viernes, 28 de noviembre de 2008

De cuando yo jugaba en Peñarol

[Rindo honor, con esto, a todos los peloteros del Cabo Rojeño y de Guayaquil, a los salseros que conocen de salsa porque la escuchan y la bailan y, como buenos viciosos, saben de esos asuntos porque los vivieron y no los leyeron en los libros ni les pidieron a otros que se los contaran]


Me refiero al Peñarol que quisimos calcar. Eramos hinchas del gran cuadro uruguayo y de Alberto Spencer. Allá, en la Liga Salem de los setentas, al sur de Guayaquil, en donde también jugaban Huracán, Velez Sarfield, Racing, Chacarita, River Plate y Boca Junior, más los otros cuadros de los barrios de Guayaquil.

Cuando jugaba en Peñarol no jugaba en Peñarol sino en el tiempo. Era titular y dominaba el cuero, pero no era de los mejores. Delante mío estaba todo el equipo: Chocoto (que era bueno para hacer "banquito"), Magali (que despuntaba por la izquierda y luego ya estaba al fondo del arco), el Oso, Manuelón, el cholo Cepeda y todos los demás. Esto, que podría ser síntoma de odio y trauma, simplemente me lo expliqué por la bronca que me tenía el entrenador, La Pava (o Pavonni, para darle caché, pues yo sí le daba a la pelota y en bomba) de cuyo favor no gozaba. Cuando dejé de jugar en Peñarol, planifiqué las cosas para inmortalizarme como capitán del nuevo equipo del barrio: la gloriosa "Ciudadela 9 de Octubre" (la verdadera), nuevamente junto a Manuelón, Sir Dángala, El Salvaje Rey, Vladimir, Ceviche de Concha, Berruga, El Oso, Pastora, Don Quije, El Cholo Cepeda, La Huasa, Carechancho, Cuerito, Padre Bazurco, y todos los demás "patriotas del sur".

El Peñarol fue un equipo de casualidad, como lo fueron otros que armamos para los campeonatos de las fiestas patrias, pero es el que me dio la foto con la que aquí lampareo.



Triste y cruel, el destino ha hecho que la foto guarde también la imagen de otro "patriota" del barrio: Antonio Nevares, que acaba de morir de exceso de alcohol, exceso de viagras y exceso de farra: "llegó borracho a su casa al tercer día de chupa. Apestaba y la mujer le dijo que se fuera a dormir al otro cuarto. Cuando amaneció ya estaba muerto. Se le había parado el corazón. Tenía el pecho aruñado de la desesperación. Aruñado, feo, como que no quería morir" me cuenta triste el cholo Cepeda. La verdad es que El Chulo tenía ya algunos años dándole al trago, siempre andaba borracho por allí, haciendo escándalo, invitando a pelear a cualquiera (peleaba bien, me dicen).

Pocos años después de esa foto con el Peñarol, por el 82, por petición expresa del Chulo Nevares, escribí una carta para su novia, con quien se había peleado. La escribí pensando en mi amor imposible (otro de tantos) y poco tiempo después me fui a Paris. Luego de dos años, a mi regreso, nuevamente con la gente de mi barrio, me instalé en el parque, a saborear la vida. La gente le encamó al Chulo que dijera el poema, y el Chulo, declamando de memoria, arrojó un mensaje de amor a una mujer desconocida. Era la misma carta que yo había escrito años atrás. Celebramos la ocasión y el Chulo detalló la reconquista de su novia, diciéndole ella que no creía que él hubiera escrito la carta. Esos amores ya son historia pero quedan el Chulo y las polvorosas canchas de fútbol en el recuerdo, el equipito ocasional de lo fuimos en la Liga Salem.

Yo no era malo para el fútbol pero lo mío era el volleyball y con la roja del Eloy Alfaro le hicimos comer el polvo varias veces a los aniñados del San José La salle, en donde jugaba Fabricio Correa, el hermano del presidente (Pierina era del Liceo Panamericano y era una excelente jugadora). Como se ve en la foto en las canchas del Cristóbal Colón, en donde le ganamos la final de Superiores a los lasallanos.



A la salida del colegio, ya en la Católica, varias veces alineamos en el siempre vapuleado equipo de Filosofía, junto a Fernando Balseca y el Conde Martillo. Jugaba entre nosotros César Farah, en la delantera. Yo, que era el "Ardiles" del equipo (Ramón, el arquero, era "Fillol") sólo tenía que ponerla al vacío, o en sombrero, tres metros adelante de Farah y el flaco alcanzaría el balón sin problema para anidarlo en las redes. Cosa frecuente en los entrenamientos, en los cuales nos mezclábamos con otros equipos para no ser también goleados como ocurría religiosamente cada sábado de campeonato.

Cuando jugaba en Peñarol no jugaba en Peñarol sino, como todos, en un tiempo y un espacio que ahora se llama "recuerdo", si acaso sobrevivimos en una foto, en una carta o en la memoria colectiva del barrio, como Antonio Nevares.

lunes, 24 de noviembre de 2008

LOS PATRIOTAS DEL SUR (35 ANIVERSARIO)



Desde la izquierda, parados: Boada, Cachato, Cacho Bardales, Lechuga, Papa Chola, Chino Mala Noche, Magoo, la Vieja Charles y La Picuda. Desde la izquierda, sentados: Mula Coja, Camachinho, Careplato, Tonto Happy, el Loco Roberto, la Huasa y Jimmy Mula (en corte real, La Picula le puso el pie para la foto). Hacia adelante, sentado: Don Toribuca. Payaso a la izquierda: no conozco, no había payasos. Mujer parada arriba: tampoco conozco. Debemos poner una foto de la Negra Linda, la Chocota, Shirley Temple y Nina Pacari.




Papa Chola, Careplato, el Loco Roberto, el Salvaje Rey

lunes, 17 de noviembre de 2008

Vuelvo al sur (final de "Los patriotas del sur")

Verano de 1996. Después de años de rodar por el mundo, de ver las piedras y las flores, el fuego y la nieve, volví al sur. Iba con un grupo de amigos de los cuales sólo queda el Conde Martillo, quien de alguna manera me acompañó en esta odisea barrial y colegial. Era una mañana fresca, a eso de las diez. Cuando llegamos, habían instalado en los parques unos quioscos y se escuchaban los primeros acordes de las canciones. Saludé con los vecinos y me alegré porque suponía eran las celebraciones de la ciudad. Vi al cholo Cepeda atareado, organizando las cosas y también a Rodi Carabalí. Nos dimos un abrazo y me dijeron que la gente estaría pronto en el parque, que iban a iniciar la venta de cerveza y comida criolla pronto, y que todo se lo daría a la viuda. No entendí muy bien esto último. Cepeda me miró, se dio cuenta de lo que pasaba y exclamó, ¡ah!, es que tú no vives aquí! Estamos haciendo una fiesta para la viuda de Carlos, de Carlos Ríos. ¿No sabes que murió hace un mes? Murió hace un mes y esta es una fiesta en su homenaje. ¿Tú me entiendes verdad? Sí, le dije, casi por decir. Me quedé pasmado con la noticia, no sólo por lo inesperado sino por la traición del destino. Tanto gusano que hay por aquí y se llevan a Carlitos, dijo el cholo Cepeda, mientras seguía acomodando las sillas. Vente más tarde loco, con tus panas, cuando regrese la gente de la misa.

Y así lo hicimos. Por la tarde, temprano aún y con el día nublado y ventoso, el parque estaba nuevamente poblado por decenas de personas. Había música a todo volumen, la gente estaba animada por el diálogo y la cerveza y todo el mundo se afanaba en demostrar que habían conocido a Carlos muy bien. En mi mente, el recuerdo de Carlos era el de su casa esquinera, una tarde, en la que sentado en la verja, con una radio pequeña que había rescatado del basurero, yo escuchaba canciones de Roberta Flack y de Elton John, un sábado por la tarde, mientras la gente jugaba pelota; la última vez que afuera de la casa del Chugo nos tomamos unas cervezas mientras nos reíamos de lo que ya era el pasado; lo recuerdo en sus conquistas amorosas, las jugadas en la defensa, la pelea del barrio contra los aniñados, los partidos de volleyball que compartimos en el Alfaro. Pero ese día de festejo Carlos estaba nuevamente con nosotros en la boca de los demás. Luego la cosa se puso más animada y supe detalles de su muerte y entierro, cómo el Cacho Bardales, a la voz del muerto es nuestro, tomó el féretro y se lo llevó para pasearlo por bares y cantinas y que Carlitos les diera el último adiós.

Desde ese entonces el cholo Cepeda, Rodi, el Cacho, Papa Chola, Lechuga, la Huasa y quienes fueron sus allegados, cada cierto tiempo, van al cementerio a hablar con Carlos Ríos y contarle sus cosas y saber cómo sigue. Cuando el tiempo del lejano y ahora confuso norte se me acaba, vuelvo al sur, al parque de mi infancia, a los árboles y las hojas que se mueven con el viento en la mañana tibia, veo nuevamente a los patriotas colgados de los columpios bajo un cielo azul, o corriendo por los terrenos baldíos en busca de nuevas aventuras. Ahora, como tantos otros, un día domingo regreso al barrio con mi hija y la mujer que yo quiero. Como en el tango de Goyeneche que ya canté antes, yo también vuelvo al sur como se vuelve siempre al amor.


LOS PATRIOTAS DEL SUR SON

Luis Cepeda Cortéz, Julio Ronquillo, Manuel y Enrique Mendoza, Manuel (+) y Luchín Tenén Juca, Xavier y Rey Arias, “15 libras”, Joselo García, Glauco Cordero, Jaime Noblecilla, El Amigo, Cataplún, Horacio Romero, Absalón Quiróz, Omar Bajaña, Miguel y Sebastián Paredes, Marco y Antonio Nevares, Oscar Marshall, Iván Zavala, José y Toro loco, Los Pipones, los Palma, Vladimir Monge, los Bermeo, los Carabalí, “5 veces”, los Cárdenas, los Noblecilla, el “Chino” Peña y su familia, los Barahona, Leoncio Dattus, los Ricaurte, los Villacís, los Tapia, los hermanos Yerovi, John Núñez, los Bardales, Freddy Morales, Roberto Lavayen, los Medina, Fernando Endara, los Sellán, Billy Ladd, los Ruiz, los Ronquillo, los Roca, los Tomalá, Bolivín (+), los hermanos Baidal, Carlos Ríos (+), Fernando Endara, los Mayorga, Darío Lecaro, los López, los Zavala, Jorge Bonilla, los Rocafuerte, Wacho Camacho, Fabián (el heladero), “Cachete”, “Ojito” Rocafuerte, Manuel y “Big Brutus” Medina, el “negro” Mina, el “Conejo” y toda la gente de El Rodillo, Coco Avellán y los aniñados de La Favorita, Ismael Plúas, los Murillo, Freddy Jaluff y la gente de La Plazoleta, las Tenén, las Arias, las Cárcamo, las Pombar, la hermana de El Amigo, Shirley, Jackeline, María Mora (la Pequeña Lulú), las Carabalí, las Tomalá, las Quiróz, las Cárdenas, Anabelle Morales, Maritza Romero y las Golden Girl, las Baidal, las Mendoza, los alumnos y ex-alumnos del Eloy Alfaro, los padres y madres de todos, los abuelos y abuelas de todos, los amigos y vecinos de todos los del sur.


FIN DE "LOS PATRIOTAS DEL SUR"

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Acuérdate loco 2 (manuscrito del Cholo Cepeda)

Acuérdate de Fabián, el heladero de toda la vida: más de 40 años en el oficio, léxico fluído terminología apropiada para el verbo de barrio, conocedor de toda la vida privada de cada uno de nosotros.

Acuérdate del cevichero Funeraria: llegaba todos los días a las 10 de la mañana, como gerente. La gente lo esperaba como salvador del chuchaqui y hacía fila como en entidad pública. En cierta ocasión, al hacer la mezcla de yuca, pescado y agua roja, se le cayó la plancha de los dientes al balde. La gente, que estaba de chacota, se sorprendió, se quedó con la boca abierta, y él simplemente la sacó con el cucharón y dijo que no había pasado nada. Convenció a todos y la gente siguió comiendo y siguió también la chacota.

Agua Sucia era el de los refrescos. Siempre estaba junto a Funeraria para saciar la sed de chuchaqui del personal.

La Bolita era el ruletero del Alfaro. Su frase clásica era “Juegue niño la bolita, la bolita”. Usaba un arete en la oreja izquierda en el año 75, cuando acá los hombres no usaban aretes. La Bolita ve un camión repartidor de cola, ahí, a vaca mú, de papaya, sin nadie que lo vigilara. Se roba una jaba de cola y se va cuete por el callejón. El oficial se da cuenta y lo sigue y grita ladrón ladrón. La Bolita se pone mosca, para, regresa al camión con la jaba al hombro y le dice al oficial del carro era para verte nomás si estabas pilas.

Acuérdate loco del manguero, un paisano que vendía frente al Eloy Alfaro. Vendió mangos por más de cuarenta años. Por un motivo pequeño se murió. Dormía en la misma carreta. Nunca tuvo un techo para vivir.

Darío Lecaro, alias El Aventajado, y antes Trompechucha. En una ocasión se perdió una botella de cola mediana y la señora de la tienda le decía que la tenía escondida ahí, debajo del pantalón, que se le notaba en bomba.
Acuérdate de Suelazo, el arquero de índor. Se revolcaba en la calle de lo lindo mientras tapaba como si fuera final del mundial.

Acuérdate de los grandes panas: Carlitos Ríos, guapo, cabrón, pelotero y de cocacho. Organizaron una parrillada con el Chugo para el viernes 21 de junio de 1996. Viajaba de Quevedo a Guayaquil para llegar a tiempo, aceleró el vehículo y lo único que encontró fue la muerte. No llegó a tiempo a la parrillada. El Chugo lo esperó por cinco años y luego fue al encuentro con su pana, para cumplir con lo planificado. Cuando murió el Chugo el flaco Walter Auria, más conocido como Trompa de Gusano, llegó al velatorio pluto, se acercó a la caja y llorando y gritando le dijo al Chugo por qué me haces esto, ahora cómo voy a pagar el billete que te gastaste, eso era para sacar el contenedor de los colombianos, ahora qué le voy a decir a los dueños, tú eres mi pana pero eres un careverga, seguía gritando, hasta que tuvieron que sacarlo a empujones.

Wacho Villacís salía al barrio a chupar, invitaba a la gente y decía “vamos nomás que yo pongo los fósforos y el resto se arma solito”. Así era Don Chowa.
El Caballo Bardales nació junto a una cancha de fútbol. Dormía con la pelota. Era barcelonista hasta las patas. Su mayor ambición fue jugar en el equipo de sus amores. Luego de jugar en varios equipos se hizo realidad su sueño. Unico representante de la Ciudadela que coronó en Barcelona que era, como ya dije, el equipo de sus amores.

Acuérdate de Emilio Yerovi, que era dueño de un camión cervecero. Toda la plata de lo que vendía en el día se la gastaba en la noche con sus panas. Inolvidable cliente de la discoteca El Jardín, junto con sus grandes ñecos: La Vieja Charles, Omar Aguiar, Don Boli y Galleta. Era el hombre más querido por todos. Era el único que pagaba, no dejaba que nadie más lo hiciera. Hasta los meseros se cuadraban con las propinas. Era lo que se llamaba y se llamará por siempre un pana bacán e inolvidable.

El loco Freddy, alias Cucu Mene, cuando se portaba mal, él mismo se daba cana en caleta por tres o cuatro días, y no salía a la calle, sólo se asomaba a la ventana cuando los panas lo buscaban. Les decía que no podía salir porque estaba encanado. Así mismo hacía la señora Rosita con Pinina, de pelados: Cuando se portaba mal no lo dejaba salir y lo castigaban como a Toby, el de la Pequeña Lulú. Acuérdate loco.
En cierta ocasión se habían amanecido chupando Rodi Carabalí y Cocojox en la esquina del barrio. Ya eran las siete de la mañana y Cocojox se había dormido en el banco con su zapato número 46 de almohada, como ya era su costumbre. El padre de Cocojox, preocupado, salió a buscarlo y lo encontró. Se disponía a llevárselo cuando, de repente, aparece Rodi y le dice un momento, qué le pasa con mi amigo. Me lo llevo porque soy el padre, le respondió el veterano. Y Rodi contesta usted no se lleva a nadie, si es el padre muéstreme la cédula para confirmar. El veterano, asustado por la pinta de Rodi saca la cédula y se la entrega. El negro revisa la cédula y dice está correcto, puede llevárselo, pero déjeme para otra botella de trago. Como Cocojox era grandote lo subieron entre ambos al balde de la camioneta, avanzaron una cuadra y se le bajó. El padre no se dio cuenta hasta llegar a la casa y decidió dejarlo con tal de que Rodi no le hiciera más problema.

Acuérdate loco de tu colegio, el Eloy Alfaro, y sus políticos de los años 70: El Lobo, el negro Corozo, Jimmy Tapia, entre otros que no recuerdo. Todos se jactaban de estar vinculados con organizaciones de China y Rusia. Cierta vez que estaban en huelga y se habían tomado el colegio, divisaron a un hombre con gafas y gorra que pasó por la acera del frente, y se corrió la bola entre ellos de que era sapo de los policías. Se convencieron entre ellos que así era y le prepararon una emboscada. Lo cerraron, lo interrogaron con insultos y empujones. Basado en el comportamiento del tipo, yo deduje que no era policía, pero para ellos era hasta de la CIA y así, sin compasión alguna, le dieron una puñetiza y garrotiza en un segundo hasta que el hombre salió corriendo. Lo siguieron a piedras hasta que desapareció y, celebrando la hazaña, los alfarinos gritaban: Alfaro, Alfaro/ en el tiempo y en el espacio/ tu nombre sonará/ Alfaro.

Acuérdate manicho también de la escuela Baltazara Calderón de Rocafuerte, que fue la cárcel de mi niñez, dirigida por el padre Antonio, un español berraco como él solo. No aflojaba una sonrisa ni en su cumpleaños. Ejemplo de hombre para mí y para toda la escuela y la parroquia entera. Esto era allá por el año 66. Su secretaria era una mujer que mostraba muchos atributos físicos, pero supuestamente el padrecito no tenía ojos para darse cuenta. Nadie se dio cuenta, ni él mismo, hasta que en el año 68 el hombre admirado y respetado por todos se foqueó y huyó al extranjero. Buena edad la mía para darme cuenta de lo farsante que son los curas. Acuérdate de que allí enseñaba también el flaco malafecido de Yerovi, que vivía pateando e insultando a sus alumnos. Flaco hijueputa. Acuérdate cuando te hizo aprender una canción dizque en quechua, como si fueras indio, todo para presentarte en no sé qué teatro. La canción decía Kin-kun-ti-li/Moli-tali/ Moli-nasa/Kin kun kai/Kin kun ko…Y así seguía. Era más larga y te la aprendiste de memoria. Acuérdate cuando le preguntaste y hasta se la cantaste a un indio y te dijo que eso no era quechua ni nada. Flaco Yerovi hijueputa, te hizo aprender esa huevada por las puras. Por suerte, una vez su propio primo le sacó la chucha al frente de todos. No Chimbacalle sino el otro, el hermano, Emilio, el que era buena nota, del que ya te hablé antes.

Acuérdate loco de Galito, más conocido como Alberto Vásquez. Cantaba y bailaba en bruto, pero también se entrometía en todo. Andaba un día por la zona del Rodillo cuando, de pronto, vio a un pana con un paquete de papel periódico. Le preguntó qué era y el man le responde tranquilo Galo que salí peleando con mi mujer porque estoy chiro, y me vine sacando esta nota de la casa para venderlo. ¿Y qué es? preguntó Galito. Una olla de presión, le respondió el otro. Ya pues, deja ver. No, le dijo el del paquete, después se hace bomba. ¿Cuánto quieres? Veinte dólares. Te doy 10, dijo Galito afanado. Ya, chévere, pero no la abras aquí porque los panas son sapos y es turro que yo me saque las ollas de la caleta. Lo convenció y Galito pagó. Se llevó el paquete a la casa, lo abrió y encontró una basenilla enlozada. Pero se tuvo que quedar frío por sapo y metido.

jueves, 6 de noviembre de 2008

Acuérdate loco 1 (manuscrito del Cholo Cepeda)

Acuérdate loco de Cucho Serrano: Peleador callejero, arquero de “Platense”, el equipo del Rodillo, con su presidente El Presi De la Torre; los partidos a muerte contra “El King”, presidido por el Licenciado Martillo, en la Liga Juan Díaz Salem, con el organizador y dueño, el maricón Salas, que murió apuñalado por su mariconada. Acuérdate de la música de la Liga, era sólo la de Daniel Santos y todo ese gremio. Los equipos participantes eran “Picapiedras”, “Nacional”, “Cuba Junior”, etc. Acuérdate de la pelea de Cucho, arquero de “Platense” y Caballón, arquero del “King”. Eso era a muerte. En el King jugó “Cacho” Bardales. En “Platense” jugaban Borrego, Tranqui y el negro Mina.

Seguimos ahora según el orden de los callejones:

Primero, el flaco Quiróz Buona Sera: Era muy guapo (tiraba a meco);
Jorge Rocafuerte, (el negro Ojito), enamorado de por vida de Haydeé Cárcamo;
El maricón Ángel Godoy, que le gritaba a todo el mundo “Cachero Vergaguada”;
La Pava Pavoni, nuestro entrenador. Acuérdate cuando Manuelón lo llevó de representante al colegio y Pavoni le dio dos cocachos delante de todos los compañeros;
La Cucufata, aparentemente murió de Sida;
Los Puente con su billar;
La tienda de Don Emiro, donde comprábamos la de Cristal para la chupa;
La Bandita, conformada por esas uñas cancerígenas, esos uñeros que mataron al taxista en la Plazoleta porque no quisieron pagar la carrera. Uno de ellos le rayó la espalda a Galleta y le cogieron cien puntos;
El Diablo, Bello, murió abaleado siendo guardia de Seguridad;

acuérdate que de pelado el difunto nos miraba y nos decía “mírame bien, mírame bien chetumadre, mírame bien” y nosotros nos cagábamos de la risa porque de verdad el man era bien feo;
El gordo Mañuco, sus peleas de toda la vida con el sambo Babita. Memo le rompió una botella en la cara por portarse mal en una fiesta donde el Chugo;
El viejo Ángel, Toro Loco, Arroz con chepa, el maricón Coki, la negrita, la Señora María, Fulton (el del arroz con menestra en la Avenida Comín);
El inolvidable pollo asado de Don Ramón y el “aguado”;
Jorge Avilés, alias “Barreto” o “Juma India”. Siempre que había una fiesta donde el Chugo tú decías que peleaba a las cinco de la mañana y así era, a veces con los mismos hermanos;
El loco Mickey;
El Sida Tobita y Panchito;
Chabaco y Miguel: Papá Noel los salía a buscar en la madrugada, con pijama, y los manes se le escondían;
El loco Palma, que le partió la cara a Kukuku con una botella y nunca se supo porqué;
Niño Tarro de Petróleo: Fumón pero muy educado;
Chazán, que vendía helados. Él y la esposa ya murieron;
El man de la esquina, compañero nuestro de la escuela, se hizo traficante de heroína. Cayó preso cinco años. La negra vaciló con él y lo iba a visitar a la Penitenciaría;
Pajuelo, primo de los Santa Cruz, ya murió;
Figurita, murió de cáncer por los químicos, jugador de naipes con Don Veta;

Eliseo, alias el Pavo: Quería jugar volley en el barrio, pero en pepas. Le decía mijo a Luchín, y nos gritaba cuando estábamos en el garage de su casa “aclaren hijueputas, aclaren”. Y le decía al Licenciado (el mismo hijo del man) cuando se le llevaba el carro: “te haces humo hijueputa”. Una vez lo siguió a machete al Chugo. Por la mañana se le robaban el pan los que se habían amanecido chupando y se lo comían con ron y coca cola. Allí también vivía Panchito, inventor del Tumba Sabido (puro con mamey) y del Ron Panchito;

La mamá de Manuelón, la señora Meche, de Los Almendros: Chupas a los quince años, con fío y chismes en bomba;
Don Eliú Pombo: Te regalaba a la hija que tú querías;
Los Solano: Típicos serranos que iban juntos a todos lados;
Glauco Cordero (Mirada de Longo);
Los zapatos Black and White y la camisa de amor y farra de Joselo (Cucaracha de agua);
Pinina: Le debía dar a Monín y a Manuelón la semana porque sino le dirían a Pluca que se le quería comer a la ñaña;
Tarzán Tomalá: Le decían así porque fumaba en los árboles;
El loco Vicente Torres murió;
La Banda de Careplato: Gualberto, los Torres. Siempre maltrataban a los más cojudos, entre esos yo.

Acuérdate loco de los árboles de Navidad que hacían los barrios de la Ciudadela y los inscribían en los concursos de El Universo;
El Petiso Perico, implicado en el tráfico de Agua Loca con los Hermanos Buchannan’s (Coco y Gerardo), como lo grabamos esa noche con voz de los Intocables;
José Cecilio Sellán, alias Muñeco de Brea;
El Uruguayo violador, Reloj Suizo;
Rucucú Servacuaco, simpre con las medias cambiadas;
El papá de Angel, que murió;
El colorado Barahona, que sólo escuchaba música de aniñados, en inglés; decía que en español era para cholos.

Acuérdate de cierta vez que Cachato escuchaba música a todo volumen y salió Chicho, el hermano. Cansado, sacó el equipo, lo puso bajo las llantas traseras del camión, lo prendió y se las pasó por encima;
El viejo Pombar cuando tiró el equipo de música a media calle y dijo: Very good;
El equipo Baratito, de Kalule;
El loco Mente Enferma, que puso en los señaleros de la calle de su casa: “Calle Las Loras”;
El Cholo Cepeda (yo mismo), que cuando estaba pluto buscaba a un grandote para hacerle problemas y que me arrastrara a puñetes;
Galleta, que veía por las madrugadas, frente a su casa, que pasaba una carreta tirada por caballos negros. Es verdad que unos choros pasaban en una carreta robándose las tapas de las alcantarillas, que eran de hierro, para venderlas al peso;
Cuando se llevaron en rodillo de cemento de la zona llamada El Rodillo. Se lo llevaron al barrio Cuba y luego lo recuperaron;
La pelea en el cine Inca entre Karate y el Pato Arias;
Los partidos de Ciudadela en el Capwell;
Roberto Villacís, que le prestó unos mocasines a Bardales para que vaya con Barcelona, a jugar el primer partido, y nunca se los devolvió, y todavía, cuando lo ve, le dice que se los devuelva;
Las peleas del patucho Gálvez con Popeye eran venenas;
Los cabezasos del viejo Pombar;

El Chugo, Cocojox, Lechuga y el Bozo cogieron a un meco en la calle y lo metieron a la casa del Chugo y le robaron las tarjetas de crédito. Por la mañana, se fueron a desayunar a un hotel aniñado. El que frenteaba era Lechuga. Le trajeron la factura y al firmar se dieron cuenta de que no era la misma firma. Los dueños bravearon pero, hasta eso, el Chugo fue a prender un carro que se le habían traído a un man que se había quedado dormido. Se embarcaron y se dieron a la fuga. Estaban ultra plutos y se estrellaron justo frente al manicomio Lorenzo Ponce. Luego lo dejaron botado y se dieron a la fuga otra vez;

A Nicota lo fajó el Chavo Roca. El papá le pagaba, supuestamente, los días de trabajo, y Nicota se ponía una venda en la cabeza metiendo paro de que estaba herido, y con el dinero que pedía para las medicinas se engrifaba;
Recuerda loco cuando al gordo Iturralde le ibas a partir la cabeza con la armónica en una fiesta en la casa de Billy Ladd;

El Chugo, cuando ya no tenía plata para seguir chupando, en la madrugada sacaba al portal de la casa la grabadora para venderla, o los zapatos del que se había quedado dormido, lo que sea, con tal de seguir bebiendo. Siempre lograba vender algo. Cuando ya no tenían plata para fumar en la casa del Chugo, el Bozo comenzaba a buscar tamugas detrás de los cuadros de los santos porque el man decía que eran sus escondites benditos. Ahí vivía Toñito, que tenía un cajón con llave, con sus cosas personales. Un día se lo abrieron y le robaron todo y todo se lo fumaron;
Acuérdate loco cuando Gorilón fue a reclamar donde Don Ángel un anillo que le había empeñado y éste le sacó un cofre donde tenía todo lo empeñado para que tomara el suyo, pero Gorilón escogió el más grande, que no era de él, y se lo llevó. Acuérdate loco.

jueves, 30 de octubre de 2008

Alausí-Riobamba ida y vuelta

La primera vez no la recuerdo bien, pero la segunda vez sí. Salimos muy temprano por la mañana a Durán en gabarra. Llegamos a la estación del tren en Durán y nos fuimos para Alausí, el pueblo más hermoso que uno pueda encontrar rumbo a las montañas andinas. El tren avanzaba veloz y yo iba junto a mi madre. En los demás asientos viajaban mis hermanos y mi padre. Pasamos dos túneles y luego la Nariz del Diablo, una montaña que el tren sólo puede cruzar en movimiento zig-zag. Luego llegamos a Huigra y tomamos caldo de pollo. El frío de la mañana entraba por todos lados. Hacia el mediodía estábamos ya en Alausí.



Bajamos las maletas mientras el tren se despedía rumbo a Riobamba. En Alausí pronto fuimos a casa de doña Luz, la dueña del viejo piso que mi padre había rentado. Hicieron los papeleos del caso y avanzamos con carretas llevando las pertenencias de la familia. Subimos y nos instalamos. Era un piso de madera cuyas ventanas daban al patio trasero y a la calle. Al abrirlas quedaba una hermosa plaza que tenía como fondo dos escaleras de piedra que llevaban a una iglesia. La plaza era el lugar de juego, de los paseos en bicicleta, de los correteos con mi hermana Elsa. Pero también se transformaba en un vistoso mercado cada martes y jueves, cuando los indios bajaban de las montañas trayendo frutas, tejidos y artesanías. La magia del trópico, que tanto extrañaba, así como el recuerdo de mis amigos, se conjugaba ahora con las formas de las nubes, las verdes montañas, la neblina que lentamente bajaba cada tarde y se quedaba reposando toda la noche y la madrugada para, a la mañana siguiente, dar paso a un alto y brillante sol que quemaba mucho más que el de la costa. Con la llegada del viejo sol, el Inti, llegaban también los indios y sus ferias.

Era muy chico, pero perseguía con entusiasmo a las mellizas de al lado de la casa. Ellas salían uniformadas muy temprano, cruzaban la plaza, subían las escaleras de piedra y se perdían en las callejuelas que quedaban detrás. Yo las buscaba pero ellas siempre desaparecían. Estudiaban en una escuela que nunca logré encontrar pero que imaginaba era el viejo edificio de piedra y tejas. Derrotado en mi empeño, corría hacia la estación del tren, me montaba en una de las carretas dispuestas sobre las rieles, y daba manivela hasta rodarla hacia la parte baja de la ladera. O bajaba la calle que conducía de mi casa a la plaza del pueblo.

Pasaron los días y regresamos a Guayaquil de la misma manera: mis hermanos tirándose y tirándome cáscaras de guineo cuando pasábamos los túneles en el tren, maravillándonos de La Nariz del Diablo y preocupados porque, una vez más, la gabarra que cruzaba el Guayas no sucumbiera en medio río y nos tragara lodazal adentro.

Cuando los años pasaron y me di cuenta de que los patriotas del sur eran una realidad en mi vida y en la de los demás, volví a Alausí.



¿Qué había cambiado y por qué volvía? Para recuperar el pasado y quizá para transformarlo. Para encontrarme el otro que fui y que, como mis amigos, se había perdido en el futuro. Repetí el rito de mi infancia pero ya no había gabarra que cruzara el Guayas ni los vagones tampoco eran transportados desde Guayaquil. Tomé el tren esta vez solo, sin nadie ya a mi lado. Recordaba con detalle y triste entusiasmo el trayecto, los túneles y la Nariz del Diablo. Cuando llegué a Alausí busqué afanosamente mi pasado, mi casa, mis calles. La vieja plaza de ferias había sido torpemente suplantada por un mercado inútil y oscuro, pero las vecinas aún se quedaban conversando en los marcos de las puertas, vestidas de negro, con las manos debajo de los ponchos. Con cierta dificultad logré identificar el lugar donde viví y entré tímidamente por el pasillo. Imaginé o creí reconstruir la vieja casa, su patio, las escaleras al segundo piso. Recordé con inútil énfasis los fríos aguaceros y los cables de luz meciéndose con el viento. Así, a medio talle entre el recuerdo y el silencio, dejé Alausí porque esta vez era necesario hacer lo que nunca hice de niño: avanzar.

Tomé un pequeño bus que me condujo a otro pueblo, más arriba. Pero todo empezaba a volverse hermoso, trágico y extraño. En este pueblo, justo antes de llegar al Desierto de Palmira, vi una plaza pequeña, hermosa, limpia y vacía. Las puertas de la iglesia estaban cerradas. Había un sol espectacular y el cielo estaba azul. Me senté a descansar y, de pronto, como si fuera la escena de una rara película que, sin embargo, me resultaba muy familiar, apareció un grupo de indios. Habrá sido una veintena. Me miraron, hablaron entre ellos y se acercaron a mí. Me preguntaron que quién era, qué hacía, cuánto tiempo estaría allí, todo con un aire de desconfianza, de esas que tienen las personas cuando han sufrido mucho. Al final me indicaron el camino al Desierto de Palmira, pero me dijeron que no me aventurara a pié porque no tenía sentido y era hasta peligroso. Tomé esta vez el tren.



Y allí estaba. Una gran extensión de arena y montículos por todos lados. Al fondo, la neblina que dejaba ver unas figuras de hombres a caballo. El paso por Palmira fue como un sueño, como una una secuencia de fotos que se ve lentamente tratando de encontrarles diferencias. Palmira existía, lo había visto, era la prolongación geográfica de mi vida inconclusa. El tren llegaba a Riobamba que me recibía con carros que cruzaban sus empedradas calles, veredas con plantas muy verdes, pequeñas casas acogedoras detrás de las cuales se veía imponente el Chimborazo.



En Riobamba me sentí como hipnotizado. Caminaba sus calles una y otra vez, como un maniático. Iba por un lado de la acera hasta el confín de la calle y regresaba por la otra acera de la misma calle hasta llegar nuevamente a su extremo, en un ridículo esfuerzo por concluir una distancia. Pero la distancia simplemente se prolongaba cuando reconocía que había otras calles y que necesitaba más tiempo para hacerlo. Fui al mercado, a la estación de tren, a las panaderías y bares que mostraban sus productos en charoles y vitrinas. El hotel era pequeño y estaba lleno de la más rara fauna de turistas. Unos eran alegres, desenfadados, amigables. Otros se comportaban como perfectos patanes racistas, cosa que en mi barrio se habría arreglado de manera no muy caballerosa. ¿Y mi barrio?

Dejé Riobamba una mañana, muy temprano, junto con el tren. Mi regreso a la costa fue aleccionador: Había constatado que el pasado es recuperable pero también que el presente puede arruinar muchas cosas y ofrecer otras. Nunca vi paisaje más hermoso ni estremecedor, ni campos más verdes ni montañas más grandes. El tren bajaba veloz y yo podía sentir también, al pasar nuevamente por los mismos lugares, que algo de mi remoto pasado y del futuro viajaban dentro de mí. Luego de muchas horas de sol, polvo, ventisca y cansancio llegamos a Durán, el inicio de mi búsqueda. Tomé una lancha para cruzar el río y vi con la caída de la tarde nuevamente el eterno sur, las lucecitas del Cerro Santa Ana donde había nacido y al fondo, como en una prolongación de un Nacimiento navideño, las torres de la Harinera y la Ciudadela 9 de Octubre. Al igual que en mi primer paseo en bicicleta soñé con regresar a mi casa, a abrazar a mi madre y ver a mis hermanos. Desde la lancha que cruzaba el Guayas imaginé que estaba en mi barrio, en la esquina, saludando efusivamente a Baby Topla, el cholo, Monín, Manuelón, el Cuervo, el Salvaje y a todos mis queridos patriotas del sur.

miércoles, 22 de octubre de 2008

Yo vivo condenado a la distancia

Los muertos aparecían rabiosamente en los sueños, buceaban en piscinas, dormían en inmensas camas, leían periódicos en las esquinas. Los muertos pero también los vivos. Sin embargo, entre ambos no había diferencia: se tuteaban, hablaban como si nada, compartían cosas y escuchaban la misma música. A lo mejor era porque en Ecuador, “la tierra de los valientes” como dice el poeta del fútbol, no se sabía si más valientes eran los que se quedaban a pelear el pan de cada día, o los que seguían el dorado sueño del norte por las peligrosas y coyoteras rutas de la frontera mexico-gringa, o por barcos que naufragaban en medio mar. Sea como fuere, Ecuador, “mi pedacito de camote que no me desampara”, fue, es y será siempre “la tierra de los valientes”. Pero de hablar de valientes a los gusanos del gobierno hay mucha distancia, así que mejor movámonos con cuidado y no caigamos en los dimes y diretes de los gritones de la política local, que para eso ya existen los pasquines que todo el mundo conoce.

Así filosofaba mientras trepaba la loma de la Ciudadela Bellavista en busca del arquitecto Cocojox, antes conocido como Negro Buchannan y ahora, rehabilitado de los abismos chuperiles, chapeteado como don Bramha Kumaris. Don Brama, de ahora en adelante. Lo buscaba porque quería que me hiciera un aumento en la caleta, pues el espacio se había reducido ante la llegada y posesión de mi propiedad caletil (guasamayete incluído) a manos de La Pequeña Lulú. ¿Quién era La Pequeña Lulú? La ella de la película y de este nuevo remedo de arte callejero que llamaremos de manera provisional El regreso del Pez que Fuma.

Ella apareció como aparecen las malas buenas mujeres en Guayaquil: en una noche de farra. En un paseo por la Cofradía del Bolero la vi, sentadita en la barra, a vaca mú, como esperando un galán de fina estampa que le alborotara el yajajá. Y ardió Troya y sonó el trueno y la pasamos bacán. Yo te conozco me dijo, y nos fuimos de verbo y biela. Claro, sólo después me enteré de que la man era jefa de una pandilla femenina que acaramelaba y mandaba de ruca a los confiados pasajeros de autobuses para desvalijarlos una vez dormidos. Pero de que se estaba buena, lo estaba. En fin, la man se comenzó a aflojar poco a poco, una vez que descubrió que mi política era de corte total entre el mundo de los negocios y los placeres de la casa.

Pero volvamos a la loma de Bellavista, que resultó larga y jodida para estos trajinados pasos de Quijote del trópico. ¿Está Don Brama? Pregunté cuando me abrieron la puerta. ¿Quién? Replicó el joven. El arquitecto, dije, corrigiendo de inmediato mi chapeteo. Ya lo llamo, y cerró la puerta. Eran las 9 de la mañana pero el sol ya caía en picada sobre el transeúnte. Qué fue cholo, me dijo Don Brama. Dame un poco de agua helada, dije sin saludar, casi metiéndome a empujones a su casa. Calmada la sed le conté a qué venía. Mira, le dije, me informaron que estabas más o menos sin camello y pensé que podrías ayudarme en un asunto que tengo pendiente. Pero debemos salir ahora, te cuento en el camino. ¿Adónde vamos? Ya te cuento. Y así, buscando la poca sombra que daban las raquíticas ramitas que se escapaban por las verjas, nos fuimos a la Ciudadela 9 de Octubre. En taxi, obviamente, pues el tiempo apremiaba.

Llegamos. En el parque estaban nuevamente el Negro Ojito y Marco Tulio, bajándose una de Trópico Seco. ¿Cholo, Cocojox, cómo así? Dijeron mientras servían en la tapa y, extendiendo el brazo, nos la ofrecían. A lo cual, inmediatamente, Don Brama dijo, no bróder gracias, ya no bebo. Ellos se miraron, se rieron y le dijeron: Ya, te hiciste hermanito también. No, replicó el moreno y alto arquitecto, soy Bramha Kumaris, y nosotros no bebemos. Ándate nomás entonces, le dijo con tono medio molesto, aunque también en broma, el Negro Ojito. Ándate nomás y mejor no vengas por el barrio. Qué decepción, tú, que tomabas hasta Racumín para ajumarte. ¿Han visto al Loco Huguito? Pregunté para cortar el achaque. Debe estar en su casa, dijeron. Pero si lo quieres ver tienes primero que hablar con esos dos mancitos de la esquina. Ajá, les dije ¿Y quiénes son? Son dos guardespaldas colombianos que se consiguió el loco. Aparecieron después de la balacera. Ya, dije. Simón, continuaron, el man pensaba que era venganza de Carecamiónchocado, pero parece que la cosa es más seria, más fea, dizque el loco anda metido con los guerrilleros de las FARC, tú sabes, los corronchos. Ya, le dije. A ver qué se cuenta el loco. Ya regresamos. Fuimos a casa del loco y sólo alcancé a decirle a Don Brama que se quedara callado cuando una voz me dijo adónde va su mercé, a la par que me dejaba ver el arma al cinto que llevaba.

Y pensar que ese era mi barrio. Ahora tenía que dar explicaciones de mi rumbo.
Dile al loco que el cholo y Don Brama quieren hablar con él, respondí. El man nos está esperando.