martes, 24 de junio de 2008

En el Cementerio de Autos

Don Alfredo Cárdenas era un viejo mecánico que, como otros del barrio, había bajado de los Andes con su familia. Era apacible y educado y sabía cómo armar y desarmar todo lo que fuera motores. No recuerdo cuándo se fue ni en qué año regresó. Lo cierto es que un día se embarcó en un buque petrolero sólo para aparecer de manera intermitente muchos meses después. Cuando regresaba se dejaba ver solamente en el marco de la puerta de su casa, desde donde saludaba con una sonrisa y la mano en alto. Sin embargo, Pluca, su hijo mayor, era otra historia: se pasaba horas de horas en el parque en un juego interminable de ajedrez, o practicando kung-fu en el colegio, aunque extrañamente nunca cultivó ni lo uno ni lo otro, y más vale un par de veces le pegaron su chancleteada. Sus otros hijos eran Douglas y Yuri. Con ellos vivía también un tipo malgenio que sabía un poco de mecánica. Se llamaba Wacho, o algo así, y no le gustaba que nos subiéramos en los viejos y destartalados carros, esas reliquias de los años cincuenta y sesenta que, como un pariente caradura que llega y se queda a vivir para siempre, se habían instalado alrededor de la casa de la los Cárdenas. Ese era el Cementerio de Autos, y se había convertido en el mejor punto de reunión luego de cansarnos de estar parados en la esquina o sentados en el muro de los Tenén.

Había autos pequeños montados uno encima de otro, con las carrocerías gastadas y los motores regados por todo el piso. Habrá habido cuatros jeeps Land Rover descapotados, un viejo Buick, un Chevrolet y otro de marca desconocida. Varados todos allí, nos servían para contar lo que había ocurrido en el día, y también para que iniciáramos el fantástico viaje de la imaginación. Las tardes avanzaban lentas bajo el inclemente sol del verano o la interminable lluvia del invierno. Como un viejo remero que buscaba el horizonte, los patriotas del sur nos apoderábamos del Cementerio de Autos. Detrás del volante del inservible Land Rover iba Caimito Caimunga con el cholo Cepeda de co-piloto, en el asiento de atrás Monín, Manuelón, Pinina y Joselo, y más atrás, en calidad de bulto, Rey y Cuerito. Digo asiento por decir, porque sólo había la carrocería pelada y unas cuantas tablas puestas para sentarnos. En nuestra imaginación el jeep se desplazaba lento por las calles del barrio, pasábamos por las casas de las chicas, y por el barrio de los aniñados, como diciéndoles que ahora otro era el cantar. Dábamos interminables vueltas por el parque y participábamos en veloz carrera contra el Buick que venía pisándonos los talones, en el que se habían metido Petete, el Oso, Pastora, Padre Bazurco y Chocoto.

Desde el viejo jeep veíamos nuestro futuro: La pelea del día siguiente, el partido de índor, las correteaderas de la noche por las esquinas de los aniñados, tocándoles timbres y tirándoles piedras a los techos, la nueva exploración al Guasmo, a buscar culebras, tumbar panales y recoger ciruelas, o a descubrir entre la maleza las sandías que habían crecido en la clandestinidad. En nuestras naves nunca fuimos a ninguna parte porque nunca tuvimos que ir a ninguna parte: El destino ya había sido alcanzado; yo sería yo para siempre y todos los demás serían ellos para siempre, y nunca dejaríamos el barrio que nos vio crecer, ni los amores que llegaron y desaparecieron. Frente a nosotros estaba la calle y al fondo el colegio Eloy Alfaro, detrás la esquina y el viejo poste con sus cables cruzados, el muro a medias en la casa de Monín, el rincón donde el Baby Careplato llegaría a enseñarnos los últimos pasos de baile que había visto en la televisión.

Otras tardes, descamisados y alegres mirábamos caer el sol mientras aparecían los vendedores a rematar el producto del día. Una mujer ofrecía motes y habas, el Chugo soplaba con un abanico el tanque donde asaba tortillas de verde, una anciana sacaba panes de una funda, el vendedor de jugo de coco había agotado sus reservas con el último partido de índor y el pastelero huía veloz en el colectivo con su canasta vacía. El cielo se ponía súbitamente rojo y luego anaranjado, dándole a las abultadas nubes un color rosa que siempre nos maravilló. El parque estaba lleno de árboles y aparecían sombras tenues alargándose sobre las veredas. La caída de sol era de un tiempo breve, porque en el trópico todo es breve y del olvido, y así nos quedábamos hasta que llegaba la noche y regresábamos a casa a darnos un baño y comer, para luego volver al Cementerio de Autos y sentarnos detrás del volante y continuar ese viaje interminable con el viejo Buick que venía detrás de nosotros, nosotros los del viejo jeep de llantas desinfladas.

Por la noche, prendíamos una radio agonizante y lográbamos escuchar una voz lejana que decía More more, how you like it, how you like, hasta que Manuelón reclamaba cambia esa huevada que no se entiende nada y el Baby Careplato se enojaba y decía que todo era porque Manuelón no sabía bailar, a la par que se iba a un rincón del Cementerio de Autos y se ponía a ensayar los nuevos pasos de la Motown.

Un día regresó Don Alfredo, y fue para quedarse. No sé si se había jubilado, hartado de estar lejos de su familia, o simplemente encontrado otro trabajo en tierra firme. Lo cierto es que todos se alegraron de verlo y de abandonar el marco de su puerta desde donde parecía inmóvil. Luego levantó un segundo piso en su casa y se deshizo del Cementerio de Autos. Con tristeza vimos cómo nuestro querido jeep y el viejo Buick desaparecieron. Repuestos de esa pérdida, ahora sólo quedaba organizar el asalto y apoderarnos del balde de la camioneta de Don Absalón Quiróz, el papá de Pinina.

El asunto del que se trata

Este libro es un compendio de crónicas del barrio. Algunas fueron publicadas en diferentes momentos, otras se mantuvieron inéditas. Otras han ido fraguándose en la medida en que el libro se fue organizando. Es una celebración de la amistad, del tiempo y de los eventos que me ayudaron a construir en mi mente y en mi vida, mi identidad de hombre de barrio, de un barrio del sur que se perdía en los límites de la ciudad. Incluyo, al final, dos textos de Luis “Cholo” Cepeda, mi amigo de infancia y también personaje principal de otros libros que he escrito. El lugar que menciono ya sólo existe en el poderoso recuerdo en el cual los patriotas del sur aún juegan alrededor de un gran fuego que armábamos en las noches y que con los años devino en nuestra iniciación en la vida. Detrás de estas páginas se esconde el deseo por volver a dialogar con quienes me honraron con su amistad y los que me dejaron conocer una parte de sus vidas, y también es un intento de traer de vuelta a aquellos que ya cruzaron el umbral.

A menudo digo que fui un muchacho del sur, de la Ciudadela 9 de Octubre. Eso significa que mi vida transcurrió puertas afuera, como ocurre en las clases populares. En esa vida externa todo se teje en las voces de la gente, en sus rumores que vienen de otros tiempos y lugares, del decir de los campesinos del litoral y las montañas andinas, de los negros del norte y de la clase trabajadora, voces y rumores en medio de la inclemencia del tiempo y los problemas familiares. Estas crónicas transcurren en tiempos dispares, y son más que narraciones viñetas, episodios, pequeños frescos que cuentan las maneras en que nos escapamos de la abulia de la tarde del trópico, la misma que muchas veces transcurre contradictoriamente en un encierro casero, casi de Contrarreforma. Aquí se dice la manera en la que cumplimos nuestros vagabundeos por las calles, callejones y terrenos baldíos del sur.

He resistido la tentación de volver estas crónicas una novela porque ésta se construye de manera imaginaria entre dos libros ya publicados (El Cholo Cepeda, investigador privado y Si es que te queda cariño), y porque no quería trabajar sobre una narración de tensión sostenida de acciones, indispensable en toda buena novela, sino optar por la descripción de pequeños eventos. Este libro confirma que he encontrado en la realidad local (historia, geografía y lenguaje) el material más idóneo para poblar unas cuantas cuartillas.

Valga anotar también que esto es un esfuerzo por rendir nuevamente homenaje a aquellos que consagraron sus plumas en los relatos de iniciación y crecimiento del adolescente: Mark Twin y sus inolvidables The Adventures of Tom Sawyer y Huckleberry Finn, JD Salinger con su The Catcher in the Ray, Alain Fournier y el magistral Le Grand Maulnes, Marcel Proust con su magno A la recherché du temps perdu, Jack Kerouac en su On the Road, Henry Miller siempre fresco en sus Tropic of Capricorn, Quiet Days in Clichy, Remember to Remember, Black Spring o The Books of My Life, el Reynaldo Arenas de Antes que anochezca, entre tantos otros que me han alumbrado el camino para vivir y entender mejor “la fábrica” de la vida.

A más de su fachada de simple anecdotario o alcahuetería de amigos, quiero creer que en este libro los lectores de otros barrios podrán encontrar también su propia herencia, sus propios patriotas y ver el pasado como un tiempo que se puede transformar.

Introducción a "Los patriotas del sur" Henry Miller en "Black Spring"

“I am a patriot-of the Fourteenth Ward, Brooklyn, where I was raised. The rest of the United States doesn’t exist for me, except as idea, or history, or literature…But I was born in the streets and raised in the streets…To be born in the streets means to wander all your life to be free. It means accident and incident, drama, movement. It means above all dream. A harmony of irrelevant facts which gives to your wandering a metaphysical certitude. In the streets you learn what human beings really are; otherwise or afterwards, you invent them. What is not in the open streets is false, derived, that is to say literature… Like a monomaniac we relive the drama of youth. Like a spider that picks up the thread over and over and spews it out according to some obsessive, logarithmic pattern”
(Henry Miller en Black Spring)

miércoles, 30 de abril de 2008

Si es que te queda cariño



Guayaquil, 13 de Julio. Aeropuerto Simón Bolívar. Era el día de mi regreso a tierra caliente y también mi cumpleaños. Ergo, tenía ganas de encontrar a aquellos que no había visto en un año. ¿Había pasado tanto tiempo? Con extrañeza me pusieron el sello de entrada en la aduana, salí, tomé un taxi y fui hacia el centro. Busqué a Capulina Páez pero me dijeron que su taller ya había cerrado y que andaba de agricultor en la provincia de El Oro. De regreso a mi departamento pasé por el del Conde de Montecristi y la Condesa de los Reales Tamarindos. Tan pronto como me vieron nos abrazamos y, sin que mediara mucho rato, abrieron las primeras cervezas.

En la mesa había un cerro de hojas impresas con anuncios de Consejería Matrimonial, las cuales pensaban repartir por toda La Ferroviaria. Hay que combatir el desempleo de alguna manera, dijeron, convertirse en asesores sexuales de damas y caballeros es una buena opción. El Conde debería enseñarle a los hombres a controlar la eyaculación precoz y otros errores sexuales, y la Condesa a vencer la frigidez a las mujeres. ¿Sabes cuál es el índice de insatisfacción sexual de las mujeres en Guayaquil? preguntó ella sin esperar respuesta. Anda por el 70%. Es un escándalo, dijo, con lo muy machos que se creen aquí los hombres y no saben satisfacer a una mujer. Entre alcohol y droga a los hombres ya no se les para, y con esa cojudez de que la mujer debe llegar virgen al matrimonio, imagínate, estamos en la mierda. Por esa mentalidad es que Ecuador no progresa, terminó su mini-disertación la Condesa.

Bebimos otras cervezas y me dijeron que Miriam Matilde había emigrado a España y que las malas lenguas decían que se había hecho puta, pues a ella, así como al Conde, los habían despedido del Crónica Roja. Contaron también que habían pillado a Carecamiónchocado y sus secuaces del periódico plagiando artículos del Clarín de Bogotá y La Nación de Buenos Aires, que lo hacían frecuentemente y pensaban que nadie lo sabía, que hasta se habían foqueado al copiar casi por entero a Octavio Paz, el poeta mexicano, todo lo cual lo podían comprobar. Dijeron también que el mentado norrito intelectual acostumbraba a suplantar a otras personas usando sus e-mails y que se habían dado cuenta de eso porque se lo hizo al vate Iturburu. ¿Y qué es de él? pregunté. Se casa, dijeron al unísono ¿Y con quién? continué sorprendido. Con mi hermana, dijo alegre la Condesa. Como había u n año de chismes que me había perdido, me puse cómodo en la silla, el Conde hizo sonar los primeros acordes de Ismael Rivera que decía ya cantan los ruiseñores/ y ya se acerca de nuevo el día/ y para mí todo es alegría/ mira, está contento el corazón porque lo amas. Iturburu se había enamorado y, según parecía, por fin había llegado a puerto. Dios los cría y los locos solitos se aman, decía el conde. Dizque los va a casar el padre Juan Ignacio Vara, dijeron, por petición expresa de la novia, aunque el poeta también era amigo del vasco curaca.

Llamamos al misterioso Gutiérrez y al vate Iturburu. Quedamos en que nos encontraríamos en el Cuchitril y luego iríamos en masa al Cabo Rojeño. Era mi gente, los que quedaban, debería decir. Estaban más delgados y sin trabajo, pero vivos y felices. El poeta se apareció con sus sobrinos la Roca y Germán para evitar el pillaje de algún malcriado. En el Cuchitril nos esperaban con dos mesas reservadas. Bebamos y comamos, gritó con gusto Gutiérrez, la cuenta la paga el cholo que ahora es el man del guiso. Me miró y guiñó el ojo mostrándome un tuquito de dólares y diciéndome estás hecho con el vento maricón. No te preocupes que el vergüenza güengo está bien guardado. Guengo guardado, repitió jugando con las palabras, güengo guardado. ¿Qué fue ese seco de chivo para el hombre? gritó Gutiérrez, fuera de su permanente solemnidad. Más tarde fuimos al Cabo Rojeño. Claramente recordaba el sueño en que Marino, Camareta y Kaviedes colgaban ahorcados en el techo mientras volaban las botellas con balas de metralla. La noche estuvo alegre y bailada. Oye cholo, si acaso tienes problemas, ya sabes que te puedo dar un trabajito en la Cofradía del Bolero, añadió el vate con solidaridad. Recordé su deseo de tener su propio bar y la chupiza que nos pegamos en su casa con la gente del barrio. Leí tus crónicas, le dije. De eso hablamos otro día, contestó. En medio de la celebración se abrió la puerta y de repente apareció una mujer muy atractiva, joven aún, blanca y tuqueada, como tirando a manaba. Se acercó al vate y le dijo con voz aniñada hola mi amooor, mientras le daba un beso. Vente aquí mami, le contestó el vate y les decía a los demás en tono imperativo aclaren hijueputas aclaren para que siente mi mujer. Me la presentaron y conversamos un poco. Era muy dulce, tenía buen sentido d e humor y cantaba las canciones que sonaban en los parlantes, repertorio que Galo y Yoyo, los dueños del Cabo, pusieron para acolitar la nota. Ella era para Iturburu. Estaba claro que, al final, a él como a todo hombre, lo que más le hacía falta era el calor de una mujer. Acostumbrarme a mi ciudad no sería un problema, pero primero debía de cobrar una deuda pendiente.

A las pocas semanas alquilé una oficina en el sur de la ciudad. Desde esa zona podría desplazarme sin problema y discreción en mis investigaciones. Una vez instalado me fui hasta el Crónica Roja a la hora en que salía Carecamiónchocado. Cuando éste se despidió de los empleados avanzó hacia su carro y, al abrir la puerta, se dio cuenta de que lo tenía a pepo y trulo. Miró a los guardias como buscando ayuda pero éstos, previamente palabreados por mi persona, no se encontraban en sus puestos. Como nunca he sido de palabreo antes de la puñetiza ni exhibiciones ni piruetas ni güevadas, avancé directo. Carecamiónchocado se las olió y quiso atacar primero y ahí pagó, pues con eso pude alegar defensa propia y sacarle la chucha a gusto. De entrada lo paré con un firme puntapié en la vegija. Me agarró de la cintura como queriéndome hacer caer, pero sólo tuve que dar un paso atrás, tomarlo co n mi mano izquierda por debajo del antebrazo derecho, darle un codazo en media espalda y virarlo a un lado, dejándolo en el suelo boca arriba. Se levantó al segundo round y al darme un puñete me desvié ligeramente a tiempo hacia el interior y le di un rodillazo en la costilla izquierda. ¿Asunto concluido? No todavía me dije, estoy empezando. El muy cobarde se puso a gritar ladrón ladrón y la gente que pasaba vino corriendo a la defensa, pero, al darse cuenta de que era bonche sólo hicieron una rueda para que nadie pudiera ver lo que pasaba dentro del círculo. Dos veces lo levanté del suelo a punta de patadas mientras le salía sangre por la nariz y la boca. Iba a seguir un rato más pero una voz me dijo ya es suficiente, ya has cobrado tu deuda. Dejé que Carecamiónchocado abriera la puerta de su lujoso carro y se fuera ensangrentado y revolcado. Malagente hijueputa, así te quería dar, Rechocado conchetumadre, le grité, m ientras le daba un patazo a la puerta del carro en fuga. ¿Qué venganza buscaría en el futuro? ¿Escribiría otro artículo foqueándome como hizo antes? ¿Mandaría a matarme? Ni idea. Pero no me preocupaba mucho, pues, de todos modos, en Guayaquil ya todo era del odio y de lo imprevisto.

En mi ausencia Guayaquil se había puesto hermosa, limpia. Los turistas llegaban y salían agradados. Pero ya no había gente ni empleo, la crisis era la nueva peste que, como una bomba biológica, iba vaciando las casas y los departamentos. Los pobres seguían invadiendo el manglar, los terrenos aledaños y las colinas que circundaban la ciudad, o regresaban al campo. Todo podía ocurrir, dije, y era verdad. Los aniñados podridos en plata se consumían el dinero en drogas y en viajes a Miami, los empresarios estafaban a sus empleados y les pagaban sueldos de miseria. A los taxistas los obligaban a vestir con la camisa más fea del mundo, una guayabera blanca, al mejor estilo caribeño, mientras en los bajos fondos se multiplicaban las crueldades, los crímenes y la misma impunidad de cuando me fui.

Un día llegó a mi oficina un man joven. Lo hice pasar. Se presentó y me dijo con calma su nombre y que, estando en la cárcel, lo habían violado. Que ya había matado a dos que lo hicieron y que sólo faltaba el tercero, que era justamente uno de los guardias que cuidaba el edificio de mi oficina. Que solamente quería saber si lo podía matar en el edificio y si yo pensaba meterme en las pesquisas. Le dije tranquilamente que no había problema ni a lo primero ni a lo segundo, que él estaba en su derecho y que yo, de estar en su lugar, haría lo mismo. Le agradecí por gentileza prevenirme del asunto. A las dos semanas el guardia amaneció muerto de un tiro en la frente, tenía semen en su boca y, a juzgar por la sangre que manchaba su calzoncillo, le habían reventado el culo quién sabe con qué. El que a hierro mata a hierro muere.

Semanas después, apareció en mi oficina el Maestro Wu, mi apreciado instructor de artes marciales y box. Con reverencia y admiración de eterno alumno saludé al viejo. Entró como a su casa sin decir nada. Examinó el decorado y asintió que tuviera un signo del yin y el yan detrás del escritorio. No he venido a buscar protección, me dijo, no te confundas. Aún no estás preparado para defenderme, pero necesito tu ayuda. Recuerdas el machete de la guerra de China que siempre tuve en la academia? Sí, dije, claro. Me lo robaron. Fueron unos muchachos de la Ferroviaria que tú debes conocer. No puedo rebajarme a pedir algo que me devuelvan algo que es mío, pero es el único recuerdo que tengo de China. Mañana por la noche pasaré por tu casa retirándolo. Está bien, dije. Fui a ver a los muchachos. Eran de una nueva pandilla y se notaba que no sabían lo que hacían ni con quien se metían. Llamé al líde r, le expliqué de qué se trataba y con respeto y casi miedo me dijo que lo lamentaba, que habían estado bromeando pero que le devolverían el machete inmediatamente. Y así fue. Desaparecieron por las callejuelas de San Pedro y volvieron con el machete, finamente envuelto en una tela de seda dorada y roja.

Cuando llegó el Maestro Wu a mi departamento salí a recibirlo nuevamente con reverencia. Entró y me dijo que había escuchado hablar bien de mí. No te has hecho rico, eso demuestra que no eres ni corrupto ni déspota. Agradecí sus palabras. Traje el machete y con brillo en los ojos lo tomó. Le quitó la envoltura de seda y salió a la terraza. La luna estaba llena y se reflejaba en las aguas del Estero Salado, el viento de verano abrazaba la ciudad. El Maestro Wu tomó el machete, adoptó una postura delicada e inmóvil. De pié, en un segundo, levantó el machete por lo alto y dijo el corte se hace al desenvainar, no desde lo alto, así se pierde tiempo. Luego adoptó una posición de gacela, dio dos saltitos y un trampolín mortal que remataba con la rodilla derecha en tierra, la pierna izquierda doblada hacia delante y el machete protegiéndole la cabeza, con el filo hacia fuera. En menos de un minuto hizo, por lo menos, diez katas muy elaboradas. Se paró, unió y cerró sus manos, hizo una reverencia al cielo y se despidió de sus mayores, esos antiguos guerreros que muchos siglos atrás inventaron lo que él repetía, como si siempre se tratara del mismo guerrero y la misma actitud hacia la vida. Agradeció nuevamente mi labor y salió de manera tranquila, casi desenfadada.

Guayaquil seguía viva y creciendo. El vate Iturburu había anunciado que se quedaría para siempre en su ciudad y nunca más volvería a Estados Unidos. Además, que su gorda bella estaba encinta. Don Capu regresó temporalmente de la provincia de El Oro y los aristócratas del grupo, el Conde de Montecristi y la Condesa de los Reales Tamarindos, después del éxito en la asesoría a parejas con problemas sexuales, estaban en planes de comprar un carro y ponerlo a trabajar como taxi pirata. Las cosas no estaban bien, pero tampoco era el fin del mundo. Habíamos quedado en celebrar el fin de año con un concierto de mi adorada Patricia González en la vieja Cofradía del Bolero. Me puse futre para el evento. Esperaba que la González cantara nuevamente mi canción favorita Si es que te queda cariño. En otras palabras, amiga lectora que me has acolitado el dato hasta el final, y tú también pana lector, ésta y otras noches la vida seguirá por todas partes, sólo me faltaría recuperar el amor y tratar de ser feliz en este camino de las que, como dije al principio, fueron mis sanchopanciles aventuras.

(FIN DE LA NOVELA)

viernes, 25 de abril de 2008

The New Orleans & Guayaquil Connection

De regreso a Estados Unidos, la primera sorpresa fue que me detuvieran en el aeropuerto para revisarme. No porque llevara mi extrañada mágnum, sino porque mi pinta cholil había llamado la atención de los agentes de inmigración que, sin duda alguna, nunca habían visto una foto del Puma José Luis Rodríguez, y eran muy jóvenes para acordarse del detective Columbo. Cedí sin oponerme a la inspección. Al salir por la puerta de viajeros internacionales, un moreno conductor sostenía un letrerito que decía Luis Alberto Cepeda Cortez. Me acerqué a él, me identifiqué y, para avasallo de mi persona, no entendí nada, pues me contestó en un francés que tiraba a haitiano, y mis conocimientos de la lengua de Baudelaire no descifraban esas palabras (Sí lectora, dije claro Baudelaire, pues este cholito también tiene sus pretensiones universalistas). Del aeropuerto llegamos presto a la Maison Degas, no sin antes cruzar por parques, calles y casas que me recordaban demasiado a mi lejana Guayaquil.

Me bajé y le di una propina al haitiano conductor. La puerta de la vieja mansión estaba cerrada. Una pareja de ancianos esperaba conmigo. Como no salía nadie tuve tiempo para observar el florido y tropical jardín, así como la avenida Esplanade y sus inmensos árboles y espacioso parterre. Luego apareció una muchacha delgada, vestida muy informalmente. Nos explicó los tejes y manejes del hospedaje, la hora de las comidas y las normas estrictas. Joder, me dije, tirando a español, salir de una mala para meterme en otra peor. ¿Qué carajo se creen que soy, cura, monje? No puedo quedarme en este convento. Pero era impresión inicial. Estaba molido por el viaje. La noche caía y lo único que mi cuerpo pedía era misericordia por la sacada de chucha, el largo viaje y el cambio de horario. Así, escuchando las súplicas de mi quemada figura, me bañé, me puse cómodo y me tiré de ruca casi por dos días.

Habría seguido en brazos de Morfeo de no haber sido por la flaquita que trabajaba en la Maison Degas. Señor, señor, me dijo golpeando la puerta, ¿se encuentra bien? Sí, respondí, no hay problema. Abrí la puerta por gentileza y para que viera con sus propios ojos que no le mentía. Le expliqué que sólo estaba agotado del largo viaje. Me alegro, respondió, pegándome una miradita de refilón a la morronga. Ya está listo el almuerzo. Ah, me olvidaba, le trajeron esto, dijo, dándome el esperado sobre de la Maestra.

Al abrirlo encontré un plano del centro de la ciudad, una lista de bares y, para sorpresa mía, el nombre Jurgen Kleist o George Claseiro da Cunha. Pero no estaba claro por dónde debería ir el asunto. Me di una ducha reparadora y con alegría noté el buen gusto de los muebles antiguos que decoraban el cuarto, combinando sobriedad y confort. Las chapas y las llaves eran de un dorado reluciente y antiguo muy bien preservados del paso del tiempo. Dejé mi habitación y fui a almorzar una ensalada de vegetales, un filete de salmón en salsa noruega y una copa de vino blanco. Al terminar, después de un doble café espresso que bebí casi con alegría, recorrí las habitaciones de la Maison Degas, reparando en los cuadros del pintor francés y la información biográfica repartida en cada cuadro. Con nostalgia recordé el Museo del Prado y comparé los estilos con los que Velásquez y Degas habían pintado los rostros d e las personas, la suavidad o severidad de sus rasgos y el manejo del claroscuro.

El día empezaba para mí tranquilo, pero, tan pronto como salí la Maison Degas, justo en la acera mientras veía los vehículos pasar frente a mí, sentí con fuerza el olor de la tierra, la humedad de Nueva Orleáns, el calor del puerto y el aroma de las flores que decoraban los parterres. Gigantescos árboles de roble, sauce y acacias cubrían de hojas la avenida Esplanade. Al caminar podía observar claramente cómo las raíces rompían las veredas. Todo era verdor, calor y humedad. Así, descubrí que era la fuerza del trópico que de repente había vuelto a mí. En Nueva Orleáns ya era verano.

A pié, caminando largo por Esplanade, cruzando Broad Street y Rampart, llegué al French Quarter. Con admiración sostenida pude comprobar que sus casas pequeñas de encendidos colores, sus galpones y portales, eran como los de Guayaquil, pero de una manera más exquisita, como preocupándose más por el decorado y menos por la inclemencia del tiempo. Llegué a Bourbon Street, viré a la derecha y caminé nuevamente por varias cuadras. Era el centro turístico, estaba claro, pero también había historias ocultas en cada una de esas casas. Recuperar una de ellas era mi trabajo. A lo alto, en los balcones que daban a las calles y siempre parecían demasiado frágiles, las muchachas universitarias, en vacaciones por esa época, mostraban sus blancos y fuertes cuerpos, la forma de sus senos debajo de las ceñidas camisetas y los brillantes collares verdes que colgaban de sus cuellos. Supe que Marla Thompson era como una de ellas, en es e justo momento en que la recordé entendí que su pasado era el pasado de cualquiera de ellas, una turista hermosa en una ciudad hermosa de la cual partiría pronto. Esa ciudad era mi corazón y de mi corazón Marla Thompson estaba yéndose para siempre. En todo el tiempo que estuve fuera de Ecuador y de México (porque México era un Ecuador agigantado) nunca pude entender lo que había pasado, y tampoco me convencía haberla dejado luego de un aborto y, casi como un autómata, abordar el tren rumbo a Nueva York. Ese día, frente a esa imagen en Bourbon Street, como si fuera una revelación aplazada que subrepticiamente salía del anonimato, me di cuenta que Marla Thompson nunca fue para mí, como no lo eran para mí ninguna de las muchachas que alegremente saludaban a los transeúntes desde los balcones mientras desenfadadamente alzaban sus camisetas y mostraban sus espléndidos senos.

Luego de caminar por el French Quarter, cerca del convento de las Ursulinas y Dauphine Street, llegué al Jardin des Plaisirs, un bar que tenía sus puertas abiertas y de la cual salían, sin mayor esfuerzo, ritmos de dixiland, blues y jazz, y también un discreto olor a marihuana. Entré, apareció la mesera y me dio de probar una cerveza local. Pero yo no estaba para esas aún. Pregunté al de la puerta en dónde podría encontrar diversión fuerte y, por unos dólares, me envió a otro bar cercano, el Bar de la Fin du Monde, debidamente escoltado por unos niños que andaban en bicicleta. Todo esto, en pleno corazón turístico. Tan pronto como llegué me ofrecieron un trago de Jack Daniel, un habano y una hermosa mulata que, sin problema alguno, se sentó en mis piernas. Llámame Beatriz, fue lo primero que dijo. Bebimos, conversamos algo y le dije que andaba buscando más acción, probar algo fuerte y de buena calidad. Entiendo muy bien lo que quieres, dijo. Espérate un poco. Pasaba el tiempo, bebí otro Jack Daniel y me acerqué a la barra a preguntar por el servicio, pues necesitaba hacer agua. Hay cosas que sólo le pasan a las mujeres, o al menos eso creemos. Perder las ganas de orinar era una de ellas. En la barra, mientras me mostraban hacia dónde tenía que ir noté en medio de unas fotos, de esas que pegan en las paredes y se mezclan con botellas de licor, vasos y luces, noté una foto con la imagen de Jurgen Kleist, sonriente, vestido de terno y sombrero blancos, con un bastón en la mano, sentado, como posando para la posteridad. Detrás de él, una espesa selva dejaba ver sus árboles. El de la barra me miró y se extrañó un poco. Lo despisté preguntándole si era un pintor local, a lo que respondió con una sonrisa en la cara, dada mi ingenua pregunta: No, es el dueño de éste y otros bares, George Claseiro da Cunha, millonario brasileño que reside en Nueva Orleáns desde hace muchos años y que ha comprado más de la mitad de los alrededores. Es ya un anciano, pues esta foto tiene más de treinta años, pero a él le gusta que lo recuerden siempre joven. Un misterio. Gran persona, eso sí, muy amable y generoso. La gente aquí lo quiere aunque nunca lo hayan visto, concluyó.

Un tanto confundido y ya sin ganas de orinar, regresé a mi mesa con mi nuevo Jack Daniel en la mano. La mulata había regresado y otra vez estaba sobre mis piernas. Tú me dices cuando quieras irte. Ir a dónde, le pregunté. A divertirnos, respondió ella. Estuvimos unos minutos más y optamos por salir. Eres turista, verdad, me preguntó. Sí, le dije, estaré sólo por algunos días. Es mi primera visita pero no será la última, añadí. Salimos, tomamos un taxi y nos fuimos lejos del centro, a un barrio negro y marginal, de esos que combinan la pobreza con la violencia y las desaforadas ganas de vivir huyendo de la diaria muerte. Dejamos el taxi y tomado de la mano por la mulata entré a una casa vieja en la cual había otras parejas besándose y consumiendo heroína, éxtasis, cocaína, peyote y quién sabe qué otras maravillas. Yo, casi por milagro, recordé que en un compartimiento oculto de mi billetera había guardado un pito de la loiza-cibaense africana cannabis a la cual, de manera casi inmediata, le dimos vire con la mulata Beatriz, pues ella no estaba segura de hasta dónde yo podría ir. Esta vez no fue té de cannabis lo que preparé sino un porrillo. Lo prendí y salió una fragancia que más olía a incienso de misa. Lo fumamos y la mulata se puso muy dulce, a darme besos de enamorada y decirme cosas de amor. (Amiga lectora, debes tratar de conseguirte tu tamuguita de la nombrada cannabis para que la fumes debidamente acompañada de tu machuchín compañero). Así con la loiza-cibaense.

El efecto duró bastante, pero tuve que disfrutarlo en un nuevo escenario ya que la mulata Beatriz me dijo salgamos al patio, un rito vudú tendrá lugar dentro de poco.

No supe a qué se refería pero no era hora de tirarse para atrás. Así, al grito interno de yo no me agüevo, salí con ella al patio o, debería decir, verdadero solar, pues se habían juntado varios negros a tocar tambores, bailar y beber aguardiente mientras invocaban a Changó, Aguanile, Ochún, Yemayá y deidades menores de las religiones haitianas. Recordé irremediablemente la Botica Tía Delcha y me arrimé a una de las paredes mientras se desarrollaba el rito. En mitad del baile, de una de las esquinas del solar, de pronto trajeron un gallo. Sin demora lo pusieron sobre una piedra central y allí mismo lo degollaron mientras se agitaban los tambores, se contorsionaban los cuerpos y los asistentes luchaban por beberse un poco de la sangre del animal sacrificado. Era la oportunidad que había esperado. Tomé a la mulata Beatriz y apretándole el rostro con mi mano le dije llévame donde George Claseiro da Cunha. Zafándose de un solo golpe me gritó estás loco, eso es imposible. Me acerqué nuevamente y le dije con ternura tengo mucho dinero y quiero hacer un trato con él, además, habrá un porcentaje para ti. Ah no mijito, eso no, yo traidora no, puta sí pero traidora no. No hay traición, contraataqué, es un asunto de negocios. Eso es imposible, dijo ella, no hay manera de acercarse a él, nunca se lo ha visto, está muy protegido por guardaespaldas, está podrido en plata y es un hombre ya muy viejo. Sólo llévame allá, repliqué. Te puedo dejar cerca de su hacienda, dijo ella, pero te va a costar caro. No hay problema, dije.



Abordamos nuevamente un taxi manejado por otro haitiano amigo de la mulata Beatriz y dejamos la ciudad rumbo a una casa solariega rodeada de pantano, cocodrilos, culebras, mosquitos y espesa vegetación. Ella me dijo allá es, ahora te regresas conmigo o te quedas aquí, porque yo no doy un paso más. Regresemos, concluí.
Tenía que idear la manera de hablar con Kleist o Claseiro, daba lo mismo cómo se llamara. Acercarse era imposible, así que había que hacerlo salir de su terreno de cualquier manera. Después de pensarlo mucho opté por llevar a cabo mi plan. Fui al mercado de mariscos y compré dos pescados grandes. Luego compré un gallo de pelea, de esos que son entrenados a punta de soplo de aguardiente y limón, y también compré una botella de ron, una caja de madera vacía y dos ejemplares del New Orleans Tribune.

Con miedo de ser tomado por desquiciado o delincuente vulgar, me llegué a la parte trasera del supermercado y, con cara de palo y a vista de los mendigos que pululaban apañando sobras de comida de los contenedores de basura, opté, en sobrehumano esfuerzo, por doblarle y arrancarle la cabeza al gallo. Abrí los periódicos, puse los dos pescados y la cabeza de gallo y los envolví asegurándome que no saliera el mal olor. Luego los metí en una funda plástica, la misma que guardé en la caja. La cerré firmemente, puse cinta adhesiva en todas partes, escribí la dirección de la hacienda y, en un papelito puse Bar de la Fin du Monde, Friday 8pm.

Llevé pronto la caja a una distribuidora de alimentos y después de pagar a uno de sus despachadores, logré que la llevaran a la casa solariega, modalidad entrega inmediata. Como era entrega local, el tipo me aseguró que estaría en menos de dos horas en manos del destinatario. Era martes y faltaba esperar pacientemente lo que ocurriría hasta el viernes. Paciencia, por suerte, era lo que más tenía.

Mientras pasaban los días me dedicaba a recoger datos en la calle. Entraba a un bar, hacía turismo a lo pobre y me aseguraba de informarme. Compré varios tipos de drogas en distintos puntos y los dealers ya empezaban a saludarme, seguros de que era imposible que estuviera relacionado con la policía. Y era cierto. Como se sabe, la venta de droga en cualquiera de nuestras urbes latinoamericana está monopolizada por un solo cartel y por uno o dos tipos de consumo. Así, era raro encontrar una ciudad o pueblo en donde uno podía abastecerse de todo al mismo tiempo. Pero no en Nueva Orleans. La droga fluía de lo lindo por las calles, con la mayor discreción y comodidad del mundo. Y no era que la policía fuera ineficaz, sino que su ubicación estratégica imposibilitaba el férreo control. Paralelamente, los grupos involucrados trabajaban con una mucha flexibilidad y creatividad. Por ejemplo, en las calles todo el mundo reproducía la leyenda de que George Claseiro da Cunha era un industrial y agricultor que había fomentado decididamente el turismo, y también se decía que era el capo de la droga, lo cual, a fin de cuentas, le daba cierta aura sobre su cabeza. Claseiro era admirado por todos y sería una tontería hacer algo contra él. Eso era lo que se concluía de las versiones callejeras.

Llegó el viernes. Me aposté desde temprano en el Bar de la Fin du Monde. A las 8pm llegó una limosina y de ella se bajó un hombre entrado en años. No era el de la foto, estaba claro. Lo atendieron cómodamente, pidió un coñac, sacó un habano y uno de sus guardaespaldas le dio fuego. Llamé al mesero, le di una propina y una tarjetita con el nombre del bar en el que nos encontrábamos. Me miró, educadamente inclinó su cabeza y me invitó a su mesa. Al acercarme lo primero que me dijo fue no es de buen gusto enviar animales muertos en cajas de madera. ¿Quién eres y qué deseas? Vengo de Madrid, le dije, conocí a Jurgen Kleist, o Claseiro, como ustedes lo llaman. Me quedó debiendo un favor y me dijo que aquí podrían ustedes pagármelo. Según él y, por lo que veo en la foto, ustedes le deben un gran favor también. Con enojo, aunque reprimiéndose, dijo ese imbécil, sabía que tarde o temprano esto tendría que pasar. Debimos haberlo matado hace mucho. ¿Y qué favor esperas? Entrar en el negocio, nuestra organización se está desarrollando rápidamente. Nada de carteles colombianos ni gente de Sonora. ¿Y quiénes son ustedes? No hay más información. Sólo que tenemos una nueva droga natural, dije pensando en la deliciosa loiza-cibaense africana cannabis. Además, con eso pueden ahorrarse la molestia de enviar mujeres con la panza cargada de cápsulas de cocaína a España. ¿Qué droga es esa de la que hablas? No hay más información, repetí. En las próximas semanas otro miembro de nuestra organización vendrá para tener otro encuentro y ampliar los contactos. Aquí las cosas marchan muy bien, le dije, tómenlo como una ayuda para hacerlas aún mejores, concluí con seguridad. El hombre terminó su coñac y me dijo que tuviera cuidado en el French Quarter y que la pasara bien, que ya sabría de ellos. En eso quedamos, repliqué. La limosina regresó, el hombre y sus guardaespaldas se fueron y yo, aprovechándome del gentío que entraba y salía de los bares y copaba las calles disfrazados y cantando, pude escabullirme.

Estuve en Nueva Orleáns pocos días más. Mi trabajo había terminado porque era de infiltración del cartel local. Domingo por la mañana. El sol, el viento meciendo las ramas de los gigantescos árboles y el paso de los transeúntes me recibieron una vez más. Llego por Rampart al parque Louis Armstrong, lleno de árboles, una laguna y senderos que se bifurcan. Aparece un mansito de unos cincuenta años, puerco como él solo, con chaqueta azul y una gorrita con prendedores. Al abrir la boca noto que no le queda ni un solo diente. Soy ex-combatiente de Vietnam, me dijo. ¿Qué piensas de la guerra en Irak? Soy extranjero le dije, no hablo de política en un país que no es mío. ¿Y qué haces aquí? interrogó. Sólo de turista. ¿De qué país eres? De México, respondí inmediatamente. ¿Y en México no hay problemas? Sí, le dije, y bastantes, hay mucha gente pobre. Pero también hay ricos, replicó, ricos que pueden viajar como turistas a los Estados Unidos. Me quedé callado. Míralo, me dijo, señalando la estatua del trompetista de Nueva Orleáns, él toca mejor cada día, cada día toca mejor. Nos quedamos callados un rato. Luego me ofreció un cigarrillo y decidí continuar mi trayecto. Suerte en todo, fue lo último que le dije.

Camino hacia el río. Entro al pequeño Museo del Jazz y la mujer que allí trabajaba me informa sobre las fotos en exhibición. Compro un par de cds, unos libros sobre leyendas locales y uno de fotos antiguas de la ciudad. Ella me dice somos el puerto más norteño del Caribe. No somos gringos, no somos norteamericanos, somos caribeños, la capital del norte del Caribe. Por aquí pasaron y pasan todos, españoles, holandeses, franceses, africanos. El jazz es caribeño, me dijo, eso cualquiera lo sabe. Me despedí con cortesía, caminé por el Malecón, entré a un café de puertas y ventanas abiertas y probé un sánduche de jamón y una taza de café negro. Al abrir el periódico dominical, en un esquinita de la sección artes, la noticia decía que habían muerto Celia Cruz, Compay Segundo y Tite Curet Alonso, y que ya se estaban organizando los respectivos festivales para honrar sus memorias, y que los centros eran Puerto Rico, Miami y Nueva York. Quise imaginarme esos eventos pero con los míos ya tenía suficiente. Basta un toque de baquiné por cada uno de ellos, me dije mientras me apeaba por última vez por las pequeñas calles del French Quarter.

Era un domingo de perfecto verano. Una brisa fresca llegaba del Mississippi. Frente al río achocolatado recordaba vívidamente el Guayas, porque ambos ríos se transforman en océanos pocos kilómetros más adelante y ambos también habían sido testigos de lo bueno y lo malo de la naturaleza y el hombre. Tomé el viejo y gran vapor en el muelle. Lo subí sintiendo que era ya mi regreso al trópico y al pasado, un pasado de esclavitud, de odios y confusiones, y también, de amor, sin duda. El sol daba sobre mi frente y delante de mí estaba la magnífica rueda del barco que se movía con la energía del agua y la corriente. Dejando la parte central de Nueva Orleáns, el vapor se adentraba en el Mississippi y desde allí podía ver las orillas abandonadas, mitad industrias y mitad campo, los viejos marinos que se apostaban detrás de los pilotes.

El vapor era ya la nave que cruzaba el Guayas, en medio río u n islote poblado por iguanas, una isla de arena formada con los años, tan vieja como yo. Al frente Durán. Cayó una fina garúa y sabía que, una vez más, mis dados ya estaban jugados, que era hora de regresar, al volver/ después de un año entero de haber deseado este momento/ quiero ser el motivo que llene todo tu pensamiento/ para ver si con el tiempo no has olvidado esa promesa/ de amarme siempre aunque mi ausencia sea tu tristeza. De regreso a la Maison Degas, el sobre que me había enviado la Maestra tenía mi ya olvidado pasaporte ecuatoriano y una nota que decía buen trabajo, escribirás un informe completo en Guayaquil.

viernes, 18 de abril de 2008

La vida es una caja de sorpresas

Aeropuerto de Barajas nuevamente. Un pasaje ida y vuelta a Nueva Orleans por favor, salida inmediata. Como era notorio que no me encontraba precisamente con mi mejor pinta, dos guardias nacionales se acercaron a ver si me estaba bien. No es nada oficiales, les dije, sólo un accidente poco antes de tomar mi vuelo. Ya, dijeron, asintiendo la cabeza con cara de el imbécil eres tú y no nosotros. Pero me dejaron ir sin problemas. Con tanto rollo pasando en Madrid, un mexicano golpeado a punto de dejar España era un problema menos para ellos. Me dieron un asiento al final del avión, cerca del servicio, del lado del corredor, pues manifesté mi fobia al monótono paisaje de nubes y cielo azul. Sin saber aún qué mismo pensaba encontrar en Nueva Orleáns, de pronto, la azafata se acerca y me dice tenga la bondad de contestar el teléfono, tiene una llamada. Descolgué el teléfono del asiento delantero y escuché una voz de mujer que me decía te recogerán en el aeropuerto y te llevarán a la Maison Degas. Acto seguido colgó. La azafata se acercó nuevamente y me preguntó si quería abonarme al servicio de e-mail que tenían en el avión. Obviamente, dije que sí.

Regresó a los pocos minutos y me trajo un laptop. Gracias, añadí, mientras cancelaba. Con la adrenalina actuando aún de maravilla, en mis estado de alerta me conecté al internet. Abrí mi correo electrónico y encontré un mensaje del ya casi olvidado vate Iturburu que me decía cliquea aquí. Riéndome de las pendejadas en las que me había metido y en las que aún me metería, hice clic en la dirección www.todosvuelven.com y me encontré con el libro Crónicas del Barrio, el mismo que, ante la falta de apoyo editorial, Iturburu había decidido poner democráticamente a los ojos del navegante interesad o, en una especie de cybercruxificción de intimidades por entregas mensuales. Textos que combinaban lo alto y lo bajo de la vida, sermo eruditus y sermo plebeyus, como diría el vate en uno de sus arranques de pedantería. Por lo tanto, amiga lectora y macho lector, démonos un descansito de mis propias caídas y, momentáneamente, entremos al mundo del vate sin bate, pues estas historietas, la plena, como que ya mucha güevada y ayudémosle a perdonar y reconciliarse con su pasado. Al abrir la página del internet del poeta esto fue lo que encontré:



www.todosvuelven.com

El almanaque contemplo con tristeza

Guayaquil 1979. El gordo Nieto un día tomó el avión y se fue a México. Con el Conde de Montecristi y el negro Ulloa fuimos a despedirlo al aeropuerto. Nos dijimos adiós con un abrazo y subimos a la terraza a ver cómo el avión despegaba y se hacía chiquito en el azul del cielo. Imaginábamos que el gordo ya habría abierto la primera cerveza o sentiría la grave tristeza de dejar el terreno que uno quiere, el lugar en donde nacemos y crecemos. ¿Teniendo trabajo y amigos viajar al extranjero, para qué? Todo lo que quise yo/ tuve que dejarlo lejos. Nieto estaría como el personaje de Velasco Mackenzie, la chica que viaja al norte protegida sólo con una chaquetita y sus sueños de emigrante. En los sueños de esa chica iban también los sueños de todas las muchachas de Ecuador, y en el viaje del gordo nos íbamos también nosotros.
Cuando el avión desapareció en el cielo empezamos a sentir un extraño vacío. Con ese mismo vacío, interior y desconocido, tomamos un bus de regreso al centro de la ciudad, pero nos bajamos a medio camino, en el Coliseo Cerrado, que estaba atestado de colegialas. Con el Conde y el negro tratamos de perdernos en la multitud, pero en nuestra incómoda desazón sentíamos el peso del hermano mayor que se había muerto.

¿Cuándo volvería? ¿Qué mierda haríamos ahora sin él? ¿En qué quedaría el grupo Sicoseo? ¿Quién nos prestaría sus libros, nos llevaría al Drill Dominó y nos haría escuchar los últimos discos de la Fania? El gordo se había ido, la suerte estaba echada. Luego pasarían algunas cosas, más de las que hubiéramos deseado.

Al principio era el pez

Ok, vamos a refrescar cómo fue todo. Esto empieza más o menos así. Guayaquil, Barrio de Astillero, verano de 1980. Estábamos Kukuku, Pancho Ronquillo, Cafecito Arteaga y yo. Kukuku dijo voy a poner una barra de salsa, va a tener luz roja, un espejo inmenso detrás del mostrador para que los butinos se engrupan y empluten hasta las cachas, le voy a decir al negro Pescao que ponga música. El piso debe estar brillante, la melodía certera para el bacaneo y el aire acondicionado a full. ¿Y qué nombre le ponemos? Yo abro el pico y le digo ponle El pez que fuma, en homenaje a la película venezolana.

A las pocas semanas funcionaba El pez que fuma en las calles de Chimborazo y Colombia (esquina). La inauguración fue una chupiza a vaca mú. Kukuku había invitado a unos vecinos que pensaban que la barra sería un prostíbulo “a pocas cuadras de un colegio de señoritas”, según la volante que repartieron. Era sábado y hacía un sol de hijue. Por esa época yo andaba con Lucía, el Conde de Montecristi ya era mi pana, así como Cucharón de Oro y el poeta greco-chipriota Urías Fuenzalida, exiliado de Pinochet (con esa delantera Ecuador sí podría clasificar al mundial).
Al negro Ulloa, al ronco Artieda y al manaba los veíamos sólo de repente, ergo, se perdieron la inauguración del local. Estaba la gente del barrio y la plana mayor del MRIC, el grupillo politiquero al cual el Conde llamaba La nave de los locos, dada la inefabilidad de sus líderes, sobre todo del célebre Comandante Gargajito.
Yo caía por el pez a veces enjebado a veces solitario, con un yunta o la gente del barrio, cualquier noche de tragos era dedicada a los clásicos de la salsa, la Sonora Matancera y sus boleristas, un poco de Beny Moré y Celia Cruz cuando decía usteeeed abusooooó/ sacó provecho de mí/ abusooooó/ de mi cariño usted se burló/ se rió/ me dejó.

Una noche estábamos Rockolita y yo. Papaíto decía para ti/ yo canto madre querida/ para ti y Roberto Roena tocaba el himno de un amor imposible potente cual marejada fue su amor/ la playa de mi cariño la arrasó/ marejada felíz/ vuelve y pasa por mí/ aún yo digo que sí/ que todavía pienso en ti, mientras en un flash-back Ismael Miranda recordaba que para componer un son/ se necesita un motivo/ y un tema constructivo/ y también inspiración. Pero las mujeres llegaban al bar repentinamente y luego se iban a buscar otros mares de locura. Y muerte y resurrección ocurrían a un mismo tiempo. Desde la atalaya, que era la cabina de música, veíamos desfilar en la pista de baile a banqueros, escritores, albañiles, futbolistas. Desde la cabina de música, Rockolita y yo, celebrábamos nuestras derrotas amorosas, el desembarco de la nave de los locos, la pérdida del poco equilibrio que nos quedaba y la búsqueda de una razón para vivir. Desde nuestra atalaya todo se iba poco a poco iluminando a punta de cubalibres y cigarrillos. Y la magia del trópico dejaba de ser la cruel realidad para convertirse en una película que vemos casi distraídamente en un cine de segunda.

El sueño de la razón produce más sueños

1981. Pesar de los pesares, el MRIC, la nave de los locos se fue a pique, la economía nacional a la mierda, Lucía desapareció y llegó el Fenómeno del Niño, el invierno tropical adueñándose de la Costa. Años de diaria lluvia torrencial, inundaciones y destrucción de la esperanza. El pez que fuma también se fue a la mierda: los policías, los comisarios de turno o cualquier cojudo de la Muy Ilustre Municipalidad de Guayaquil aparecían pidiendo dinero “para la campaña del partido”. El amor, la militacia, la rumba, todo se fue volviendo como una canción de Felipe Pirela y la orquesta que se retira de a poquito, dejando sonar de uno en uno los instrumentos hasta que pum se acabó.

Con el Conde, en esos permanentes arrastres de la tristeza o el odio, religiosamente, cada sábado por la mañana, íbamos a casa de Velasco Mackenzie. Ahí estaba él esperándonos con sus libros, caminando lento con nosotros por la Avenida Quito hasta llegar a la esquina de Maracaibo, sentarnos, chismear y conversar de literatura y pedir las primeras cervezas, carne de cerdo y condimentos. El gordo Nieto se había ido y Velasco Mackenzie nos aguantaba la caña con paciencia de madre, hasta nos tomaba en serio. Nos hacía entrar a su casa y nos contaba lo que estaba escribiendo. ¿Cómo sería posible escribir algo mejor que De vuelta al paraíso? me preguntaba a mí mismo. De su casa íbamos directo a la tienda de doña Julita, a rematar con canciones de Julio Jaramillo, o llegábamos entusiasmados a la cima de la montaña y desde allí, sentados y en silencio, veíamos Guayaquil hacia el sur, mientras el sol caía sobre nuestras espaldas y sonaban canciones de John Denver, James Taylor, Jim Croce, América o Seals and Croft. ¿Para qué nos sirvieron esos años en la nave de los locos? ¿Por qué acudimos una y otra vez a esos bares y canciones?

Ahora que estoy escribiendo esto me doy cuenta que El pez que fuma ha quedado de alguna manera en todos los que allí escuchamos la canción que dice nació en el mismo solar que yo nací/ y canta como yo/ le canto la melodía de los suburbios que Santiago Cerón nos enseñaba mientras el Cuervo Zavala repite que fue una nota turra vender el pez, sobre todo los discos, y, abriendo los brazos al cielo sentencia: toda una historia, toda una vida bróder y pide tres más y le dice a Rockolita que ponga un bolero Bobby Capó y que sigamos chupando.

Lucía, la maga

Lucía trajo días de música y amor. La ciudad era el lugar de nuestra fiesta. En las mañanas la buscaba con entusiasmo entre los buses y la gente. Lucía era sencilla y dulce, inteligente y atractiva. Su boca estaba hecha de agua tibia y canela, canciones viejas y miel; su corazón era como un pan muy delicado, guardado con mucho celo. Con ella creció el muchacho que llevaba en mí y empezó a aparecer el hombre que sería durante los próximos años.

Lucía era la maga que Horacio Oliveira conoce en Rayuela. Era mi concreción de nebulosa, la alegría del pez que vive solo en la pecera hasta que le ponen otro pez y ya no está solo en la pecera. Tocaba la boca de Lucía, con la punta de mi dedo tocaba el borde de su boca mientras se la dibujaba en su cara. Nos mirábamos de cerca, juntábamos los ojos y éramos un cíclope y nos mordíamos los labios y había un perfume antiguo de silencio y un solo sabor a fruta madura y ella temblaba contra mí como una luna en el agua.

Ella era también las canciones de Serrat y yo me imaginaba perdido en las calles de Paris mientras tristemente moría un niño llamado Rocamadeur, y yo quería saltar del Capítulo 7 y armar revoluciones y sembrar en cada metro del mundo libertad y bienestar para los pobres, sólo para ser digno de ella.

Vestía bluejeans, una bolsita de arpillera y camisas blancas y sus palabras y risa eran como caídas de agua, de esas que uno encuentra por las carreteras andinas. Era la hermana mayor en quien podía confiar y a quien podía contarle mi tristeza y mis errores. Podía enojarme y libremente desaparecerme porque ella sabía que no era un acto contra ella sino una manera de dar conmigo mismo, encerrado en mi cueva y mi silencio o escondido en el bosque más espeso. Con ella leía los poemas de Fernando Nieto Cadena y nos burlábamos de la gente seria mientras sonaban canciones de Adamo, Leonardo Favio o la Nueva Trova Cubana. Venía buscando a Lucía desde hacía mucho tiempo, forjándola en mi mente, porque Lucía antes se llamó Rebeca y era una muchacha clara, de Calceta-Manabí, que se trepaba siempre en un árbol de guayaba. Y después fue Geoconda y hacía teatro infantil los sábados por la mañana. Y antes fue Keltia, q ue me dijo la maga soy yo, en las faldas del Cerro Santa Ana, y también Ligia que era como una canción de Chico Buarque, y más tarde fue Karin Almquist y Kimberly Darter y el pasado absoluto en sus corazones.

Estar con Lucía era estar con un ser casi puro. Amábamos una revolución que nunca existió, los amigos del partido, la gente humilde y el sur de la ciudad. Con ella fui y vine y me encontré y perdí muchas veces, y también nos traicionamos diciéndonos que nos traicionábamos y que no íbamos a dejar que ninguno de los dos se burlara del otro.
Un día llegó a mi casa con lágrimas en los ojos y me contó de su abandono, del padre ausente y su familia. Me dijo que a veces le resultaba insoportable el peso de la vida. Hoy he sacado los problemas de casa conmigo, recuerdo que me dijo. Supe por ella que los avatares humanos no necesitaban ser expresados de manera sofisticada para demostrar los estragos que podían causar. No. Bastaba una frase sencilla y directa, el tiempo se encargaría de darles peso. Podía ver con toda claridad una cicatriz en su alma. Una cicatriz que empezaría a reproducirse en la mía y en las mujeres que me dejaron conocerlas, una cicatriz allí, yaciendo muda en el fondo, en un oscuro silencio, casi con vergüenza de ser vista.

Lucía me enseñó a amar y ser amado, a no preocuparme de la llegada del cruel invierno ni de las cosas tristes y lamentables que me habían ocurrido y ya empezaban a transformarse en memoria. Con ella notaba el cambio de las estaciones y alentaba mi propia manera de aprender a amar. Lucía conocía algunas cosas del amor porque ya había estado allí. Pero yo no. Yo sólo llevaba un dolor inefable que sólo años después podría encarar. Ese dolor me llevaba de un estado de ánimo a otro, causaba estragos pero no era perceptible ni reconocible como un hecho, sonaba más a invento, a locura de infancia o juventud no superada. A veces me veía como un incorregible adolescente, como un muchacho que no podría madurar ni sentar cabeza. Con Lucía el amor era un asunto negociable para mantener armonía y el sentido de crecimiento, algo grato cuando se veían los resultados.

Éramos a veces dos niños jugando a ser adultos sin estar conscientes de que el amor es también eso mismo: el encuentro de dos adultos que, cuando el cielo es propicio, sacan a los niños que llevan dentro para reconocerse en una reunión pospuesta desde la infancia. Sin embargo, en mi caso, ese encuentro sería posible sólo muchos años después, aunque estaría ya fuera del amor, viviendo en el lugar del mal, donde no habría coherencia ni esperanza. Pero a los veinte años uno no piensa en el futuro, el tiempo parece eterno y uno viaja a caballo veloz ayudado por los vientos. A esa edad uno busca con afán un mejor horizonte o ya no tiene tiempo para nada porque sin quererlo se ha transformado en padre y es tarde para otros lujos.

Después de tres años de estar con Lucía la revolución había muerto junto con la esperanza de un tiempo mejor. Los amigos de antes habíamos quedado como heridos de guerra y ya no pasaba nada ni teníamos el entusiasmo inicial. Lucía también se había ido con el tiempo y cada vez teníamos menos cosas en común. El amor había muerto y el afecto era tenue, como dos manos que apenas sólo se rozan. Y tras la muerte de ese amor apareció otro amor que, en realidad, era un clamor lejano por la felicidad que ya no existía. Y entre un terrible vacío y mi propio cinismo comencé a enloquecer. Y sufrí por la muerte de ese amor y porque la esperanza tampoco aparecía.
Después de estar con Lucía entré a la morada del mal y allí viví durante un año entero y bebí todo el alcohol del mundo y rompí a golpes la palabra de los otros porque todo me irritaba. En esa larga noche que fue mi vida no había antes ni después. Era un insecto aplastado por un tiempo que no entendía y que no podía descifrar. Sin la maga yo era un joven rey desterrado que asustaba a los transeúntes y los hacía correr despavoridos.

En ese tiempo apareció un ángel, un lucero caído en esta tierra que me dejó hablar con ella como se habla con una princesa: en voz baja y con respeto. En sus manos nacía la tibieza. Una mañana clara y terrible el ángel se fue de esta vida agobiada de frío o pena. Ese ángel o lucero me había sido enviado por Dios para recordarme que había otro mundo. Pero yo no sabía en dónde estaba, de verdad no lo sabía. Cuando el ángel se despidió tomó su abrigo y comenzó a golpearme preguntándome por qué había ocurrido todo. Yo no pude responder. Sólo sabía que estaba sin la maga y fui del dolor al dolor, y también le gritaba a Don Quijote hazme un sitio en tu montura/ que yo también voy cargado de amarguras/ y no puedo batallar, y mientras Don Quijote se perdía en la llanura yo vivía en los desagües de la ciudad. Quería ser sólo aguas negras y morir intoxicando el río, el mismo río que me vio nacer. Qué mismo quería, me preguntaban, poniéndome trampas estúpidas o haciéndome juegos de palabras. Así, miré por primera vez el mar desde la orilla de un pobre amor y tenía lágrimas en los ojos.

En esos años de muerte del amor escribí con furia. La rabia se había posesionado de mí y todo era inclemente. Llovía fuego y detrás del fuego quedaba un gran silencio. Lucía me había dicho: “Cuando hayan pasado muchos años te vas a dar cuenta de que yo fui quien más te amó.” Han pasado los años Lucía, ahora sé que así fue. Pero eso no importó antes ni importa ahora, pues el amor no es salvación para el que no lo siente. Y ya no te amaba, aunque tampoco sabía que el amor sí podía ser recuperado.
Estaba destrozado por el tiempo y el tiempo había abierto por primera vez mi herida y no tenía a quién acudir, con quien sentarme a hablar de mis problemas. Mis amigos sufrían tanto como yo y estaban tan confundidos como yo. Así, sólo nos quedó la complicidad, las palabras de ánimo, el llamado a una paciencia en la que nadie creía. Escribí poemas largos, abstractos y complicados, pero eran muy personales. En ellos mis emociones se disfrazaban de una fuerza criminal y ciega. Ante mí vino un sacerdote a arrodillarse y besarme los pies y pedirme que lo perdonara pues sabía que yo había asesinado a una parte de mí mismo (quien se golpea y se mata ha llegado al fondo de su sufrimiento). Pero no lo perdoné, yo era un hombre inerte, un hombre joven que había envejecido de manera prematura.

Después de algunos años vi a Lucía por última vez. Era una tarde de sol y muchedumbre. Ella caminaba tranquila y sonriente, con la transparente fuerza que siempre tuvo. Nunca se desesperó porque no tenía sentido desesperarse por las tinieblas. Aún la recuerdo caminando por esa calle concurrida y llena de sol. Va acompañada de un hombre joven, me mira, sonríe, baja la cabeza y discretamente sigue conversando con él.

El más ferviente adiós a la esperanza

En unos fragmentos llamados Funes en los portales cuento algo de lo ocurrido en Paris. Tanto en la ciudad real como en esas páginas, mi vida empieza y termina como Marlon Brandon en Last Tango in Paris: caminando bajo el puente de Bir-Hakeim y Passy, o como Robert De Niro en Taxi Driver, mirando el mundo detrás de la ventana. Ya no era yo quien caminaba por las antiguas tiendas ni quien amaba. Simplemente, no amaba. El paso de una geografía a otra, las sorpresas que la vida ofrece y la traición de los amigos estaban ya en la corta lista de experiencias que llevaba en mi mochila. Estaba seguro de que el pasado se repetiría, llevándonos como un torbellino hasta el fondo de un terrible agujero negro. No tenía estrategia de vida y estaba a merced de los eventos.

Estoy en Paris debajo de un puente. El tren pasa y la luz se filtra por las hendijas y forma un archipiélago de sombras. Esa es mi vida, le dije a Alain Masri, el amigo judío que siempre me dio su mano. Luego estoy en una bocacalle transitada. La tarde muere y el bus llega a la convergencia, baja la loma y vira a la izquierda. La luz bajo el puente y la calle transitada ya son como los sueños y los trenes, que no sabemos de dónde vienen ni adónde van ni que carga llevarán ni qué misterios nos ocultan. Ambos sueños a veces me visitan y me recuerdan que el pasado es un tiempo progresivo, un proceso, un llamado a las personas desde el fondo más humano que poseen.

¿Para que sirvió la Ciudad Luz? Para iniciar el juego de las máscaras, la invitación a un carnaval que ocurría en un camino diferente al que buscaba. Mirando el Sena desde en Pont Neuf, me digo que por nada en el mundo voy a suicidarme, que aún tengo mucha vida por delante, y así, con la fragilidad de estas palabras, regreso a mi cuarto. Sólo al final de esos años, mientras viajaba a la Abadía de Bellefontaine en un tren minúsculo que se perdía en la llanura, sólo al final de esos años vi con mi alma el rostro de Dios. Y no era como lo pensaba, no era un señor viejo y amable de barba blanca. Dios era la noche y el silencio a fines del otoño. Dios era la oscuridad y el frío de Bellefontaine. Y mientras miraba las estrellas con lágrimas en los ojos reclamaba su presencia. ¡Háblame Señor porque mi dolor es grave y profundo y ya no tengo a dónde ir! ¡Dios de mierda, tú no existes, n o existes! repetí muchas veces, sentado en un banco en medio de la noche.

Había terminado mi estadía en Francia y era hora de regresar a casa. Pero ¿en dónde estaba mi casa? La herida había comenzado nuevamente a sangrar, mas no la sentía. Escuchaba su reclamo pero no quería curarme porque un hombre no se cura, un hombre muere como un soldado en el campo de batalla. De Paris me quedaron sólo los sueños. Ahora esa ciudad es para mí el sur lejano y la habitación de Morelli, el regreso a mi barrio y a mis mayores. En un sueño viajo al sur y encuentro en una esquina al negro Bermeo. ¿Qué haces aquí? ¿No vives en Paris acaso? me pregunta. Sí, le contesto, pero quería verlos y me vine en sueños, cuando despierte estaré nuevamente en Paris. Ahh, dijo él.

¿Quién era realmente Morelli? A los quince años lo vi por primera vez: era un profesor argentino que, en un viaje a las islas Galápagos, me había dicho que yo sería un escritor, que él estaba seguro de eso, mientras me hablaba de Borges, Sábato y Cortázar. En Paris, el primer sueño con Morelli ocurre en mi bohardilla. Abro la puerta y me recibe un hombre de unos cincuenta años, de estatura mediana, barba negra abundante y cuerpo fornido. Entra, me dice. Morelli abre los brazos y dice esto es mostrándo el aleph, la novela infinita que yo siempre había deseado leer. Pero no era una novela propiamente sino fragmentos escritos en cientos de pedazos de papel, etiquetas de productos, garabatos y retratos en miniatura que él había dibujado. Y así, el sur y Morelli son aquello que nunca se fue de mí. ¿Qué decía él en esos fragmentos? Nunca lo supe, quizá porque escribía de la vida de una m anera que no se puede totalizar, o quizá porque eso simplemente era el arte de la vida, retazos que vuelan con el tiempo, como hojas secas alborotadas por un carro veloz.

¿Y del amor? Nada. Ni latas de cervezas vacías, ni colillas de cigarrillos apagados, ni siquiera el aserrín con que al amanecer barrieron los bares, como dice Cardenal. Sin amor, pero en busca del amor, caminaba horas de horas por Paris. Tomaba un bus y en un viaje interminable llegaba a un barrio lejano, allá por las afueras. Allí me recibían las personas con un vaso de vino y discretas preguntas sobre qué mismo hacía un sudamericano por esos rumbos. Sudamérica, Sudamérica…Qué hermosa palabra.

Sudamérica era yo y conmigo llevaba la fuerza y la esperanza, y también la necesidad de descanso. Y Sudamérica estaba en las calles de Paris tocando tangos y escuchando la vieja y ronca voz de Goyeneche con una letra que decía me acobardó la soledad y tuve que hacerle caso a mi corazón/ mi corazón me imploró que te buscara y, ahora que estoy frente a ti, veo que el amor ha terminado. Grave error me decía, grave error buscar en el tiempo del amor en el pasado. Deja el pasado sólo para las investigaciones literarias, me decía la voz de una de mis protectoras desde el otro lado de mi mente. Y así, a través de largas e incansables caminatas por las calles de Paris, por todos sus bares, puentes y barrios bajos, el corazón se fue reconstruyendo.

De regreso a casa aparecieron mis viejos amigos. Viendo que mi intranquilidad era manifiesta un día me llevaron a casa de un pariente. Sin decirme nada me presentaron a un hombre ya mayor, un médico, muy educado, de amplia sonrisa. Meses atrás había perdido sus piernas en un accidente y por eso se había divorciado de su esposa. Y ahí estaba yo, frente al Cristo crucificado comparando mi clamor con su palabra.
A veces, cuando llega el ocaso a mi corazón, recuerdo su amable sonrisa, los poemas que le había escrito a su hija y su buen humor. Este hombre lo tuvo todo y todo lo tuvo que perder a cambio de algo que yo no podía valorar. No sé aún si ese Dios que no apareció ni en Bellefontaine ni en mi pasado, cuando de verdad lo necesitaba, me puso frente a mí la cara inversa de mi dolor. No lo sé. Pero sé que en ese hombre estaba la fuerza del tigre y en mí la corrida veloz de los animales. El resto de esta historia está quizá en las palabras que mi madre me dijo un día “Es como si nunca hubieras regresado de viaje, es como si no estuvieras más aquí”.

Cuando leí en el avión esta larga descarga se me quitó el cansancio y me quedé pensando en el poeta y me dio un poco de tristeza porque había recuerdos suyos que yo reconocía plenamente. Pero también anécdotas, puntos de vista y secretos que habían sido de mi total ignorancia. Con la adrenalina ya iniciando su proceso de dispersión, en el avión pensaba que la distancia que entre él y yo no era tanta como la que yo habría deseado. Por ejemplo, siempre creí que Iturburu era un romántico incansable, y yo no. Sin embargo, leyendo sus crónicas, me daba la impresión de que él había caminado un sendero que yo también había vivido. A mi manera, claro, pero el mismo sendero. Como todos los del barrio, él y yo nos habíamos hecho al andar, a veces con lo poco que nos brindaba el día, a veces con nada. En mi caso, con un trabajo que, con el tiempo y el espacio, empezaba a detallar en mi cabeza, y también con las mismas preguntas que provoca la distancia, como qué será de Guayaquil, o quién será la que me quiera a mí/ quién será/ quién será/ yo no sé si la podré encontrar/ yo no sé/ yo no sé. Marla Thompson, quizá yo no sé si volveré a querer/ yo no sé. De vuelta a lo que pasaba en el avión, golpeado pero cruzando heroico el Océano Atlántico, vencido finalmente, me dormí poco a poco. ¿Cuándo regresaré a Guayaquil? El día en que eso ocurra hablaré largo y tendido con Iturburu, me decía. Antes, debería resolver el misterio de la Cava del Ocioso, iniciado en Madrid, pero esta vez en Nueva Orleáns, la ciudad de la gran cultura negra.

viernes, 11 de abril de 2008

Viaje al fondo de la noche

Aeropuerto de Barajas. Madrid, la gran capital de España, se había convertido en un centro de atracción mundial. Al salir de la aduana, y previa pérdida de tiempo con los policías y un chequeo que se estaba saliendo de la rutina, pude tomar un taxi y dirigirme directamente al hotel. El Vieja Europa tenía el encanto y la discreta elegancia de esos refugios urbanos a los cuales llega gente que sabe de buen gusto. Gracias Maestra, fue lo primero que se me ocurrió pensar. Era aún temprano. En Madrid, el comercio se comienza a mover pasado el mediodía. Di un paseo de rutina y, la verdad sea dicha, me sentí inmediatamente a gusto, casi en casa. Inclusive tuve la suerte de dar con una fonda de comida ecuatoriana poco antes de dejar la Gran Vía rumbo al Museo del Prado. Y, violando los preceptos de clandestinidad y doble espionaje, presto me metí a la fonda.

¿Cuántos ecuatorianos había en España? Un millón, posiblemente, la mayoría de ellos ilegales, repartidos en Murcia y en cualquier otro punto en donde se necesitara mano de obra barata por una dura jornada de trabajo. La historia, estaba seguro, se tenía que repetir también aquí. La dueña de la fonda, quien me atendió en persona, tenía el acento austral, morlaco. No se confunda monito, soy de Azogues, me dijo. Y paso seguido me contó detalles de su vida en Madrid. Está muy dura la situación aquí, pero me imagino que en Ecuador debe ser mucho peor. Ajá le dije, a la par que me distraía probando unos maduros cortados en un suculento seco de chivo (o de lo que haya sido).

Casi en casa, como dije antes, crucé las calles y por mi mente pasaron los días de mi lejana visita a Lisboa, años atrás. (Ese cuentito debes leerlo en el primer libro, amiga lectora, porque está decente, la plena.) Mientras esperaba por más instrucciones decidí caminar de largo hasta llegar a la Puerta del Sol y tomar hacia la Calle de Alcalá. Metiéndome por estrechas callejuelas, en medio de los viejos edificios y una que otra panadería, llegué por fin al Paseo del Prado. Allí, siguiendo mi provisional costumbre de merodear entre las obras de arte, observé con agrado los puestos de revistas y libros viejos, y también la desconocida sensación de entrar a un nuevo territorio. Nueva York era la vida del mundo recogida en ocho millones de historias. Madrid, la vieja historia concretada en paredes y museos. En Guayaquil sólo había visitado las exposiciones coloniales y, casi por perder el tiempo, una que otra muestra de jóvenes pintores. Tenía el interés de ver con mis propios ojos lo que tanto se publicitaba desde Nueva York: Velásquez y su inmortal Las Meninas, pues fue en la Capital del Mundo en donde vi maravillado el Juan de Pareja y me dije que algún día tendría que llegar a Madrid y completar mi periplo de amante de la pintura. Frente al cuadro de Nueva York, mirándolo de cerca y leyendo las referencias, me di cuenta que Velásquez se había pintado a sí mismo en el retrato de su esclavo y amigo Juan de Pareja, un negro al que había vestido de los más finos y aristocráticos traje de la época, para enviadia de la corte del rey. Era por ver nuevamente cómo se fundían autor y obra que visitaba el Museo del Prado.

Visitar éste museo no era pecar de culto ni nada por el estilo, aunque, la verdad sea dicha, a veces es bueno adentrarse en otras imágenes. Visitar un museo es como contemplar una película. Era una legítima necesidad de conocer más. Había leído muchos cuentos que unían claves cifradas en cuadros con crímenes cometidos. Ahora, en el Prado ya, encontré sin problemas Las Meninas. Allí estaba nuevamente Velásquez en Las Meninas, mirándonos a los espectadores y mirando al rey y a la reina al mismo tiempo, fuera del cuadro. Dentro del mismo, se observaba a la infanta Margarita, las empleadas domésticas, un fraile, una monja y alguien que entraba, desde el fondo, al estudio del pintor. Mirar a Velásquez era mirar a alguien que interrogaba al mundo. En el Prado vi también varios de sus cuadros religiosos. Y en otras naves del museo encontré obras de otros pintores de su tiempo, como el Bosco y el Greco. Y en la parte posterior, casi escondido a los ojos del mundo, el impactante Saturno devorando a sus hijos, de Francisco Goya. Callado y casi confundido, caminé lentamente mirando los cuadros, sentado frente a ello s, tratando de adivinar y elucubrar con las ideas y sentimientos que pasaron por sus cabezas mientras pintaron todo aquello. Atarantado de belleza y una sensación desconocida, regresé al hotel. Pero nuevamente la Maestra me volvería a la realidad. En un sobre tenía nombres de lugares y personas a las cuales debía encontrar para establecer cómo operaba la red de tratantes de blancas y cocaína.

A las pocas semanas ya había encontrado los lugares y había hecho contacto con el submundo. El centro de operaciones estaba en la Cava del Ocioso, y hacia allá fui. Bajé, pedí una caña y empecé a tapear unos bocadillos de jamón serrano y otro de anchovas. Al poco rato una mujer se sentó junto a mí y me dijo oye majo, por qué no me invitas una copa. Seguro, respondí. Ella pidió un amareto y me preguntó de dónde era y qué andaba haciendo. Asunto de negocios, le contesté. ¿Quieres un porro? preguntó entusiasmada. No gracias, con la cerveza estoy bien. Acto seguido fue al baño y regresó más maquillada. Oye, a que no has probado esto, dijo, mostrándome un sobre de cocaína. No todavía, respondí. Anda ya dijo, y sonrió. Pidió otro amareto y siguió: mira a ese tío que está allá, si quieres lo invito a sentarse con nosotros y allí ustedes se ponen de acuerdo. Vale, contesté.

El tipo al que se refería era alto, entrando en los cincuenta. Vestía de blanco y parecía tener finos modales. Cuando empezó a hablar me di cuenta de que no era español, quizá portugués o alemán, a sacar también por la pinta. ¿Es verdad que quieres un poco de la diosa blanca? Según, le contesté. ¿Cómo sé que no eres de la policía? No seas gilipollas, dije molesto. ¿Es que me ves cara de policía o tengo acento español? No te molestes majo, respondió. Joder, uno ya no tiene ni el derecho a la sospecha en este país de franquistas. Al decir esto me di cuenta de que el dealer no era puerco ni maleducado. Este era de otra calaña. ¿Cómo te llamas? Cepeda, contesté a secas. Me llamo Jurgen Kleist, dijo, pero los que me conocen me dicen también el brasileño. En fin, ¿quieres o no comprarla? Seguro, respondí. Entonces salgamos, que aquí no se pueden hacer esos negocios.

Dejamos la cava, subimos unos pisos del mismo edificio y entramos a un departamento. Jurgen Kleist, alias el brasileño, tenía una variedad muy surtida de fina vestimenta, una pequeña biblioteca con obras de Jorge Amado, Fernando Pessoa, Clarice Lispector, Mario de Andrade y Frank Kafka. Vaya mezclita, pensé enseguida. Junto a su equipo de música aparecían varios cds de Caetano Veloso, Pixinginha, Djavan, Elis Regina y Vinicius de Moraes. Al otro costado, una colección completa de música clásica. Al darse cuenta de que yo revisaba con atención la sala de su casa volvió a preguntarme si no era policía. Que no, joder, repetí molesto. Sacó un maletín de su cuarto, abrió una funda plástica, regó el polvo blanco sobre un espejo y me dijo aspira, es toda tuya. Hablemos primero del precio, le dije. No es mucho, la primera vez, siguiendo la norma brasileña, el dueño de casa invita. Pero era sólo una manera de enga tusar al cliente y generar la adicción, eso estaba claro. Aspiramos y, la verdad sea dicha, yo me puse bonito, clarísimo. Kleist prendió el equipo y dejó sonar la voz de Elis Regina que cantaba una canción sobre la garúa y se iba deshaciendo en el aire. Luego de varios minutos llegaron dos mujeres, la que me había abordado en la cava y Taína, quien, a juzgar por el acento, debía ser dominicana.

Los cuatro nos quedamos juntos, conversando, halando coca, besándonos y bebiendo unas cachazas preparadas por el brasileño-alemán. Es que a mí me gusta embadurnarles a las mujeres los pezones con chocolate y lamérselos, dijo sorpresivamente, mientras regresaba a la mesa y ponía un flamenco de Ketama para alegrar la fiesta. ¿Qué hacía yo en semejante rollo? Habrá que seguir leyendo amiga lectora, no queda otra.
Cuando cada uno se retiró a su respectiva habitación debidamente acompañado, mi negra dominicana me preguntó si era verdad que era hombre de negocios. Claro, respondí. Y se puede saber qué tipo de nogocios, prosiguió. Venta de tecnología, le dije, sistemas de computación y aplicaciones satelitales. Ya, dijo ella, ahora tradúcemelo en cristiano. Ahora no, le dije, ahora haremos otras cosas, a la par que tomaba su mano y besaba su cuello iniciando los juegos preliminares (machos del mundo: es importantísimo que primero calienten a la jeba, caso contrario: cacho seguro). La noche fue de amor desaforado. Probamos una y otra posición y todo lo que tengo entró en ella por todos lados, despacio y hasta el fondo, o rápido y apresuradamente, en el arco de la felicidad. Su oscura piel era tersa, firme y cálida. Nos dijimos cosas agradables y cariñosas, y también las otras, esas que hacen que el sexo se vuelva fuerte y a ratos brutal. Y así por varias horas.

Cuando desperté, Taína aún estaba junto a mí. Se despertó, saludó amablemente. Me sentí incómodo con la idea pero no me quedó más y tuve que preguntarle cuánto costaban sus servicios. Me miró, sonrió y me dijo los negocios no siempre funcionan así. Por hoy basta con me invites a desayunar a un buen restaurante. Me puse el pantalón y, costumbre macha, abrí mi billetera por siaca. La habían revisado, aunque no faltaba ningún documento ni mi dinero. Al salir del departamento, vi que Kleist aún dormía y abrazaba a su amante. A su lado, una vacía botella de champagne sugería el derrotero de la noche. Taína y yo salimos al centro de Madrid, caminamos hacia la Plaza España y, como si fuéramos dos viejos amantes, nos sentamos de leer los diarios mientras el café humeaba sobre la mesa. Luego me pidió que la acompañara a su departamento, pues tenía que reportarse. Tomamos un taxi y dejamos e l centro hasta llegar a un barrio apartado, a un edificio de esos multifamiliares que pueden ser catalogados, sin temor a equivocarse, de horribles. Subimos las escaleras, ella sacó la llave y entramos. En la sala había dos mujeres más, muy atractivas también, una francesa, la otra ecuatoriana. Ellas son mis amigas Odette y Jennifer, dijo Taína.

Yo, recordando claramente que nunca le había dado mi nombre, me adelanté a ellas y dándoles dos besos les dije hola, me llamo Luis Cepeda. Taína añadió ponte cómodo, debo cambiarme. Y me quedé con ellas conversando. Todo transcurrió de la manera más normal. Hablaron de sus rutinas, de los días de trabajo, de lo difícil que era acostumbrarse a Madrid, que extrañaban esto y lo otro, que no sabían nada de sus hijos y tenían que pagar las deudas contraídas. De repente, Odette dijo no hay nada como Nueva Orleans. Eso es porque no conoces Vinces, en Ecuador, replicó Jennifer. A Vinces le dicen Paris chiquito, añadió mirándome con una sonrisa ingenua. Llegaron a un punto en el cual empezó a salir el tema del correo de cocaína pero, inmediatamente, cambiaron la conversación. Yo, ante todo, estuve mudo. A veces asentía con la cabeza pero nada más. Luego de una hora y pico Taína apareció preciosa y reluciente. Ya estoy lista, dijo con una sonrisa, volvamos a la cava, tengo hoy turno hasta las cinco de la mañana. ¿Turno? le dije molesto. ¿Qué eres? ¿Guardia de bodega? No seas tonto me dijo, dándome un beso y llevándome hacia la puerta, el negocio es así. A la salida, Jennifer se avalanzó presta y gritó déjenme en la Compañía Nacional de Teatro Clásico. ¿Eres también actriz? pregunté. No seas idiota, contestó ofendida, para teatro me basta con esta vida, allí hago limpieza. Tengo dos trabajos, es la única manera de pagar mis deudas.

El taxi se detuvo en la CNTC y Jennifer se bajó de prisa. Mientras el vehículo partía, pude notar que estrenaban una obra llamada El castigo sin venganza. Seguimos pocas cuadras, dejé a Taína en la Cava del Ocioso y regresé al Vieja Europa. Tío, te la manejas bien, eh, pero este viajecito te va a costar una hostia, dijo el taxista. Aquí tienes, le dije sin darle chance a reclamo, pues el río de vehículos se le lanzaba feroz por la transitada avenida. No quedamos en vernos pero, deber o perrería, tenía que regresar a seguir mis averiguaciones. Y así fue.

A los pocos días regresé a la cava. Cuando entré Jurgen Kleist me recibió con una sonrisa. Estaba seguro de que regresarías. Yo nunca me equivoco cuando veo a un buen cliente. Pidió una caña para mí y me dijo cuando tú quieras me avisas. Pasaron varios minutos y no veía a Taína por ningún lado. Luego, desde el fondo de la cava, saliendo de una puerta y acompañada por un hombre, apareció con su encantadora sonrisa. Pero no se acercó. Kleist, seguro de lo que había pasado y familiarizado ya con esos ritos, me dijo si quieres llamo a otra de mis muchachas, Taína hoy tiene el turno rotativo y no puede dedicarse a ti por entero. Pero si quieres puedes pasar con ella media hora, es lo que se estila. No, le dije, está bien así. Me acerqué a ella y casi molesto le dije al oído, vendré a verte a la salida. A lo cual ella respondió con silencio. Poco antes del cierre, temprano en la mañana, estuve afuera esperándola. Taína apareció mientras Kleist miraba la escena desde la distancia. Recuerda que debes estar aquí más tarde, le gritó.

Fuimos al Vieja Europa y volvimos a hacer el amor. Esta vez te va a costar y mucho, dijo ella. Está bien, respondí. Y volvimos a juntarnos en la noche varias veces. No era el amor lo que nos unía, pero tampoco había frialdad en sus gestos. Era una gran amante y, como tal, le resultaba fácil adivinar los grados de soledad de un hombre. Taína dijo hay quienes prefieren tomar fotos, otros son sadomasoquistas, otros exhibicionistas, otros sólo quieren sexo oral. Hay de todo. Y también los hay como tú, amantes solitarios, viajeros, rostros que nunca más volveré a ver. Yo la escuchaba boca arriba mientras el lento humo de un cigarrillo se deshacía en la habitación a oscuras. Luego me contó la manera en que ella y sus compañeras habían llegado a Madrid, las mediaciones y los lugares en los que les introdujeron la droga en el cuerpo. Nadie lo creería porque es una jugada casi maestra: nos hacen llegar primero a Nueva Orleáns y desde allí, con papeles en regla, nos envían cargadas a Madrid. La droga la cruzan desde Jamaica y Las Bahamas hacia Nueva Orleáns y de allí la mandan a Europa, sobre todo a Francia y España. Todas nosotras teníamos visa de turista para entrar a Estados Unidos. Todo legal. Ya no se envía desde Colombia o México. Sale del mismo Estados Unidos. Fue en Nueva Orleáns que nos tuvieron escondidas unos días y luego nos unieron a Odette, pues ella ya conocía los tejes y manejes del paso fronterizo. Además, es francesa y eso facilita mucho las cosas. Pero lo que nos hicieron esos días, mientras preparaban el envío, eso no tiene nombre. No le deseo esa suerte ni a mi peor enemiga. Era una asquerosidad, decía, primero nos violaban y después nos hacían tener sexo con perros y hasta caballos para filmarnos, al final nos obligaban a tragar cápsulas que nos indigestaban. Algunas morían antes de llegar al hospital. Cuando no volvemos a saber de ninguna es porque ha muerto, así funciona el sistema. No es bueno preguntar tampoco, dijo. ¿Y qué tiene que ver en todo esto Kleist? le pregunté. Es sólo una cobertura creo, aunque él a veces dice que le deben algunos favores allá, pero es mejor que no sepas más. Tampoco es bueno preguntar mucho, repitió.

Como la vez anterior, dejé a Taína en la Cava del Ocioso y regresé al Vieja Europa. Al acercarme a la Recepción, el gordo que allí trabajaba me dijo de manera discreta, lo andan buscando. Vinieron dos malencarados e hicieron preguntas sobre usted, que cuándo había llegado y qué hacía en Madrid. No les di información, nada. Dijeron que eran de la policía de inmigración pero no me lo creo, podrían ser sicarios. Ahora, con tanto sudaca, Madrid está lleno de sicarios, colombianos la mayoría, que andan repartiendo bala a todo el mundo. Ni la Guardia Nacional se salva. Sudacas malparidos, deberían irse por donde vinieron. Ante esta última agresión verbal contra la raza de la América morena opté por no darle ninguna propina, sólo agradecerle. Al retirarme me gritó si regresan qué les digo. Nada, respondí, que hablen conmigo directamente. Cuando entré al cuarto encontré lo que me esperaba. Lo habían hecho mierda. No encontraron nada porque nada escondía. Pero estaba claro que las finuras de revisarme la billetera y no llevarse el dinero se habían acabado.

Había que actuar con rapidez. Necesitaba saber una dirección, tener cualquier indicio más concreto del tráfico de cocaína en Nueva Orleáns. Por la noche fui nuevamente a la Cava del Ocioso y me salió al paso Kleist. Ella no ha venido hoy, me dijo sin darme chance a hablar. Yo mismo la traje, respondí. Me miró con furia y me dijo estás pisando terreno minado, es mejor que no vuelvas a venir. Acto seguido, llamó a dos guardias y éstos me acompañaron a la salida. No había nada más que hacer allí. Decidí tomar un taxi y llegué hasta su departamento. Toqué la puerta y salieron Jennifer y Odette. Hijo de puta, fue lo primero que me gritaron, en medio de otras frases que mejor no las escribo, qué has hecho, en qué has metido a Taína. En dónde está, pregunté. No sabemos, no ha venido. Pero era mentira y estaba claro para mí que ella se encontraba en su departamento, pues se habían olvidado de esconder su cartera. Y no hay mujer en el mundo que ande por la calle sin su cartera. Entré a empujones, en medio de las maldiciones de las féminas del bajo mundo de los altos placeres. Allí estaba ella, acostada en su cama, verde y morada de tanto golpe. Me miró y llorando me dijo lárgate de aquí, mira lo que me han hecho por tu culpa. Yo no he hecho nada le dije, mientras me acercaba a consolarla. Déjame imbécil, lárgate de aquí gritó. Me dijiste que trabajabas en una cosa y no es verdad. Han tratado de averiguar sobre ti y no han encontrado nada. Tu pasaporte es falso, tu cédula es falsa, nadie ha escuchado hablar de ti. No sé quién eres y tampoco me interesa, sólo quiero que te largues, pues no pienso morirme contigo. Acto seguido dejé en silencio el departamento.

Al abordar nuevamente el taxi que me había estado esperando fui interceptado por dos hombres, posiblemente los mismos del hotel. Dejémonos de guevadas, pelear contra dos es pérdida segura, a no ser que uno vaya armado, y hacía tiempo que yo me había separado de mi mágnum. Eso de las peleitas estilo Bruce Lee sólo existe en las películas. Y sin abundar en esta sacadadechucha de la que fui víctima, sólo digo que, después de una pateada y trompiza mutua, por cansancio casi, me dieron en el suelo. En el suelo sólo queda la posición fetal de defensa. La cosa se habría puesto peor si el taxista no hubiera pedido auxilio a los vecinos. Entre pobres uno puede entenderse mejor. Y fue gracias al griterío de los peatones y la intervención decidida de dos marroquíes que pude salvar el pellejo. Eso sí, quedé debidamente golpeado. Joder tío, en qué rollo andas metido, joder, mejor te llevo a un hospital, dijo el taxista a larmado. No, le dije, solamente al hotel. Y así fue.

Cuando entré estaba el mismo imbécil en la Recepción. Vinieron a buscarlo nuevamente y les di su mensaje. También le llegó este sobre. Tiene que darme en efectivo el dinero que pagué por él. No le dije nada. Subí a mi habitación y abrí el sobre. El mensaje decía ve al aeropuerto y compra un boleto de ida, ya debes saber cuál es tu próximo destino. Y así lo hice.