como autoridad máxima, haga la acusación correspondiente. Los haremos que se pudran en la penitenciaría. ¡Perfecto! exclamó el presidente.
Nos despedimos de manera educada, no sin antes recibir cada uno un ejemplar de la novela La puerta se cerró detrás de ti, autografiada por el autor. A la salida, Jiménez me mostró la dedicatoria y, guiñándome el ojo, dijo: esta novela ya la he leído, me la envió Fernando Nieto, un colega de la Interpol que vive en México. Lo que quería era el autógrafo, así lo pongo en mi colección. Uno nunca sabe, quizá pueda venderlo más adelante. Y, cambiando de tema, añadió: tú deberías de hacer también un cursito por las selvas brasileñas. Vale la pena, se aclaran las cosas. Hasta aprendes a leer porque -como dijo mi colega, la Sargenta Violeta Cunha- sólo en el interior puedes apreciar la literatura detectivesca y a escritores como Rubem Fonseca. Mi colega, ¿qué será de ella? preguntó nostálgico Jiménez. Yo, como que ni oia. Sus divagaciones me cansaban.
De regreso a la oficina para escribir el informe encontré dos notas: una era de Gutiérrez y me preguntaba dónde chucha te has metido. La otra no tenía nombre, sólo decía te visitaré pronto, un beso. Pocas veces las cosas me salían así, pocas veces.
viernes, 8 de febrero de 2008
El hombre de Sintra
Era enero, un nuevo año estaba frente a mí. Las primeras lluvias del invierno tropical empezaban a aparecer. Guayaquil se volvía extrañamente gris. Digo “extrañamente” porque no se trataba de la melancolía del tiempo invadiéndolo todo, esa melancolía que existe en Quito o Cuenca. No. Esta sensación era aún más atávica, corría por la sangre de los peatones, aparecía en el rostro de los pandilleros y las muchachas de colegios. Con la lluvia venían también el calor, la humedad, los insectos y los mosquitos. Venía el temor de los derrumbes y las inundaciones, de las pestes y algún terremoto que destruiría casas de indios, allá, en las alturas de los Andes. Cuando uno es pobre esos temores se vuelven patentes, pero aprendemos a vivir con ellos. Sí, la lluvia nos iba a acompañar por cuatro largos meses. En esa entrada al infierno -que eso es lo que finalmente era el jodido invierno ecuatorial- había, sin embargo, intersticios de luz radiante, casi de felicidad. Poder caminar por el Barrio del Astillero era un ejemplo de esto.
Lastimosamente, el deseado paseo por sus calles no iba a ser el tranquilizador, relajante y merecido reencuentro con uno de mis barrios queridos. Gutiérrez, como de costumbre, me citó con caracter de urgente, así decía el papelito que me había mandado con un empleado de la oficina. Fui para allá y me puso al tanto de las cosas. Cholo, me dijo ¿cuánto tiempo hace que no te das un viajecito? Ya ni recuerdo, le contesté. Has oído hablar de Don Vilató Pereira? Me acaba de llamar, preguntó directamente por ti, dice que necesita un hombre de confianza.
Las veces que había pasado por donde los pesqueros portugueses eran suficientes para saber que tenían una buena entrada económica, que le daban trabajo a muchos de sus paisanos y que todos venían de un pueblito cerca de Lisboa. Emigrantes y trabajadores, ellos habían asegurado su dinero como Dios manda. Otras veces los había visto bebiendo al sur de la ciudad, en el Barrio Cuba, en el salón de Cortijo Bustamante. Hacía bastante tiempo de eso, vale acotar. Cuando fui a la cita me bajé varias cuadras antes de la Empacadora, no quería quedarme con las ganas de caminar y sentir el olor a rio y mar, ver a la gente trabajando, pedir un ceviche de corvina, tomarme una cerveza quizá. Cuando me hice anunciar, el mismo Don Vilató se acercó y me dijo entre a mi oficina Don Cepeda. Observé el elegante decorado de madera, los muebles cómodos, oscuros y solemnes, un bar con variedades de vinos, jereces, portos y cervezas, unos libros de Sá Carneiro y discos de Amalia Rodríguez, fotos seguramente de Portugal, de sus parientes, mapas, dos fragatas de madera, construídas con todo detalle. Vaya vidita la que se maneja, reflexioné con envidia, todo gracias a un puto bacalao.
Don Vilató reapareció por una puerta y me dijo no lo distraigo más, pedí que viniera personalmente porque hice mis averiguaciones sobre usted y sé que puedo confiar. Este es un trabajo simple, usted se va para Lisboa, entrega una carta y se regresa. El verdadero trabajo es asegurarse de que quien la recibe es la persona indicada. Es un pariente cercano, al cual no he visto en muchos años y de quien sólo tengo una foto casi destruída. El se llama Vilató, como yo, Vilató Pereira. Aquí están la dirección y todos los datos. Usted debe decir que es un socio mío que va a verificar el buen funcionamiento de la Empacadora que tenemos allá. No más detalles a nadie, no más información tampoco para usted, eso le evitará cualquier inconveniente en el futuro. ¿Cómo es eso del pasaje y alojamiento? le pregunté sin pensarlo dos veces. Aquí está todo lo que necesita, ya está arreglado, contestó. ¿Acepta? Haga de cuenta que la carta ya está entregada, le dije con seguridad y extendí mi mano para despedirme.
Cuando salí estaba tan contento que sentía ganas de correr. La que te espera por las europas cholito Cepeda, me decía. Ya me veía engafado, en pantalones cortos y camisa floreada, con una botellita caminera de porto y una cámara fotográfica. De regreso a la oficina pasé por la Biblioteca Municipal para buscar información sobre ese país misterioso y chiquito llamado Portugal. Lo único que sabía era que estaba pegado a España y que hacía siglos se le había llevado más de la mitad de sudamérica en el reparto, lo que ahora llaman Brasil. Pero, como de costumbre, la maldita Biblioteca no estaba atendiendo al público. No vencido, crucé hacia los quioscos del Correo Central y, finalmente, encontré una guía de turismo que incluía un vocabulario en portugués para viajeros. Cepedinha va in bora a Lisboa, Gutierrinho du traseiro fica. Primera lección. Entre los papeles que venían con el sobre se encontraban el pasaje ida y vuelta Guayaquil-Caracas-Lisboa, unos cheques viajeros y una lista de direcciones de hoteles, bares y parientes. Don Vilató había pensado en todo. El día en que salí, Gutiérrez, trompudo y muerto de envidia, me dejó en el aeropuerto, de mala gana. Hasta aquí nomás, que no hay donde parquear el carro; no te olvides de traerme un recuerdo para mi mujer. Nos vemos, le dije.
En el avión las cosas no fueron tan agradables como pensaba. Entre saltos en las nubes y los huecos de aire, mezclados con una selección de malas revistas y la tapadera de los oídos cada media hora, la cosa se fue volviendo una pesadilla. Felizmente, el cambio de nave en Caracas me permitió descansar un poco. Mirando hacia abajo me imaginaba qué parte de mí quedaría si el puto aparato se diera un sonoro planchazo. Eso de ir en la ventana de un avión que cruza el Océano Atlántico por horas y horas es una experiencia aterradora o divina, según la relación que uno tenga con los dioses o la vida. La mía, en ambos casos, no era muy óptima que dijéramos. Las manos y la frente me sudaban, pero a lo hecho pecho, y a lo pecho arrecho. Así me daba ánimo a miles de metros de altura.
Por fin Lisboa. Hago el papeleo de aduana, en la parte de Profesión puse Negocios de pesca. Pasé el control sin problemas, pero detuvieron a una pareja que se había subido en Caracas, los metieron a esos cuartitos donde a uno lo desnudan y le revisan hasta las estrías del ortensio. Saliendo del aeropuerto vi a un hombre bajito con un letrero inmenso colgándole sobre la barriga que decía con grandes letras negras Senhor Luiz Cepeda. Ese soy yo, me dije. Era un empleado de la Empacadora. Me llevó a un hotel un tanto viejo pero decente. Ya había leído en la guía de turismo que en Europa los hoteles eran pequeños y viejos, pero con deliciosa comida.
Al día siguiente, empezando a sentir el gustito de estar en un país extranjero, salí a caminar por el malecón. Lisboa me inspiraba confianza, era como si hubiera estado allí antes. Un gran puente cruzaba un brazo del mar, en las alturas de una montaña estaba el Palacio del Rey, los tranvías cruzaban las calles, mientras hombres y mujeres copaban las aceras. Todos vestían de negro o en tonalidades oscuras. Los hombres llevaban sombreros, caminaban lento y parecían cumplir un rito de silenciosa peregrinación. Las cervejerías y vitrinas de los almacenes revelaban vida, los sonidos que se articulan a las calles, todo, revelaba vida. Tenía aún una hora más para seguir merodeando por el centro de Lisboa. Entré a una tienda y compré unos cigarrillos, vi unos cassettes de Los Panchos y otros de un tal Vinicius de Moraes. Pensé en el regalo para la mujer de Gutiérrez, pero me distraje especulando porqué me había pedido aquello, total, yo no era amigo de su mujer. Y así, llegué al número al cual estaba citado: 324, Rua da Prata.
Cuando entré a la oficina me presenté con las instrucciones que me había dado Don Vilató. El decorado tradicional de esta oficina me recordó inmediatamente la que había visto en el Barrio del Astillero, a excepción de las fotos. Al poco rato aparecieron tres hombres: Vitorino da Silva, Ricardo Souza y, por fin, el buscado Vilató Pereira, extraordinariamente parecido a su homónimo, pero mucho más joven. Me hablaron con mucha educación, me explicaron el asunto de la producción y me invitaron a Sintra, pequeña ciudad vecina de Lisboa. Luego de esta y otras actividades de trabajo, visitaríamos un local para escuchar fados. No sabía qué era eso pero no iba a preguntarlo tampoco. Sí, les dije, con Don Vilató escuchamos mucho la música de Amalia Rodríguez, apelando al recuerdo de los discos que había visto en su oficina. Luiz Cepeda gosta do fado tambem? me preguntó Ricardo Souza. Sim, eu gosto muito, le contesté. Como nota de gentileza y diplomacia me invitaron a tomar el tranvía que va de la Estación Central hasta Sintra.
Me sentía en casa, escudriñaba rostros y calles que probablemente nunca volvería a ver pero que tenían un aire familiar. Los lisboetas hablaban rápidamente y yo no entendía un carajo. A ellos no les gustaba hablar español e insistían en que yo tratara de comunicarme en su lengua. Choliño Luiziño, estás jodidiño, me decía. En Sintra nos apeamos y fuimos al Morro, al museo marítimo, a varios parques y, finalmente, a la famosa Empacadora que tenía que visitar. Y efectivamente lo hice, poniendo cara de esto es muy interesante, haciendo comparaciones, apelando a mis instintos de comensal de mariscos callejeros, lamentando que el bacalao no fuera un pescado más popular en la costa ecuatoriana, cuando era vida, pasión, muerte y resurrección de los portugueses. No veía la hora de abordar al dueño de la carta, que para eso era que había cruzado medio mundo.
La jornada de trabajo ya estaba terminando y con los lisboetas acordamos encontrarnos más tarde. Me di una última vuelta por las calles que había caminado en la mañana, antes de volver al hotel, seguro de que por fin podría hacer llegar la carta de Don Vilató a Don Vilató. Era extraño esto de los dos nombre iguales.
Cuando llegaron yo los estaba esperando en la recepción del hotel, nos saludamos como viejos amigos y salimos hacia Bairro Alto. Subimos varias escaleras y llegamos a una plaza de restaurantes. Había uno muy curioso, con la estatua de un hombre sentado en una mesa, con su respectivo sombrero, bebiendo un café. O Fernando Pessoa, o mais grande poeta do mundo, creador das identidades, dijo Vitorino da Silva reverenciando la estatua del hombre sentado. Con más intuición que conocimiento, supuse que algo tenía que ver semejante elogio con algún patriotismo producto de los vinillos que previamente habíamos saboreado. Y así entramos a una Caixa do Fado.
Era un restaurant sencillo, limpio, muy bien ordenado, con un pequeño escenario al fondo. Mientras nos ubicaban en la mesa me acerqué a Don Vilató y le mencioné que tenía un encargo de Guayaquil, exclusivamente para él. Meu pae, dijo con una leve sonrisa. No estaba seguro del asunto, pero si este Vilató resultaba hijo del otro, la cosa se iba a poner complicada en cualquier momento. Comencé a cavilar para mis adentros diciéndome éste no es un hijo desconocido, porque tiene el nombre del padre. Pero si el padre no tiene fotos o noticias recientes suyas es porque hubo un distanciamiento y le perdió la pista. Si le manda una carta confidencial es porque quiere comunicarle algo relacionado con billete. En esas estaba cuando me llamaron a la mesa.
Ya habían pedido un vino verde, una variedad de aceitunas y bocadillos de peces, salamis y verduras. El maestro de ceremonias empezó el acto. Luegó salió un grupo de músicos vestidos de etiqueta, llevaban lentes y zapatos de charolina. Se sentaron en un semicírculo con sus guitarras y mandolinas. Después apareció una mujer de unos cincuenta años, se paró en el medio y empezó a cantar una canción llamada Ai mouraria, que parecía resumir todo el dolor del mundo, toda la tristeza sin fin, de la que también habla Miltinho en un bolero. Bebí un tanto confuso, aunque entusiasmado por el primer licor. Al cabo de varias canciones y conversaciones, por fin encontré el momento apropiado para entregar la carta. Souza y da Silva se habían ido a algún lado, una llamada telefónica, el baño, cualquiera de esas excusas que se inventan en las películas para hacer desaparecer a los protagonistas en momentos claves. Saqué de mi leva la carta y le dije Don Vilató, esto es para usted. El tomó el sobre, admiró la letra manuscrita con su nombre, lo abrió por un costado y leyó la carta. Sólo en ese momento pude notar que el mensaje era breve. El guardó nuevamente la carta en el sobre, me miró y dijo brigado. Luego volvió su rostro hacia la pista, en la cual la mujer cantaría nuevamente esas canciones tristes. Souza y da Silva reaparecieron, inexplicablemente sonrientes. Al tomar el micrófono la mujer nos miró, pidió un poco de silencio y dijo esta cancao é para o senhor Luiz Cepeda Cortez, na sua visita per a primeira veiz a Lisboa; dos amigos portugueises, com muito carinho: O homem de Sintra. Los tres aplaudieron, yo me conmoví, me paré e hice un brindis con la copa en alto. Me puse a pensar en quién sería yo para ellos y qué dirían si supieran lo que realmente hacía allí. Esa noche regresé al hotel un tanto apenado por la hospitalidad, y también por la soledad que se siente luego de la parranda. Al día siguiente tomaría el avión al infiernillo. Ya me veía otra vez en medio sangoloteo a causa de los huecos de aire, con el temor de que el maldito avión se diera un sonoro planchazo en el océano. Regresaría a Guayaquil, bajo la lluvia del invierno tropical, a mezclarme nuevamente con la gente, llevando las fisuras de lo desconocido, los fados portugueses, la estatua de ese poeta, sentado, bebiendo café eternamente. Volvería a escuchar a Gutiérrez, preguntándome porqué carajo no traje un maldito recuerdo para su esposa y cómo la convencería de que era él quien se había ido a Lisboa por una semana.
Lastimosamente, el deseado paseo por sus calles no iba a ser el tranquilizador, relajante y merecido reencuentro con uno de mis barrios queridos. Gutiérrez, como de costumbre, me citó con caracter de urgente, así decía el papelito que me había mandado con un empleado de la oficina. Fui para allá y me puso al tanto de las cosas. Cholo, me dijo ¿cuánto tiempo hace que no te das un viajecito? Ya ni recuerdo, le contesté. Has oído hablar de Don Vilató Pereira? Me acaba de llamar, preguntó directamente por ti, dice que necesita un hombre de confianza.
Las veces que había pasado por donde los pesqueros portugueses eran suficientes para saber que tenían una buena entrada económica, que le daban trabajo a muchos de sus paisanos y que todos venían de un pueblito cerca de Lisboa. Emigrantes y trabajadores, ellos habían asegurado su dinero como Dios manda. Otras veces los había visto bebiendo al sur de la ciudad, en el Barrio Cuba, en el salón de Cortijo Bustamante. Hacía bastante tiempo de eso, vale acotar. Cuando fui a la cita me bajé varias cuadras antes de la Empacadora, no quería quedarme con las ganas de caminar y sentir el olor a rio y mar, ver a la gente trabajando, pedir un ceviche de corvina, tomarme una cerveza quizá. Cuando me hice anunciar, el mismo Don Vilató se acercó y me dijo entre a mi oficina Don Cepeda. Observé el elegante decorado de madera, los muebles cómodos, oscuros y solemnes, un bar con variedades de vinos, jereces, portos y cervezas, unos libros de Sá Carneiro y discos de Amalia Rodríguez, fotos seguramente de Portugal, de sus parientes, mapas, dos fragatas de madera, construídas con todo detalle. Vaya vidita la que se maneja, reflexioné con envidia, todo gracias a un puto bacalao.
Don Vilató reapareció por una puerta y me dijo no lo distraigo más, pedí que viniera personalmente porque hice mis averiguaciones sobre usted y sé que puedo confiar. Este es un trabajo simple, usted se va para Lisboa, entrega una carta y se regresa. El verdadero trabajo es asegurarse de que quien la recibe es la persona indicada. Es un pariente cercano, al cual no he visto en muchos años y de quien sólo tengo una foto casi destruída. El se llama Vilató, como yo, Vilató Pereira. Aquí están la dirección y todos los datos. Usted debe decir que es un socio mío que va a verificar el buen funcionamiento de la Empacadora que tenemos allá. No más detalles a nadie, no más información tampoco para usted, eso le evitará cualquier inconveniente en el futuro. ¿Cómo es eso del pasaje y alojamiento? le pregunté sin pensarlo dos veces. Aquí está todo lo que necesita, ya está arreglado, contestó. ¿Acepta? Haga de cuenta que la carta ya está entregada, le dije con seguridad y extendí mi mano para despedirme.
Cuando salí estaba tan contento que sentía ganas de correr. La que te espera por las europas cholito Cepeda, me decía. Ya me veía engafado, en pantalones cortos y camisa floreada, con una botellita caminera de porto y una cámara fotográfica. De regreso a la oficina pasé por la Biblioteca Municipal para buscar información sobre ese país misterioso y chiquito llamado Portugal. Lo único que sabía era que estaba pegado a España y que hacía siglos se le había llevado más de la mitad de sudamérica en el reparto, lo que ahora llaman Brasil. Pero, como de costumbre, la maldita Biblioteca no estaba atendiendo al público. No vencido, crucé hacia los quioscos del Correo Central y, finalmente, encontré una guía de turismo que incluía un vocabulario en portugués para viajeros. Cepedinha va in bora a Lisboa, Gutierrinho du traseiro fica. Primera lección. Entre los papeles que venían con el sobre se encontraban el pasaje ida y vuelta Guayaquil-Caracas-Lisboa, unos cheques viajeros y una lista de direcciones de hoteles, bares y parientes. Don Vilató había pensado en todo. El día en que salí, Gutiérrez, trompudo y muerto de envidia, me dejó en el aeropuerto, de mala gana. Hasta aquí nomás, que no hay donde parquear el carro; no te olvides de traerme un recuerdo para mi mujer. Nos vemos, le dije.
En el avión las cosas no fueron tan agradables como pensaba. Entre saltos en las nubes y los huecos de aire, mezclados con una selección de malas revistas y la tapadera de los oídos cada media hora, la cosa se fue volviendo una pesadilla. Felizmente, el cambio de nave en Caracas me permitió descansar un poco. Mirando hacia abajo me imaginaba qué parte de mí quedaría si el puto aparato se diera un sonoro planchazo. Eso de ir en la ventana de un avión que cruza el Océano Atlántico por horas y horas es una experiencia aterradora o divina, según la relación que uno tenga con los dioses o la vida. La mía, en ambos casos, no era muy óptima que dijéramos. Las manos y la frente me sudaban, pero a lo hecho pecho, y a lo pecho arrecho. Así me daba ánimo a miles de metros de altura.
Por fin Lisboa. Hago el papeleo de aduana, en la parte de Profesión puse Negocios de pesca. Pasé el control sin problemas, pero detuvieron a una pareja que se había subido en Caracas, los metieron a esos cuartitos donde a uno lo desnudan y le revisan hasta las estrías del ortensio. Saliendo del aeropuerto vi a un hombre bajito con un letrero inmenso colgándole sobre la barriga que decía con grandes letras negras Senhor Luiz Cepeda. Ese soy yo, me dije. Era un empleado de la Empacadora. Me llevó a un hotel un tanto viejo pero decente. Ya había leído en la guía de turismo que en Europa los hoteles eran pequeños y viejos, pero con deliciosa comida.
Al día siguiente, empezando a sentir el gustito de estar en un país extranjero, salí a caminar por el malecón. Lisboa me inspiraba confianza, era como si hubiera estado allí antes. Un gran puente cruzaba un brazo del mar, en las alturas de una montaña estaba el Palacio del Rey, los tranvías cruzaban las calles, mientras hombres y mujeres copaban las aceras. Todos vestían de negro o en tonalidades oscuras. Los hombres llevaban sombreros, caminaban lento y parecían cumplir un rito de silenciosa peregrinación. Las cervejerías y vitrinas de los almacenes revelaban vida, los sonidos que se articulan a las calles, todo, revelaba vida. Tenía aún una hora más para seguir merodeando por el centro de Lisboa. Entré a una tienda y compré unos cigarrillos, vi unos cassettes de Los Panchos y otros de un tal Vinicius de Moraes. Pensé en el regalo para la mujer de Gutiérrez, pero me distraje especulando porqué me había pedido aquello, total, yo no era amigo de su mujer. Y así, llegué al número al cual estaba citado: 324, Rua da Prata.
Cuando entré a la oficina me presenté con las instrucciones que me había dado Don Vilató. El decorado tradicional de esta oficina me recordó inmediatamente la que había visto en el Barrio del Astillero, a excepción de las fotos. Al poco rato aparecieron tres hombres: Vitorino da Silva, Ricardo Souza y, por fin, el buscado Vilató Pereira, extraordinariamente parecido a su homónimo, pero mucho más joven. Me hablaron con mucha educación, me explicaron el asunto de la producción y me invitaron a Sintra, pequeña ciudad vecina de Lisboa. Luego de esta y otras actividades de trabajo, visitaríamos un local para escuchar fados. No sabía qué era eso pero no iba a preguntarlo tampoco. Sí, les dije, con Don Vilató escuchamos mucho la música de Amalia Rodríguez, apelando al recuerdo de los discos que había visto en su oficina. Luiz Cepeda gosta do fado tambem? me preguntó Ricardo Souza. Sim, eu gosto muito, le contesté. Como nota de gentileza y diplomacia me invitaron a tomar el tranvía que va de la Estación Central hasta Sintra.
Me sentía en casa, escudriñaba rostros y calles que probablemente nunca volvería a ver pero que tenían un aire familiar. Los lisboetas hablaban rápidamente y yo no entendía un carajo. A ellos no les gustaba hablar español e insistían en que yo tratara de comunicarme en su lengua. Choliño Luiziño, estás jodidiño, me decía. En Sintra nos apeamos y fuimos al Morro, al museo marítimo, a varios parques y, finalmente, a la famosa Empacadora que tenía que visitar. Y efectivamente lo hice, poniendo cara de esto es muy interesante, haciendo comparaciones, apelando a mis instintos de comensal de mariscos callejeros, lamentando que el bacalao no fuera un pescado más popular en la costa ecuatoriana, cuando era vida, pasión, muerte y resurrección de los portugueses. No veía la hora de abordar al dueño de la carta, que para eso era que había cruzado medio mundo.
La jornada de trabajo ya estaba terminando y con los lisboetas acordamos encontrarnos más tarde. Me di una última vuelta por las calles que había caminado en la mañana, antes de volver al hotel, seguro de que por fin podría hacer llegar la carta de Don Vilató a Don Vilató. Era extraño esto de los dos nombre iguales.
Cuando llegaron yo los estaba esperando en la recepción del hotel, nos saludamos como viejos amigos y salimos hacia Bairro Alto. Subimos varias escaleras y llegamos a una plaza de restaurantes. Había uno muy curioso, con la estatua de un hombre sentado en una mesa, con su respectivo sombrero, bebiendo un café. O Fernando Pessoa, o mais grande poeta do mundo, creador das identidades, dijo Vitorino da Silva reverenciando la estatua del hombre sentado. Con más intuición que conocimiento, supuse que algo tenía que ver semejante elogio con algún patriotismo producto de los vinillos que previamente habíamos saboreado. Y así entramos a una Caixa do Fado.
Era un restaurant sencillo, limpio, muy bien ordenado, con un pequeño escenario al fondo. Mientras nos ubicaban en la mesa me acerqué a Don Vilató y le mencioné que tenía un encargo de Guayaquil, exclusivamente para él. Meu pae, dijo con una leve sonrisa. No estaba seguro del asunto, pero si este Vilató resultaba hijo del otro, la cosa se iba a poner complicada en cualquier momento. Comencé a cavilar para mis adentros diciéndome éste no es un hijo desconocido, porque tiene el nombre del padre. Pero si el padre no tiene fotos o noticias recientes suyas es porque hubo un distanciamiento y le perdió la pista. Si le manda una carta confidencial es porque quiere comunicarle algo relacionado con billete. En esas estaba cuando me llamaron a la mesa.
Ya habían pedido un vino verde, una variedad de aceitunas y bocadillos de peces, salamis y verduras. El maestro de ceremonias empezó el acto. Luegó salió un grupo de músicos vestidos de etiqueta, llevaban lentes y zapatos de charolina. Se sentaron en un semicírculo con sus guitarras y mandolinas. Después apareció una mujer de unos cincuenta años, se paró en el medio y empezó a cantar una canción llamada Ai mouraria, que parecía resumir todo el dolor del mundo, toda la tristeza sin fin, de la que también habla Miltinho en un bolero. Bebí un tanto confuso, aunque entusiasmado por el primer licor. Al cabo de varias canciones y conversaciones, por fin encontré el momento apropiado para entregar la carta. Souza y da Silva se habían ido a algún lado, una llamada telefónica, el baño, cualquiera de esas excusas que se inventan en las películas para hacer desaparecer a los protagonistas en momentos claves. Saqué de mi leva la carta y le dije Don Vilató, esto es para usted. El tomó el sobre, admiró la letra manuscrita con su nombre, lo abrió por un costado y leyó la carta. Sólo en ese momento pude notar que el mensaje era breve. El guardó nuevamente la carta en el sobre, me miró y dijo brigado. Luego volvió su rostro hacia la pista, en la cual la mujer cantaría nuevamente esas canciones tristes. Souza y da Silva reaparecieron, inexplicablemente sonrientes. Al tomar el micrófono la mujer nos miró, pidió un poco de silencio y dijo esta cancao é para o senhor Luiz Cepeda Cortez, na sua visita per a primeira veiz a Lisboa; dos amigos portugueises, com muito carinho: O homem de Sintra. Los tres aplaudieron, yo me conmoví, me paré e hice un brindis con la copa en alto. Me puse a pensar en quién sería yo para ellos y qué dirían si supieran lo que realmente hacía allí. Esa noche regresé al hotel un tanto apenado por la hospitalidad, y también por la soledad que se siente luego de la parranda. Al día siguiente tomaría el avión al infiernillo. Ya me veía otra vez en medio sangoloteo a causa de los huecos de aire, con el temor de que el maldito avión se diera un sonoro planchazo en el océano. Regresaría a Guayaquil, bajo la lluvia del invierno tropical, a mezclarme nuevamente con la gente, llevando las fisuras de lo desconocido, los fados portugueses, la estatua de ese poeta, sentado, bebiendo café eternamente. Volvería a escuchar a Gutiérrez, preguntándome porqué carajo no traje un maldito recuerdo para su esposa y cómo la convencería de que era él quien se había ido a Lisboa por una semana.
viernes, 1 de febrero de 2008
La Cofradía del Bolero
Cuando entré el segundo show estaba por comenzar. En el centro de la pista caía una luz roja que formaba un círculo. Había una silla alta, una guitarra de madera y un vaso de whisky. Se hizo un silencio inmediato. Entró una mujer vestida de pantalón y chaleco negros. Tenía el pelo también negro, cogido hacia atrás y contrastaba con su rostro blanco, de rasgos fuertes. Se sentó, tomó la guitarra y empezó a cantar. La luz dejaba adivinar el decorado de las paredes hecho de pequeños recortes de noticias de la farándula y la bohemia en Guayaquil, fotos de periódicos y revistas viejas. En cada mesa había un candil pequeño o una botella con una vela pronta a extinguirse. La voz de la mujer era clara, determinante, y al final de cada estrofa cerraba los ojos y ponía un énfasis aún más apasionado al mensaje, un tono casi sublime: y si al final de la vida/sólo te queda un calvario/ mi alma, dame el crucifijo y apóyate en mí. Al último charrasqueo le sucedían atronadores aplausos, gente parada gritando otra, otra. Ella decía gracias de manera muy suave, casi imperceptible. Se sentaba nuevamente e iniciaba otra canción aquí nomás, termina mi camino/ aquí nomás, yo ya no espero nada/es tarde ya, para volver a amar. Era hora de pedir un whisky para celebrar el embrujo de Patricia González. Cuando fui a la barra un mesero me reconoció, se acercó y casi al oido me dijo los jefes lo están esperando en la oficina. Gracias, repliqué. Le dejé una propina y me fui presto a la reunión.
Desde la oficina podía observar, a través de los oscuros y gruesos vidrios, el escenario completo. En la mesa del centro estaban los mellizos, cada uno con una cerveza y un cenicero desbordado de colillas. A un lado de la mesa se encontraban las pistolas, en un claro acto de advertencia ocular. ¿Qué te parece el Club? preguntó uno de ellos (siempre tenía problemas en saber cuál era cuál). Está bien, muy bien, les dije. Vamos al grano, escuché de pronto. Te dijimos que vinieras porque sabemos que andas en el asunto del man que mataron, y porque fuiste al Bruca Manigua para hablar con Carabalí. Mira, Cepeda, eso ni a ti ni a nadie le conviene seguir averiguando. Lo que pasó pasó y mala suerte que así haya ocurrido, pero no fue ni la primera ni la última vez. A este negocio viene gente de toda clase social, hombres y mujeres, civiles y militares. Estamos en la recta y vamos a mantenernos así, no queremos escándalos de ningún tipo. ¿Está claro? Oye tú, dijo el otro mellizo a uno de los empleados, tráenos dos Heineckens más y otro whisky para el detective, que sea doble. Siéntate Cepeda y disfruta de la voz de esa mujer, que algo así aparece sólo cada cien años.
Mientras llegaban las bebidas, Patricia González terminaba la primera parte de su show. Para el intermedio habían contratado a un tal Eddie Chiang que tocaba bastante bien la guitarra y tenía buena garganta para los pasillos. Habían dado un poco de luz a los rincones y la gente estaba animada. En una parte cercana a la barra, junto a la puerta, se hallaba un grupo que, sin lugar a dudas, estaba encargado evitar cualquier alboroto. ¿Estás viendo a los muchachos de la entrada verdad? Eres sapo cholito Cepeda, son de la gallada del Francés. Estaban sin trabajo y, para que no anden dando bala en la calle o asaltando bancos en los pueblos, los contratamos justo después del accidente con el marino. Yo, aprovechando el tema del marino, les pregunté ¿y cómo mismo fue que pasó? Ellos se miraron, se rieron burlonamente y continuaron bebiendo mientras la segunda parte del show empezaba.
No es como la gente cree que pasó, empezó a hablar uno de los mellizos. No es que ocurrió por pura borrachera, había una historia de cachos de por medio. Eso es lo que salió a la luz con el paso de los días. Parece que la cosa estaba planificada y, lastimosamente este fue el lugar en donde se concretó. La versión vino de los mismos agentes que se apersonaron a hacer las investigaciones. Cuando supieron que era un marino el que había disparado se quedaron callados, como atando cabos. A eso de las dos semanas se aparecieron nuevamente, medio borrachos, a pedir trago gratis. Bastó una segunda servida y solitos se abrieron como libro viejo. Empezaron a contar con lujo de detalles quién era el tipo, en dónde vivía, lo que había ocurrido con su mujer. Se emplutaron hasta las cachas y se fueron arrastrando hasta que el portero los metió en un taxi. ¿Y la gente del barrio esa noche? les pregunté indiscretamente. La gente del barrio, dijo el otro mellizo en franco contrapunteo con su hermano, la gente del barrio como la gaver, estaba borracha, como todo el mundo. Es mentira lo que dice Carabalí, lo de que fue al baño, y cuando salió el otro estaba tirado en el piso sangrando. Cuando le dieron el tiro, Carabalí estaba dormidísimo sobre la mesa, ruco, hecho una piedra, recontra pluto, con la cabeza encima de los brazos. El disparo y el griterío apenas sirvieron para despertarlo. Eso también te lo puede decir el portero, que fue el que lo sacó cuando ya la gente había pegado la carrera.
Obviamente, las versiones no coincidían. Y, obviamente, el alcohol, una vez más, iba a dificultar encontrar la verdad de todo este problema. Yo no vine a averiguar nada, les dije, solamente me preocupa que vaya a haber más problemas. A mí nadie me ha contratado para resolver este asunto, sólo quería cerciorarme de que la información que me dieron era la correcta y tratar de que nadie más del barrio se meta en este asunto. Queríamos saber qué pito tú tocabas en todo el rollo, dijeron. Ahora ninguno, les contesté un tanto molesto. Ahora sólo quiero disfrutar un poco de la música y el whisky. Eso está mejor cholo Cepeda, ahí hablaste bacán. Oye tú, le volvieron a decir al empleado ¿qué fue esas dos cervezas y el whiscacho para el detective?
Abajo, en la pista, Patricia González remataba su presentación con: tú eres mi amor, mi dicha y mi tesoro/ mi sólo encanto, y mi ilusión/ ven a calmar mis males, mujer/no seas tan inconstante. La gente aplaudía y ella se despedía. Los mellizos, ahora propietarios de la Cofradía del Bolero, estaban entusiasmados, bebiendo, contando chistes. Mientras tanto, el empleado se afanaba en limpiar la mesa y cambiar los ceniceros. Uno de ellos, con el arma en la mano y un tic nervioso que le hacía temblar las piernas, lanzaba humo por un lado de la boca y decía no sé exactamente a qué hora voy a usar esta pistolita, sería injusto no hacerlo.
En la mitad de la pista, una vez retirada la cantante, aparecía el maestro de ceremonias que anunciaba la continuación de la fiesta. Contaba chistes e invitaba a bailar a los asistentes. Acto seguido, la luz roja desaparecía y el fondo empezaba a iluminarse de dorado y verde, dando forma al escenario, que era una inmensa concha abierta, en la cual se encontraban los músicos listos para tocar. El maestro de ceremonias, esta vez con un sombrero de copa y una corbatita de lazo, reaparecía micrófono en mano y anunciaba Damas y Caballeros, el Club Nocturno la Cofradía del Bolero tiene el agrado de presentarles a la Gran Sonora de Joe Mayorga, el orgullo de Guayaquil. Y desde ya los invita a su próximo Gran Festival de la Rockola y la Guaracha, con la participacion del magnífico, el rey, el mago del piano Alci Acosta, alternando con el sucesor de Héctor Lavoe, el gran Van Lester, traído directamente desde el Bronx, allá, en nuestra segunda patria y verdadera capital de todos los ecuatorianos: Nueva York. Todo con el auspicio de IMEDA, Ron Gallito Cantor, Casa de Modas Angelita Forever y la prestigiosa Empresa Disquera Kukuku. Ahora, venga esa música. Y empezaban a sonar los metales, el timbal y la voz que decía: años, meses, días, luces, gente de calor/ enredado en cuerpos bellos, pero sin amor/ y ahora que al fin está en el aroma de tu piel. Baila ahora Cepeda, baila ahora porque en el cielo estos ritmos no los toca San Pedro, decía uno de los mellizos, mientras el otro le seguía el dúo y se carcajeaban. La orquesta sonaba fuerte. En la pista, las parejas frenéticas seguían el ritmo, la amorosa, triste y rápida canción, desesperado, asustado/ lo busco, pero el amor/ desesperado, asustado/ se me escapa otra vez.
jueves, 31 de enero de 2008
Un cigarrillo, la lluvia y tú
Después de cambiar el cheque me fui directo a pagar la renta. Dos meses eran una cruel espera para el monetarizado corazón del dueño de casa. Casi con lágrimas en los ojos vi deshacerse el fajito de billetes frente a mí. Me quedó tan sólo lo necesario para pagar los almuerzos y meriendas que debía, y unos pantalones que había sacado a crédito. Era eso de las seis de la tarde. Parece que en Guayaquil las cosas suceden únicamente a esa hora. Me encaminaba a la nueva oficina que Gutiérrez había alquilado. Estaba en el centro. Parado en la esquina me preguntaba cómo esquivaría a tanta gente que llenaba de baratijas y ropa importada las estrechas veredas y las calles. Algo tenía la ciudad, una magia fenicia, una cercanía al peligro, la luz rosada cayendo sobre las nubes, las hermosas mujeres que iban y venían, los niños pidiendo limosnas, el ruido de las miles de voces que se confundían. Sin embargo, a pesar de las multitudes volcadas diariamente a las calles, Guayaquil no escondía su lado solitario, su melancolía de trópico mezclado con pobreza, sus canciones tristes, cadenciosas o rápidas pero en el fondo tristes. De repente un claxon me deja medio sordo y un taxista voz en cuello grita mira dónde caminas cachudo malparido.
Voy hacia el sur. Me meto al almacén Jairala. ¿Jairala o Jaibala? Tenía una oferta de discos colombianos comprados de contrabando, rayados y viejos, que los quería vender como si fueran de cantante de úpera. No, mejor los compraba en la cachinería. Guayaquil se iba al ocaso con el sol mientras las luces de la noche alumbraban el mismo escenario. Me sentía un tanto incómodo, medio hijueputa, un poquito triste a esa hora. Sigo hacia la nueva oficina. Cruzo por decenas de ferreterías, viendo modelos de baños y materiales de construcción regados en los portales. Me gustaba esa zona. Me detuve a hojear unas revistas viejas de box y artistas del Puerto donde aparecían sonrientes el Chivo Gonzalez abrazado de Irma Aráuz, Hilda Murillo con Fresia Saavedra. En una de esas, como al descuido, me arrimé a una tiendita vieja para comer un sánduche y tomar una coca cola. Tuve que comprar otro para Gutiérrez quien, con seguridad, me reclamaría por mi falta de solidaridad bunderil. No me gustaba tratarlo así, con ese paro muchas veces no me pagaba el día convenido. A lo que llegué a Clemente Ballén y García Avilés recordé con pena el lugar donde vivió mi yunta Eduardo López. Lo habían matado en Manta, un pueblito hermoso y violento que mira al Océano, a tres horas de Guayaquil. Luego de desfigurarlo, los sicarios lo tiraron al mar para ser carnada de tiburones. Seguí por la acera. Crucé por un laberinto de estantes de zapatos que se prolongaba por cuadras y cuadras. A medio camino, tuve que hacerle el quite a un vendedor porque, recordé justo a tiempo, también le debía su billete. Por fin llegué a la dirección que Gutiérrez me había dado.
Fui subiendo poco a poco las estrechas escaleras. Más que por obedecer a algún sentido de cautela, lo hacía porque no había luz y no quería irme de oreja por los escalones. A lo que llegué al primer piso encontré un foquito que despedía una luz mortecina. Tuve que acercarme demasiado a varias puertas para ver los números, con el temor siempre de que alguien abriera del otro lado y pensara que yo era un amigo de lo ajeno, uno de esos raterillos arrancha-relojes. Pero luego concluí que la oficina de Gutiérrez se hallaba al fondo del corredor. Y así fue.
Toqué y salió a la puerta. El tufo que delataba que se había bebido algunas cervezas. Entra Cholo, te estaba esperando. ¿Te gusta la oficina? Ese que está ahí es tu escritorio. Como yo soy el jefe de esta Compañía, me corresponde el más grande. Seguro que no te importa, ¿verdad?. No, le dije, total mi trabajo es afuera. Ahora que si puedes conseguirme una silla más cómoda, encantado la acepto. Ya. Tenías que aparecer con tus reivindicaciones. Eres un puto pedigueño hombre, no te conformas nunca con lo que tienes, replicó injustamente cabreado.
La oficina era estrecha. Gutiérrez ya la había saturado con sus afiches de artistas de cine de los años dorados de Hollywood. Le encantaba hacerse el detective gringo. A veces se ponía un sombrero de indio otavaleño y lo quería hacer pasar como newyorkino. Lo que sí tenía de bueno era que me prestaba sus libros. Había buen material para pasarse todo un día leyendo, tirado sobre el piso, el sofá o un buen petate. Tenía novelas de Julio Verne, de vaqueros, otras de Dashiell Hammett, una edición cubana con los cuentos completos de Sir Conan Doyle. Era de éste que había aprendido a decirme “elemental, querido Cholo”. Mi escritorio, en cambio, se reducía a una mesita de cuatro patas flacas, llena de papeles. Trabajo es trabajo, no importaba la mesita.
¿Qué hay para estos días? pregunté. Un problema serio. Hay que hacer un trabajo con un tipo de la Policía Nacional, un Sargento que trabaja en drogas. Es un serrano, se llama Miller. Que sea serrano y policía no me extraña, le aclaré. Como si no hubiera dicho nada, Gutiérrez prosiguió. El problema es que es un trabajo a medias. Es un caso en el que la mitad es oficial -esa es la parte de Miller- y la otra mitad es privada -esa es tu parte. Si se resuelve el asunto, el chapa va a querer por lo menos un centro del billete, y aún no ha dicho ni cuánto hay ni qué tanto por ciento quiere. Eso no es problema Gutiérrez, le dije, con esta crisis económica, cualquier tajada es buena. Pero, te confieso, no me gusta eso de trabajar con un policía, tú sabes que no es mi dato y también sabes porqué. No seas prejuiciado. No todos son iguales, Miller es un buen tipo, ya lo verás. Cada vez que Gutiérrez decía “tipo” me daban ganas de reírmele en la cara. Había aprendido esa palabra viendo series de detectives en la televisión. Pero, bueno, esa era su nota. ¿Cuándo podemos encontrarnos Miller y yo?, pregunté. Está por llegar, respondió. Me puse a leer los crímenes en el diario de la tarde mientras se aparecía el raya. Hasta que cayó.
Después de unas conversaciones empezamos el trabajo, no sin antes unas bielas en nombre de la solidaridad camellil. Me pareció una buena persona. Tenía sus cosas, como todos, pero nada fuera de lo soportable. En esta ciudad nací y crecí, pero mi corazón está en Riobamba, me dijo después de habernos tomado las primeras cervezas. Estábamos en el Mechita, en la 8va y Ayacucho, zona medio candela. Las hembras eran alegres y acolitaban todo. Si uno quería algo más con ellas, había que tratarlo fuera del local. La rockola nos llevaba de Carmencita Lara a Jesús Vásquez, de Aladino a Tito Cortéz, de Alci Acosta a Kike Vega (Kika, a decir verdad, la triunfante newyorkina, según el pueblo) de Máximo León a Cecilio Alava y etcétera de los etcéteras.
Miller hablaba de su familia. La plena es que, cuando uno tiene una familia, siempre la lleva en el mate. Pedimos otras cervezas. Era jueves, hacía calor y la humedad aumentaba a causa de una garúa. Fines de marzo y el invierno había parado su racha de inundaciones. Pero esa garuita se merecía un tango y, ergo, puse una de Goyeneche. ¡No sabía que te gustaba también el tango! dijo asombrado Miller. Sí, repliqué, en mi casa siempre oíamos tangos, mi viejo y mis hermanos los cantaban en cada borrachera. A mí también me gustan. ¿Te acuerdas de ese que dice acaso te llamaran solamente María/ no sé si eras el eco de una vieja canción? Esa se llama María y la canta El Varón del Tango, Julio Sosa, sentencié. Cholo Cepeda, tú y yo vamos a ser buenos panas, eso lo veo clarito. Chupa chucha, le dije entusiasmado a causa de mi acierto musical, lo confianzudo de llamarme cholo y las primeras alegrías que produce la cerveza.
A la noche siguiente fuimos a encontrarnos con una mujer. Era joven, unos veintitrés años. Tenía buen cuerpo y hablaba clara y decididamente. Miller ya me había contado de lo que se trataba. Ana, éste es el detective con quien vamos a trabajar. Buenas noches, le dije, me llamo Luis Cepeda Cortéz, sabiendo que su verdadero nombre era otro. Estoy enterado del caso, sepa que lo lamento y que estoy dispuesto a cooperar en todo lo que pueda. Ella sonrió, pero detrás de la sonrisa dejaba ver su tristeza. Empezaremos por la zona donde ocurrió todo. Lo único que quiero es encontrar al desgraciado, al hijo de puta ese que me violó, dijo ella, como para cerrar la presentación. A la noche siguiente salimos por primera vez.
Había que vernos, era cosa bien rara. Yo me había puesto unos lentes de contacto verdes que me estorbaban demasiado y me hacían llorar. Llevaba también una peluca y un vestido oscuro. En mi cartera, en medio de chapas y lápices de maquillaje, un revólver y una pistola. Las pendejadas que uno debe hacer en nombre del trabajo, aunque en Guayaquil los hombres se visten de viudas cada 31 de diciembre. Miller llevaba un pantalón azul marino y unas sandalias de cuero. Según mi punto de vista macho-estético, se había pintado demasiado los labios. Jodido besar a una hembra así. No pensaba que nos podrían confundir con mujeres, pero Ana y Miller juraban que sí. Si éramos mujeres, éramos mujeres bastante feas. A los hombres no les importa si una mujer es fea o bonita, sólo si sirve para lo que quieren, dijo ella al salir del vehículo. Se detuvo un momento, nos miró e hizo seña de que iba a entrar a la discoteca. Nosotros, siempre desde el carro, vimos cómo le cruzaba un billete al de la puerta para que le diera paso. Salió luego de unos diez minutos. Nada, no está aquí, vamos a la vuelta, dijo. Fuimos. Ocurrió lo mismo.
Repetimos la actuación varias noches más. En una de esas se armó la grande. Ella, que ya tenía más de veinte minutos en una discoteca buscando al violador, apareció de repente casi tumbando la puerta. A lo que la vimos, salimos del auto y la cubrimos con disparos al aire, mientras los transeúntes se refugiaban y ella se subía y partíamos velozmente. ¿Qué pasó? ¿Lo encontraste? preguntó Miller. A él no, pero sí a la gente que trabaja en mi oficina. No me reconocieron, pero tuve que hacerles la conversa hasta que uno de ellos comenzó a tocarme. Le pegué un rodillazo en las pelotas y con el revólver le dí un cachazo en la cabeza. Salí corriendo. No sabía que tenías un revólver, le dije medio sorprendido. ¿Y qué te crees? ¿Que voy a andar metida en esto así nomás? Revólver y navaja, por si acaso. ¿Y para qué estamos nosotros? repliqué. Para ayudarme, que en eso quedamos desde el principio, contestó molesta. Está bien, no te preocupes, pero ten cuidado con eso, uno nunca sabe, le dije tratando de terminar la discrepancia.
Ya teníamos más de un mes en la búsqueda y me estaba acostumbrando al disfraz. Lo único que no me terminaba de convencer eran los lentes de contacto. Ustedes son muy buenos conmigo, dijo una noche, con tono de esas amigas de barrio con las cuales uno crece y se encariña. Gracias por todo, añadía. Seguimos la rutina. Ella entraba, nosotros esperábamos unos minutos y luego salía. Varias veces me pregunté quién podía ser tan hijueputa para violar a una mujer. Pensaba que de no encontrar al criminal, Ana, o como se llamara, se sentiría demasiado frustrada, muy deprimida seguramente. Cuando uno se deprime así, rara vez soluciona las cosas.
La última noche que la vi tenía el rostro tranquilo. Una de esas caras que dice por fin puedo respirar hondo. Minutos antes había salido de un bar. Al subir al auto dijo tres tiros le pegué al hijueputa, ahora sí, por fin, ya podemos irnos.
Voy hacia el sur. Me meto al almacén Jairala. ¿Jairala o Jaibala? Tenía una oferta de discos colombianos comprados de contrabando, rayados y viejos, que los quería vender como si fueran de cantante de úpera. No, mejor los compraba en la cachinería. Guayaquil se iba al ocaso con el sol mientras las luces de la noche alumbraban el mismo escenario. Me sentía un tanto incómodo, medio hijueputa, un poquito triste a esa hora. Sigo hacia la nueva oficina. Cruzo por decenas de ferreterías, viendo modelos de baños y materiales de construcción regados en los portales. Me gustaba esa zona. Me detuve a hojear unas revistas viejas de box y artistas del Puerto donde aparecían sonrientes el Chivo Gonzalez abrazado de Irma Aráuz, Hilda Murillo con Fresia Saavedra. En una de esas, como al descuido, me arrimé a una tiendita vieja para comer un sánduche y tomar una coca cola. Tuve que comprar otro para Gutiérrez quien, con seguridad, me reclamaría por mi falta de solidaridad bunderil. No me gustaba tratarlo así, con ese paro muchas veces no me pagaba el día convenido. A lo que llegué a Clemente Ballén y García Avilés recordé con pena el lugar donde vivió mi yunta Eduardo López. Lo habían matado en Manta, un pueblito hermoso y violento que mira al Océano, a tres horas de Guayaquil. Luego de desfigurarlo, los sicarios lo tiraron al mar para ser carnada de tiburones. Seguí por la acera. Crucé por un laberinto de estantes de zapatos que se prolongaba por cuadras y cuadras. A medio camino, tuve que hacerle el quite a un vendedor porque, recordé justo a tiempo, también le debía su billete. Por fin llegué a la dirección que Gutiérrez me había dado.
Fui subiendo poco a poco las estrechas escaleras. Más que por obedecer a algún sentido de cautela, lo hacía porque no había luz y no quería irme de oreja por los escalones. A lo que llegué al primer piso encontré un foquito que despedía una luz mortecina. Tuve que acercarme demasiado a varias puertas para ver los números, con el temor siempre de que alguien abriera del otro lado y pensara que yo era un amigo de lo ajeno, uno de esos raterillos arrancha-relojes. Pero luego concluí que la oficina de Gutiérrez se hallaba al fondo del corredor. Y así fue.
Toqué y salió a la puerta. El tufo que delataba que se había bebido algunas cervezas. Entra Cholo, te estaba esperando. ¿Te gusta la oficina? Ese que está ahí es tu escritorio. Como yo soy el jefe de esta Compañía, me corresponde el más grande. Seguro que no te importa, ¿verdad?. No, le dije, total mi trabajo es afuera. Ahora que si puedes conseguirme una silla más cómoda, encantado la acepto. Ya. Tenías que aparecer con tus reivindicaciones. Eres un puto pedigueño hombre, no te conformas nunca con lo que tienes, replicó injustamente cabreado.
La oficina era estrecha. Gutiérrez ya la había saturado con sus afiches de artistas de cine de los años dorados de Hollywood. Le encantaba hacerse el detective gringo. A veces se ponía un sombrero de indio otavaleño y lo quería hacer pasar como newyorkino. Lo que sí tenía de bueno era que me prestaba sus libros. Había buen material para pasarse todo un día leyendo, tirado sobre el piso, el sofá o un buen petate. Tenía novelas de Julio Verne, de vaqueros, otras de Dashiell Hammett, una edición cubana con los cuentos completos de Sir Conan Doyle. Era de éste que había aprendido a decirme “elemental, querido Cholo”. Mi escritorio, en cambio, se reducía a una mesita de cuatro patas flacas, llena de papeles. Trabajo es trabajo, no importaba la mesita.
¿Qué hay para estos días? pregunté. Un problema serio. Hay que hacer un trabajo con un tipo de la Policía Nacional, un Sargento que trabaja en drogas. Es un serrano, se llama Miller. Que sea serrano y policía no me extraña, le aclaré. Como si no hubiera dicho nada, Gutiérrez prosiguió. El problema es que es un trabajo a medias. Es un caso en el que la mitad es oficial -esa es la parte de Miller- y la otra mitad es privada -esa es tu parte. Si se resuelve el asunto, el chapa va a querer por lo menos un centro del billete, y aún no ha dicho ni cuánto hay ni qué tanto por ciento quiere. Eso no es problema Gutiérrez, le dije, con esta crisis económica, cualquier tajada es buena. Pero, te confieso, no me gusta eso de trabajar con un policía, tú sabes que no es mi dato y también sabes porqué. No seas prejuiciado. No todos son iguales, Miller es un buen tipo, ya lo verás. Cada vez que Gutiérrez decía “tipo” me daban ganas de reírmele en la cara. Había aprendido esa palabra viendo series de detectives en la televisión. Pero, bueno, esa era su nota. ¿Cuándo podemos encontrarnos Miller y yo?, pregunté. Está por llegar, respondió. Me puse a leer los crímenes en el diario de la tarde mientras se aparecía el raya. Hasta que cayó.
Después de unas conversaciones empezamos el trabajo, no sin antes unas bielas en nombre de la solidaridad camellil. Me pareció una buena persona. Tenía sus cosas, como todos, pero nada fuera de lo soportable. En esta ciudad nací y crecí, pero mi corazón está en Riobamba, me dijo después de habernos tomado las primeras cervezas. Estábamos en el Mechita, en la 8va y Ayacucho, zona medio candela. Las hembras eran alegres y acolitaban todo. Si uno quería algo más con ellas, había que tratarlo fuera del local. La rockola nos llevaba de Carmencita Lara a Jesús Vásquez, de Aladino a Tito Cortéz, de Alci Acosta a Kike Vega (Kika, a decir verdad, la triunfante newyorkina, según el pueblo) de Máximo León a Cecilio Alava y etcétera de los etcéteras.
Miller hablaba de su familia. La plena es que, cuando uno tiene una familia, siempre la lleva en el mate. Pedimos otras cervezas. Era jueves, hacía calor y la humedad aumentaba a causa de una garúa. Fines de marzo y el invierno había parado su racha de inundaciones. Pero esa garuita se merecía un tango y, ergo, puse una de Goyeneche. ¡No sabía que te gustaba también el tango! dijo asombrado Miller. Sí, repliqué, en mi casa siempre oíamos tangos, mi viejo y mis hermanos los cantaban en cada borrachera. A mí también me gustan. ¿Te acuerdas de ese que dice acaso te llamaran solamente María/ no sé si eras el eco de una vieja canción? Esa se llama María y la canta El Varón del Tango, Julio Sosa, sentencié. Cholo Cepeda, tú y yo vamos a ser buenos panas, eso lo veo clarito. Chupa chucha, le dije entusiasmado a causa de mi acierto musical, lo confianzudo de llamarme cholo y las primeras alegrías que produce la cerveza.
A la noche siguiente fuimos a encontrarnos con una mujer. Era joven, unos veintitrés años. Tenía buen cuerpo y hablaba clara y decididamente. Miller ya me había contado de lo que se trataba. Ana, éste es el detective con quien vamos a trabajar. Buenas noches, le dije, me llamo Luis Cepeda Cortéz, sabiendo que su verdadero nombre era otro. Estoy enterado del caso, sepa que lo lamento y que estoy dispuesto a cooperar en todo lo que pueda. Ella sonrió, pero detrás de la sonrisa dejaba ver su tristeza. Empezaremos por la zona donde ocurrió todo. Lo único que quiero es encontrar al desgraciado, al hijo de puta ese que me violó, dijo ella, como para cerrar la presentación. A la noche siguiente salimos por primera vez.
Había que vernos, era cosa bien rara. Yo me había puesto unos lentes de contacto verdes que me estorbaban demasiado y me hacían llorar. Llevaba también una peluca y un vestido oscuro. En mi cartera, en medio de chapas y lápices de maquillaje, un revólver y una pistola. Las pendejadas que uno debe hacer en nombre del trabajo, aunque en Guayaquil los hombres se visten de viudas cada 31 de diciembre. Miller llevaba un pantalón azul marino y unas sandalias de cuero. Según mi punto de vista macho-estético, se había pintado demasiado los labios. Jodido besar a una hembra así. No pensaba que nos podrían confundir con mujeres, pero Ana y Miller juraban que sí. Si éramos mujeres, éramos mujeres bastante feas. A los hombres no les importa si una mujer es fea o bonita, sólo si sirve para lo que quieren, dijo ella al salir del vehículo. Se detuvo un momento, nos miró e hizo seña de que iba a entrar a la discoteca. Nosotros, siempre desde el carro, vimos cómo le cruzaba un billete al de la puerta para que le diera paso. Salió luego de unos diez minutos. Nada, no está aquí, vamos a la vuelta, dijo. Fuimos. Ocurrió lo mismo.
Repetimos la actuación varias noches más. En una de esas se armó la grande. Ella, que ya tenía más de veinte minutos en una discoteca buscando al violador, apareció de repente casi tumbando la puerta. A lo que la vimos, salimos del auto y la cubrimos con disparos al aire, mientras los transeúntes se refugiaban y ella se subía y partíamos velozmente. ¿Qué pasó? ¿Lo encontraste? preguntó Miller. A él no, pero sí a la gente que trabaja en mi oficina. No me reconocieron, pero tuve que hacerles la conversa hasta que uno de ellos comenzó a tocarme. Le pegué un rodillazo en las pelotas y con el revólver le dí un cachazo en la cabeza. Salí corriendo. No sabía que tenías un revólver, le dije medio sorprendido. ¿Y qué te crees? ¿Que voy a andar metida en esto así nomás? Revólver y navaja, por si acaso. ¿Y para qué estamos nosotros? repliqué. Para ayudarme, que en eso quedamos desde el principio, contestó molesta. Está bien, no te preocupes, pero ten cuidado con eso, uno nunca sabe, le dije tratando de terminar la discrepancia.
Ya teníamos más de un mes en la búsqueda y me estaba acostumbrando al disfraz. Lo único que no me terminaba de convencer eran los lentes de contacto. Ustedes son muy buenos conmigo, dijo una noche, con tono de esas amigas de barrio con las cuales uno crece y se encariña. Gracias por todo, añadía. Seguimos la rutina. Ella entraba, nosotros esperábamos unos minutos y luego salía. Varias veces me pregunté quién podía ser tan hijueputa para violar a una mujer. Pensaba que de no encontrar al criminal, Ana, o como se llamara, se sentiría demasiado frustrada, muy deprimida seguramente. Cuando uno se deprime así, rara vez soluciona las cosas.
La última noche que la vi tenía el rostro tranquilo. Una de esas caras que dice por fin puedo respirar hondo. Minutos antes había salido de un bar. Al subir al auto dijo tres tiros le pegué al hijueputa, ahora sí, por fin, ya podemos irnos.
En un beso la vida
Este asunto se va a resolver por la via rápida, pensé. Estaba clarito. Me encontraba en la oficina esperando a una mujer que me había llamado por teléfono y prefería tratar el asunto personalmente. Suena el timbre, abro y me encuentro con un mujerón, un troncazo de hembra con un vestido ligero ceñido al cuerpo y unos zapatos de taco alto. La invité a pasar. Se sentó y me contó con tristeza que el marido ya no le ponía atención como antes ni le hacía los mismos cariñitos de cuando eran novios. Mientras ella iba a los nostálgicos detalles amorosos yo sentía poco a poco una erección de esas que le vienen a uno con el chuchaqui, con una noche de frío o con un par de ceviches de camarón y aguacate. La mujer terminó llorando, quejándose de su suerte. Cholito Cepeda, me dije, esta dama requiere de tus servicios profesionales.
Le conté el plan para descubrir si el marido la engañaba o no. Estuvo de acuerdo y me dijo cómo, cuándo y dónde podía encontrarlo. Al final me mostró una foto en la que estaban ambos en traje de baño, posiblemente en las playas de General Villamil, a juzgar por las casitas de caña que se divisaban al fondo. Le dije que íbamos a estar en contacto pero que no me llamara, que yo sabría localizarla. Ella abrió su cartera y sacó un tuquito de billetes para gastos iniciales. Cuando se despidió me dió la mano y suavemente me dijo confío en usted. Vi como se alejaba, meneando su grande y hermoso trasero por el corredor. Yo imaginaba caderas con poses dignas de un amplio campo de batalla. Buenas razones debía tener un hombre para desatender tan gratos deberes. Saber el porqué era lo que más me intrigaba.
Al día siguiente fui, medio hecho el pendejo, a dejar una carta al correo. Una carta con una dirección falsa, por supuesto. A lo que me voy a la ventanilla sale un tipo mal encarado a atenderme. Ya vamos a cerrar, es la hora del lunch. Lo miré de frente, boté un poco de aire por la nariz haciendo un sonido de cabreadera y, como al descuido, dejé que viera la pistola que llevaba entre el pantalón y la barriga. El lunch puede esperar un par de minutos ¿no le parece?. Al ver el arma se puso nervioso, le temblaron las manos y me cobró la tarifa mínima. Muchas gracias, le dije. Cuando gané la calle me dirigí hacia el Barrio Chino.
Ya tenía separada una esquinita en el Chifa que frecuentaba el marido infiel. Oculto en la parte más tenue, pedí una Club verde y un pescado a la marinera (esta última frase se la había copiado a Gutiérrez, porque el famoso “pescado a la marinera” era sólo un puto pescado frito, con arroz y tomate). Le eché una ojeada a la página deportiva del diario. Barcelona y Emelec se iban a enfrentar el domingo y había apostado al equipo millonario, al ballet azul, que era obviamente mi equipo.
Mientras esperaba que cayera el del correo, por lo del partido de fútbol, recordé el caso de Alausí, el polvo con Gabriela Maruri, los canelazos, los pasillos y la tarde fría de los Andes. Al mismo tiempo que llegó mi pescado frito, vi que en la segunda mesa se sentaban dos hombres: el empleado del correo -que era el marido infiel- y otro más que no podía distinguir por el resplandor que venía desde la calle.
Estuvieron conversando y comiendo más de media hora. Yo iba por la tercera cerveza, la cual, dicho sea de paso, estaba muy fría y sabrosa. Cuando se fueron llamé al mesero, un flaquito medio mugroso, con pantalón negro y camisa amarillenta. Me dió los detalles que necesitaba y que, sin querer mostrar vanidad en mi persona, aumentaban mis ya elaboradas sospechas. Sólo faltaba la confirmación. Hasta que llegara la hora de salida quedaban unas cuatro horas, así que opté por irme al cine Metro. Estaban estrenando una película de Michelle Pfeiffer que encajaba con mi necesidad de matar la abulia de la tarde.
Cuando llegué al cine había una cola larguísima y la boletería estaba aún cerrada. Democráticamente me paré al final, mientras seguía llegando más gente. A lo que abrieron la ventanilla se armó el coge-coge. Aparecieron tres vagos tirados a bacanes, sorprendedores, a meterse deúna a comprar las entradas, sin hacer fila. La gente inicialmente protestó pero al final se quedó fría, como diciendo qué chucha. Así es Guayaquil. La gente reclama pero al final les vale verga todo. Como resultado de esta reflexión, del calor de la tarde y de las ganas de amenizar el ambiente, salí de la fila.
Al primero que vi le pegué una patada en el culo. A lo que se viró le di otra en los guevos. Se cayó de rodillas y chúm, un sonoro chancletazo la cara. Todo rápido, como en una película de Bruce Lee. El segundo se vino furioso y yo, recordando las enseñanzas de los duros de la 9 de Octubre, me levanté por el aire y de una chalaca le pateé la quijada. De remate, a lo que se iba cayendo, le pegué un certero puñete a la altura de la sien izquierda. Faltaba el tercero. La gente de la fila ya había formado un círculo y me hacían barra gritando dale a ese hijueputa, dale a ese hijueputa. El tercero se me abrió a la calle, me hizo una lámpara, un amague con los brazos, una quimba de boxeador coreano, y sacó un cuchillo matachancho. Con el arma blanca me tiró chamullo de navajero veneno. Ahora vas a ver cholo hijueputa, oí que dijo repetidamente, al mismo tiempo que lanzaba cortadas al aire. Yo, por las guevas no había visto las películas de Indiana Jones. Me lo quedé mirando. Puse cara de me valesverga, desenfundé la pistola y con las dos manos lo apunté. Bota el cuchillo, caradeverga. Me le acerqué hasta tenerlo entre ceja y ceja. El que va a ver ahora eres tú, chuchetumadre, le dije. Se puso pálido. Le hice abrir la boca y le metí el cañón hasta el fondo de la garganta. Si vomitas te disparo, le advertí. El hijueputa lloraba. Los otros dos -ya recuperados- me imploraban no lo mate señor, por favor no lo mate. Le saqué la pistola de la boca y le pegué un cachazo en la cabeza. Eso es para que aprendas un poco de buenos modales, conchetumadre. Ahora lárguense de aquí los tres. La gente arremolinada gritaba pégale más, pégale a síjue. Un policía que cruzaba por allí, y que debió suponer que yo era de los suyos, sólo se reía, como diciendo qué chucha y siga el circo. Me acomodé la ropa, compré mi boleto y acudí a la cita que Michelle Pfeiffer y yo habíamos acordado.
A lo que salí del cine tenía ganas de cagarme de risa. Este Batman es un maricón, pensaba. Pero maricón no porque dé la nalga -yo tampoco tenía nada en contra de la gayez, que cada quien haga con su culo lo que quiera- no porque dé la nalga sino porque la que le dan no la disfruta, sobre todo si era la de Gatúvela. Yo de Batman hace rato que tendría mis gatitos con ese tronco de felina. La tarde empezaba a refrescar. Si había algo que Batman tenía de malo era su amistad tuseril con el Joven Maravilla. Buen par de ollas. Cada vez que Gatúvela se aparecía para tentar al Hombre Murciélago, la señorita Robin, con esa voz de aniñado de colegio de curas, le decía ella es mala Batman, ella está tramando algo Batman, ella representa el crimen organizado Batman. Y lo que Gatúvela representaba era la arrechera andando. Lo que de verdad tramaba era pegarse un palo en la Baticueva. Lo malo era que el de la capa negra no la hiciera maullar en noche de luna llena. Pero nada. Todo por culpa del Joven Maravilla. Robin chuchetumadre, maricón tapiñado, cortanota al guevo, metido hijueputa, lo que necesitas es que te batan los frijoles y te remuevan las chuletas. Y así terminaba mis cavilaciones chucheriles mientras llegaba al correo.
En la esquina de Aguirre y Pedro Carbo, junto al quiosco de revistas, me paré otra vez hecho el cojudo, como que iba a comprar algo. El marido infiel pasó detrás mío. Lo seguí. Se metió a un almacén y salió después de unos minutos con una fundita. Algo para despistar a su mujer, pensé. Con el fin de la calurosa tarde la gente empezaba a poblar las calles. Caminó unas cuadras más hasta que se metió a un antro de relajillo llamado Ejercicios Espirituales. Dejé que pasaran unos minutos para ver si salía. Pero nada. Opté por entrar. A lo que estaba ya casi adentro siento una mano que me agarra el hombro y una voz que me dice hombres solos no entran. El guardia, dos metros de carne y huesos sin cerebro, se paró firme y me repitió la frase. Estoy haciendo un trabajo especial, le dije, mientras sacaba un billete del tuquito que la mujer me había dado, y se lo cruzaba en corto. ¡Caballero! ¡Siga nomás por favor! me dijo.
Entré. Todo estaba oscurísimo. Poco a poco mis ojos se fueron acostumbrando a la penumbra. Caminé a la barra. La luz de neón iluminaba unos pocos metros de la pista de baile. Pedí un daiquirí. Sonaba una canción de la Billo’s Caracas Boys con tu care’ parampampím/ pim pum pam/ con tu care’ parampampín/ pim pum pam/ yo te he visto con María guarachando en el solar. No sabía que aún se escuchaba a la Billo’s por estos lares. Luego siguió el Jefe Daniel Santos cantando nunca sabré qué milagros nos trae esta noche/ nunca sabré en qué tiempo llegó este quereeeeeer. Y seguía Chavela Vargas, con el desconocido y hermoso bolero Sí de morir se trata, consagrado por los críticos quiteños de música popular. ¿Y el infiel? Ni seña. Ya lo imaginaba en la jugada ilícita. No había que desesperarse, ya saldría a bailar.
Me molestaba eso de andar siguiendo ponecachos, la gente piensa que sólo para eso trabajamos. Además, estas historias suelen tener sus bemoles, y muchas veces los resultados no son agradables. Hay mucha mierda de por medio: mujeres golpeadas, gente asesinada por celos, abandono de hijos, alcoholismo. Pero si hay mierda es porque la vida misma es una mierda, y esta no sería la última vez. Recordaba al patucho Gaitán Villavicencio, un loquito del barrio, quien afirmaba con solemnidad que el problema no eran los cachos sino que uno no sabía disfrutarlos, y que al final se cumplía la máxima “el que a cacho mata a cacho muere”. Ahora sonaban unas baladas de Camilo Sesto -Camila Primera, según me informa el super agente Omar Kuerislai desde Nueva York- y el infiel: naranjas, no salía a pegarse ni un serruchito. Ya eran golpe de ocho, no lo había visto aún y yo iba por mi quinto daiquirí. Salí y le pregunté al guardia si había visto irse a una pareja. Que no me dijo, que las parejas se retiraban más tarde. Entré nuevamente y me di una vuelta, como para ver si encontraba el dato ilícito. Y así fue.
Habían pasado tres días y tenía que darle el informe a la mujer. Aún no había decidido qué mismo decirle, el asunto podría volverse más espinoso de lo que era. Sonó el timbre y allí estaba, con un vestido tan ceñido como el primero. Entró y le pregunté si bebía algo ¿una cola, agua fresca, una cerveza? ¿Tiene ron? me preguntó. Sí, le dije. ¿Podría prepararme un Cuba Libre? Le serví su bebida, me preparé un vodka con agua tónica y mucho hielo, y comenzamos a hablar. Me repitió que ella estaba desilusionada de su esposo, que él ya no la quería y que se sentía muy sola. La dejé que hablara, que botara todo lo que tenía guardado. Estaba triste, lejana y triste, quizá porque recordaba episodios viejos, de otra gente, otros pasados que eran en realidad una historia que se repetía y repetía para todos. ¿Por qué le cuento esto? No le dije nada. Ella se acercó, tomó mi mano y la puso sobre su mejilla. Todo eso que había sido pensamiento y deseo, de pronto se fue volviendo algo presente, palpable, como si poco a poco se iluminara un escenario. Nos desvestimos en medio de besos, mordidas y lamidas furiosas. Hicimos el amor sobre el escritorio lleno de papeles, sobre las sillas viejas, en el suelo. Una y otra vez, como si fuéramos rio abajo, arrastrados por la corriente, desbarrancados, deshaciéndonos en el trayecto.
Cuando se despidió respondí que sí, que su marido andaba con otra mujer. Yo estaba seguro de que no podría imaginarse ni aceptar lo que verdaderamente vi. Tampoco tenía sentido complicar más las cosas.
Le conté el plan para descubrir si el marido la engañaba o no. Estuvo de acuerdo y me dijo cómo, cuándo y dónde podía encontrarlo. Al final me mostró una foto en la que estaban ambos en traje de baño, posiblemente en las playas de General Villamil, a juzgar por las casitas de caña que se divisaban al fondo. Le dije que íbamos a estar en contacto pero que no me llamara, que yo sabría localizarla. Ella abrió su cartera y sacó un tuquito de billetes para gastos iniciales. Cuando se despidió me dió la mano y suavemente me dijo confío en usted. Vi como se alejaba, meneando su grande y hermoso trasero por el corredor. Yo imaginaba caderas con poses dignas de un amplio campo de batalla. Buenas razones debía tener un hombre para desatender tan gratos deberes. Saber el porqué era lo que más me intrigaba.
Al día siguiente fui, medio hecho el pendejo, a dejar una carta al correo. Una carta con una dirección falsa, por supuesto. A lo que me voy a la ventanilla sale un tipo mal encarado a atenderme. Ya vamos a cerrar, es la hora del lunch. Lo miré de frente, boté un poco de aire por la nariz haciendo un sonido de cabreadera y, como al descuido, dejé que viera la pistola que llevaba entre el pantalón y la barriga. El lunch puede esperar un par de minutos ¿no le parece?. Al ver el arma se puso nervioso, le temblaron las manos y me cobró la tarifa mínima. Muchas gracias, le dije. Cuando gané la calle me dirigí hacia el Barrio Chino.
Ya tenía separada una esquinita en el Chifa que frecuentaba el marido infiel. Oculto en la parte más tenue, pedí una Club verde y un pescado a la marinera (esta última frase se la había copiado a Gutiérrez, porque el famoso “pescado a la marinera” era sólo un puto pescado frito, con arroz y tomate). Le eché una ojeada a la página deportiva del diario. Barcelona y Emelec se iban a enfrentar el domingo y había apostado al equipo millonario, al ballet azul, que era obviamente mi equipo.
Mientras esperaba que cayera el del correo, por lo del partido de fútbol, recordé el caso de Alausí, el polvo con Gabriela Maruri, los canelazos, los pasillos y la tarde fría de los Andes. Al mismo tiempo que llegó mi pescado frito, vi que en la segunda mesa se sentaban dos hombres: el empleado del correo -que era el marido infiel- y otro más que no podía distinguir por el resplandor que venía desde la calle.
Estuvieron conversando y comiendo más de media hora. Yo iba por la tercera cerveza, la cual, dicho sea de paso, estaba muy fría y sabrosa. Cuando se fueron llamé al mesero, un flaquito medio mugroso, con pantalón negro y camisa amarillenta. Me dió los detalles que necesitaba y que, sin querer mostrar vanidad en mi persona, aumentaban mis ya elaboradas sospechas. Sólo faltaba la confirmación. Hasta que llegara la hora de salida quedaban unas cuatro horas, así que opté por irme al cine Metro. Estaban estrenando una película de Michelle Pfeiffer que encajaba con mi necesidad de matar la abulia de la tarde.
Cuando llegué al cine había una cola larguísima y la boletería estaba aún cerrada. Democráticamente me paré al final, mientras seguía llegando más gente. A lo que abrieron la ventanilla se armó el coge-coge. Aparecieron tres vagos tirados a bacanes, sorprendedores, a meterse deúna a comprar las entradas, sin hacer fila. La gente inicialmente protestó pero al final se quedó fría, como diciendo qué chucha. Así es Guayaquil. La gente reclama pero al final les vale verga todo. Como resultado de esta reflexión, del calor de la tarde y de las ganas de amenizar el ambiente, salí de la fila.
Al primero que vi le pegué una patada en el culo. A lo que se viró le di otra en los guevos. Se cayó de rodillas y chúm, un sonoro chancletazo la cara. Todo rápido, como en una película de Bruce Lee. El segundo se vino furioso y yo, recordando las enseñanzas de los duros de la 9 de Octubre, me levanté por el aire y de una chalaca le pateé la quijada. De remate, a lo que se iba cayendo, le pegué un certero puñete a la altura de la sien izquierda. Faltaba el tercero. La gente de la fila ya había formado un círculo y me hacían barra gritando dale a ese hijueputa, dale a ese hijueputa. El tercero se me abrió a la calle, me hizo una lámpara, un amague con los brazos, una quimba de boxeador coreano, y sacó un cuchillo matachancho. Con el arma blanca me tiró chamullo de navajero veneno. Ahora vas a ver cholo hijueputa, oí que dijo repetidamente, al mismo tiempo que lanzaba cortadas al aire. Yo, por las guevas no había visto las películas de Indiana Jones. Me lo quedé mirando. Puse cara de me valesverga, desenfundé la pistola y con las dos manos lo apunté. Bota el cuchillo, caradeverga. Me le acerqué hasta tenerlo entre ceja y ceja. El que va a ver ahora eres tú, chuchetumadre, le dije. Se puso pálido. Le hice abrir la boca y le metí el cañón hasta el fondo de la garganta. Si vomitas te disparo, le advertí. El hijueputa lloraba. Los otros dos -ya recuperados- me imploraban no lo mate señor, por favor no lo mate. Le saqué la pistola de la boca y le pegué un cachazo en la cabeza. Eso es para que aprendas un poco de buenos modales, conchetumadre. Ahora lárguense de aquí los tres. La gente arremolinada gritaba pégale más, pégale a síjue. Un policía que cruzaba por allí, y que debió suponer que yo era de los suyos, sólo se reía, como diciendo qué chucha y siga el circo. Me acomodé la ropa, compré mi boleto y acudí a la cita que Michelle Pfeiffer y yo habíamos acordado.
A lo que salí del cine tenía ganas de cagarme de risa. Este Batman es un maricón, pensaba. Pero maricón no porque dé la nalga -yo tampoco tenía nada en contra de la gayez, que cada quien haga con su culo lo que quiera- no porque dé la nalga sino porque la que le dan no la disfruta, sobre todo si era la de Gatúvela. Yo de Batman hace rato que tendría mis gatitos con ese tronco de felina. La tarde empezaba a refrescar. Si había algo que Batman tenía de malo era su amistad tuseril con el Joven Maravilla. Buen par de ollas. Cada vez que Gatúvela se aparecía para tentar al Hombre Murciélago, la señorita Robin, con esa voz de aniñado de colegio de curas, le decía ella es mala Batman, ella está tramando algo Batman, ella representa el crimen organizado Batman. Y lo que Gatúvela representaba era la arrechera andando. Lo que de verdad tramaba era pegarse un palo en la Baticueva. Lo malo era que el de la capa negra no la hiciera maullar en noche de luna llena. Pero nada. Todo por culpa del Joven Maravilla. Robin chuchetumadre, maricón tapiñado, cortanota al guevo, metido hijueputa, lo que necesitas es que te batan los frijoles y te remuevan las chuletas. Y así terminaba mis cavilaciones chucheriles mientras llegaba al correo.
En la esquina de Aguirre y Pedro Carbo, junto al quiosco de revistas, me paré otra vez hecho el cojudo, como que iba a comprar algo. El marido infiel pasó detrás mío. Lo seguí. Se metió a un almacén y salió después de unos minutos con una fundita. Algo para despistar a su mujer, pensé. Con el fin de la calurosa tarde la gente empezaba a poblar las calles. Caminó unas cuadras más hasta que se metió a un antro de relajillo llamado Ejercicios Espirituales. Dejé que pasaran unos minutos para ver si salía. Pero nada. Opté por entrar. A lo que estaba ya casi adentro siento una mano que me agarra el hombro y una voz que me dice hombres solos no entran. El guardia, dos metros de carne y huesos sin cerebro, se paró firme y me repitió la frase. Estoy haciendo un trabajo especial, le dije, mientras sacaba un billete del tuquito que la mujer me había dado, y se lo cruzaba en corto. ¡Caballero! ¡Siga nomás por favor! me dijo.
Entré. Todo estaba oscurísimo. Poco a poco mis ojos se fueron acostumbrando a la penumbra. Caminé a la barra. La luz de neón iluminaba unos pocos metros de la pista de baile. Pedí un daiquirí. Sonaba una canción de la Billo’s Caracas Boys con tu care’ parampampím/ pim pum pam/ con tu care’ parampampín/ pim pum pam/ yo te he visto con María guarachando en el solar. No sabía que aún se escuchaba a la Billo’s por estos lares. Luego siguió el Jefe Daniel Santos cantando nunca sabré qué milagros nos trae esta noche/ nunca sabré en qué tiempo llegó este quereeeeeer. Y seguía Chavela Vargas, con el desconocido y hermoso bolero Sí de morir se trata, consagrado por los críticos quiteños de música popular. ¿Y el infiel? Ni seña. Ya lo imaginaba en la jugada ilícita. No había que desesperarse, ya saldría a bailar.
Me molestaba eso de andar siguiendo ponecachos, la gente piensa que sólo para eso trabajamos. Además, estas historias suelen tener sus bemoles, y muchas veces los resultados no son agradables. Hay mucha mierda de por medio: mujeres golpeadas, gente asesinada por celos, abandono de hijos, alcoholismo. Pero si hay mierda es porque la vida misma es una mierda, y esta no sería la última vez. Recordaba al patucho Gaitán Villavicencio, un loquito del barrio, quien afirmaba con solemnidad que el problema no eran los cachos sino que uno no sabía disfrutarlos, y que al final se cumplía la máxima “el que a cacho mata a cacho muere”. Ahora sonaban unas baladas de Camilo Sesto -Camila Primera, según me informa el super agente Omar Kuerislai desde Nueva York- y el infiel: naranjas, no salía a pegarse ni un serruchito. Ya eran golpe de ocho, no lo había visto aún y yo iba por mi quinto daiquirí. Salí y le pregunté al guardia si había visto irse a una pareja. Que no me dijo, que las parejas se retiraban más tarde. Entré nuevamente y me di una vuelta, como para ver si encontraba el dato ilícito. Y así fue.
Habían pasado tres días y tenía que darle el informe a la mujer. Aún no había decidido qué mismo decirle, el asunto podría volverse más espinoso de lo que era. Sonó el timbre y allí estaba, con un vestido tan ceñido como el primero. Entró y le pregunté si bebía algo ¿una cola, agua fresca, una cerveza? ¿Tiene ron? me preguntó. Sí, le dije. ¿Podría prepararme un Cuba Libre? Le serví su bebida, me preparé un vodka con agua tónica y mucho hielo, y comenzamos a hablar. Me repitió que ella estaba desilusionada de su esposo, que él ya no la quería y que se sentía muy sola. La dejé que hablara, que botara todo lo que tenía guardado. Estaba triste, lejana y triste, quizá porque recordaba episodios viejos, de otra gente, otros pasados que eran en realidad una historia que se repetía y repetía para todos. ¿Por qué le cuento esto? No le dije nada. Ella se acercó, tomó mi mano y la puso sobre su mejilla. Todo eso que había sido pensamiento y deseo, de pronto se fue volviendo algo presente, palpable, como si poco a poco se iluminara un escenario. Nos desvestimos en medio de besos, mordidas y lamidas furiosas. Hicimos el amor sobre el escritorio lleno de papeles, sobre las sillas viejas, en el suelo. Una y otra vez, como si fuéramos rio abajo, arrastrados por la corriente, desbarrancados, deshaciéndonos en el trayecto.
Cuando se despidió respondí que sí, que su marido andaba con otra mujer. Yo estaba seguro de que no podría imaginarse ni aceptar lo que verdaderamente vi. Tampoco tenía sentido complicar más las cosas.
miércoles, 30 de enero de 2008
Bruca Manigua
A lo lejos se podía escuchar la música invitando al baile. Pero de cerca, lo que se escuchaba era un temblor de salsa, sones, rumbas, guarachas, merengues y vallenatos. Así, con esas más que evidentes pistas auditivas, encontramos el Bruca Manigua, antes conocido como El Corrinche, uno de los salones más peligrosos de Guayaquil. Ubicarlo era ya una proeza, pero meternos allí era muestra de arrojada heroicidad o de perfecta imbecilidad, según el color del cristal con que se mire. Apenas parqueamos el taxi una pandilla se hizo presente, con cuchillas y recortadas en mano.
Busco a Rodi Carabalí, les dije, el dueño del salón. El está siempre adentro, nunca sale. ¿Quién eres tú? me preguntaron los pelados, pasada la primera sorprendida. Soy un amigo del barrio, de la Ciudadela 9 de Octubre. Sin preguntar más, se quedaron unos segundos mirándonos, inspeccionándonos, luego desaparecieron entre las casas de caña, los laberínticos recovecos y la oscuridad de la noche. Hasta ese momento no había reparado en que Gutiérrez, el muy imbécil, se había disfrazado de Humphrey Bogard del trópico y se había puesto un gran encauchado, de esos que venden en la Bahía, y un sombrero de fieltro. Tremendo calor en Guayaquil y Gutiérrez con semejante atuendo. Te falta sólo una pipa, le dije irónico. No, si también la tengo, me respondió. Acto seguido sacó de su bolsillo una pipa, la encendió con la mayor tranquilidad del mundo, aspiró un par de veces y dijo bueno ¿vamos a entrar o no?
Cuando entramos, el Bruca Manigua era un hervidero. Los negros y las negras bailaban a todo trapo, el piso de madera se mecía con los acordes, aunque también por la fragilidad de la construcción. Entre las hendijas se podían ver las aguas del estero, manchadas de aceite, soportando los desperdicios que caían de las casas y que, flotando lentamente, se iban con rumbo al golfo, a la lejanía del Pacífico. El salón estaba dividido en varios cuartos, cada uno con su servicio de atención especial. Las bebidas iban desde aguardiente de caña hasta un champagne que hacían en una destilería clandestina, pasando por cerveza, coctelitos inventados por el propietario, vino y whisky locales. Al fondo, detrás del mostrador, se encontraba Rodi Carabalí. Era flaco, de un metro noventa de altura, llevaba siempre un sombrero de paja y un infaltable cigarrillo sin filtro en la boca. Bailaba como sabido, como negro jututo, o de cepa, que es lo mismo, según sus palabras. Vestía generalmente de blanco y guardaba el revólver según el tamaño. Si era muy grande, se lo ponía en el estuche de la espalda; si era pequeño, a la altura de la canilla.
Al vernos entrar hizo señal de quién eres que no te veo a la distancia, y caminó lenta y tranquilamente hacia nosotros. Gutiérrez, por su estrafalario disfraz, era el culpable. No me gustaba nadita que me asociaran con él. De repente, veo a Carabalí frente a mí, y reconociéndome me dijo bróder, compadre. ¿Cómo has estado mi hermano? ¿Cómo así por aquí? ¿Qué te cuentas? Qué húbole Rodi, le dije, vine a tomarme unos tragos, pero con semejante pinta (señalando a Gutiérrez) las ganas ya se me están quitando. ¿O sea que tú andas con esa uña vestida dato Intocable? Sí, tuve que admitir, al hombre se le pelaron los cables a la entrada, dice porque es detective. Detective las que me cuelgan, glosó Rodi. Déjalo por allí y que se tome una cerveza. Oye tú, llévale una cerveza a Eliot Ness. Y uno de los meseros salió disparado, botella en mano, hacia Gutiérrez. Este, arrimado a una pared, callado, con el sombrero tapándole los ojos, como espía de tira cómica, me hizo una seña de que todo estaba bien y que se tomaría tranquilo la cerveza. Eso me daría oportunidad de hablar con Carabalí.
La verdad Rodi, le dije, vine para hablar contigo de un asunto. Se trata del man que mataron hace un par de meses en la Cofradía del Bolero. Yo sé que era tu pana y que andas haciendo tus propias investigaciones, y no te conviene andar en esos asuntos. Déjalo mejor así, hay problemas que uno no puede resolver. El, que me había estado mirando bastante feamente, me preguntó ¿Y cuáles son esos problemas? Los que incluyen a un marino, que fue el que le pegó el tiro. Un oficial al que ya lo cubrieron, le dieron orden de traslado y anda por las Galápagos. Y allá se va a quedar un tiempo. ¿O sea que tú has venido a convencerme de que me quede frío? Matan a un pana y aquí no ha pasado nada. Le dije que tenía razón, pero que en este país de mierda cualquier cojudo con dinero o de las fuerzas armadas tenía licencia para hacer lo que chucha le diera la gana. Era el recuerdito que la última dictadura militar nos había dejado. Me sentía como predicador evangelista, consejero matrimonial o soplón. Cosa, esta última, que era lo que más me cabreaba. Me miró, tomó un vaso de aguardiente con limón y luego otro de cerveza.
Sonaba una canción cuya letra distinguía claramente: Calle Luna, Calle Sol/ en el barrio del guapo no se vive tranquilo/ mide bien tus palabras/ o no vales ni un guiro. Gutiérrez seguía de clandestino, y así se quedaría toda la noche. Pedí una Club verde y le pregunté a Rodi cómo había ocurrido todo. Repitió la dosis de aguardiente y limón con cerveza y empezó. Habíamos estado jugando fútbol, un campeonato de esos que se hacen a cada rato. Como ganamos, nos fuimos a celebrar al Cabo Rojeño. Había mucha gente y queríamos oir un poco de salsa, así que cruzamos al otro extremo, al sur, al bar de Cortijo Bustamante, en el barrio Cuba. Todo estaba bien. Pero ya con los tragos uno comienza a cambiar, a recordar cosas. Luego de unos minutos se les metió en la cabeza lo de ir a la Cofradía del Bolero. Que el bolero es lo mejor, que también te acolitan valses, tangos y pasillos. Cuando llegamos no había mucha gente, sonaba algo de Lucho Gatica, recuerdo. Fue después de mucho rato que se apareció el otro grupo. Llegaron con gente de la Ciudadela, allí estaban Maelo, Bolita, Camachiño, la Huasa, y Papa Chola. Era el cumpleaños de la Huasa. Hicimos una sola rueda y conversa por aquí y conversa por allá. Todo estaba bien. Voy al baño y, a lo que estoy haciendo agua, oigo BUM. Un solo tiro. Salgo y veo a mi pana tirado en el suelo, la gente corriendo, el disco repitiéndose, insultos por todos lados. ¿Qué pasó? pregunté. La única respuesta era vámonos, vámonos, vámonos de esta mierda antes de que lleguen los rayas. Me acerco al pana y tenía el pecho lleno de sangre, agujereado. Lo demás no lo tengo tan claro, los detalles digo. Luego salimos, me dejaron en mi casa y nadie hizo ningún comentario.
Mientras Rodi recreaba la escena yo me había tomado un par de cervezas más. Estaba mosca, haciendo de niñera de Gutiérrez, por si acaso una de sus frecuentes burradas. Habían puesto todo el disco de Héctor Lavoe y ahora se escuchaba: y me pregunto qué hubiera sido de esos amores/ de haberte tú enterado/ que en esa vieja carta yo te pedía perdón. Carabalí continuó: pasaron los días y cuando fui al barrio me enteré del resto. Los pacos habían llegado al poco tiempo y en un patrullero rastrearon al paso a la gente y preguntaron por mí. El que a hierro mata a hierro debe morir, sentenciaba Carabalí, mientras tomaba otro aguardiente con limón.
Llevo el paso vencido del caminante/ yo nací en una tierra lejos de aquí/ si alguna vez preguntan quién fue tu amante/ diles que fue un caminante/ que la vida trajo aquí, cantaba Roberto Torres, mientras pensaba que, como casi todos, yo tampoco sabía cual era mi rumbo, mi vendaval sin rumbo, que era también el de Celio González. El Bruca Manigua reventaba de música y gente. Rodi Carabalí, mi pana, estaba emborrachándose. Valía la pena que yo también me incorporara a la ceremonia. Ya le había dicho lo que quería decirle, pero me quedaba la duda de que, en el fondo, a él le importara demasiado sacrificarse por eso que llamamos la parcería.
Sonaban vallenatos, la gente seguía estremeciéndose, el salón se meneaba lenta y acompasadamente, como si fuera un barco anclado. Gutiérrez había abandonado su rincón gótico y bailaba apretado a una morena de vestido celeste. Yo, caminando lentamente por el laberinto del alcohol, rescataba la última idea sobria de la noche, la que me llevaría no ahora, pero sí en otro momento, a la Cofradía del Bolero.
Busco a Rodi Carabalí, les dije, el dueño del salón. El está siempre adentro, nunca sale. ¿Quién eres tú? me preguntaron los pelados, pasada la primera sorprendida. Soy un amigo del barrio, de la Ciudadela 9 de Octubre. Sin preguntar más, se quedaron unos segundos mirándonos, inspeccionándonos, luego desaparecieron entre las casas de caña, los laberínticos recovecos y la oscuridad de la noche. Hasta ese momento no había reparado en que Gutiérrez, el muy imbécil, se había disfrazado de Humphrey Bogard del trópico y se había puesto un gran encauchado, de esos que venden en la Bahía, y un sombrero de fieltro. Tremendo calor en Guayaquil y Gutiérrez con semejante atuendo. Te falta sólo una pipa, le dije irónico. No, si también la tengo, me respondió. Acto seguido sacó de su bolsillo una pipa, la encendió con la mayor tranquilidad del mundo, aspiró un par de veces y dijo bueno ¿vamos a entrar o no?
Cuando entramos, el Bruca Manigua era un hervidero. Los negros y las negras bailaban a todo trapo, el piso de madera se mecía con los acordes, aunque también por la fragilidad de la construcción. Entre las hendijas se podían ver las aguas del estero, manchadas de aceite, soportando los desperdicios que caían de las casas y que, flotando lentamente, se iban con rumbo al golfo, a la lejanía del Pacífico. El salón estaba dividido en varios cuartos, cada uno con su servicio de atención especial. Las bebidas iban desde aguardiente de caña hasta un champagne que hacían en una destilería clandestina, pasando por cerveza, coctelitos inventados por el propietario, vino y whisky locales. Al fondo, detrás del mostrador, se encontraba Rodi Carabalí. Era flaco, de un metro noventa de altura, llevaba siempre un sombrero de paja y un infaltable cigarrillo sin filtro en la boca. Bailaba como sabido, como negro jututo, o de cepa, que es lo mismo, según sus palabras. Vestía generalmente de blanco y guardaba el revólver según el tamaño. Si era muy grande, se lo ponía en el estuche de la espalda; si era pequeño, a la altura de la canilla.
Al vernos entrar hizo señal de quién eres que no te veo a la distancia, y caminó lenta y tranquilamente hacia nosotros. Gutiérrez, por su estrafalario disfraz, era el culpable. No me gustaba nadita que me asociaran con él. De repente, veo a Carabalí frente a mí, y reconociéndome me dijo bróder, compadre. ¿Cómo has estado mi hermano? ¿Cómo así por aquí? ¿Qué te cuentas? Qué húbole Rodi, le dije, vine a tomarme unos tragos, pero con semejante pinta (señalando a Gutiérrez) las ganas ya se me están quitando. ¿O sea que tú andas con esa uña vestida dato Intocable? Sí, tuve que admitir, al hombre se le pelaron los cables a la entrada, dice porque es detective. Detective las que me cuelgan, glosó Rodi. Déjalo por allí y que se tome una cerveza. Oye tú, llévale una cerveza a Eliot Ness. Y uno de los meseros salió disparado, botella en mano, hacia Gutiérrez. Este, arrimado a una pared, callado, con el sombrero tapándole los ojos, como espía de tira cómica, me hizo una seña de que todo estaba bien y que se tomaría tranquilo la cerveza. Eso me daría oportunidad de hablar con Carabalí.
La verdad Rodi, le dije, vine para hablar contigo de un asunto. Se trata del man que mataron hace un par de meses en la Cofradía del Bolero. Yo sé que era tu pana y que andas haciendo tus propias investigaciones, y no te conviene andar en esos asuntos. Déjalo mejor así, hay problemas que uno no puede resolver. El, que me había estado mirando bastante feamente, me preguntó ¿Y cuáles son esos problemas? Los que incluyen a un marino, que fue el que le pegó el tiro. Un oficial al que ya lo cubrieron, le dieron orden de traslado y anda por las Galápagos. Y allá se va a quedar un tiempo. ¿O sea que tú has venido a convencerme de que me quede frío? Matan a un pana y aquí no ha pasado nada. Le dije que tenía razón, pero que en este país de mierda cualquier cojudo con dinero o de las fuerzas armadas tenía licencia para hacer lo que chucha le diera la gana. Era el recuerdito que la última dictadura militar nos había dejado. Me sentía como predicador evangelista, consejero matrimonial o soplón. Cosa, esta última, que era lo que más me cabreaba. Me miró, tomó un vaso de aguardiente con limón y luego otro de cerveza.
Sonaba una canción cuya letra distinguía claramente: Calle Luna, Calle Sol/ en el barrio del guapo no se vive tranquilo/ mide bien tus palabras/ o no vales ni un guiro. Gutiérrez seguía de clandestino, y así se quedaría toda la noche. Pedí una Club verde y le pregunté a Rodi cómo había ocurrido todo. Repitió la dosis de aguardiente y limón con cerveza y empezó. Habíamos estado jugando fútbol, un campeonato de esos que se hacen a cada rato. Como ganamos, nos fuimos a celebrar al Cabo Rojeño. Había mucha gente y queríamos oir un poco de salsa, así que cruzamos al otro extremo, al sur, al bar de Cortijo Bustamante, en el barrio Cuba. Todo estaba bien. Pero ya con los tragos uno comienza a cambiar, a recordar cosas. Luego de unos minutos se les metió en la cabeza lo de ir a la Cofradía del Bolero. Que el bolero es lo mejor, que también te acolitan valses, tangos y pasillos. Cuando llegamos no había mucha gente, sonaba algo de Lucho Gatica, recuerdo. Fue después de mucho rato que se apareció el otro grupo. Llegaron con gente de la Ciudadela, allí estaban Maelo, Bolita, Camachiño, la Huasa, y Papa Chola. Era el cumpleaños de la Huasa. Hicimos una sola rueda y conversa por aquí y conversa por allá. Todo estaba bien. Voy al baño y, a lo que estoy haciendo agua, oigo BUM. Un solo tiro. Salgo y veo a mi pana tirado en el suelo, la gente corriendo, el disco repitiéndose, insultos por todos lados. ¿Qué pasó? pregunté. La única respuesta era vámonos, vámonos, vámonos de esta mierda antes de que lleguen los rayas. Me acerco al pana y tenía el pecho lleno de sangre, agujereado. Lo demás no lo tengo tan claro, los detalles digo. Luego salimos, me dejaron en mi casa y nadie hizo ningún comentario.
Mientras Rodi recreaba la escena yo me había tomado un par de cervezas más. Estaba mosca, haciendo de niñera de Gutiérrez, por si acaso una de sus frecuentes burradas. Habían puesto todo el disco de Héctor Lavoe y ahora se escuchaba: y me pregunto qué hubiera sido de esos amores/ de haberte tú enterado/ que en esa vieja carta yo te pedía perdón. Carabalí continuó: pasaron los días y cuando fui al barrio me enteré del resto. Los pacos habían llegado al poco tiempo y en un patrullero rastrearon al paso a la gente y preguntaron por mí. El que a hierro mata a hierro debe morir, sentenciaba Carabalí, mientras tomaba otro aguardiente con limón.
Llevo el paso vencido del caminante/ yo nací en una tierra lejos de aquí/ si alguna vez preguntan quién fue tu amante/ diles que fue un caminante/ que la vida trajo aquí, cantaba Roberto Torres, mientras pensaba que, como casi todos, yo tampoco sabía cual era mi rumbo, mi vendaval sin rumbo, que era también el de Celio González. El Bruca Manigua reventaba de música y gente. Rodi Carabalí, mi pana, estaba emborrachándose. Valía la pena que yo también me incorporara a la ceremonia. Ya le había dicho lo que quería decirle, pero me quedaba la duda de que, en el fondo, a él le importara demasiado sacrificarse por eso que llamamos la parcería.
Sonaban vallenatos, la gente seguía estremeciéndose, el salón se meneaba lenta y acompasadamente, como si fuera un barco anclado. Gutiérrez había abandonado su rincón gótico y bailaba apretado a una morena de vestido celeste. Yo, caminando lentamente por el laberinto del alcohol, rescataba la última idea sobria de la noche, la que me llevaría no ahora, pero sí en otro momento, a la Cofradía del Bolero.
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