jueves, 2 de octubre de 2008

Alma inquieta de gorrión sentimental



El que llegó primero fue Chinto Ness, el mismo que, apenas vio al poeta le gritó ¿bebéis o no bebéis? -¿Por qué le hablas así?- interrogué sorprendido. A lo cual el Chinto respondió que era por respeto a Iturburu ya que, al ser poeta, él no podía preguntarle en términos vulgares chupas o no chupas, como si fuera un borrachito cualquiera. No. Había que preguntarle con elegancia: bebéis o no bebéis, o el poeta no respondería. Le decíamos Chinto Ness porque, una lejana noche, en la esquina del barrio, se había puesto a imitar al narrador de Los Intocables para contar los chismes de la gente. Era de allí que el vate Iturburu había sacado la idea de escribir literatura policial, no de los libros, como él quería que creyéramos. Lo digo yo y lo certifico, pues fui yo quien tuve la grabadora en mi mano mientras el Chinto se explayaba en detalles de la parodia. Y fui yo quien escribió el libreto, lo hicimos con Cocojox y La Garra. Luego empezaron a llegar los demás. Allí estaban, tal como lo habían augurado, Pollo Enano y Camachiño, el Cuervo, el doctor Bonilla y el loco Villacís. Más tarde llegarían Kukuku, Gorila y el gordo Lucho. Aparecieron Frejolito, los Pilones, el Oso Yogui, Mente Enferma, Petete, Salomón el Niño, Guarulo, el negro Bermeo y el Amigo. Lechuga llegó solo pero con unos cds de música de los 70. También llegaron las mujeres del Cartel y hasta la familia Cabrera, los gitanos del barrio, quienes sacaron sus guitarras y se pusieron a tocar interminables pasillos seguidos en coro por todos nosotros tú eres mi amor/ mi dicha y mi tesoro/ mi sólo encanto y miiiilusión/ ven a calmar mis males/ mujer, no seas tan inconstante. Y, la plena sea dicha, como en los viejos tiempos, la pasamos bacansísimo, pues luego nos tiramos al ruedo y nos fuimos de salsa, disco, boleros y otros ritmos debidamente rastrillados en el roce de piernas y demás toqueteos, fundamentales todos en la lucha cuerpo a cuerpo.

En una de esas pregunté por los que no estaban presentes: Cachato, don Perry, Magucito, la Huasa y Papa Chola. ¿No sabes? me preguntaron al unísono, se hicieron hermanitos, han dedicado su vida a predicar el evangelio según los Testigos de Jehová. Yo, tirándome para atrás como Condorito, me dije el tiempo todo lo cambia, mientras, para variar y de puro jodido, puse una canción de los Beatles que decía Miiiiicheeeelle, these are words that go together well/ ma Michele/ Miiiiichelle ma belle/ sont les mots qui vont trés bien ensemble/ trés bien ensemble. Esa es la plena cholo, la plena de verdad, gritaba entusiasmado el ya ebriongo poeta.

¿Y qué hay de La Sombra? comenzaron a preguntarse. (Por si la lectora no recuerda, o no ha leído mi novela, La Sombra es el alias con el que el pueblo bautizó a un personaje real, o de su fantasía, nunca se supo, que ajusticiaba a criminales). En los últimos días se había vuelto a hablar del tema, pues habían encontrado cadáveres en las carreteras, barrios bravos y vías marginales, y la mayoría de ellos tenía una S en el pecho, claramente realizada con un cuchillo, y un hueco en la frente. No, no es La Sombra, comentó Iturburu. Está claro por el estilo, los lugares y los muertos. Es sólo la violencia diaria, la de siempre, esa que ya a nadie le importa, terminó diciendo, mientras unos reafirmaban que eso era lo que se necesitaba: orden para el progreso, y otros decían que, de todos modos, La Sombra actuaba fuera de la ley y eso no era bueno para la democracia. Democracia, alguien replicó, cuál democracia, mientras seguíamos con música y cerveza.

El sábado ya era propiedad de la noche y se adornaba de los últimos cantos de grillos, sapos y picadas de mosquitos, todos los cuales se batieron en abrupta retirada cuando el solícito Pepe Norro hizo que el humo de palosanto invadiera la terraza. Ya estábamos en pasillos de Olimpo Cárdenas, valses de JJ y boleros de Patricia González. Ya habíamos bajado algunas jabas y por enésima vez me preguntaba de dónde salía plata para la cerveza y si acaso el destino de los machos del Guayas era simplemente vegetar y emborracharse.

Preparamos luego unas carnes en palito y unos chinchulines y revivimos entre todos el pasado absoluto y recordamos que el tiempo era el implacable aliado que algún día nos llevaría en su canoa hacia el mar abierto del silencio que es la muerte. Esa noche, nuestros muertos estuvieron con nosotros: Carlos Ríos, Memo, el Chugo, Monín, la esposa de Don Tenén, Don Absalón, Salomón el Viejo, y tantos más a los que, junto a Cheo Feliciano, les decíamos buen viaje mi gente/ buen viaje. Y así, con prodigio reconstruímos por enésima vez nuestra juventud.

Fue entonces que se me cruzó la idea de que no era sólo la impunidad de los crímenes lo que le fastidiaba a Iturburu, ni siquiera el creer que no se podían decir cosas nuevas. No. Lo molestaba algo que sabía amargo, a dolor antiguo y secreto, de esos que cuando salen van llevándose todo lo que encuentran a su paso y que se fundan en las derrotas. Quizá, para él, escribir esas derrotas era una manera de olvidarlas y dejarlas muertas en el basurero de la memoria. Yo sabía de algunas y las imaginaba añadiéndose a la violencia de Guayaquil, al desempleo y la emigración. A pesar de las risas y las chácharas con la gente, Iturburu llevaba un silencio y una tristeza dentro de sí de la cual nunca habló: su madre había muerto y ese sería su dolor interminable. Había también otros dolores, menores aunque agudos, otras muertes de seres queridos, pero la muerte de una madre lo colma todo. ¿Quién no había muerto ya en Guayaquil? A simple vista se notaba que lo enfermaban la mediocridad, el arribismo, la estafa, el juego político, el doble discurso, la corrupción y los militares. En parte yo lo comprendía, en parte digo por ser honesto, porque hay cosas que ni aún comprendiéndolas las hacemos nuestras.

La noche había caído y ninguno se había emborrachado como años antes. Estábamos casi intactos, felices de haber dado un gran paso en nuestras vidas, ese paso que diferencia al hombre del adolescente, al soltero del padre de familia (que cumple como padre de familia, valga la redundancia porque, como dice el lema: para ser padre no hay que ser macho sino hombre). Iturburu tenía la misma locura y, como todos, en sus ojos el brillo de siempre. Al salir me volvió a pedir que leyera sus manuscritos. No son detectivescos, repitió, son otra cosa, como una autobiografía, otra cosa, ya vas a ver. ¿Qué mismo tendría yo que ver en esa ceremonia de exorcismo? Esto sólo al final lo sabría.

Nos despedimos todos con un abrazo. Bajé la escalera y caminé una vez más por el mismo viejo callejón que tanto sabía de mí. Vi nuevamente y por última vez a los amigos con los que había crecido, por última vez también a Iturburu, al menos a ese Iturburu. Esto es como el final de un tango, me dije. Y mientras dejaba los parterres y las calles oscuras y destruídas de la Ciudadela 9 de Octubre, recordaba la voz de Goyeneche cantando vuelvo al sur/ como se vuelve siempre al amor/ vuelvo a vos/ con mi deseo con mi temor/ soy del sur/ inmensa luna, cielo al revés/ busco el sur.

martes, 23 de septiembre de 2008

El sueño de la razón produce más sueño

Pesar de los pesares, el MRIC, la nave de los locos se fue a pique, la economía nacional a la mierda, Lucía desapareció y llegó el Fenómeno del Niño, el invierno tropical adueñándose de la Costa. Años de diaria lluvia torrencial, inundaciones y destrucción de la esperanza. El pez que fuma también se fue a la mierda: los policías, los comisarios de turno o cualquier cojudo de la Muy Ilustre Municipalidad de Guayaquil aparecían pidiendo dinero "para la campaña del partido". El amor, la militancia, la rumba, todo se fue volviendo como una canción de Felipe Pirela y la orquesta que se retira de a poquito, dejando sonar de uno en uno los instrumentos hasta que pum se acabó.

Con el Conde, en esos permanentes arrastres de la tristeza o el odio, religiosamente, cada sábado por la mañana, íbamos a casa de Velasco Mackenzie. Ahí estaba él esperándonos con sus libros, caminando lento con nosotros por la Avenida Quito hasta llegar a la esquina de Maracaibo, sentarnos, chismear y conversar de literatura y pedir las primeras cervezas, carne de cerdo y condimentos. El gordo Nieto se había ido y Velasco Mackenzie nos aguantaba la caña con paciencia de madre, hasta nos tomaba en serio. Nos hacía entrar a su casa y nos contaba lo que estaba escribiendo. ¿Cómo sería posible escribir algo mejor que De vuelta al paraíso? me preguntaba a mí mismo. De su casa íbamos directo a la tienda de doña Julita, a rematar con canciones de Julio Jaramillo, o llegábamos entusiasmados a la cima de la montaña y desde allí, sentados y en silencio, veíamos Guayaquil hacia el sur, mientras el sol caía sobre nuestras espaldas y sonaban canciones de John Denver, James Taylor, Jim Croce, América o Seals and Croft. ¿Para qué nos sirvieron esos años en la nave de los locos? ¿Por qué acudimos una y otra vez a esos bares y canciones?

Ahora que estoy escribiendo esto me doy cuenta que El pez que fuma ha quedado de alguna manera en todos los que allí escuchamos la canción que dice nació en el mismo solar que yo nací/ y canta como yo/ le canto la melodía de los suburbios que Santiago Cerón nos enseñaba mientras el Cuervo Zavala repite que fue una nota turra vender el Pez, sobre todo los discos, y, abriendo los brazos al cielo sentencia: toda una historia, toda una vida bróder y pide tres más y le dice a Rockolita que ponga un bolero Bobby Capó y que sigamos chupando.



Al principio era El Pez Que Fuma

Ok, vamos a refrescar cómo fue todo. Esto empieza más o menos así. Guayaquil, Barrio de Astillero, verano de 1980. Estábamos Kukuku, Pancho Ronquillo, Cafecito Arteaga y yo. Kukuku dijo voy a poner una barra de salsa, va a tener luz roja, un espejo inmenso detrás del mostrador para que los butinos se engrupan y empluten hasta las cachas, le voy a decir al negro Pescao que ponga música. El piso debe estar brillante, la melodía certera para el bacaneo y el aire acondicionado a full. ¿Y qué nombre le ponemos? Yo abro el pico y le digo ponle El pez que fuma, en homenaje a la película venezolana.

A las pocas semanas funcionaba El pez que fuma en las calles de Chimborazo y Colombia (esquina). La inauguración fue una chupiza a vaca mú. Kukuku había invitado a unos vecinos que pensaban que la barra sería un prostíbulo "a pocas cuadras de un colegio de señoritas", según la volante que repartieron. Era sábado y hacía un sol de hijue. Por esa época yo andaba con Lucía, el Conde de Montecristi ya era mi pana, así como Cucharón de Oro y el poeta greco-chipriota Urías Fuenzalida, exiliado de Pinochet (con esa delantera Ecuador sí podría clasificar al mundial).

Al negro Ulloa, al ronco Artieda y al manaba los veíamos sólo de repente, ergo, se perdieron la inauguración del local. Estaba la gente del barrio y la plana mayor del MRIC, el grupillo politiquero al cual el Conde llamaba La Nave De Los Locos, dada la inefabilidad de sus líderes, sobre todo del célebre Comandante Gargajito.

Yo caía por el pez a veces enjebado a veces solitario, con un yunta o la gente del barrio, cualquier noche de tragos era dedicada a los clásicos de la salsa, la Sonora Matancera y sus boleristas, un poco de Beny Moré y Celia Cruz cuando decía usteeeed abusooooó/ sacó provecho de mí/ abusooooó/ de mi cariño usted se burló/ se rió/ me dejó.


Una noche estábamos Rockolita y yo. Papaíto decía para ti/ yo canto madre querida/ para ti y Roberto Roena tocaba el himno de un amor imposible potente cual marejada fue su amor/ la playa de mi cariño la arrasó/ marejada felíz/ vuelve y pasa por mí/ aún yo digo que sí/ que todavía pienso en ti, mientras en un flash-back Ismael Miranda recordaba que para componer un son/ se necesita un motivo/ y un tema constructivo/ y también inspiración. Pero las mujeres llegaban al bar repentinamente y luego se iban a buscar otros mares de locura. Y muerte y resurrección ocurrían a un mismo tiempo. Desde la atalaya, que era la cabina de música, veíamos desfilar en la pista de baile a banqueros, escritores, albañiles, futbolistas. Desde la cabina de música, Rockolita y yo, celebrábamos nuestras derrotas amorosas, el desembarco de la nave de los locos, la pérdida del poco equilibrio que nos quedaba y la búsqueda de una razón para vivir. Desde allí todo se iba poco a poco iluminando a punta de cubalibres y cigarrillos. Y la magia del trópico dejaba de ser la cruel realidad para convertirse en una película que vemos casi distraídamente en un cine de segunda.

martes, 16 de septiembre de 2008

Crucero de medianoche (Buscando guayaba)

Los únicos años interesantes de la universidad fueron los primeros. A veces tenía que ir temprano, golpe de 6 a.m. Medio salía de casa y Kukuku ya andaba patrullando la Ciudadela en la furgoneta celeste. Dando vueltas y vueltas con algún galarifo que pillaba por ahí y que le acolitaba el dato. Siempre que lo topaba, doblando las esquinas o perdiéndose veloz por las calles solitarias, pensaba en los misteriosos meandros y laberínticos recorridos que hacía en la furgoneta.

¿Tú la manejaste alguna vez? Era full-equipo ¿Te acuerdas? me pregunta el cholo Cepeda. Claro que sí, le digo. Pero más que la celeste, la roja. 1980, quizá antes.

Una noche, el Conde y yo decidimos apoderarnos de ella. Por esa época la parqueaban a diez cuadras de la casa, con guardia privado y todo. Habíamos estado concentrados desde temprano, hacién-dole homenajes a Baco y a los primitivos dioses de la chicha jora. Después de terminar la sesión nos enrumbamos hacia el sur. Era tarde ya pero aún el espíritu estaba heroico. Entré a casa, robé sigilosamente las llaves y fuimos hasta el vehículo. El guardia quiso decir algo pero se quedó frío cuando me reconoció. O lo dejamos frío, mejor dicho, porque deúna nos trepamos. Salimos por la Avenida Domingo Comín, andando despacio y escuchando la música aniñada que ponían en el programa "El correo de las brujas". El Conde estaba hundido en el asiento en calidad de guiñapo. Parecía que el cielo se le hubiera derrumbado aunque lo único que pasaba era la ya usual soledad de esos años. No tenía novia y eso aumentaba lo que él repetidamente llamaba su "crisis existencial".

Pasamos por los barrios Cuba y del Astillero. Viramos por la Avenida Olmedo y tomamos largo por el Malecón. El silencio y quietud del río iluminado por la luna hacían más extraña la noche. Cuando nos acercábamos al Cerro Santa Ana, por Loja y Las Peñas, el Conde se emocionó y me dijo casi gritando: "Súbete al Cerro, súbete, súbete". ¡Calmaos, chucha! exclamé yo. Doblé tranquilamente a la izquierda y seguí largo hasta llegar al cementerio (La Estación de los Mudos, como la llamaba Zambo Pedro) y otra vez largo hacia el sur por Tulcán. Por esos lares la cosa fue cambiando. Había más carros y más locales abiertos. Un público inusitado se abanicaba en chévere. La música de las cantinas se escuchaba como por postas. De Kike Vega a Lucho Barrios, de Los embajadores criollos a Panchito Riset y cangrejitos y más cervezas para todos.

Los taxistas se insultaban y por ahí uno que otro me pegó a mi también su puteadita: "Dále más rápido, cachudo". Otros, confundiendo a mi co-piloto y aristocrático amigo con alguna nocturna damisela, repetían la frase "llévatela a Los Pinos” y versos por el estilo. A todo esto, a él no le importaba que de poeta lo confundieran con poetisa porque "arte es arte", según sus palabras. Vi que se estaba animando y como queriendo salir del letargo (recuperación guiñapil) y, cual cucaracha con la luz encendida, quiso arrebatarme el volante y manejar la furgoneta. ¡Alto ahí, chucha! ¡Calmaos he dicho! Le espeté en la caracha. Luego puso música salsa y a cada rato sacaba la cabeza por la ventana gritando soeces mensajes que, sólo por no rayar en el bajo nivel verbal-Pancho Jaimista, no reproduzco en estas líneas.

Presintiendo una alocada actuación y despelote me puse mosca por el Conderili, pero vi que todo era falsa alarma de borracho. "Vámonos al King, loco, que allá te conocen los morenos". Y claro que me conocían, pero por Kukuku: "Ese es el hermano de Iván", “ve, ahí viene el hermano de Don Iván", "mira, ese que viene ahí, el de la cabezota, ése es el hermano de Iván". Iván para arriba y para abajo. Esa era mi carta de presentación. Y llegamos, luego de recorrer Lizardo García y virar por Cristóbal Colón (¿qué diría el Almirante si viera que su nombre cruza el barrio de los prietos y que ellos, en justa reciprocidad, se mean y se cagan en su nombre?).
Una cuadrita más y zás: El King y su música, rumba y guaguancó a todo trapo. Ceiba y Siguaraya, como diría Celia Cruz. Ahí estaba la mejor rockola de la ciudad. La música mortal de Johnny Pacheco y Casanova y su tumbao añejo/chévere que chévere, decían en “El agua del clavelito”. Y también estaba el pregón de esos días que decía tumba la caña machetero/ya viene el carretero a recogerla enseguida... Pero no me acuerdo quién la canta cholo. Oye, dice Pico de pollo Cepeda, eso no importa, sigue chupando. Hecho, digo yo: entonces, querido lector, si se acuerda del cantante, por favor, escribir a la casilla 3491: Editorial Cucharón de Oro, Guayaquil-Ecuador. ¿Estás contento ahora? le pregunto. Sí, me dice, ahora sigue escribiendo que quiero ver en que termina esta crónica. Sigo, servicial y dócil, firmemente convencido de que nunca podría escribir un libro serio.

Sancho Panza Cepeda achica el agua del bote y abre otra botella de chicha jora que combina con todo: gripe, cachos, tusería, machismo, chires, caspa, gordura, flacura, cortedad craneal, matrimonio y etc. de los etc.

Llegamos al King y la nota estaba en su punto. Afuera del salón las morenas jebas atizaban el carbón para preparar más bollos, arroz con menestra/carne asada y patacones, seco de chivo, gallina o guanta, cazuela y encocado de pescado o camarón. Un festín del hijue. Y, para completar, botellitas camineras de aguardiente manabita Frontera, en fila india. El Conde, con pretexto de baile, empezaba un extraño delirio, mezcla de hambre, sueño, existencialismo del trópico y las más raras manifestaciones de lujuria gestual. Me parqueo y oh, sorpresa, veo la furgoneta celeste de Kukuku a un lado de la calle. Me bajo, miro hacia arriba y ahí está el mismito gordo, en pantalón corto y chancletas, sin camisa y con la cadena de oro colgándole hasta donde terminaba el pecho y empezaba el barril. Habla loco, me dijo serio desde el entrepiso. Le hice un saludo en corto y cohete me metí en el salón.

El Conde, que aún estaba afuera, inmutable, seguía terminándose un corviche que había hecho preparar. Nos sentamos luego en los banquitos de madera y pedimos un par de bielas. A los dos minutos (no es paro) apareció la dueña vistiendo un largo traje blanco de algodón, arandeles, doblones y detalles bordados. Llevaba también un sombrero de paja toquilla con cinta celeste. Estaba hermosisíma. Sonriendo se acercó a nosotros y me dijo: Hola cuñado ¿Cómo estás?

Yo iba a saludarla cuando el Conde se tiró hacia ella y, cual ninja turriflai, le tomó tiernamente su mano y la besó. Acto seguido buscó afanoso el cuello de la bella dama y trató de besarla y hacerle canchis canchis en público, haciéndome quedar mal. Las peores muestras de descompostura y lascivia que recuerdo en el Conde ocurrieron esa noche. La dama, media enojada conmigo, lo esperjeó a un lado y me dijo: "cuide a su amigo" y se marchó. Ahí me le cabreé de verdad y le dije: ¡Calmaos chucha! Lo cual surtió parcial efecto, porque el susodicho optó por quedarse tranquilo y quedito durante una buena parte del tiempo que estuvimos allí (arrechera de corvichín pasmándose). Luego ella se puso a bailar. Daba acompasadas vueltas tomando la parte baja de su vestido con las manos. Extendiéndolo a lo ancho y sonriendo con toda la alegría de su movimiento, chévere que chévere. Viendo con el rabillo del ojo pillé al Conde secándose un hilito de baba con el pañuelo (porque los poetas de verdad siempre llevan pañuelo, el mismo que, como bien sabe el lector, es el último vestigio de la caballerosidad). Ella seguía su baile y otras mujeres del salón también se tiraron al ruedo. En medio del danzón, como surgiendo por las mesas, apareció el negro Jimmy.

Jimmy era un negro inválido que usaba muletas y tenía unos brazos que, para compensar la deficiencia, parecían piernas de futbolista. Traía el cencerro, el bongó de cuero de vaca y las maracas. Ahora sí vamos a hacer bulla, me dijo, acotando que Kukuku seguía allá arriba y que lo había mandado para que nos cuidara y que, por lo tanto, él de ahí no se movía hasta que nos fuéramos. Y así empezó el traqueteo y la bullanga que Jimmy matizaba con pepos de aguardiente de caña. ¿Tú no bebes, campeón? me preguntaba a cada quiño que le pegaba a la botella y toca el bongó y dale a la campana y así hasta que el Conde se encandelilla con las maracas y cambia a los palillos y dale que dale a la mesa mientras yo siento un cutín cutín sonido de una botella y el Gran Combo cantaba Ampárame y toda la gente cuchá cuchá y el baile era una sola atmósfera de luces rojas y verdes y un prieto gritaba África África África y luego sonaba algo distinto, relajante y engrupidor y yo pensaba en una mujer que tardaría años en aparecer, una mujer a la que también le diría sin tu cariño no existen rosas ni primaveras y Pappo Lucca en el piano. Esa era la salsa, recuerdo a mi noviecita/mi amor a los quince años/yo tratando de besarla/ y me decía si me vuelves a tocar te araño/que bonito es el amor/porque acaba con la pena/cosa rica/cosa buena, decía el panameño Rubén Blades cuando soneaba con la Fania.

El King, era el lugar en el cual el fin del mundo, el vértigo de la noche y el conocimiento de la pobreza eran lo único que quedaba. Era nuestra guarida, nuestra casa protectora y el lugar de meditación. Pensaba en esto cuando en la siguiente pieza aparece otra vez el tacatá/tacatá/tacatá. Mientras tanto, el Conde, recuperado totalmente de su borrachera y transformado en jubiloso bailarín (Fred Astaire en el barrio de los negritos) se tira a la pista, se desbarata cual marioneta, se desgaja, se va al suelo y hace con la boca sha/sha/sha, como si fuera un pato, meneando la cabeza de un lado a otro, como perico ligero haciendo el paso egipcio. Me pongo a buscar Guayaba, guayabita sabanera, el Lindo yambú de Santiago Cerón, el Vendedor de agua, El Panquelero... Hey, campeón, oye, oye, no bebas tanto que después no puedes manejar, oigo la voz de Jimmy que me habla desde el otro lado. Le digo que ando buscando guayaba y él se ríe y me dice hazte trapo nomás que yo te acolito y zas, yo también me pego un trago de Frontera y poco a poco me voy haciendo la idea de que esos son en parte los verdaderos laberintos de Kukuku, los meandros a los que había entrado y que quedarían para siempre en la memoria.

El almanaque contemplo con tristeza

Guayaquil 1978. El gordo Nieto un día tomó el avión y se fue a México. Con el Conde de Montecristi y el negro Ulloa fuimos a despedirlo al aeropuerto. Nos dijimos adiós con un abrazo y subimos a la terraza a ver cómo el avión despegaba y se hacía chiquito en el azul del cielo. Imaginábamos que el gordo ya habría abierto la primera cerveza o sentiría la grave tristeza de dejar el terreno que uno quiere, el lugar en donde nacemos y crecemos. Teniendo trabajo y amigos viajar al extranjero, ¿para qué? Todo lo que quise yo/ tuve que dejarlo lejos. Nieto estaría como el personaje de Velasco Mackenzie, la chica que viaja al norte protegida sólo con una chaquetita y sus sueños de emigrante. En los sueños de esa chica iban también los sueños de todas las muchachas de Ecuador, y en el viaje del gordo nos íbamos también nosotros.

Cuando el avión desapareció en el cielo empezamos a sentir un extraño vacío. Con ese mismo vacío, interior y desconocido, tomamos un bus de regreso al centro de la ciudad, pero nos bajamos a medio camino, en el Coliseo Cerrado, que estaba atestado de colegialas. Con el Conde y el negro tratamos de perdernos en la multitud, pero en nuestra incómoda desazón sentíamos el peso del hermano mayor que se había muerto. ¿Cuándo volvería? ¿Qué mierda haríamos ahora sin él? ¿En qué quedaría el grupo Sicoseo? ¿Quién nos prestaría sus libros, nos llevaría al Drill Dominó y nos haría escuchar los últimos discos de la Fania? El gordo se había ido, la suerte estaba echada. Luego pasarían algunas cosas, más de las que hubiéramos deseado. ¿Qué pasó después?

martes, 9 de septiembre de 2008

Cuenca en el corazón

A pesar de que mi viejo era un obrero de imprenta y mi vieja una ama de casa, con los sucres que mis hermanos comenzaron a traer a casa se hizo posible que nos fuéramos algunas veces de vacaciones, al menos los menores de la familia, durante los duros y calurosos meses de lluvia. En esos viajes, sin quererlo, fuimos en pos de la otra parte de lo que todos los ecuatorianos también somos. Así, huíamos a las alturas andinas, a Alausí o Cuenca, la adorable ciudad colonial.

El segundo y último viaje lo hicimos por Semeria, que era la única cooperativa de buses que aseguraba un viaje decente. Mi padre y mis hermanos mayores se quedaron en casa mientras Elsa, Iván y yo terminábamos de crecer. Vivimos a un lado del actual Hospital del Seguro. Hasta allí llegaba la ciudad. Al frente de la casa alquilaban y arreglaban autos. El hijo del dueño se llamaba Ricardo y era amigo de mi hermano. Arriba de mi casa vivía la niña más hermosa del mundo, blanca y rubia, de chispeantes ojos azules, como salida de una escena de The sound of Music.

Yo era un niño aún y vagaba de mi casa a la iglesia de San Blas, a correr por el parque y a comprar los exquisitos y olorosos panes que cada tarde ponían en unos fuertes canastos. Y a veces me aventuraba hasta el centro y llegaba al viejo edificio de la Oficina de Correos. En dirección opuesta a mi casa había filas de grandes eucaliptos, un riachuelo, un cementerio que a veces aparece en mis sueños y piedras redondas por doquier. Pasaban los días y el frío era combatido por la leche caliente que nos brindaba mi madre. Recuerdo las habitaciones de la casa, el piso de madera brillante y austera, el callado patio interior, una canción de Rafael que no dejaba de sonar en la radio y el éxito del Deportivo Cuenca. En esos meses me vi también con Monín, uno de los patriotas del sur, porque su familia era de Cuenca.

Monín murió como mueren los valientes del mundo: trabajando de inmigrante, en una construcción en Nueva York. Pero murió también de la manera más triste y brutal: recogiendo una herramienta sólo para caer desde los andamios de un piso alto.
Y luego pasaron los meses y fue hora del regreso. Empezaba el nuevo año lectivo.

Quizá por ese cambio, cuando dejé Cuenca, ya no era el mismo muchacho de antes, pues pronto dejaría la escuela para entrar al Eloy Alfaro. Así, el niño que aún era empezaba a despedirse de su infancia. Del regreso a Guayaquil recuerdo que tomamos un inmenso bus. Mi padre, mi madre y mi hermana iban sentados a mi lado, mientras me volteaba una vez más para ver cómo Cuenca desaparecía entre las montañas. Ahora sé que eso era en realidad voltear los ojos para ver algo hermoso de mi infancia.

Pasaron los años y sólo luego de terminar el colegio pude regresar a Cuenca, pero esta vez sin mi familia. Estaba ya en la universidad y me había dado cuenta de que necesitaba pisar sus calles, advirtiendo quizá que sería el inicio de un rito permanente. Los grandes camiones de Semeria eran ahora veloces furgonetas que comían las curvas de los Andes. Luego de dejar la Costa y empezar el ascenso de las montañas, luego de las maniobras en el camino y de la eterna neblina, por fin vi su río, más pequeño y correntoso que el Guayas, recibiéndome en cada recodo, el brillo de su agua violenta bajando al litoral.

Cuando llegué a Cuenca me ubiqué en el centro de la ciudad hasta encontrar mi amada iglesia de San Blas. Caminé nuevamente por el parque tratando de recordar cada rincón y verme en los niños que ahora andaban en bicicleta. Busqué inútilmente la panadería, los canastos surtidos de panes. Iba con un nudo en la garganta. Caminé más y encontré la que fue mi casa, ya cambiada, y la ciudad extendiéndose sobre los desaparecidos eucaliptos. Busqué a Ricardo en su casa y, al abrir la puerta y preguntar por él, la empleada me dijo que había muerto hacía seis meses, y que su familia vivía en el extranjero. Sorprendido y triste me despedí. Volví al parque y me senté a llorar por todo: el tiempo, la niña que ya no estaba y la muerte de Ricardo. Lloré en silencio sin importarme la gente.

El regreso a Guayaquil fue también mágico. De alguna manera la ciudad de mi infancia volvía conmigo al trópico, mientras la furgoneta bajaba veloz la carretera. Desde ese momento siempre fui y volví de Cuenca, pero de manera callada, sin ceremonias colectivas. Así lo decidí a fines de los 80, cuando en un encuentro de talleres del Banco Central se empecinaron en agotar a la audiencia con los mismos discursos “anti-imperialistas” de siempre. Cansado ya de esos simplismos, abandoné el congresillo para no volver a él nunca más. Salí, caminé en dirección al río y entré a una tienda pequeña, oscura y polvosa. Y nuevamente encontré la vida: tres viejos conversaban amigable y caballerosamente mientras bajaban una botella de shumir. Me senté a su lado, los saludé y me saludaron. Les rogué que aceptaran una botella en mi nombre y conversamos de Dios, del gobierno y de los hombres, del campeonato de fútbol y de los problemas laborales, haciéndose bromas mientras yo los escuchaba. En ese encuentro pude reconciliar mi infancia, mis frustraciones de esos años y lo que quería sentir con fuerza inusitada: ser nuevamente el muchacho del sur de la ciudad que regresaba a casa.

Desde ese entonces volver a Cuenca es inevitable. Allí el tiempo me interroga y soy felíz caminando por sus pequeñas y empedradas calles mientras respiro el aire frío de los Andes y el cielo azul se abre repentinamente con el sol después del granizo impredecible.

jueves, 4 de septiembre de 2008

De la bronca en el colegio y el inicio del amor

En 1976, Jorge Martillo y yo fuimos compañeros de aula por primera vez, (5to Curso Sociales, Colegio Nacional Eloy Alfaro). El año anterior habíamos sido enconados rivales, pues ambos pertenecíamos a dos secciones diferentes. Recuerdo que durante los primeros días tácitamente dividimos la clase en dos zonas: a la izquierda los de 4to A, a la derecha los de 4to B. En cada problema que había un grupo le echaba la culpa al otro, en cada triunfo, un grupo se enorgullecía arrogantemente frente al otro. Así, durante las semanas iniciales vivimos en el franco y obtuso pasado de un 4to año que ya no existía. La convivencia no era grata, pues el odio, la envidia y las disputas iban creciendo y llegaban a fuertes insultos y peleas. Era una manera muy rústica y frecuente de “hacerse hombre”. Nosotros, poseídos del deseo de no aceptar nuestros errores, mezquinos y “centralizados” cada uno en los caprichos, no veíamos más allá del triunfo pasajero.

José Hidrovo Peñaherrera, nuestro querido profesor de Geografía (manabita, hermano del poeta) era el dirigente de curso. Él, junto a los demás miembros del cuerpo docente, sabían cuál era la solución. Un día nos impuso un campeonato interno de índor fútbol: la condición básica era formar equipos que estuvieran constituídos obligatoria y equitativamente (50% y 50%) por miembros de cada bando. Cuando llegó el sábado realizamos el campeonato. Nuestro equipo se llamaba Locura y lo formábamos Jorge Martillo, el loco Mora, el negro Hurtado, el negro Bermeo, el Chugo Marshall, el loco Cocky Saona, el loco Vivar y yo. Cuando escuchamos el pitazo inicial teníamos un sólo objetivo: ganar. Con el paso de los minutos, aprendimos a conocernos mejor, a cubrirnos las espaldas, a confiar en la capacidad de los otros. Aprendimos cuáles eran los puntos fuertes y débiles de cada uno. Al final, quedamos en primer lugar. Por la noche, celebramos todos con una sonora fiesta en mi casa.

Antes de la fiesta no existía ya ni el más leve recuerdo de las divisiones y enfrentamientos previos. Habíamos dado un salto inmenso: teníamos una actitud nueva, real, solidaria y equitativa.

Celebramos las canciones de la Motown, la música disco y las cumbias de Nelson y Sus Estrellas. Las chicas invitadas dieron la magia que necesitábamos, mientras las luces negras y rojas nos convertían en diestros bailadores. Terminada la fiesta, formamos un círculo que convirtió la cerveza en la chicha de la hermandad. Durante ese año varias veces repetimos el rito, pero esa noche había algo más fuerte que nos unía, un brillo de felicidad y tranquilidad en los ojos de todos. Sentíamos que estábamos creciendo, practicando el respeto al prójimo, que es el centro de la vida.
La verdad es, por lo general, sencilla y transparente. Sin embargo, reconocerla y aceptarla no es fácil, porque nos cuestiona, nos llama al cambio y a entrar en un silencio personal, en un diálogo y autocrítica con nosotros mismos. Nuestra verdad es el reto a compartir equitativamente. El Ecuador de hoy no ha encontrado aún su profesor Hidrovo ni su cuerpo docente que, con la sabiduría de los viejos y la experiencia que da el tiempo, nos ayuden a salir del odio mutuo, eso que llamamos regionalismo y centralismo. En 1976, nuestros profesores tuvieron la voluntad, la inteligencia y el tino para ayudarnos a salir poco a poco de la escabrosa adolescencia. Sin pasar horas y horas hablando en exceso, nos ayudaron a cruzar ese camino infernal, confuso y oscuro. Así, empezamos a dejar de ser ignorantes y a perder el temor al cambio.

Siempre hubo y habrá aquellos que boicoteen el encuentro de dos hermanos que desconfían de sí mismos (aunque se saben complementarios) porque perderán su influencia y sus privilegios, pero para la gran mayoría de nosotros fue la entrada a la vida real, al presente y futuro de nuestro tiempo.

Ese año empezaron mis febriles lecciones de inglés en el CEN. Mi viejo tenía un poco más de dinero y mis hermanos ayudaban con la economía casera. Ese año también escuché por primera vez música jazz a manos de las orquestas militares gringas, armamos un buen equipo de volleyball e íbamos a entrenar, cada viernes, como premio a nuestro esfuerzo semanal, a los colegios de las aniñadas porque teníamos el mismo entrenador, el gran Sebastián Alvarado, Don Sebas. En 1976 escribí mis primeros poemas de amor a un amor que ya nunca volvería, vi con delirio las películas francesas La Femme in bleu y Max et les ferrailleurs, solito, en el patio de la Alianza Francesa, hicimos una marcha contra la dictadura militar y contra el centralismo, organizamos una fiesta de curso cada mes, en mi casa, con una florescente medio quemada que yo había pintado de negro y le decía a todo el mundo que me la habían enviado de la Yoni, leí por primera vez Rayuela y otros clásicos de la literatura latinoamericana, me reunía los viernes por la noche con el cholo Cepeda a bajar una botella de licor superfino Cristal al calor de las canciones de Los Panchos, y me di cuenta de que el tiempo estaba pasando, que todos estábamos cambiando poco a poco y que el año siguiente sería el último de un ciclo que empezaba a vislumbrar sin los tormentos familiares que todos sentimos en los años previos. Y sentí también, por primera vez, la soledad y la tristeza del corazón enamorado.

Monín agarraba su vieja y grande radio, que más parecía caja de betunero, se trepaba semidesnudo al techo de su casa y, a vista de todos nosotros en la calle, subía el volumen y nos obligaba a escuchar cumbias y vallenatos o destempladas melodías de amor que iba a tararear una y otra vez. Estaba tan enamorado. Desde la esquina lo mirábamos esperando su próximo movimiento. Pero él, nada. Seguía con los ojos en el cielo, tirado sobre el techo, con la música en alto. En esos días, en los que el amor y el desamor cayó sobre nosotros, el cholo Cepeda se quedaba en una esquina, solito, bien borracho, a la voz de “yo la quiero loco, yo la quiero” y John Núñez, el pulmón del equipo, diría en las fiestas “esta man no me va a ver la cara de cojudo, loco”. Ese año llegó el amor, sin duda. Nos quedaba mucho tiempo más para aclarar las cosas, pero el tiempo, esa palabra...