lunes, 25 de agosto de 2008

Días de invierno en el trópico

Cuando terminaban las clases empezaba la estación de la lluvia, nuestro invierno tropical, el tiempo inaugural de nuestra libertad y de un extraño espíritu labrado en medio de los rayos y truenos y el aguacero torrencial que caía en las planicies del sur. Muy temprano en la mañana, sin embargo, toda la Ciudadela entraba en frenesí, pues no había agua y cada uno rompía las tuberías para instalar bombas de succión, lo cual no siempre resultaba en mayor armonía. Si en invierno demoraba la lluvia, las peleas entre familias eran mayores. Otras veces, cuando la mañana venía con una garúa, su frescura se prolongaba hasta casi el mediodía. Y si había lluvia, aprovechábamos para llenar todo lo que pudiese contener agua: cisternas, tanques, baldes, ollas, tazas, cucharas, la boca abierta, todo. La tarde, en cambio, era un infiernillo o la puerta para nuevas lluvias. Cuando sentíamos las primeras gotas sacábamos una pelota de cualquier lado y jugábamos hasta más no poder. Y luego procedíamos a vagar por los lejanos terrenos baldíos que se abrían más allá de las pocas fábricas, mirando hacia el Puerto Marítimo.

A veces, cuando el clima era más benigno, nos quedábamos jugando partidos de volleyball en la calle, o les quitábamos las cuerdas de saltar a Linda, Brenda, Nina o la Chocota y nos poníamos de pura joda a saltarla a voz de “Monje/ viudo/ soltero/ casado” lo que se transformaba rápidamente en femenino mientras no dejábamos salir de la cuerda al que saltaba. O armábamos orquetas, rifles y pistolas de balsa para tirarnos piedras o lanzar flechas de caña y tapillas de colas.

El invierno era nuestro y también nos aventurábamos hacia las balseras o hacia la misma ría. Ibamos en medio de la maleza y los árboles que crecían tupidamente, esquivando iguanas y culebras, matando avispas y mosquitos. Un día nos llegó la noticia que el menor de los Santa Cruz se había ahogado. Fuimos todos como en desesperada caravana, saltando troncos y sorteando riachuelos que se formaban con el agua. Cuando llegamos sólo vimos a los hermanos del desaparecido en la orilla. La ría seguía ancha y abruptamente rumbo al océano. Desde allí podíamos ver con temor los pequeños remolinos que se formaban, pues uno de ellos había mandado al fondo al fallecido.

Era invierno también cuando jugábamos los mejores partidos de fútbol en la canchita que quedaba frente al salón del negro Robledo, detrás de la Sherwin-Williams. O nos poníamos los guantes de béisbol y nos largábamos a batear una pelota que siempre terminaba perdiéndose entre los matorrales. Y era invierno cuando salíamos a recoger residuos de latas en el Guasmo.

En el invierno también supimos lo que era el amor y la tristeza del amor: Nuestras hermanas crecieron y nuestros irremediables celos también. Yo sacaba a piedra limpia de mi casa a Gorilón, que por esa época andaba husmeando por allí. Por las tardes, como salidas de revistas y programas de televisión, veíamos a Cleotilde Cárcamo, con el vestido ceñido a su espléndido cuerpo, a Maritza Romero y Anabelle Morales, bailando afuera de sus casas. Dejaban el uniforme colegial para volverse hermosas y tiernas a la vez. Y en el invierno también se tejieron sus historias, esas que no conocimos o que percibimos lejanamente y no comentábamos porque eso era traicionar al amigo, al pana del barrio, y es mejor no hablar mal de las mujeres. Y así, mientras todos crecíamos, en vez de encontrar un puente con ellas, lo que encontramos fue más distancia. Buscábamos el amor y tardaba en llegar.

Poco tiempo después los días de invierno comenzaban a volverse una competencia de quién tenía la mejor bicicleta. A la distancia y con odio veíamos a los aniñados en bicicletas nuevas, patinetas, motos y hasta carros, que pasaban haciendo ruido por la esquina, mientras nosotros seguíamos sembrados en el Cementerio de Autos. Por eso, lo que nos quedaba era el deporte y, en cada campeonato, la oportunidad de romperles las canillas.

Una vez pasó Ruilova, alias Pelo de Chancho, tiradito a aniñado también, pero sin pinta. Le habían comprado una moto y era la única manera de que lograra levantarse una pelada. Pasaba cada cinco minutos con la maldita moto hasta que una tarde decidimos gritarle su apodo cada vez que pasara. Y así lo hicimos. Al paso de la moto se sumó el grito colectivo de Pelo de Chancho, cosa que, para abreviar, hizo que el pobre se apeara a reclamarnos. Manuelón, que siempre fue bueno para la pelea, lo miró, se le rió en la cara, le dio una patada en la canilla, le pateó la moto y le dijo con calma: “Te puteo, te pateo y te culeo”. A lo cual Pelo de Chancho, simplemente, optó por una vergonzosa aunque sabia retirada.

A Pelo de Chancho lo sucedió Ladilla, un flaquito que vino del otro lado de la Ciudadela a parar en el barrio. Le decían así porque jodía mucho y siempre, tanto que un día lo amarraron al poste con el pantalón abajo. Eso se le acabó cuando le compraron una moto. Con ella se dedicó a espantar a todo el mundo: transeúntes, vigilantes de tránsito, peloteros. La agarraba, hacía estruendosamente run-run-run y se largaba a buscar que los vigilantes lo persiguieran en un juego en el que los gatos nunca cogían al ratón. Y eso también acabó cuando se enamoró. Al principio andaba con su novia atrás, en la moto, y a alta velocidad se besaban al frente de todo el mundo, como en una película. Y eso también se acabó cuando se hizo más grande y se casó. Fin de Ladilla.

miércoles, 30 de julio de 2008

Cita con todos en Guayaquil


Gente: estaré en Guayaquil del 8 al 22 de Agosto (de llocame), pero el miércoles 13, a las 7pm, será el lanzamiento de mi "Rumor de inventario", una antología por mis 30 años de literatura. Lugar: Centro Ecuatoriano Norteamericano. Caigan por allí que la fiesta es para ustedes. O nos vemos de regreso al blog, luego del 23. Abrazos para todos. Fernando Iturburu.

Me llaman el hombre duro

No hay un bravo sino muchos bravos que, cuando se encuentran, terminan de aclarar las cosas a punta de puñete. Así lo vi un día de mi infancia en que Cucho y Caballón decidieron quién era quién. Recuerdo las fintas, los esquives, las trenzadas de puños y cabezasos, el código de honor de no darse en el suelo. Recuerdo todo como en una foto instantánea. Luego pasaron los años y Caballón se fue a Estados Unidos sólo para regresar una vez más. Tenía la misma sonrisa y los mismos ojos achinados, y era como si el tiempo hubiera pasado en balde. Cucho siguió cantando canciones de Leonardo Favio en las fiestas, tomaba la guitarra y arrancaba: “Ella/ella ya me olvidó/Yo/Yo la recuerdo ahora” y las luces rojas caían sobre su oscuro y duro rostro y las parejas bailaban lentas y apretadas.

En la vida muchas cosas sólo dan vueltas. Como todos, Cucho encontró un trabajo de guardespaldas o algo así. Estaba viejo aunque no lo sabía, o no quería saberlo. Sin embargo, tuvo que reconocerlo una tarde de naipes en el parque cuando no quiso pagar lo que había perdido hasta ese momento. Nunca es una buena idea tener cuentas pendientes, y menos en el barrio. Cabeza de Tarro, que ya no era un niño y tenía un cuerpo de tanque, le pidió dos veces que le pagara lo que debía. Cucho, siempre bravucón, le dijo que no y lo desafió sólo para terminar bien trompeado y pateado en la calle.

Cabeza de Tarro era malo y malcriado y sabía que iba a gozar algunos años el cetro de ser el mejor puñete del barrio. Como todo buscapleitos anduvo metiéndose en broncas por todo lado, y así también tuvo que recibir unas cuantas lecciones. La primera fue que él no era invencible, como parecía creerlo, y la segunda que la venganza siempre es resultado de un recuerdo no superado. Derrotado una vez en un avasallo, planificó la venganza y terminó incendiando una casa. Otra vez tuvo que aceptar una dura derrota a manos de Douglas Ronquillo, el sobrino de Careplato, quien a su vez debía cuidar a su hermano Nino, que también andaba de bronca en bronca. Y otro peleador bravo tuvo que aceptar otra derrota de Babita, y otro de Ernesto Medina, y otro del negro Bermeo (el Pío), y otro del negro Jim, y otro del negro Saint’Omer, todos de la Ciudadela. Gente que por lo general se mantenía a la zaga de problemas pero que había aprendido en silencio las destrezas de la pelea callejera. Y así, hasta entender que cada uno tiene su hora de salida y llegada. En otras palabras, y como dijo el enano: que en la vida no hay peleador pequeño. Eso lo sabían Galleta y Manuelón, que no eran muy altos pero que sólo les bastaba agarrar al rival por la cintura, elevarlo lo más alto posible mientras aguantaban un par de puñetes, y tirarlo al piso con la espalda partida para, allí sí, “estropearle la careta con las botas” como decía Galleta cuando se cabreaba.

En la mitología del barrio, el peleador callejero, de mano limpia o de cuchillo, siempre lleva un lugar destacado. Sólo merecieron el respeto de todos los que respetaron a sus rivales y a la vida. Uno de ellos es, al mismo tiempo, todos ellos. El barrio siempre fabrica peleadores, pero sólo recuerda con orgullo a aquellos que se sintieron nerviosos a la hora de la hora porque llegaron a percibir la eterna levedad del ser humano y abrazaron la idea de que todo acto heroico es también una derrota, que lo que ocurre en el presente ya ocurrió antes y sólo se repite en un nuevo acto, como bien lo señala Jorge Luis Borges.

Los peripatéticos del barrio

La primera vez que leí sobre Aristóteles me enteré de que era un filósofo griego que tenía, entre otras mañas, enseñar mientras caminaba. A este estilo pedagógico lo denominaron "peripatético”. Al mismo Aris¬tóteles a veces también lo llaman así: Peripatético. Claro que eso de peri suena a pera, y lo de patético a pata, y todo junto a paro patético, también suena a “andar a pata”, o sea a caminar pura y simplemente por la calle. Pues bien, sin saber tanta vaina, sin haber estudiado mucho para saber todo eso, en mi barrio también teníamos nuestros Aristóteles: el Baby Juancho (Careplato), Manuelón y Ceviche de Concha. Los tres podrían haber dado mucho celo a toda la gama de filósofos griegos que tanto ha estudiado la humanidad. Veamos por qué.

En las tardes de invierno, cuando arreciaba la lluvia y el verdor de las plantas era refugio de insectos y chapuletes, nos íbamos a caminar por la Ciudadela. Había mucho de mágico y ritual en esas caminatas: Espíritu de equipo, solidaridad y hermandad no enunciada. Por la noche también íbamos por las casas viendo sus detalles, a la pesca de algun evento extraño.

Una de esas, después del torrencial aguacero de la tarde, pasamos por una de las villas grandes y escuchamos llantos y gritos. Desde detrás de la verja nos acercamos silenciosos hacia la ventana de la sala y luego a la de un cuarto, y vimos claramente la sombra de un padre azotando a su hijo en la espalda. No recuerdo si era un látigo o una correa, pero le daban duro, pausadamente, como en una violenta ceremonia de castigo, mientras una muchacha lloraba amargamente e imploraba: no le peguen a mi ñaño, no le peguen a mi ñaño. Nos quedamos un rato callados, todos allí, pegados a la verja de la casa, ocultos entre las plantas, hipnotizados por los golpes, diciendo “le están pegando al Colorado Borja, el viejo le está pegando al Colorado Borja”. Aún recuerdo ese momento de salvajismo y ceguera de un padre, que es la misma maldita ceguera y salvajismo de todos los padres que no aman a sus hijos. Con los años volví a ver una vez más al Colorado Borja, caminando por la calle, gordo, serio. Pero en realidad a quien veía era al mismo niño que golpeaban esa noche, lejos de mi barrio, en esas casas grandes de esquinas oscuras por las que aprendíamos caminando.

Esas noches nos internábamos en otros barrios, territorio apache. A veces un hombre extraviado y encontrado en la noche aparecía en busca del amor, y lo asaltábamos entre todos. "Pero de uno en uno", decía. Caretopla, Manuelón y Ceviche, los peripatéticos, no aguantaban paro y eran los primeros en la fila. ¿De qué hablábamos? Eran chismes, historias viejas, leyendas de los Rey del Moco por ejemplo.
Rey del Moco era un muchacho medio enano y gordito que vivía en la hacienda el Guasmo. A su hermano le decían Príncipe del Moco y a su hermana Princesa del Moco. A veces los tres aparecían montados a caballo y, látigo en mano, nos correteaban por las calles y callejones del barrio, con sus caras pegoteadas de moco en las mejillas y las orejas.

A veces, Galleta también se juntaba a los filósofos griegos del barrio. Si Aristóteles era un pendejo al lado de los peripatéticos del barrio, Galleta le hacía un toque a Saussure y lingüistas de académica ralea. ¿A quién? A Saussure: Lingüista suizo que dijo que las palabras no tenían relación con las cosas. Galleta, sin leer a Saussure ni a nadie por el estilo, les preguntaba a los peripatéticos por qué al uno se le dice uno y al dos dos y al tres tres. Y por qué el uno va antes del dos y no del cinco. ¿Es que alguien me puede explicar eso? gritaba. Ante el silencio añadía: Valen verga ¿No dicen que están en el colegio? ¿Para qué van al colegio si no pueden responderle al Gran Galleta? Y ellos le gritaban ya cállate Galleta, déjate de fumar esa huevada, esa mierda de burro te está dañando el cerebro, te dejó loco el loco Taboada. Pero nadie en realidad sabía la respuesta. Es más, nadie entendía la pregunta. ¿Quién se imaginaba que setenta años antes, en otra parte del mundo, alguien habría dicho lo mismo pero de otra manera, frente a un auditorio de viejos ciegos de conocimiento? ¿Quién habría imaginado que el dorado sueño de Aristóteles cruzaba por la mente y la boca de la gente del barrio?

Los peripatéticos una vez se aparecieron con un pupitre robado del Eloy Alfaro. Se habían metido por un hueco de la cancha de fútbol y, haciendo gala de un inusitado espíritu choretril que ya presagiaba el pandillerismo, decidieron agarrar el pupitre verde, cargarlo y ponerlo de adorno en la esquina. Y allí estaba ese mueble monstruito para asombro de todos. No teníamos donde sentarnos, fue lo único que dijeron como excusa. Semanas más tarde, ante el evidente deterioro del asiento, fueron más lejos: robaron del fondo de la zona de los aniñados un banco de cemento. No les dio pereza traerlo desde tan lejos. Lo pusieron junto al poste a la voz de ahora sí ya tenemos donde sentarnos. Oye, si quieres vamos a ver otro, que esos aniñados de La Favorita son ahuevados.

Pero no era así, no necesariamente. Eso quedó evidenciado cuando Maranata, un loco de la última calle de la Ciudadela, medio amigo de la Huasa, del otro lado del parque, paseaba en bicicleta por zona aniñada. Tuvo un medio accidente sin importancia pero decidió putear a los aniñados quienes se quedaron callados pero, una vez lejos, le gritaron al unísono “Baja la válvula”. Cosa que, sin mediar más, hizo que Maranata fuera veloz a su casa en busca de un machete, para dejar en claro quién era el man. Pero como la pica era grande, la gente decidió unirse a otros grupos y en masa nos fuimos a la zona de los aniñados quienes, ni cojudos, también habían hecho su bulluquito de gente. De eso sabe mucho Tanano, el hermano de la Huasa, quien había decidido irse a parar con ellos, dando muestra de seria afrenta y traición a la gente del barrio, la de la tienda “La Gloria”, como se identificaban por ese entonces. La puñetiza en masa quedó en suspenso cuando el perro Bolivín se trancó a puñete con un aniñado que quería bajarle la pinta. La gente hizo barra, conatos de bronca más grande pero de allí todo quedó en veremos. Ánimos calmados, iniciamos el regreso a nuestra esquina. Quién iba a saber que ese era sólo el principio de un odio que se vería con más fuerza en los partidos de índor y algunas fiestas.

Así ocurrían las cosas en las noches de invierno, cuando los peripatéticos del barrio se lanzaban a aprender algunos asuntos de la vida.

Creplato, el Oso, el Cuervo y los otros

El título suena a cuento infantil y en determinada forma lo es. El que primero llegó a anexarse a la gente de la esquina fue el Careplato. Antes lo llamaban Carecuchillo y, como era mayor que los demás, se divertía azotando con sus maldades al que primero veía. Por ejemplo, se trepaba en los columpios del parque, atrapando en sus piernas a cualquiera que tuviera la suerte de mecerse, y lo llevaba por las alturas haciéndolo temblar de miedo. A veces andaba jodiendo con otros desaforados. Pero una noche en que estábamos en la esquina, se apareció callado y se paró a poca distancia. Era un escena rara porque lo veíamos y nadie decía nada porque nadie sabía qué mismo quería el temido Carecuchillo. Luego alguien le dirigió la palabra, creo que le preguntaron si quería parar en la esquina y dijo que sí. Era conmovedor que alguien tan malo se pegara a nosotros, que no éramos precisamente unos niños obedientes pero tampoco llegábamos a los extremos del nuevo invitado. Así, Carecuchillo fue debidamente rebautizado como Careplato y, a insistencia de él, pues afirmaba que era aniñado de fina estampa, rebautizado otra vez como Baby Careplato, o Julito Leoncito Ronquillito, como nos haría repetir en voz alta y palo en mano poco tiempo después.

Baby Topla no jubaba pelota ni andaba metido en los deportes como los demás, pero asumía las funciones de representante del grupo en las ligas interbarriales. Allí se sentía a gusto: gritaba, reclamaba, vociferaba y peleaba, al mejor estilo de su pasado carecuchillil. Organizaba también a los grupos para ir a tirar camaretas a las casas a fin de año, armar peleas por puro encame y hacer las bromas más crueles. En esos asuntos llevaba un mano-a-mano permanente con Rey, el Salvaje Machucagente. Al Baby Topla tampoco se le escapaban ni los amigos del mismo sexo ni los animales que anduvieran perdidos por allí: todos marchaban al calor de su incontenible apetito sexual.

Pero no era eso lo único ni lo mejor de él. Careplato era también el mejor bailarín del barrio: Llegaba con la ropa de última moda y se ponía a bailar todo lo que fuera Motown y la naciente música disco. Sin problema, se paraba en media calle mientras lo veíamos riéndonos con envidia y hacía los pasos que había aprendido en la discoteca o la televisión. Con una disciplina casi religiosa estaba a la misma hora que los demás para reírse de la vida y pelearse con quien fuera. Los días de diciembre iría también al Guasmo a tumbar el árbol de navidad de la esquina, recogería dinero para las luces, montaría guardia para que no se robaran nada del Nacimiento. Con Monín, Manuelón, Pinina o el Salvaje Machucagente, inventaría las bromas más demenciales y un día escribiría con cal en los muros del colegio Eloy Alfaro un gran corazón flechado que decía: “Sopa de queso y Ginger se aman”, en referencia al loco Huguito y su loco amor. Huguito era sólo un flaquito cabezón que andaba enamorado y, como todos, se reía de las locuras de Baby Topla.

A éste, todo le habría ido viento en popa si un día no se hubiera aparecido el Oso, un peludísimo muchacho quien, con su delgada figura y educado comportamiento, vestido con ropa de hombre viejo, se paró en media calle, donde siempre lo hacía Baby Topla, y se puso a bailar como John Travolta en Saturday Night Fever, cosa que hizo que la gente aplaudiera y Topla se muriera de envidia y rabia. Más aún, cuando el Oso se descubrió como un excelente diseñador y pintor, habilidad totalmente desconocida para nosotros. En la misma esquina del barrio agarraba carbones y tizas y se ponía a dibujar tiras cómicas, mujeres encantadoras y cualquier cosa que se le pasara por la cabeza. El remate fue cuando hizo los diseños de los equipos de fútbol. Como un fino modisto traía muestras y nosotros las comentábamos para nuevos cambios. El Oso, su hermano Pastora (Chabaco) y Padre Bazurco, venían de dos callejones atrás y estaban entre los menores del barrio. Baby Topla era el más viejo.

El último que llegó al barrio fue el Cuervo, que en esa época era un muchacho tímido, bajado a látigo de Bucay, que no pateaba pelota ni en sueños. El Cuervo era el primo del cholo Cepeda y su familia se había venido a vivir a Guayaquil. Como todos, fue acogido por la gallada pero su mirada estaba en otro mundo, ya de gente más vieja y seria que pensaba en trabajo y familia. De ellos quedan los recuerdos de cómo fueron y las noticias que de repente nos llegan desde lejos o gracias a la coincidencia de un encuentro en alguna calle de Guayaquil. En la memoria, sin embargo, Careplato y el Oso aún siguen en ese mano-a-mano de baile llevado a cabo en la calle, frente a todos, mientras el Cuervo los mira incrédulos diciendo que esos pasos son muy difíciles para él, que el man es salsero, que mejor se va donde Cortijo, al Barrio Cuba, y se trepa en su flamante Cóndor mientras pone un casette donde se oye a Andy Montañez que dice “Yo soy el alma de un cantante errante/ que vaga por el mundo entero”.

Evocación del fabulador Carlos Medina

A finales del 60, la TV. en Guayaquil iba desde Batman, Cita con la muerte, Maverick, El Rebelde, Viaje a las estrellas, Los Intocables y La rubia peligrosa, hasta las tristes y unilaterales transmisiones de noticias en los informativos. Uno de los relax televisivos era Atardecer ye-yé. Ahora su nombre suena extraño, pero ¿no es también lo extraño un provocador de recuerdos? En el set al aire libre había un conjunto, quizá Los Errantes, los Corvets o Los Dragones y también una muchacha muy joven, casi una niña, que bailaba con botines negros y minifalda, y su pelo largo y rizado caía sobre sus hombros y espalda. Para Absalón Quiróz y yo, esa chica era nuestra futura novia. Ambos íbamos religiosamente todas las tardes de sábados a concentrarnos frente a la pantalla sólo por verla. No sé si Absalón -que sigue siendo uno de los cronopios más queridos del barrio y terminó sus estudios de medicina- alcanzó a verla personalmente, no creo que eso haya importado en esos años.

Absalón, así como Luis Cepeda, eran del mismo signo zodiacal mío. Este asunto no podría haber sido relevante si no hubiera aparecido el primer fabulador que conocí. Se llamaba Carlos Medina. Era un muchacho transparente, imbuído en enciclopedias, temeroso al sol de la tarde y con una radiante atracción por todo lo que fuera conocimiento, experimento de animales y rarezas afines. Carlos aparecía por el barrio cuando nosotros estábamos ya terminando el partido de índor. Vestía siempre con pantalón corto oscuro, zapatos y medias negras y una camisa blanca y limpia, planchada con paciencia de madre.

Antes de regresar a casa nos concentraba a todos con las últimas novedades que había leído. Nos contaba cómo se podía construir submarinos, barcos y aviones. Que era solamente cuestión de saber usar la balsa, poner o sacar la cantidad exacta de agua y cerrar algunos agujeros de ventilación, decía. Nos contaba de su abuelo que había sido pirata y había azotado durante años la cuenca del Guayas y la isla Puná. Nos relataba las increíbles historias de su tío, quien además de tener más de cien haciendas, secuestraba mujeres y las encadenaba. Nos decía que ese mismo lugar, esa calle en donde jugábamos pelota, era propiedad de su otro tío, dueño también de la Ciudadela.

Yo sabía que nuestra realidad de mocosos peloteros de clase media era mucho más brillante y versátil que la pantalla blanco y negro del televisor, mucho más que ese cadáver de terno y corbata que contaba con lujo de detalles cuántos muertos más habían caído en guerras lejanas. Pero sabía también que al lado de nuestro incipiente fantaseo, Carlos Medina era el portentoso resultado de una nueva imaginación que se formaba en el aislamienlo de ese lejano territorio, esa especie de "downunder", desértico y a la vez selvático, que era la Ciudadela 9 de Octubre, perdida en el sur de la ciudad. Ese lugar en donde todos estábamos condenados a ser inevitablemente jóvenes y no necesitábamos de nada ni de nadie; ese espacio en donde queríamos construir nuestro añorado kibbutz. Teníamos que contar sólo con eso para sobrevivir. Era nuestra propia guerra que estábamos librando, lejos del resto de la ciudad, pegados al río y al pantano.

De ese tiempo recuerdo a mis amigos, los tangos cantados por mi padre, a un maestro de escuela, la voz de tenor de Don Sebastián Paredes que aparecía al caer el sol llamando a sus hijos.

Nuestra vida era como el programa de la televisión: un atardecer de día sábado en el cual la gente bailaba y se divertía. Pero se representaba en una tierra diferente: la del imaginario espacio de los muchachos del sur.

Sé que Carlos Medina está en Connecticut ahora. El implacable destino, Dios o, sencillamente, la comedia humana, quisieron que también se transformara en un emigrante en busca de trabajo. No sé cómo localizarlo y tampoco si el encontrarlo haga que reaparezca ese extraordinario fabulador que nos enseñaba a construir descomunales transportes. Sin embargo, sé que en esa región perdida, eso que empobrecidamente llamamos recuerdo, él continúa con sus copiosas lecturas, con su eterno y casi hermitaño refugio en la biblioteca de su casa o en su cuarto, hasta que el implacable sol del trópico desaparezca. Él continúa en la escuela con nosotros y asiste muy temprano a las clases de Geografía y Ciencias Naturales, mientras los demás seguimos escuchando los inverosímiles recuentos de sus parientes.

Cuando Carlos Medina supo que Absalón Quiroz, Luis Cepeda y yo éramos del mismo signo zodiacal abrió las cartas y dijo: "el asunto es difícil porque los tres son iguales y porque siempre van a pelearse y a quererse, como hermanos. Y porque uno de ustedes será feliz “como Dios manda”, al otro lo perseguirá una mujer y un día también será feliz, y el tercero se perderá en el tiempo y recordará para siempre lo que he dicho". Y recogió nuevamente el tarot diciendo con tranquilidad: "¿Joselo, tú también quieres que te adivine la suerte?".

El inconmensurable tiempo hace que uno acuda intermitentemente al mundo de los fantasmas y a sus juegos. La televisión, un partido de índor, una canción, cualquier cosa provoca la agitación de la memoria. El resultado es un salto para volver a encontrarse en el oráculo del tarot y en la premonición de un fabulador de la infancia.

jueves, 24 de julio de 2008

Rodi Carabalí y Rodolfo "El Zorro" Baidal

Por las noches, cuando habíamos terminado las tareas de la escuela y los demás regresaban del trabajo, nos sentábamos frente al televisor. Con la ceremonia del que llega al cine, veíamos Dimensión Desconocida o Viaje a las Estrellas. Y todas la noches, religiosamente, a las ocho en punto, Rodi Carabalí tocaba con educación y lo invitábamos a sentarse con nosotros. Por esa época, él ya andaba por el metro ochenta. Junto a su juvenil y alta figura se notaba una almohada grande bajo su brazo. Escogía, como todos los del barrio, un rincón en el suelo y allí se sepultaba a ver los programas. A veces traía una colcha para protegerse del viento veraniego.

Por nuestros ojos desfilaban las películas en blanco y negro, cortadas intermitentemente por propagandas y propicias para la glosa, ir al baño, contar un chiste o rasquetear el cocolón de la olla. O para que El Zorro Baidal apareciera.

Era durante ese lapso que el Zorro salía de su casa y en el silencio y la oscuridad del callejón, a cuello pelado gritaba “el zoooooorroooooo”, y golpeándose el trasero con la mano, como si fuera caballo de sí mismo, corría veloz a la tienda de la esquina, a comprarle un cigarrillo a su padre. A veces era también Cruz Diablo o los personajes que salían en Jim West. Rodolfo Baidal, alias Gurofo, era verdaderamente el Zorro. No se tomaba en serio ningún papel, simplemente vivía a plenitud su desdoblamiento, como todos, mientras corría, y la gente en las casas se reía de verlo tan inocente. Una noche, sentados en los fierros del parque mientras soplaba el viento, el Zorro se puso a contar historias del Tintín traídas del campo por sus abuelos: “Dice Mamá Dora que andaba con mi abuelo perdida en el campo y llegaron a una loma. En la cima oyeron los llantos de un niño y se aproximaron a la criatura que lloraba. Lo tomaron en sus brazos y mientras lo calmaban ella dijo: ‘Mira que chiquito es, aún no tiene ni dientes’ a lo cual el niño respondió: ‘Sí tengo, míralos bien’ y mostró toditos los dientes y se reía a carcajadas y después se hizo humo”. Todos nos quedamos con el pico abierto, atemorizados.

A esa siguieron otras historias más hasta que se fue haciendo tarde. El viento soplaba con más fuerza pero nadie quería regresar a casa por el temor de encontrarse con los aparecidos de esos cuentos que fluían con simple precisión de la boca del Zorro.

Con los años, el Zorro se hizo buen pelotero, un hombre de amplia y sincera sonrisa, amable al trato, como su hermano Salomón “El Niño” Baidal, compañero en el Alfaro, igual que su padre el viejo Salomón, que en paz descanse. Vivían al lado de mi casa. Al frente, estaba la casa de los Carabalí, de Rodi Carabalí.

Rodi estudiaba en la escuela fiscal y practicaba todos los deportes habidos y por haber, y en todos era seleccionado del equipo, lo cual, modestia aparte, no impidió que una tarde invernal, a mediados de los setentas, el autor de este libelo le hiciera un gol por la galleta, aunque no alcanzara a esquivar el refilón de chancleta del que fue víctima por parte del ya mentado moreno caballero.

Lo vi jugar basketball y cumplir una buena labor en los intercolegiales, sobre todo contra los aniñados de las villas grandes. También lo vi pararse tieso en la defensa de los partidos de fútbol interbarrial, en los cuales, por su testarudez, aplicaba a rajatabla el principio de pasa la bola pero no el jugador. Ya bordeando los dos metros, por lo inevitablemente flaco de su figura, le decían Cigarrillos More. Lo conocían en todas partes y en todas era bien recibido, con chacota, aguardiente, mala palabra y, si había cómo, una tamuguita de ya-ja-já.

Cuando comenzó a trabajar le fuimos perdiendo la pista. Hablábamos muy poco, a excepción de algunos domingos de sol, cerveza helada y ceviche de corvina. O cuando hacía de árbitro en algún campeonato del barrio. La última vez que lo vimos nos conversó que un taxista lo había asaltado. A eso de las once de la noche, por la calle Quito, llegando al barrio, paró el taxi, sacó una pistola y le pidió todo lo que tenía. De su maletín de trabajo Rodi tuvo que sacar los cheques certificados del banco para el que trabajaba. Los cheques los hice anular, nos contó. Lo peor fue que, como nunca, no había nadie en el barrio. Siempre los vagos están aquí menos esa noche. Mala suerte, dijo Rodi. Terminamos la conversación con un nos vemos bróder y se marchó a su casa.

Lo último que supimos de él fue que, como miles de ecuatorianos, emigró a Italia, como lo hizo su hermana Zoila años antes, como lo hizo su hermano Chacho otro caballero que tomó rumbo a Venezuela para nunca más volver.